Cambio climático: ¿Por qué la acción contra la crisis es pura palabrería?

Jonathan Cook, Middle East Eye, 11 agosto 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Jonathan Cook es autor de tres libros sobre el conflicto palestino-israelí y ganador del Premio Especial de Periodismo Martha Gellhorn. Su sitio web y su blog: http://www.jonathan-cook.net

El debate sobre la crisis climática debería haberse zanjado a principios de los años noventa. Sin embargo, tres décadas después, el alcance, la inminencia e incluso la existencia de una catástrofe inminente siguen siendo objeto de acaloradas disputas. Y no por casualidad.

David Attenborough está en las redes sociales suplicando, una vez más, que la humanidad haga algo antes de que se superen los puntos de inflexión que no pueden revertirse y las temperaturas empiecen a subir inexorablemente, hagamos lo que hagamos.

En la misma línea, Antonio Guterres, secretario general de las Naciones Unidas, advirtió a finales del mes pasado que la humanidad ha pasado de la era del calentamiento global a la de la «ebullición global«. Se siguen batiendo récords de temperatura, mientras que los incendios forestales y las inundaciones se han convertido en noticia habitual.

Los modelos actualizados de los científicos predicen ahora el primer incumplimiento del límite de 1,5ºC de aumento medio de la temperatura para el planeta, establecido por el Acuerdo de París de 2015, en cuestión de pocos años, en lugar de décadas. Esta semana se anunció que julio había sido el mes más caluroso registrado en todo el mundo, con un aumento de 0,33ºC respecto al récord anterior.

Es probable que Oriente Próximo sufra pronto los peores efectos, ya que grandes zonas de la región son las menos capaces de hacer frente a los elevados costes de la adaptación.

La escasez de agua, el calor extremo, la inseguridad alimentaria y la desertificación harán la vida cada vez más difícil y desencadenarán migraciones y conflictos.

Y, sin embargo, continúa la inacción para frenar el uso de combustibles fósiles.

Reservas de petróleo al límite

Según datos recientes, Estados Unidos y China, responsables de la mayor parte de las emisiones mundiales, consumen más combustibles fósiles que nunca.

Los ejecutivos de la industria petrolera atemorizan a la opinión pública afirmando que los recortes en la producción de petróleo intensificarán la crisis del coste de la vida. Impulsados por la misma lógica aparente, los gobiernos occidentales están dando marcha atrás rápidamente en sus promesas ecológicas.

En Gran Bretaña, el primer ministro Rishi Sunak promete «maximizar» las reservas de petróleo y gas del Reino Unido mediante nuevas perforaciones en el Mar del Norte, creyendo presumiblemente que así ganará votos. Por temor a la pérdida de puestos de trabajo, su secretaria de Estado de Economía, Kemi Badenoch, indica que los conservadores podrían suavizar sus compromisos de obligar a cambiar a los vehículos eléctricos.

Keir Starmer, líder de la oposición laborista, no tiene más que vitriolo para los manifestantes contra el cambio climático, los únicos que exigen públicamente que se haga algo urgentemente. Esta semana calificó de «despreciables» a los manifestantes de Just Stop Oil, que exigían que un futuro gobierno laborista revocara las nuevas licencias de perforación petrolífera de Sunak.

El presupuesto anual de 620.000 millones de euros propuesto por la Unión Europea para el «Pacto Verde» carece hasta ahora de financiación. Parece que los Estados miembros tienen otras prioridades financieras, como armar a Ucrania. Del mismo modo, el Reino Unido se dispone a abandonar su promesa de 11.600 millones de libras (14.700 millones de dólares) para ayudar a los países en desarrollo en 2019.

Y la cumbre de líderes mundiales sobre el clima que se celebrará en Cop a finales de año (la 28ª) está preparada para ser apresada, una vez más y a plena luz del día, por el lobby del petróleo. Los Emiratos Árabes Unidos, cuya economía depende por completo de la producción de petróleo, serán los anfitriones de la cumbre y, con toda probabilidad, controlarán su agenda.

Una bofetada de realidad

Entonces, ¿cómo hemos llegado a este punto de abyecto fracaso en el que cuanto mayor es el consenso científico y la evidencia en el mundo real, menor es el impacto que ese consenso tiene en la toma de decisiones?

La asombrosa disociación entre amenaza y respuesta sólo es posible porque el lobby del petróleo ha moldeado históricamente, y sigue moldeando, la comprensión popular de la gravedad de lo que nos espera. Reina la disonancia cognitiva.

Es cierto que los medios de comunicación establecidos han empezado, muy tardíamente, a diagnosticar patrones meteorológicos más impredecibles y extremos como síntomas de una crisis climática más amplia. Es difícil negar la realidad cuando ésta no deja de abofetearte en la cara.

Turistas junto a una pantalla digital de calor récord en el Valle de la Muerte, California, el 16 de julio de 2023 (AFP)

Pero, por lo demás, los medios de comunicación han sido, y siguen siendo, el núcleo del problema. Siguen encubriendo tanto al lobby del petróleo como a las corporaciones globales cuyos resultados dependen de una continua adicción al consumo excesivo y al «crecimiento económico».

No es de extrañar, porque los medios de comunicación, cuyo trabajo consiste en enmarcar nuestra comprensión del mundo, están profundamente implicados en la especulación empresarial a expensas del planeta.

Han hecho un excelente trabajo ofuscando tanto nuestro destino colectivo como su propio papel en la perpetuación del engaño.

La verdad es que los científicos sabían desde hace al menos 70 años que el calentamiento del planeta sería un grave problema si la economía humana seguía creciendo mediante la quema de carbono.

Ese conocimiento no hizo más que profundizarse desde finales de los 60 hasta los 80, a medida que los modeladores desarrollaban formas más sofisticadas de medir y predecir los efectos de las emisiones de gases de efecto invernadero.

Previsiones mantenidas en secreto

Lamentablemente para la humanidad, la mayor parte de las primeras investigaciones sobre este tema fueron financiadas por las corporaciones petroleras.

En 1968, un instituto de investigación de Stanford concluyó: «No parece haber duda de que el daño potencial a nuestro medio ambiente podría ser grave». Sus conclusiones, sin embargo, se entregaron en privado al American Petroleum Institute.

Según revelaciones recientes, en 1978, investigadores que trabajaban para la petrolera italiana Eni predijeron con exactitud las tendencias de las emisiones mundiales y su probable impacto. La revista interna de Eni hacía repetidas referencias al cambio climático incluso cuando la empresa defendía públicamente sus combustibles como «limpios».

En 1982, las mejores mentes de la ciencia climática habían trazado el curso futuro del calentamiento global para ExxonMobil.

Predijeron que el momento crítico llegaría dentro de 37 años, en 2019, cuando los niveles de dióxido de carbono alcanzarían las 415 partes por millón (ppm) en la atmósfera. Esto provocaría un peligroso aumento de la temperatura media mundial de 0,9 ºC.

Un año después, en 2020, advirtieron, ya no sería posible para las corporaciones petroleras disimular desestimando el cambio climático como simples fluctuaciones meteorológicas normales.

Como ahora sabemos, sus predicciones dieron en el clavo. El umbral de 415 ppm se superó en mayo de 2019. Y en los últimos años se ha hecho cada vez más difícil ignorar la naturaleza sin precedentes de los fenómenos meteorológicos.

El único error de los científicos fue ser ligeramente conservadores sobre cuándo el aumento de temperatura resultante cruzaría el peligroso umbral de 0,9C: ocurrió dos años antes de lo que habían previsto.

En respuesta a un borrador del informe de 1981, Roger Cohen, jefe de planificación estratégica de ExxonMobil hasta su jubilación en 2003, propuso que podría ser más exacto describir los efectos probables de la quema de combustibles fósiles como «catastróficos» para 2030 en lugar del texto previsto de «muy por debajo de catastróficos».

Una vez más, los científicos de ExxonMobil se vieron obligados por contrato a ocultar al público sus aterradoras previsiones.

¿Retorno a la Edad Media?

La exactitud de estas predicciones es difícil de explicar para aquellos que sostienen que la emergencia climática provocada por el hombre es un engaño, una conspiración para devolvernos a la Edad Media o para impulsar una agenda globalista de «ecosocialismo autoritario«, supuestamente liderada por Amazon y Elon Musk.

¿Por qué las corporaciones occidentales se esforzaron tanto en ocultar al público durante tanto tiempo esta información de importancia crítica sobre el cambio climático, si siempre tuvieron la intención de utilizarla para quitarnos nuestras libertades y privarnos de nuestros teléfonos móviles?

La verdadera respuesta hay que buscarla en lo ocurrido en los últimos 30 años.

Los científicos que no estaban en el bolsillo de la industria petrolera acabaron por ponerse al día con sus captados colegas. Esto culminó en un informe científico a las Naciones Unidas en 1990, en el que se advertía con crudeza de los peligros que planteaba el cambio climático provocado por el hombre. Finalmente, la amenaza del cambio climático se convirtió en una realidad.

Migrantes del África subsahariana en una embarcación improvisada son encontrados por las autoridades tunecinas frente a la costa de Sfax, el 4 de octubre de 2022 (Foto: Fethi Belaid/AFP)

Durante un breve periodo de tiempo, las grandes petroleras parecieron temer que se acabara el juego. Supuso que se produciría una reacción popular y política cuando se filtraran los datos.

En 1989, Shell planteó dos escenarios futuros. En uno de ellos, al que denominó «Mundo Sostenible», la quema de carbono alcanzaría su punto máximo en el año 2000 y luego descendería, lo que llevaría a un aumento manejable de 1ºC en las temperaturas. En el otro, lo que denominó «Mercantilismo Global», es decir, seguir como hasta ahora, tendría consecuencias desastrosas.

«El clima sería más violento: más tormentas, más sequías, más inundaciones. El nivel medio del mar subiría al menos 30 cm. Las pautas agrícolas cambiarían drásticamente», concluía el informe de Shell de 1989.

También se desencadenaría un problema de refugiados en todo el mundo, ya que la gente huiría de los focos de hambruna y sequía. «Abundarían los conflictos. La civilización podría resultar frágil».

En respuesta, se organizaron campañas de relaciones públicas para mostrar la seriedad con que la industria petrolera se tomaba el problema. En 1991, por ejemplo, Shell financió un vídeo de media hora sobre los peligros del cambio climático para su proyección en colegios e institutos.

Fe irracional en el crecimiento eterno

Evitar una crisis para toda la humanidad que la industria sabía que se avecinaba puede haber sido un deber moral, pero no legal.

De hecho, como ya explicó anteriormente Middle East Eye, ocurrió exactamente lo contrario. A lo largo de la década de 1990, las grandes petroleras sabotearon con éxito la adopción de medidas significativas contra el cambio climático presionando a los Estados occidentales para que firmaran un tratado energético que les ataba las manos en cuanto a la reducción del uso de combustibles fósiles.

Por una buena razón. En el sistema capitalista, el principal deber de las empresas petroleras -como el de otras empresas- es mantener la rentabilidad y garantizar el valor para los inversores y accionistas. La ética no se tiene en cuenta nunca.

Así que la industria de los combustibles fósiles gastó parte de sus enormes beneficios en una doble vía: en primer lugar, enturbiando las aguas sobre la ciencia del clima, y luego canalizando la atención hacia soluciones a pequeña escala, en gran medida sin sentido, cuya aplicación correspondía al público.

Durante los años críticos en los que se necesitaban medidas urgentes y respaldadas por el Estado a gran escala, el negacionismo climático, financiado por el dinero negro de las grandes empresas, se emitió con regularidad en medios de comunicación influyentes como la BBC. Los ciudadanos de a pie se quedaron, como se suponía que debían estar, confundidos e inseguros.

Mientras tanto, la carga de hacer algo se desplazó intencionadamente de los gobiernos a los ciudadanos occidentales. Se nos dijo que las pequeñas acciones privadas tendrían un gran impacto.

Se animó a los ciudadanos, por ejemplo, a cambiar gradualmente el uso de bombillas derrochadoras y de corta duración por versiones más eficientes y duraderas, bombillas que existían desde hacía décadas pero que no se producían porque eran mucho menos rentables.

El análisis coste-beneficio había cambiado ahora para las grandes empresas: la humilde bombilla era un arma en la lucha por aplacar a un público y a unos responsables políticos deseosos de hacer algo contra el cambio climático.

Del mismo modo, se aconsejaba a los ciudadanos responsables que se desplazaran al trabajo en bicicleta, mientras los gobiernos priorizaban exclusivamente las mejoras de las infraestructuras viarias para los automovilistas, no para los ciclistas, y se fomentaba una cultura más amplia de denigrar a los ciclistas, que persiste hoy en día.

La cosa no acabó ahí. El lobby de los combustibles fósiles intensificó su control del espacio público.

El dinero de las empresas en la política significaba que la clase política no estaba de humor para enfrentarse a la industria petrolera, dijeran lo que dijeran los científicos. En cualquier caso, los políticos, desesperados por la reelección, no iban a empezar a cuestionar los preceptos del capitalismo en un sistema bipartidista en el que se esperaba que ambos partidos rindieran culto al modelo de crecimiento económico sin fin.

Los medios de comunicación establecidos estaban integrados en la misma red de corporaciones interconectadas que se beneficiaban de una economía basada en el petróleo. Sus propios objetivos a corto plazo dependían de apuntalar una fe irracional entre el público en el crecimiento económico eterno en un planeta finito.

Una gigantesca operación psicológica

En resumidas cuentas, nadie con una plataforma pública tenía interés en advertir al público que las sociedades avanzadas estaban estructuradas de una manera que nos precipitaba hacia la extinción. Nunca se cuestionó el modelo capitalista de consumo excesivo impulsado por los beneficios.

En su lugar, las empresas de combustibles fósiles se fijaron como plazo la década de 2010, momento en el que, como habían advertido sus científicos, sería difícil ocultar al público los trastornos climáticos. Para entonces, la industria petrolera tendría que tener listo un nuevo guion según el cual la industria petrolera era parte integrante de la salvación del planeta.

Que es exactamente lo que hizo. Informes recientes demuestran que los fondos de inversión éticos y ecológicos han volcado dinero en las empresas de combustibles fósiles después de que éstas se rebautizaran. Los beneficios de los gigantes del petróleo han vuelto a alcanzar niveles récord.

Bajo los llamados Nuevos Acuerdos Verdes, nada cambia en lo fundamental. Seguimos conduciendo nuestros propios coches con colores bonitos e individualizados. Seguimos de vacaciones en el extranjero. Seguimos comprando en grandes supermercados con todo -incluidas las frutas exóticas traídas del extranjero durante todo el año- envuelto y protegido en plásticos derivados del petróleo.

La publicidad nos sigue incitando a consumir todo lo posible y a desechar cada pocos años las nuevas tecnologías -desde ordenadores personales hasta teléfonos- por obsolescencia programada.

Pero este modo de vida individualizado, competitivo y derrochador está cambiando. Ahora los coches son híbridos o eléctricos. Las vacaciones se «compensan con bonos de carbono» de alguna manera. El plástico de nuestros alimentos se describe como reciclable. La publicidad nos explica que todo lo que compramos salva el planeta.

Vivir cada vez más online supuestamente también ayuda, porque reduce nuestra huella de carbono. Se trata de una revolución verde en la que todo sigue prácticamente igual, incluida la capacidad de las grandes empresas para obtener enormes beneficios.

La industria petrolera, armada con las advertencias -con décadas de antelación- de sus propios científicos, tuvo suficiente ventaja para inventar una narrativa interesada. En ella se anima a la gente corriente a consumir tanto como antes, mientras se les convence de que están marcando la diferencia o de que el daño que están causando se revertirá con tecnologías inminentes.

La nueva consigna es «red cero». Pero, en realidad, se trata de una gigantesca operación psicológica (psyop), como han empezado a apreciar poco a poco los científicos del clima.

En 2021, un grupo de tres destacados académicos admitió que durante años se les había engañado para que defendieran las promesas del Green New Deal.

Advirtieron que las soluciones tecnológicas, como la captura de carbono, la compensación y la geoingeniería, «no eran más que cuentos de hadas«. Las políticas de emisiones netas cero «estaban y siguen estando impulsadas por la necesidad de proteger el negocio, no el clima».

Uno de ellos, James Dyke, experto en sistemas globales de la Universidad de Exeter, observó: «Es sorprendente cómo la ausencia continua de cualquier tecnología creíble de eliminación de carbono parece no afectar nunca a las políticas de cero emisiones. Se le eche lo que se le eche, el cero neto sigue adelante sin una abolladura en el guardabarros… Ahora me he dado cuenta de que todos hemos sido objeto de una forma de gaslighting».

Cinismo malsano

Esto se ha convertido -intencionadamente o no- en un ganar-ganar para las grandes empresas.

Gran parte de la opinión pública está equivocadamente convencida de que la crisis climática aún está lejos y que las medidas necesarias para evitarla están al alcance de la mano gracias a avances tecnológicos como la captura de carbono. En consecuencia, no tienen mucha implicación con el movimiento de protesta contra el cambio climático, cada vez más ruidoso.

Algunos sectores importantes del propio movimiento de protesta han sido engañados haciéndoles creer que el Green New Deal ofrece soluciones de buena fe, a pesar de que ha sido secuestrado para disfrazar el negocio de normal.

Como resultado, el elefante en la cacharrería -las tendencias inherentes y autodestructivas del capitalismo- es relegado por los manifestantes a un segundo plano o se pierde de vista por completo. Las protestas se limitan invariablemente a los fracasos políticos o a los giros en falso del gobierno.

Incluso a Greta Thunberg, figura emblemática del movimiento de protesta, que el año pasado se declaró finalmente en contra del capitalismo con la publicación de The Climate Book, le ha resultado difícil no volver a apoyar la normalidad de los negocios.

En los últimos meses se ha convertido en una partidaria cada vez más destacada de la guerra en Ucrania, dando publicidad a la cínica lucha indirecta de Occidente contra Rusia en nombre de sus industrias bélicas y energéticas.

La guerra de Ucrania, provocada como era de esperar por la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, ha ofrecido enormes oportunidades de lucro a las industrias militar, armamentística y petrolera de Occidente.

Esto no sólo ha servido para distraer la atención de la urgente necesidad de hacer frente a la crisis climática. Los daños colaterales de la guerra -desde las explosiones del gasoducto Nord Stream hasta la rotura de la presa de Kakhovka- están causando un enorme daño ecológico. La propia guerra, y la negativa a considerar la posibilidad de entablar conversaciones de paz, está alimentando a las fuerzas más responsables de la destrucción medioambiental.

En medio hay un tercer bando. Se ha convertido en un cínico terminal. Algunos niegan cualquier tipo de emergencia climática. Otros descartan la agenda verde, argumentando que no se ha cumplido el plazo para salvar el planeta y que cualquier acción es ahora inútil.

Las opiniones públicas occidentales están confusas, amargadas y divididas: las condiciones ideales para que reine la inercia y las grandes petroleras puedan seguir como si nada.

El paradigma del crecimiento

Sin que nadie en la corriente dominante se enfrente a la realidad de lo que nos espera, las principales instituciones financieras han tenido libertad para fingir que el implacable paradigma de crecimiento del capitalismo puede cuadrar con la sostenibilidad.

Un informe de 2017, por ejemplo, de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, un organismo mundial de comercio formado por los 38 Estados más desarrollados del mundo, se titula simplemente: «Invertir en clima, invertir en crecimiento».

El Banco Mundial defiende el crecimiento continuado -para las corporaciones occidentales- bajo la engañosa rúbrica de «desarrollo» para el Sur Global.

Los animadores del mercado del gobierno británico pregonan sus credenciales ecológicas. «Nuestra transición hacia un futuro verde y sostenible ofrecerá nuevas oportunidades de crecimiento y nivelación de la economía británica», afirma un documento político de 2023. Tales afirmaciones se hacen, como ya se ha señalado, incluso cuando el gobierno y la oposición se apresuran a dar marcha atrás en políticas que son el requisito previo para un futuro sostenible.

La Comisión Europea, por su parte, llama a su Pacto Verde «la nueva estrategia de crecimiento de Europa«, aunque no lo financie.

La atención exclusiva al cambio climático ha servido también como una especie de sumidero en el que pueden desaparecer problemas mucho más amplios de degradación ecológica por la actividad humana. Mientras las grandes empresas se dedican a prometer soluciones tecnológicas de cuento de hadas, como la reducción de emisiones de carbono, la atención se desvía de las cosas para las que no se ofrecen soluciones. Por ejemplo, la pérdida masiva de biodiversidad, la escasez de agua dulce, la degradación del suelo, la deforestación, la contaminación del aire y del agua, los microplásticos, la acidificación de los océanos o la sobreexplotación de minerales raros. Y la lista continúa.

El ecologista William Rees, profesor emérito de la Universidad de Columbia Británica, se ha referido a la cultura tecnoindustrial moderna como «fundamentalmente disfuncional». Está «consumiendo sistemáticamente -incluso con entusiasmo- la base biofísica de su propia existencia». Describe la relación de la humanidad con el planeta como análoga a la de un «parásito maligno«.

Hacer como el avestruz

Entre bastidores, los políticos y funcionarios parecen menos optimistas que sus simplistas declaraciones públicas.

Aunque se niegan a afrontar las contradicciones inherentes entre las exigencias ecológicas y las económicas, reconocen los elevados costes que con toda seguridad supondrán para las finanzas de cada nación el aumento de los fenómenos meteorológicos extremos y la elevación de los océanos.

A finales de 2021, un grupo del Tesoro estadounidense concluyó que la crisis climática era una «amenaza emergente» para la estabilidad financiera del país, con el potencial de acabar con billones de dólares en activos.

Sin embargo, ante la disyuntiva de hacer frente a la emergencia climática o perseguir el crecimiento, el imperativo económico triunfa siempre.

En enero, en una reunión de jefes de bancos centrales en Estocolmo, el director de la Reserva Federal de Estados Unidos, Jerome Powell, instó a sus colegas occidentales a priorizar objetivos a corto plazo como la lucha contra la inflación en lugar de abordar la necesidad a largo plazo de combatir el cambio climático. «No somos, ni seremos, responsables de la política climática», afirmó.

La emergencia climática, y la crisis ecológica en general, pondrán cada vez más a prueba este tipo de ortodoxia neoliberal. Sin una respuesta significativa, algo tendrá que ceder. Los dos pilares del orden democrático liberal de Occidente ya están empezando a desmoronarse: el compromiso con la libertad de expresión y el derecho a la protesta.

Por delante nos esperan facturas de la luz cada vez más inasequibles, estanterías de supermercados vacías, inundaciones y olas de calor, despilfarro en guerras por los recursos y los síntomas más generales del colapso ecológico.

Enterrar la cabeza en la arena un poco más no hará que la batalla que se avecina desaparezca. Sólo hará que la supervivencia sea aún menos probable.

Foto de portada: Un bombero lucha contra un incendio forestal en la Reserva Nacional de Mojave, California, el 30 de julio de 2023 (David Swanson/AFP)

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