La crisis climática de Iraq

Juan Cole, TomDispatch.com, 9 julio 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch, es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubaiyat of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).

Era uno de los ríos legendarios de la historia y los marines necesitaban cruzarlo.

A principios de abril de 2003, cuando las fuerzas estadounidenses intentaban concluir la conquista de la capital iraquí, Bagdad, y tomar bastiones al norte, el Cuerpo de Marines formó la «Task Force Trípoli«. Estaba comandada por el general John F. Kelly (quien más tarde sería jefe de gabinete de Donald Trump en la Casa Blanca). Su fuerza estaba encargada de capturar la ciudad de Tikrit, lugar de nacimiento del dictador Saddam Hussein. El obvio acceso oriental a la misma estaba bloqueado porque un puente sobre el río Tigris había sido dañado. Dado que los Marines habían reunido el Grupo Operativo en el noreste de Bagdad, su personal tuvo que cruzar dos veces el traicionero y caudaloso Tigris para avanzar hacia su objetivo. Cerca de Tikrit, mientras atravesaban el puente Swash, fueron atacados por los restos militares del régimen de Sadam.

Aun así, Tikrit cayó el 15 de abril e, históricamente hablando, ese doble cruce del Tigris fue un pequeño triunfo para las fuerzas estadounidenses. Al fin y al cabo, esa vía fluvial ancha, profunda y rápida había planteado tradicionalmente problemas logísticos a cualquier fuerza militar. Y así había acontecido a lo largo de toda la historia, constituyendo una barrera desalentadora para los ejércitos de Nabucodonosor II de Babilonia y el aqueménida Ciro el Grande, para Alejandro Magno y el emperador romano Justiniano, para los mongoles y los iraníes safávidas, para las fuerzas imperiales británicas y, por último, para el general John H. Kelly. Sin embargo, al igual que la importancia de Kelly se vio mermada por su posterior colaboración con el único presidente abiertamente autocrático de Estados Unidos, también en este siglo el Tigris se ha visto mermado en todos los sentidos y de forma demasiado abrupta. Ya no es lo que los kurdos llamaban el Ava Mezin, «la Gran Agua», sino una sombra de lo que fue.

Vadear el Tigris

Gracias, al menos en parte, al cambio climático provocado por el hombre, el Tigris y su río compañero, el Éufrates, del que los iraquíes siguen dependiendo tan desesperadamente, han experimentado un alarmante descenso del caudal en los últimos años. Como observan horrorizados los iraquíes en las redes sociales, en algunos lugares, si uno se sitúa en las orillas de estas masas de agua antaño caudalosas, puede ver a través de ellas el lecho del río. Según los iraquíes, en algunos lugares incluso puede vadearse a pie, un fenómeno hasta ahora inaudito.

Esos dos ríos ya no suponen el obstáculo militar que eran. Antes eran sinónimo de Iraq. La propia palabra Mesopotamia, la forma premoderna de referirse a lo que hoy llamamos Iraq, significa «entre ríos» en griego, una referencia, por supuesto, al Tigris y al Éufrates. Se prevé que el cambio climático y el represamiento de esas aguas en los países vecinos aguas arriba harán que el caudal del Éufrates disminuya un 30% y el del Tigris un 60% de aquí a 2099, lo que supondría una sentencia de muerte para muchos iraquíes.

Hace veinte años, con el presidente George W. Bush y el vicepresidente Dick Cheney, dos hombres del petróleo y negacionistas del cambio climático, en la Casa Blanca y los nuevos hallazgos de petróleo disminuyendo, les pareció lo más natural del mundo utilizar el horror del 11-S como excusa para cometer un «cambio de régimen» en Bagdad (que no tuvo nada que ver con el derribo del World Trade Center de Nueva York y parte del Pentágono en Washington, D.C.). Pensaban que así podrían crear un régimen títere amistoso y levantar las sanciones impuestas por Estados Unidos y la ONU a la exportación de petróleo iraquí, impuestas como castigo por la invasión de Kuwait por el dictador Sadam Husein en 1990.

Había una profunda ironía en la decisión de invadir Iraq para (por así decirlo) liberar sus exportaciones de petróleo. Al fin y al cabo, quemar gasolina en los coches hace que la tierra se caliente, así que el mismo oro negro que codiciaban tanto Sadam Husein como George W. Bush resultó ser una caja de Pandora de la peor especie. Recordemos que ahora sabemos que, en la «guerra contra el terror» de Washington en Iraq, Afganistán y otros lugares, el ejército estadounidense emitió a la atmósfera al menos 400 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono que atrapa el calor. Y eso encaja en una gran tradición. Desde el siglo XVIII, Estados Unidos ha vertido 400.000 millones -¡sí, miles de millones!- de toneladas métricas de CO2 a esa misma atmósfera, es decir, el doble que cualquier otro país, lo que significa que tiene una doble responsabilidad ante víctimas climáticas como las de Iraq.

El colapso climático al estilo iraquí

Las Naciones Unidas han declarado ahora que Iraq, país rico en petróleo en el que la administración Bush ha apostado el futuro de nuestro propio país, es el quinto más vulnerable al cambio climático entre sus 193 Estados miembros. Su futuro, advierte la ONU, será de «temperaturas en aumento, precipitaciones insuficientes y decrecientes, intensificación de las sequías y escasez de agua, frecuentes tormentas de arena y polvo e inundaciones». El lago Sawa, la «perla del sur» en la gobernación de Muthanna, se ha secado, víctima tanto de la sobreexplotación industrial de los acuíferos como de una sequía provocada por el clima que ha reducido las precipitaciones en un 30%.

Mientras tanto, las temperaturas en esa tierra ya de por sí calurosa están aumentando rápidamente. Como lo describe Adel Al-Attar, asesor iraquí del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) sobre Agua y Hábitat: «He vivido en Basora toda mi vida. Cuando era niño, la temperatura estival nunca superaba los 40ºC en verano. Hoy puede superar los 50ºC . Las estadísticas climáticas le dan la razón. Ya el 22 de julio de 2017, la temperatura en Basora alcanzó los 54°C , entre las más altas jamás registradas en el hemisferio oriental. Las temperaturas iraquíes son, de hecho, entre dos y siete veces superiores a las temperaturas medias mundiales y eso significa una mayor sequedad del suelo, un aumento de la evaporación de los ríos y embalses, una disminución de las precipitaciones y una clara pérdida de biodiversidad, por no hablar del aumento de las amenazas para la salud humana, como la insolación.

La guerra estadounidense perjudicó directamente a los agricultores iraquíes, que constituyen el 18% de la mano de obra del país. Y cuando terminó, tuvieron que hacer frente a la asombrosa cantidad de explosivos que quedaron en el campo, como minas terrestres, municiones sin detonar y artefactos explosivos improvisados, muchos de los cuales han quedado desde entonces peligrosamente cubiertos por las arenas del desierto a medida que empeora la sequía provocada por el clima. Un artículo en la revista de la Real Academia Sueca de Ciencias observa que cuando se trata de interrupciones militares de las vías fluviales: «El desplazamiento, las explosiones y el movimiento de equipo pesado aumentan el polvo que luego se deposita en los ríos y se acumula en los embalses”. Peor aún, entre 2014 y 2018, cuando los guerrilleros del Estado Islámico de Iraq y el Levante (Dáesh), a quienes la guerra estadounidense ayudó a nacer, se apoderaron de partes del norte y el oeste de Iraq, volaron presas y practicaron tácticas de tierra quemada que causaron daños por valor de 600 millones de dólares a la infraestructura hidráulica del país. Si Estados Unidos nunca hubiera invadido, no habría existido el Dáesh.

Polvo y más polvo

Como observó Al-Attar, del CICR, «cuando no hay suficiente lluvia o vegetación, las capas superiores de la tierra se vuelven menos compactas, lo que significa que aumenta la probabilidad de que se produzcan tormentas de polvo o arena. Estos fenómenos meteorológicos contribuyen a la desertificación. El suelo fértil se está convirtiendo en desierto». Y ese es parte del destino de Iraq tras la invasión, lo que significa tormentas de polvo y arena cada vez más frecuentes. A mediados de junio, el gobierno iraquí advirtió de que unas tormentas de polvo y truenos especialmente violentas en las provincias de al-Anbar, Nayaf y Karbala estaban arrancando cada vez más árboles y arrasando cada vez más granjas. A finales de mayo, en Kirkuk, una tormenta de polvo envió a cientos de iraquíes al hospital. Hace un año, las tormentas de polvo eran tan intensas y rápidas, semana tras semana, que a menudo impedían la visibilidad en las principales ciudades y miles de personas fueron hospitalizadas con problemas respiratorios. A finales del siglo XX, ya había, de media, 243 días al año con un alto nivel de partículas en el aire. En los últimos 20 años, esa cifra ha alcanzado los 272. Los climatólogos predicen que llegará a 300 en 2050.

Algo más de la mitad de las tierras cultivadas de Iraq dependen de la agricultura de secano, sobre todo en el norte del país. El periodista iraquí Sanar Hasan describe el impacto de la creciente sequía y la escasez de agua en la provincia septentrional de Nínive, donde los rendimientos se han reducido considerablemente. Nínive produjo 5 millones de toneladas métricas de trigo en 2020, pero sólo 3,37 millones en 2021, antes de caer en picado más de un 50% hasta 1,34 millones en 2022. Esta disminución de los rendimientos plantea un problema especial en un mundo en el que el trigo no ha hecho más que encarecerse, a causa en parte a la guerra rusa contra Ucrania. Miles de familias de agricultores iraquíes se están viendo obligadas a abandonar sus tierras por la escasez de agua. Por ejemplo, Hasan cita a Yashue Yohanna, un cristiano que trabajó toda su vida en la agricultura pero que ahora no puede llegar a fin de mes: «Cuando deje la granja, ¿qué esperan que haga después? Soy un anciano. ¿Cómo voy a pagar el coste de la vida?».

Es aún peor, las marismas del sur de Iraq se están convirtiendo en los clásicos cuencos de polvo. El director de Medio Ambiente de la gobernación de Maysan, en el sur de Iraq, anunció recientemente que su marisma de al-Awda se había secado al 100%.

Las marismas de la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates han sido históricas durante miles de años. La epopeya más antigua del mundo, el relato mesopotámico de Gilgamesh, se desarrolla allí y describe el viaje de un héroe a un jardín encantado de los dioses en busca de la inmortalidad. (Ecos de esa epopeya pueden encontrarse en la historia bíblica del jardín del Edén).

Sin embargo, nuestra adicción a los combustibles fósiles ha contribuido significativamente a la destrucción de esa misma fuente de vida y leyenda. Los habitantes de las marismas capturaban allí la mayor parte del pescado que comen los iraquíes, pero los humedales que quedan sufren ahora tasas de evaporación cada vez más altas. El Shatt al-Arab, creado donde el Tigris y el Éufrates desembocan en el Golfo Pérsico, ha visto descender la presión de sus aguas, permitiendo una afluencia de agua salada que ya ha destruido 60.000 acres de tierras de cultivo y unos 30.000 árboles.

Muchas de las palmeras datileras de Iraq también han muerto a causa de la guerra, el abandono, la salinización del suelo y el cambio climático. En las décadas de 1960 y 1970, Iraq suministraba las tres cuartas partes de los dátiles del mundo. Ahora, su industria de dátiles es minúscula y está en peligro de extinción, mientras que los árabes de las marismas y las familias de agricultores del sur se han visto obligados a abandonar sus tierras y trasladarse a las ciudades, donde carecen de los conocimientos necesarios para ganarse la vida. El periodista Ahmed Said y sus colegas de Reuters citan a Hasan Musa, un antiguo pescador que ahora conduce un taxi: «La sequía acabó con nuestro futuro. No tenemos ninguna esperanza, salvo un empleo [público] que fuera suficiente. Otros trabajos no satisfacen nuestras necesidades».

El agua como trabajo de mujeres

Aunque fueron sobre todo hombres quienes planearon las ruinosas guerras de Iraq del último medio siglo y pusieron sus miras en quemar tanto petróleo, carbón y gas natural como fuera posible para obtener beneficios y energía, las mujeres iraquíes se han llevado la peor parte de la crisis climática. Pocas de ellas están en el mercado laboral formal, aunque muchas trabajan en granjas. Como están en casa, a menudo se les ha asignado la responsabilidad de suministrar agua. Debido a las actuales condiciones de sequía, muchas mujeres ya pasan al menos tres horas al día intentando conseguir agua de los embalses y llevarla a casa. La búsqueda de agua se está volviendo tan difícil y requiere tanto tiempo que algunas chicas están abandonando la escuela secundaria para dedicarse a ello.

En casa, las mujeres dependen del agua del grifo, que a menudo está contaminada. Los hombres que trabajan fuera de casa suelen tener acceso a agua purificada para la industria iraquí y sus ciudades. A medida que las explotaciones agrícolas fracasan debido a la sequía, los hombres emigran a esas mismas ciudades en busca de trabajo, dejando a menudo a las mujeres del hogar en las aldeas rurales luchando por cultivar suficientes alimentos con los que alimentarse a sí mismas y a sus hijos en circunstancias terriblemente áridas.

El otoño pasado, la Organización Internacional para las Migraciones de las Naciones Unidas calculó que 62.000 iraquíes que vivían en el centro y el sur del país se habían visto desplazados de sus hogares por la sequía en los últimos cuatro años y preveía que muchos más los seguirían. Al igual que los habitantes de Oklahoma huyeron en masa a California durante el Dust Bowl (cuenco de polvo) de la década de 1930, ahora los iraquíes se enfrentan a la perspectiva de tener que lidiar con su propio dustbowl. Sin embargo, es poco probable que se trate de un mero episodio como el estadounidense. Por el contrario, se perfila como el destino a largo plazo de su país.

Si, en lugar de invadir Iraq, el gobierno estadounidense se hubiera puesto manos a la obra en la primavera de 2003 para reducir la producción de dióxido de carbono, como sugería entonces uno de nuestros científicos climáticos más destacados, Michael Mann, podría haberse evitado la emisión de cientos de miles de millones de toneladas de CO2. La humanidad habría tenido dos décadas más para hacer la transición a un mundo sin emisiones de carbono. Al fin y al cabo, lo que está en juego afecta tanto a los estadounidenses como a los iraquíes.

Si la humanidad no llega a cero emisiones de carbono en 2050, es probable que superemos nuestro «presupuesto de carbono«, la capacidad del océano para absorber CO2, y el clima se volverá sin duda caótico. Lo que ha ocurrido ya en Iraq, por no hablar de los terribles impactos climáticos que recientemente han dejado a Canadá en llamas constantes, a las ciudades estadounidenses echando humo y a los tejanos asándose de forma récord, parecería entonces un juego de niños.

En ese momento, en resumen, nos habríamos invadido a nosotros mismos.

Voces del Mundo

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