Razones para negociar con Rusia

Keith Gessen, The New Yorker, 29 agosto 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Keith A. Gessen es un novelista, periodista y traductor literario estadounidense de origen ruso. Es cofundador y coeditor de la revista literaria estadounidense n+1 y profesor adjunto de Periodismo en la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia.

Si quieren escuchar una perspectiva diferente sobre la guerra en Ucrania, hablen con Samuel Charap. Charap trabaja en la RAND Corporation, un think tank que lleva desde los años cuarenta investigando para el ejército estadounidense, entre otros clientes. Siguiendo el espíritu de autoabnegación arquitectónica de muchas instituciones de Washington, alquila varias plantas de una torre de oficinas anexa a un centro comercial en Arlington, Virginia, no lejos del Pentágono. El centro comercial tiene un Macy’s y un Bath and Body Works, que no son lugares a los que le guste ir a Charap.

Charap, que creció en Manhattan, se interesó por la literatura rusa en el instituto y luego por la política exterior rusa en la universidad, en Amherst. Se doctoró en Ciencias Políticas en Oxford y pasó tiempo investigando su tesis tanto en Moscú como en Kiev. En 2009, empezó a trabajar en el Center for American Progress, un think tank liberal de Washington D.C. Rusia acababa de librar una breve y desagradable guerra con Georgia, pero la Administración Obama entrante esperaba «recomponer» las relaciones y encontrar un terreno común. Charap apoyó este esfuerzo y redactó artículos en los que intentaba pensar en una política exterior progresista para Estados Unidos en la región postsoviética. Pero las tensiones con Rusia siguieron aumentando. Tras la anexión rusa de Crimea y la incursión en el este de Ucrania, en 2014, Charap escribió un libro, con el politólogo de Harvard Timothy Colton, titulado «Everyone Loses«, sobre el trasfondo de la guerra. En él, Charap y Colton argumentan que Estados Unidos, Europa y Rusia se habían combinado para producir un resultado de «suma negativa» en Ucrania. Rusia era el agresor, sin duda, pero al pedir que Ucrania eligiera entre Rusia u Occidente, Estados Unidos y Europa habían contribuido a avivar las llamas del conflicto. Al final, todos pierden.

Conocí a Charap en el verano de 2017, no mucho después de la publicación del libro y en medio de una vorágine de ira contra Rusia por su injerencia en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. Robert Mueller había sido nombrado abogado especial del Departamento de Justicia, Donald Trump había tachado la investigación de engaño y el Congreso estaba en proceso de aprobar un proyecto de ley bipartidista de sanciones contra Rusia. Charap estaba tan enfadado como cualquiera por la injerencia, pero pensaba que las sanciones propuestas en el proyecto de ley eran un error. «La idea de los palos en las relaciones internacionales no es sólo para vencer a otros países», me dijo entonces. «Es para conseguir un resultado mejor». Puso el ejemplo de las sanciones impuestas a Irán desde hace tiempo, que finalmente le obligaron a sentarse a la mesa de negociaciones y a limitar enormemente su programa nuclear. Las sanciones a Rusia, prosiguió, no eran así. «Las sanciones sólo son eficaces para cambiar el comportamiento de otro país si se pueden retirar», dijo. «Y, debido a las medidas de este proyecto de ley actual, va a ser casi imposible que cualquier presidente pueda aliviarlas».

En los años siguientes, a medida que Rusia se convertía cada vez más en un tema neurálgico de la política estadounidense, Charap siguió viajando a Rusia, relacionándose con sus homólogos rusos y buscando formas de rebajar la temperatura de la relación. Ir a Valdai -la conferencia anual en la que Vladimir Putin finge ser un sabio zar interesado en disertar con profesores sobre política internacional- se había convertido en algo controvertido. Pero, antes de que empezara la guerra, Charap acudía a la conferencia siempre que podía, y varias veces incluso le hizo una pregunta a Putin. «Mi trabajo es entender a esta gente, y me dieron acceso de primera mano a ellos», dijo. «¿Cómo puedes entender un país si no vas y hablas con las personas implicadas en la toma de decisiones?».

En otoño de 2021, Charap, junto con gran parte de la comunidad de expertos de Washington, empezó a preocuparse de que Rusia estuviera planeando una invasión de Ucrania. En un artículo publicado en Politico en noviembre, instó a la Administración de Biden a trabajar con Kiev para hacer al menos algunas concesiones nominales, para ver si se podía desactivar la crisis. Dos meses después, cuando la crisis se agravaba, escribió otro artículo para el Financial Times. En éste, argumentaba que la OTAN debería anunciar públicamente que no se estaba considerando seriamente la adhesión de Ucrania. “La OTAN no puede ni debe aceptar que Rusia le diga lo que tiene que hacer», escribió Charap. «Pero la retórica incendiaria de Moscú no debe distraer del hecho de que la OTAN no está preparada para ofrecer a Ucrania la adhesión. Si hacerlo pudiera evitar una guerra, ¿por qué no encontrar la manera de decir en voz alta lo que cualquier funcionario de la OTAN diría a puerta cerrada?».

Cuando hablé con Charap por esas fechas, estaba flipando. La disposición de las fuerzas rusas, sus actividades, el hecho de que se estuvieran enviando suministros de sangre a los campamentos rusos: nada de esto era el comportamiento de un ejército realizando un ejercicio. Aún más preocupante era el tenor de las comunicaciones diplomáticas rusas. Sus exigencias -no sólo que Ucrania prometiera no entrar nunca en la OTAN, sino también que la OTAN retirara sus tropas a sus emplazamientos de 1997- eran sencillamente poco realistas. «Están pidiendo a la alianza militar más poderosa del mundo que se desnude y eche a correr», dijo. «Pero la pistola que están apuntando es a la cabeza de Ucrania». Charap estimó que, de producirse una invasión, ocurriría a finales de febrero.

A finales de enero de 2022, fue coautor de un editorial para Foreign Policy en el que argumentaba que el envío de misiles antitanque Javelin y misiles antiaéreos Stinger a Ucrania no disuadiría a Rusia de invadir ni afectaría significativamente a la situación militar si Rusia invadía. Instó una vez más a dar una oportunidad a la diplomacia.

Y entonces empezó la guerra. Resultó que Charap y su coautor tenían razón sobre las armas occidentales y la disuasión -el ejército ruso entró a pesar de las jabalinas y los Stingers que los países de la OTAN habían enviado a Ucrania-, pero se equivocaron sobre su utilidad militar. El Ejército ruso utilizó helicópteros que volaban bajo, vulnerables al fuego de los Stinger, y envió vehículos blindados, en una jugosa columna, directamente por una carretera principal hacia Kiev, donde fueron destruidos. Estudios posteriores han señalado el descuido ruso, la oportuna inteligencia estadounidense y, sobre todo, la movilidad y el coraje ucranianos como los principales factores de la debacle de las primeras semanas de la guerra para Rusia. Pero las armas ayudaron.

Sin embargo, para Charap, Estados Unidos podría haber hecho algo más para evitar los combates. En los últimos meses, a medida que los combates se han ido prolongando, Charap se ha convertido en la voz más activa de la comunidad estadounidense de política exterior que aboga por algún tipo de negociación para poner fin o congelar el conflicto. En respuesta, se le ha tildado de portavoz del Kremlin, «cómplice» de Rusia y traidor. Sus críticos afirman que no ha cambiado de opinión en quince años, a pesar de la evolución de las circunstancias. Pero él ha seguido escribiendo y argumentando. «Esto es un incendio de cinco alarmas», dijo. «¿Se supone que debo pasar de largo? Porque, por malo que haya sido, podría ser mucho, mucho peor».

Hasta ahora, la fase más activa de las negociaciones para poner fin a la guerra tuvo lugar en sus dos primeros meses. Durante ese tiempo, hubo numerosas reuniones entre funcionarios rusos y ucranianos, sobre todo a lo largo de marzo, en Turquía. Al menos una de las propuestas que se rumoreó en esas conversaciones consistía en que Ucrania aceptara no solicitar el ingreso en la OTAN a cambio de que Rusia abandonara todo el territorio del que se había apoderado después del 23 de febrero de 2022. Las versiones difieren sobre lo que ocurrió después. No estaba claro que las siempre cambiantes delegaciones rusas contaran con el apoyo de Putin, ni que los países occidentales estuvieran dispuestos a proporcionar el tipo de garantías de seguridad que Ucrania buscaba a cambio de su ingreso en la OTAN. Pronto estas cuestiones se volvieron discutibles. El 31 de marzo, las tropas rusas se retiraron de Bucha; los soldados ucranianos que entraron en la ciudad descubrieron fosas comunes y se enteraron de que los residentes habían sido torturados y fusilados al azar. Volodomyr Zelensky calificó lo ocurrido allí de «crímenes de guerra» y «genocidio». Una visita a Kiev a principios de abril de Boris Johnson, entonces primer ministro británico, parece haber endurecido la determinación de Zelensky. Después de eso, siguió habiendo intentos ocasionales de negociación y mediación, pero estaba claro que ambas partes querían ver qué podían conseguir continuando la guerra.

En la primavera y el verano de 2022, Rusia volvió a intervenir en el este de Ucrania, tratando de avanzar en la región de Donbás; consiguió arrasar y capturar la gran ciudad portuaria de Mariupol, que conecta el territorio continental ruso, a través de territorio ucraniano ocupado, con Crimea. En otoño, Ucrania montó una contraofensiva, que triunfó más allá de las expectativas de cualquiera. Las fuerzas ucranianas arrollaron a las desmoralizadas tropas rusas en la región de Járkov; también sitiaron la ciudad de Jerson, forzando la retirada rusa. En invierno, Rusia volvió a la ofensiva, ocupando, tras decenas de miles de bajas, la pequeña ciudad de Bajmut, en el Donbás. A principios de este verano, le llegó el turno a Ucrania con otra contraofensiva. Esta se vio reforzada por el muy publicitado equipamiento y entrenamiento occidentales, pero hasta ahora no ha producido nada parecido a los éxitos del otoño pasado.

En algún momento, esta contraofensiva terminará. La cuestión será entonces si alguna de las partes está dispuesta a negociar. Rusia lleva meses diciendo que quiere negociar, pero no está claro que esté dispuesta a hacer concesiones. Lo más significativo es que Rusia no ha dado marcha atrás en su exigencia de reconocimiento de los territorios que «anexionó falsamente» en septiembre de 2022, en palabras de Olga Oliker, del International Crisis Group. Ucrania ha dicho que necesita seguir luchando para poder expulsar a las fuerzas de ocupación y asegurarse de que Rusia nunca vuelva a amenazar a Ucrania.

El debate en Estados Unidos se ha dividido en dos bandos profundamente opuestos. Por un lado, hay personas -no muchas, al menos públicamente- como Charap, que sostienen que podría haber una forma de poner fin a la guerra más pronto que tarde congelando el conflicto y trabajando para asegurar y reconstruir la gran parte de Ucrania que no está bajo ocupación rusa. En el otro bando están los que creen que esa no es la solución y que la guerra debe librarse hasta que Putin sea derrotado y humillado de forma contundente. Como dijo el intelectual de la defensa Eliot A. Cohen, en mayo, en The Atlantic:

Ucrania no sólo debe lograr el éxito en el campo de batalla en sus próximas contraofensivas; debe conseguir algo más que retiradas rusas ordenadas tras las negociaciones de alto el fuego. Para ser brutales, necesitamos ver a masas de rusos huyendo, desertando, disparando a sus oficiales, hechos prisioneros o muertos. La derrota rusa debe ser un caos sangriento e inequívocamente grande.

Los argumentos parecen basarse, en última instancia, en tres tipos de desacuerdo. Uno es sobre el momento y el significado de las negociaciones. En un artículo publicado en Foreign Policy el otoño pasado, Raphael Cohen (hijo de Eliot, por cierto) y Gian Gentile, colegas de Charap en la RAND, argumentaban que cualquier presión de Estados Unidos para negociar enviaría «una serie de señales, ninguna de ellas buena». Como Raphael Cohen me dijo recientemente: «Básicamente les estás diciendo a los rusos: ‘Espéranos’. Estás enviando un mensaje a los ucranianos y al resto de nuestros aliados: Estados Unidos dará buena batalla durante un tiempo, pero al final se marchará. Y le estás diciendo al público estadounidense que no estamos realmente comprometidos a llevar esto hasta el final». Cohen añadió que pensaría de otro modo si los ucranianos ya no quisieran luchar o, mejor aún, si los rusos admitieran su derrota: «Los malos también tienen elección en esto. Hay que llevar a los rusos a un punto en el que vean que no pueden ganar. Entonces tendremos algo de qué hablar».

Charap cree que esto es un malentendido de lo que son las negociaciones y lo que indican. «La diplomacia no es lo contrario de la coerción», dijo. «Es una herramienta para conseguir los mismos objetivos que si se utilizaran medios coercitivos. Muchas negociaciones para poner fin a guerras han tenido lugar al mismo tiempo que los combates más encarnizados». Señaló el armisticio coreano de 1953; ninguna de las partes reconoció las reivindicaciones de la otra, pero acordaron dejar de luchar para negociar un acuerdo de paz. Ese acuerdo de paz nunca llegó, pero, setenta años después, siguen sin luchar. Aquel armisticio requirió más de quinientas sesiones de negociación. En otras palabras, sería mejor empezar a hablar.

Otro desacuerdo se centra en la posibilidad de una victoria decisiva ucraniana en el campo de batalla. Charap cree que ninguna de las partes dispone de los recursos necesarios para dejar a la otra completamente fuera de combate. Otros analistas también han expresado esta opinión, sobre todo el general Mark Milley, jefe del Estado Mayor Conjunto de Estados Unidos, que en un polémico comentario el pasado noviembre comparó la situación con el estancamiento que prevaleció hacia el final de la Primera Guerra Mundial y sugirió que podría haber llegado el momento de buscar una solución negociada. Pero el otro lado de este debate ha sido más elocuente. Ven un ejército ucraniano muy motivado, apoyado por una población muy motivada. Señalan el relativo bajo coste, para Estados Unidos, de una guerra que inmoviliza a uno de sus principales adversarios. Y creen que, si dispone de tiempo suficiente y de suficientes armas y entrenamiento occidentales, Ucrania podría recuperar una buena parte de su territorio, si no todo, cortar el puente terrestre con Crimea y acercarse lo suficiente a Crimea para disuadir cualquier futura operación militar rusa.

El último desacuerdo se refiere a las intenciones de Putin. Los partidarios de «luchar hasta el final» creen que, si Putin no es derrotado de forma decisiva, seguirá atacando Ucrania. Y algunos creen que, si no se le detiene en Ucrania, como no se le detuvo en Chechenia, Georgia o Siria, seguirá atacando Moldavia, el Báltico y Polonia. Creen que está en juego la seguridad europea.

Charap, por supuesto, no está de acuerdo. Cree que es posible hacer que un alto el fuego sea «pegajoso», incluyendo incentivos y castigos, principalmente sanciones, y vigilando de cerca la situación. En cuanto a la opinión de que Putin está empeñado, como Hitler, en una expansión incesante, Charap se muestra cautelosamente escéptico: «Tenemos que admitir que se trata de un actor más imprevisible de lo que pensábamos. Así que, aunque no estoy dispuesto a aceptar la versión hitleriana sobre hasta dónde llegan sus ambiciones más allá de Ucrania, no creo que podamos descartarla». Pero una cosa es la ambición y otra la capacidad. Incluso si Putin quisiera seguir adelante, dijo Charap, «no tiene los medios para hacerlo, como ha demostrado ampliamente esta guerra».

Para Charap, «la derrota estratégica de Rusia ya ha tenido lugar». Tuvo lugar en los primeros meses de la guerra, cuando la agresión rusa y la resistencia ucraniana ayudaron a galvanizar una respuesta europea unida. «Su reputación internacional, su posición económica internacional, estos lazos con Europa que se habían construido durante décadas -literalmente, físicamente construidos- quedaron inutilizados de la noche a la mañana», dijo Charap. El fracaso en la toma de Kiev fue el golpe decisivo. «Su influencia regional, la fuga de talentos… las consecuencias estratégicas han sido enormes, se mire por donde se mire». Y, desde una perspectiva estadounidense, argumenta Charap, cualquier ganancia durante los últimos dieciséis meses ha sido marginal. «Una Rusia debilitada es buena», dijo. «Pero una Rusia totalmente aislada, canalla, una Rusia norcoreana… no tanto». Hace un año, Rusia no atacaba deliberadamente infraestructuras civiles; ahora bombardea regularmente la red energética y las instalaciones portuarias de Ucrania. Cada día aumentan las posibilidades de que se produzca un accidente o un incidente que implique directamente a la OTAN en el conflicto. Charap se pregunta cuánto vale ese riesgo.

«No creo necesariamente que Ucrania tenga que hacer concesiones. «Es que no veo la alternativa a que eso acabe ocurriendo».

A principios de este año, Charap presentó su postura sobre la guerra en una conferencia sobre seguridad celebrada en Tallin, la capital de Estonia. Durante una hostil sesión de preguntas y respuestas, Edward Lucas, antiguo editor de The Economist, acusó a Charap de «Westsplaining«, y James Sherr, del afamado think tank internacional Chatham House, le preguntó cómo podía estar tan seguro de que Ucrania no ganaría directamente la guerra. Pero la pregunta más dura vino de la activista ucraniana Olena Halushka. «Usted habla mucho del coste de la lucha, de la línea de combate aquí y allá», dijo, con un acento fuerte pero claro. «Pero, ¿cuál es su perspectiva analítica sobre el coste de la ocupación? Porque si echas un vistazo a lo que está ocurriendo, en todos los territorios desocupados, los patrones allí son muy similares. Hay grandes fosas comunes, cámaras de tortura, campos de filtración, deportaciones masivas, incluidas las de niños». Cuando Halushka concluyó su intervención y se sentó, el público aplaudió.

Charap respondió a las otras preguntas que se le habían formulado, pero evitó responder directamente a ésta. Cuando Halushka y el moderador le insistieron, dijo: «No sé exactamente cómo responder a esa pregunta, salvo para decir que, por supuesto, reconozco que se están cometiendo horribles crímenes de guerra en las zonas bajo ocupación rusa. Y, en última instancia, corresponde al gobierno ucraniano decidir qué es peor: las bajas que podrían producirse como resultado de la continuación de los combates o la brutalidad de la continua ocupación rusa del territorio ucraniano”. Charap parecía inusualmente nervioso. «No sé qué más decir para responder a la pregunta», volvió a decir.

Era la cuestión -la trágica cuestión- de cómo pensar en la gente que quedaría atrás si la línea de contacto se congelaba en algún lugar cercano a su posición actual. Si los combates continuaban, morirían soldados ucranianos; si cesaban, los ciudadanos ucranianos quedarían atrapados bajo un régimen vicioso y despótico.

Hace poco hablé con el periodista Leonid Shvets, afincado en Kiev, de quien he comprobado, a lo largo de los años, que tiene un don para formular de forma enjundiosa las opiniones de la corriente dominante ucraniana. Me contó que las conversaciones en las que los estadounidenses proponían escenarios para que Ucrania se rindiera le ponían los pelos de punta. «¿Por qué no os rendís a los chinos?», decía. «Dadles Florida. Tenéis muchos estados, ¿qué es un estado menos?». Florida, por supuesto, era un ejemplo complicado. «O, si estáis tan ansiosos por hacer un trato con los rusos, ¿por qué no les dais parte de vuestra tierra? Dadles Alaska». Pensaba que todo lo que no fuera una derrota total de Putin solo significaría que la guerra volvería a empezar. «Ya pasamos por esto en 2014», dijo.

«Este es el problema», continuó. «Si congelamos la situación donde está ahora, no a lo largo de la frontera internacionalmente reconocida de Ucrania, sino a lo largo de cualquier línea en la que se encuentre el frente, entonces reconocemos que las fronteras internacionalmente reconocidas son sólo una especie de ficción, que se puede ignorar. Es una muy mala lección. Y, en segundo lugar, si ponemos las fronteras en este nuevo lugar, entonces nos encontramos en una situación en la que esta nueva frontera vale aún menos que la frontera reconocida internacionalmente. Quizá una nueva operación militar la desplace aún más, la mueva hacia aquí o hacia allá. Así que en ese punto carece totalmente de sentido».

Shvets reconoció que la población ucraniana estaba agotada tras año y medio de guerra. «No hay duda de que cada día de guerra supone para nosotros la pérdida de personas concretas y la destrucción de casas concretas. Sin duda. Pero aún no estamos preparados para la derrota». Y prosiguió: «Puede que llegue un momento en que tengamos que negociar. Pero desde donde estamos ahora, ese punto no es visible para mí».

Hay voces discrepantes dentro de Ucrania, pero rara vez se escuchan en público. Un antiguo funcionario, que pidió que ocultáramos su identidad, me dijo: «El diálogo no es sólo tóxico. Si no saltas con la corriente dominante, entonces es que eres un enemigo». El exfuncionario no era un enemigo, pero sí culpó al gobierno de Zelensky por su actitud desenfadada e irresponsable hacia la acumulación de tropas rusas en 2021. El exfuncionario estaba sacando a su familia del país y haciendo preparativos para lo que creía que era un ataque inminente. Mientras tanto, Zelensky decía a la gente que mantuviera la calma y citaba los derechos soberanos de Ucrania. Esto, según el exfuncionario, fue un grave error de cálculo. «Cuando hay un loco a tu lado con un Kalashnikov, ¡no te pones a hablarle de la Carta de la ONU!».

El exfuncionario cree que las conversaciones de Estambul fueron la mejor oportunidad para lograr una paz más o menos estable. «Por aquel entonces Bajmut era una ciudad preciosa», dijo. «Mariupol estaba bajo control ucraniano». Pero ahora «ya no hay solución en la que todos ganen», dijo. «Alguien tendrá que perder». Esperaba que fuera Rusia. Pero temía que pudiera ser Ucrania. Le pregunté cuándo empezaría a cambiar la opinión pública. «Cuando cada persona conozca a alguien que haya muerto o resultado herido», respondió. “El país está llegando a ese punto».

Para Charap, la postura ucraniana sobre cuándo dejar de luchar es decisiva, pero es una evasión de responsabilidades pretender que Estados Unidos no pueda opinar sobre el asunto. «Hay que hacerlo con los ucranianos», dijo. «No puedes hacérselo a los ucranianos. Pero sugerir que no tenemos capacidad para influir en ellos de ninguna manera es falso. ¿Nos parece bien aconsejarles sobre cualquier cosa, pero no sobre la finalización de una guerra?».

Charles Kupchan, profesor de asuntos internacionales en Georgetown que formó parte del personal del Consejo de Seguridad Nacional en las Administraciones Clinton y Obama, va más allá. «Luchar por hasta el último centímetro de territorio ucraniano», me dijo, está «moralmente justificado. Está legalmente justificado. Pero no estoy seguro de que tenga mucho sentido estratégico desde la perspectiva de Ucrania, o desde nuestra perspectiva, o desde la perspectiva de la gente del Sur Global que está sufriendo escasez de alimentos y energía”. Dijo que la Administración estadounidense tiene que dejar que la contraofensiva ucraniana se desarrolle. Pero a finales de este año, o quizá a principios de 2024, tendrá que hablar con Zelensky sobre las negociaciones. «Yo no diría: ‘O haces esto o te cerramos la espita’. Pero te sientas y mantienes una conversación de búsqueda sobre hacia dónde va la guerra y qué es lo mejor para Ucrania, y entonces ves lo que sale de esa discusión”.

Por supuesto, tras todo lo que el mundo ha presenciado desde febrero de 2022, es más fácil decirlo que hacerlo.

El debate en Estados Unidos sobre Rusia y Ucrania se ha convertido en una de las disputas de política exterior más feroces de los últimos años. «Ha llegado a parecerse al debate sobre la política iraní que mantuvimos en los años veinte», me dijo Emma Ashford, investigadora del Centro Stimson y crítica desde hace mucho tiempo de la actitud belicista de Estados Unidos hacia Rusia. «Se convirtió menos en un debate sobre la política real que en un debate en el que la gente se apresuraba a insultar, echar tierra encima, acusar a la gente de estar aliada con intereses extranjeros». En las páginas de Foreign Affairs, las discusiones son educadas, pero en Twitter, las cosas se ponen feas.

Ashford dijo: «Hay mucha emoción. Es una guerra importante. Han muerto miles y miles de personas. Es una barbarie, y la gente se implica mucho emocionalmente con sus posiciones. La intensidad emocional es también”, añadió, “una táctica útil para los halcones. Puede ser una forma muy eficaz de cerrar las discusiones sobre las negociaciones, argumentando que es una traición a Ucrania, que va a matar a gente, que es lo que Rusia quiere».

Rajan Menon, director del programa de gran estrategia de Defense Priorities, un think tank que aboga por una política exterior estadounidense más comedida, es un veterano analista de los asuntos rusos. Ha visitado Ucrania varias veces desde que empezó la guerra y ha escrito mucho sobre posibles soluciones al conflicto. Cree que las recetas de Charap para un armisticio son prematuras -que aún no hay suficiente voluntad en ninguno de los bandos para detener la lucha-, pero está consternado por el ambiente retórico en Estados Unidos. «Hay gente que está buscando con un esfuerzo de buena fe para tratar de ver si hay otra manera de hacer las cosas», me dijo. «Y, debido a los problemas, han sido tachados de apaciguadores o simpatizantes de Putin, etcétera. Esto tiene que acabar».

Charap está claramente molesto por el vitriolo que se le ha dirigido, pero atribuye la intensidad del debate a la barbarie del ejército ruso. «Tengo que seguir haciendo mi trabajo», dijo, que consiste en pensar, analizar y proponer.

En las últimas semanas, mientras la contraofensiva ucraniana seguía avanzando con agonizante lentitud, la conversación se acercó más a Charap de lo que lo había hecho en meses. A mediados de agosto, un artículo del Washington Post revelaba que los servicios de inteligencia estadounidenses estimaban que Ucrania no sería capaz de llegar a la ciudad clave de Melitopol durante esta ofensiva, y Politico citaba a un funcionario estadounidense preguntándose si Milley había tenido razón, allá por noviembre, cuando sugirió que podría haber llegado el momento de buscar una solución diplomática. El apoyo del Congreso, que aparte de la derecha trumpiana había sido bastante incondicional, ha empezado a flaquear. «El congresista republicano Andy Harris, miembro del Freedom Caucus de extrema derecha y copresidente del Caucus Ucraniano del Congreso, preguntó a sus electores en una reunión a mediados de agosto. «¿Deberíamos ser realistas al respecto? Creo que probablemente sí».

Algunos han rebatido este análisis. La contraofensiva aún no ha terminado, y existe la posibilidad de que aún sorprenda a todos. «Ha sido un milagro», dijo Olga Oliker, del International Crisis Group, sobre el éxito de la resistencia ucraniana. «Quizá haya otro milagro». La Casa Blanca, al menos públicamente, ha sido de la misma opinión. «No consideramos que el conflicto esté en punto muerto», dijo a la prensa la semana pasada el asesor de seguridad nacional, Jake Sullivan.

Charap tampoco está dispuesto a dar por terminada la contraofensiva ucraniana. Pero le sigue preocupando que la Administración esté siendo demasiado cautelosa a la hora de empezar a trabajar en una solución diplomática. «La mayoría de la gente reconoce ahora que el Plan A no está funcionando», dijo. «Pero eso no significa que estén preparados para discutir el Plan B». ¿Cómo sería un Plan B? «Sería una estrategia diplomática», dijo. «Sería pensar en la coreografía de cómo te comprometes». Sería la «conversación de búsqueda» con Ucrania, y conversaciones similares con los aliados de la OTAN. Se trataría de conseguir que Putin nombrara a un representante con autoridad para negociar, y de nombrar a un representante de ese tipo por parte de Estados Unidos, con el apoyo de Ucrania. «Este es el tipo de interacción previa a la negociación que será necesaria para sentar las bases», dijo Charap, «y luego dedicar realmente recursos dentro del gobierno para pensar en los aspectos prácticos y conseguir las piezas adecuadas».

Admite que una iniciativa así podría fracasar: «La única forma de saberlo es que lo intentemos y no funcione. En ese caso, no se pierde nada». En opinión de Charap, los riesgos de no intentarlo son mayores que los de intentarlo. Cada día, en el frente de la mayor guerra en Europa desde 1945, hombres y mujeres jóvenes pierden la vida. Muchos más lo harán, antes de que esto termine. Eso es algo de lo que todo el mundo está seguro.

Ilustración de portada: Ricardo Tomás.

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