El día en que Occidente definió como «éxito» una masacre de 270 palestinos

Jonathan Cook, Middle East Eye, 12 junio 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí y ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Vivió en Nazaret durante veinte años y regresó al Reino Unido en 2021. Sitio web y blog: http://www.jonathan-cook.net

Israel no sólo ha cruzado las pretendidas «líneas rojas» de la administración Biden en Gaza. Con su masacre del fin de semana en el campo de refugiados de Nuseirat, Israel las traspasó con una excavadora.

El sábado, una operación militar israelí para liberar a cuatro israelíes cautivos de Hamás desde su ataque del 7 de octubre contra Israel se saldó con el asesinato de más de 270 palestinos, muchos de ellos mujeres y niños.

Es posible que nunca se conozca la cifra real de muertos. Un número incalculable de hombres, mujeres y niños siguen bajo los escombros de los bombardeos, aplastados hasta la muerte, atrapados y asfixiados, o muriendo lentamente de deshidratación si no pueden ser desenterrados a tiempo.

Muchos cientos más sufren heridas agonizantes -en caso de que sus heridas no los maten- en una situación en la que casi no quedan instalaciones médicas tras la destrucción de hospitales por Israel y el secuestro masivo de personal médico palestino. Además, no hay medicamentos para tratar a las víctimas, debido al bloqueo de ayuda impuesto por Israel desde hace meses.

Los israelíes y las organizaciones judías estadounidenses -tan dispuestas a juzgar a los palestinos por vitorear los ataques contra Israel- celebraron la carnicería causada al liberar a los cautivos israelíes, que podrían haber regresado a casa hace meses si Israel hubiera estado dispuesto a acordar un alto el fuego.

Los vídeos muestran incluso a israelíes bailando en la calle.

Según los informes, la sangrienta operación israelí en el centro de Gaza podría haber matado a otros tres cautivos, uno de ellos posiblemente un ciudadano estadounidense.

En declaraciones al diario Haaretz publicadas el domingo, Louis Har, un rehén liberado en febrero, habló de su propio cautiverio: «Nuestro mayor temor eran los aviones de nuestro ejército y la preocupación de que bombardearan el edificio en el que estábamos».

Y añadió: «No nos preocupaba que [refiriéndose a Hamás] nos hicieran algo de repente. No nos opusimos a nada. Así que no tenía miedo de que me mataran».

Los medios de comunicación israelíes informaron de que el ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant, describió la operación del sábado como «una de las operaciones más heroicas y extraordinarias que he presenciado a lo largo de 47 años de servicio en el establishment de defensa de Israel».

El fiscal jefe de la Corte Penal Internacional solicita actualmente una orden de detención contra Gallant, así como contra el primer ministro Benjamin Netanyahu, por crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad. Entre los cargos que se le imputan figuran los esfuerzos por exterminar a la población de Gaza mediante una hambruna planificada.

Terrorismo de Estado

Israel lleva más de ocho meses saltándose a la torera las leyes de guerra establecidas.

Se sabe que al menos 37.000 palestinos han muerto hasta ahora en Gaza, aunque los funcionarios palestinos perdieron la capacidad de contar adecuadamente los muertos hace muchas semanas tras la implacable destrucción por Israel de las instituciones e infraestructuras del enclave.

Además, Israel ha provocado una hambruna que, en su mayor parte oculta, está matando gradualmente de hambre a la población de Gaza.

La Corte Internacional de Justicia juzgó a Israel por genocidio en enero. El mes pasado, ordenó el cese inmediato del ataque israelí contra la ciudad meridional de Rafah, en Gaza. Israel ha respondido a ambas sentencias intensificando sus matanzas.

En una muestra más de la impunidad de Israel, la operación de rescate del sábado supuso otro flagrante crimen de guerra.

Israel utilizó un camión de ayuda humanitaria -que supuestamente llevaba socorro a la desesperada población de Gaza- como tapadera de su operación militar. En derecho internacional, esto se conoce como delito de perfidia.

Israel lleva meses bloqueando la ayuda a Gaza, en el marco de sus esfuerzos por matar de hambre a la población. También ha atacado a trabajadores humanitarios, matando a más de 250 desde octubre.

Pero, más concretamente, Israel está librando una guerra contra la UNRWA, alegando sin pruebas que la principal agencia de ayuda de la ONU en Gaza está implicada en operaciones «terroristas» de Hamás. Quiere que la ONU, el último salvavidas de la comunidad internacional en Gaza contra el salvajismo sin sentido de Israel, desaparezca permanentemente.

Al ocultar a sus propios soldados en un camión de ayuda, Israel se burló de su supuesta «preocupación por el terrorismo» haciendo exactamente aquello de lo que acusa a Hamás.

Pero la acción militar de Israel también arrastró el esfuerzo de ayuda -la única manera de poner fin a la hambruna de Gaza- al centro del campo de batalla. Ahora Hamás tiene motivos de sobra para temer que los cooperantes no sean lo que parecen; que en realidad sean instrumentos del terrorismo de Estado israelí.

Motivo nefasto

Dadas las circunstancias, cabría suponer que la administración Biden se apresuraría a condenar las acciones de Israel y a distanciarse de la masacre.

En lugar de ello, Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional del presidente Joe Biden, se mostró dispuesto a atribuirse el mérito de la matanza masiva, o lo que él denominó una «operación audaz«.

En una entrevista concedida el domingo, admitió que Estados Unidos había ofrecido ayuda en la operación de rescate, aunque se negó a aclarar de qué manera. Otros informes señalan también un papel de apoyo británico.

«Estados Unidos lleva varios meses prestando apoyo a Israel en sus esfuerzos por ayudar a identificar la ubicación de los rehenes en Gaza y respaldar los esfuerzos para tratar de garantizar su rescate o recuperación», declaró Sullivan a la CNN.

Los comentarios de Sullivan alimentaron las sospechas existentes de que dicha ayuda va mucho más allá de proporcionar inteligencia y un suministro constante de las bombas que Israel ha lanzado sobre el minúsculo enclave de Gaza en los últimos meses, más que el total de las que cayeron sobre Londres, Dresde y Hamburgo juntas durante la Segunda Guerra Mundial.

Un funcionario de Biden reveló al sitio web Axios que soldados estadounidenses pertenecientes a una supuesta unidad de rehenes estadounidenses habían participado en la operación de rescate que masacró a civiles palestinos.

Además, las imágenes muestran el muelle flotante de Washington como telón de fondo de los helicópteros que participaron en el ataque.

El muelle se construyó ostensiblemente frente a la costa de Gaza con un coste enorme -unos 320 millones de dólares- y a lo largo de dos meses para eludir el bloqueo israelí de la ayuda por tierra.

Los observadores argumentaron en su momento que no sólo era una forma extraordinariamente poco práctica e ineficaz de entregar la ayuda, sino que era probable que hubiera motivos ocultos y nefastos detrás de su construcción.

Su ubicación, en el punto medio de la costa de Gaza, ha reforzado la división del enclave en dos por parte de Israel, creando un corredor terrestre que se ha convertido de hecho en una nueva frontera y desde el que Israel puede lanzar incursiones en el centro de Gaza como la del sábado.

Parece que se ha dado la razón a los críticos. El muelle apenas ha funcionado como ruta de ayuda desde que llegaron las primeras entregas a mediados de mayo.

El embarcadero pronto se rompió, y su reparación y vuelta al funcionamiento no se anunció hasta el viernes.

Ahora, el hecho de que parezca haber sido reparado para su uso inmediato como cabeza de playa de una operación que mató al menos a 270 palestinos arrastra aún más a Washington a la complicidad con lo que el Tribunal Mundial ha calificado de «genocidio plausible».

Pero, al igual que el uso del camión de ayuda, también significa que la administración Biden se une una vez más a Israel -después de retirar su financiación a la UNRWA- en el descrédito directo de la operación de ayuda en Gaza cuando más urgentemente se necesita.

Ese fue el contexto en el que se entendió el anuncio del Programa Mundial de Alimentos el domingo de que dejaba de utilizar el muelle para las entregas de ayuda, alegando motivos de «seguridad».

Masacre «exitosa”

Como siempre, para los medios de comunicación y los políticos occidentales -que se han opuesto firmemente a un alto el fuego que podría haber puesto fin hace meses al sufrimiento de los cautivos israelíes y sus familias- las vidas palestinas carecen literalmente de valor.

El canciller alemán, Olaf Scholz, consideró apropiado describir la muerte de más de 270 palestinos en la liberación de los cuatro israelíes como una «importante señal de esperanza«, mientras que el primer ministro británico, Rishi Sunak, expresó su «enorme alivio«. No se mencionó el terrible número de muertos.

Imagínense describir en términos igualmente positivos una operación de Hamás en la que murieran 270 israelíes para liberar a un puñado de los muchos cientos de miembros del personal médico secuestrados en Gaza por Israel en los últimos meses y que se sabe que están retenidos en un centro de tortura.

El London Times, por su parte, borró sin problemas la masacre de palestinos del sábado al calificar la operación de «ataque quirúrgico«.

Los medios de comunicación elogiaron uniformemente la operación como un «éxito» y una «osadía«, como si la matanza y mutilación de unos mil palestinos -y los crímenes de guerra en serie que Israel cometió en el proceso- no merecieran tenerse en cuenta.

El reportaje principal de BBC News del sábado por la noche se centró sin aliento en las celebraciones de las familias de los cautivos liberados, tratando la masacre de palestinos como algo secundario. El programa hizo hincapié en que el número de muertos era «discutible», aunque sin mencionar que, como siempre, era Israel quien lo discutía.

La realidad es que la salvaje operación de «rescate» habría sido totalmente innecesaria si Netanyahu no hubiera estado tan decidido a dar largas a la negociación de la liberación de los cautivos, y evitar así la cárcel por cargos de corrupción, y si Estados Unidos no hubiera sido tan indulgente con su dilación.

También será muy difícil repetir una operación así, como señaló el fin de semana el corresponsal militar de Haaretz, Amos Harel. Hamás aprenderá la lección y vigilará aún más estrechamente a los cautivos restantes, muy probablemente bajo tierra en sus túneles.

El regreso de los cautivos restantes «probablemente sólo se producirá como parte de un acuerdo que requerirá concesiones significativas», concluía.

Aprovechar los asesinatos

Benny Gantz, el político-general que ayudó a supervisar la matanza israelí de ocho meses en Gaza dentro del gabinete de guerra de Netanyahu y es ampliamente descrito como un «moderado» en Occidente, dimitió del gobierno el domingo.

Aunque aparentemente la disputa gira en torno a la forma en que Israel se retirará de Gaza en los próximos meses, la explicación más probable es que Gantz desea distanciarse de Netanyahu, ya que el primer ministro israelí se enfrenta a una posible detención por crímenes contra la humanidad, y preparar las elecciones para ocupar su lugar.

El secretario de Estado de EEUU, Antony Blinken (izq.), posa con Benny Gantz en Tel Aviv, el 11 de junio de 2024 (David Azagury/AFP).

El Pentágono y la administración Biden ven a Gantz como su hombre. Su salida del Gobierno puede darles más influencia sobre Netanyahu en vísperas de las elecciones presidenciales estadounidenses de noviembre, en las que Donald Trump intentará activamente acercarse al primer ministro israelí.

La atención prestada a la política israelí -sobre la complicidad de Estados Unidos en la masacre de Nuseirat- proporcionará también, sin duda, una distracción bienvenida, mientras el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, recorre la región. Una vez más querrá que le vean recabando apoyos para un plan de alto el fuego que supuestamente liberará a los cautivos israelíes, un plan que Netanyahu estará decidido, una vez más, a obstaculizar.

Es probable que los esfuerzos de Blinken sean aún más inútiles a raíz de la implicación demasiado visible de la administración Biden en la matanza de cientos de palestinos.

La pretensión de Washington de ser un «intermediario honesto» parece a todo el mundo -aparte de la clase política y mediática occidental, fielmente obediente- aún más irrisoria de lo habitual.

La verdadera cuestión es si los fracasos diplomáticos en serie de Blinken a la hora de poner fin a la matanza de Gaza son un error o una característica.

La flagrante contradicción de la postura de Washington hacia Gaza quedó al descubierto la semana pasada durante una rueda de prensa del portavoz del Departamento de Estado, Matthew Miller.

Miller sugirió que el objetivo de Israel y Estados Unidos era persuadir a Hamás para que se disolviera -presumiblemente mediante alguna forma de rendición- a cambio de un alto el fuego. El grupo tenía un incentivo para hacerlo, dijo, «porque no quieren que continúe el conflicto, que siga muriendo gente palestina. No quieren ver guerra en Gaza».

Incluso la prensa occidental, habitualmente complaciente, quedó sorprendida por la insinuación de Miller de que un crimen contra la humanidad -la matanza masiva de palestinos, como la que tuvo lugar en el campo de Nuseirat el sábado- era visto en Washington como una palanca para ejercer presión sobre Hamás.

Pero lo más probable es que la aparente contradicción fuera simplemente sintomática de los enredos lógicos resultantes de los esfuerzos de Washington por desviar la atención del objetivo real: ganar más tiempo para que Israel haga lo que ya tiene tan avanzado.

Israel necesita terminar de pulverizar Gaza, haciéndola permanentemente inhabitable, para que la población se enfrente a un duro dilema: quedarse y morir, o marcharse por cualquier medio posible.

El mismo «muelle humanitario» estadounidense que se puso en servicio para la masacre del sábado puede que pronto sea el «muelle humanitario» que sirva como salida a través de la cual los palestinos de Gaza sean limpiados étnicamente, transportados fuera de una zona de muerte diseñada por Israel.

Foto de portada: Un palestino llora a una de las víctimas de un ataque israelí en el Hospital de los Mártires de Al-Aqsa en Deir Al-Balah, en el centro de la Franja de Gaza, el 9 de junio de 2024 (Reuters).

Voces del Mundo

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