De cómo la violencia bruta se ha convertido en la respuesta del gobierno egipcio a prácticamente todo

Amr Magdi, Foreign Policy in Focus, 15 septiembre 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Amr Magdi es investigador para Oriente Medio en Human Rights Watch. 

Karim Asaad, periodista egipcio de 30 años, se quedó despierto hasta tarde el 18 de agosto para terminar un trabajo y poder disfrutar del resto del fin de semana con su mujer y su hijo de dos años. Antes de que la luz del amanecer llenara los cielos de El Cairo, Asaad oyó golpes agresivos en su puerta. «Creíamos que la casa se derrumbaba», declaró su mujer en una entrevista a los medios de comunicación.

Cuando corrieron hacia la puerta, oyeron voces de hombres que les ordenaban que la abrieran o la derribarían, según contó una fuente cercana a la familia. Diez hombres fuertemente armados, algunos de ellos con uniforme de policía, irrumpieron insultando a Asaad y a su esposa por no abrir rápidamente. Inmediatamente anunciaron los motivos de su visita. «Ni te imaginas las consecuencias de lo que has publicado», dijo un hombre a Asaad.

A continuación, encerraron a la esposa de Asaad en una habitación, la abofetearon y la sometieron a un aluvión de golpes e insultos, todo ello delante de su hijo pequeño, que estaba llorando. Le dijeron que no volvería a ver a su hijo si no respondía a sus preguntas sobre el trabajo de su marido. Le ordenaron que les entregara todo su dinero, joyas, ordenadores portátiles y teléfonos.

Mientras tanto, otros interrogaron a Asaad en otra habitación durante media hora. Luego se lo llevaron.

En el Egipto de Sisi, decir la verdad es un delito

Estos hombres no eran una banda armada que se vengaba de un periodista que había informado sobre su actividad ilegal. Eran agentes de seguridad del gobierno que, como describió una fuente, se llevaron a Asaad a la Agencia General de Inteligencia. Este comportamiento de matones ha sido la norma bajo el gobierno del presidente Abdel Fatah al-Sisi.

Asaad es periodista en Matsadaash («No te lo creas»), uno de los primeros sitios web árabes de verificación de hechos y plataformas de investigación de código abierto. Desde 2018, se ha ganado la confianza y el seguimiento de millones de personas contribuyendo con un rico contenido que deconstruye la desinformación online, así como la propaganda y las mentiras del gobierno y la oposición por igual. 

Las agencias de Al-Sisi han controlado, comprado o coaccionado a todos los medios de comunicación convencionales del país, y los medios de la oposición en el exilio son en gran medida partidistas. Por ello, plataformas web como Matsadaash desempeñan un valioso papel como una de las últimas voces de información independiente que quedan en la llamada «guerra de los hashtags«, un entorno de dura represión y desinformación rampante.

Varios días antes del asalto a Asaad, Matsadaash había desenterrado información importante sobre un misterioso jet privado que las autoridades de Zambia habían incautado a principios de agosto tras llegar de El Cairo cargado con millones de dólares, oro que podría ser falso y armas y municiones. Las autoridades zambianas detuvieron a seis egipcios que iban a bordo del jet antes de liberarlos semanas después.

El gobierno egipcio intentó ocultar todo el incidente. Pero el trabajo de jóvenes y valientes profesionales como Asaad lo sacó a la luz utilizando información de fuentes abiertas para reconstruir el rompecabezas. Sus reportajes revelaron que entre los seis detenidos había militares y policías egipcios y que lo más probable es que el avión privado fuera utilizado por ministros del gobierno en anteriores viajes al extranjero. 

En el Egipto de Sisi, decir la verdad está penalizado desde hace tiempo. Los agentes de seguridad de la redada obligaron a Asaad a borrar dos publicaciones de Facebook sobre ese jet privado.

Afortunadamente, las autoridades liberaron a Asaad dos días después de su detención, tras una fuerte campaña de solidaridad e intervenciones de personas que negociaron su puesta en libertad. La fuente me dijo que las autoridades no habían previsto la cantidad de cobertura y solidaridad que suscitaría la detención de Asaad. Afirmó que Asaad recibió un trato humano durante su breve detención, pero que el mensaje se había transmitido: Quienes pretendan ejercer sus derechos básicos en Egipto deben esperar ser castigados.

La masacre que cambió Egipto para siempre

Es más que una coincidencia que el calvario de Asaad tuviera lugar la misma semana del décimo aniversario de los asesinatos en masa de Rab’a, la masacre que cambió Egipto para siempre.

El 14 de agosto de 2013, las fuerzas policiales y militares egipcias dispersaron violentamente una sentada mayoritariamente pacífica que protestaba contra la destitución por los militares del primer dirigente electo de Egipto, Mohamed Morsi. Mataron a más de 800 personas en un ataque a plena luz del día que fue minuciosamente planificado a los más altos niveles.

Diez años después, los responsables han sido ascendidos y recompensados, y los supervivientes han sido encarcelados o exiliados.

El caso de Asaad es un crudo recordatorio de lo que ha ido mal en Egipto.  El gobierno no hace casi ningún esfuerzo por contener a las fuerzas de seguridad u obligarlas a actuar dentro de la ley. Tienen claro que los abusos están autorizados en nombre de la «seguridad».

De esta doctrina se han hecho eco numerosas declaraciones oficiales, entre ellas las de al-Sisi. Refiriéndose a un comentario en junio sobre presos detenidos injustamente, al-Sisi dijo airadamente que esas detenciones eran para «rescatar a la patria«. Mandos militares y altos funcionarios de seguridad y del gobierno que se arrogan superioridad moral han utilizado la idea de «proteger» la «patria» para justificar asesinatos en masa a plena luz del día.

Distorsionar los límites suele ser un billete de ida a un lugar donde el Estado de derecho, la dignidad, los derechos humanos y la moral básica desaparecen rápidamente. Durante los años posteriores a las matanzas de Rab’a, las fuerzas de seguridad han llevado a cabo secuestros generalizados y sistemáticos, desapariciones forzadas, torturas y ejecuciones extrajudiciales, todo ello en nombre de garantizar la «seguridad» de la nación.

El gobierno de Al-Sisi atacó primero a los partidarios islamistas de Morsi. Pero en el transcurso de diez años, los abusos de las fuerzas de seguridad no han escatimado críticas reales o percibidas en Egipto, incluso entre quienes antes habían apoyado el golpe militar. Este continuum explica la situación actual de Egipto.

En los últimos meses, el gobierno de al-Sisi ha emprendido una febril campaña de relaciones públicas para mejorar su mancillada imagen, argumentando que un diálogo nacional convocado por él y la liberación de algunos presos políticos representan un nuevo comienzo. En realidad, el diálogo se ha convertido en gran medida en un festival de conversaciones con un impacto mínimo en las políticas represivas, ya que miles de personas siguen encarceladas y no cesan las detenciones arbitrarias y los abusos.

El secuestro de Asaad es un recordatorio de que no puede haber luz al final del túnel si no se abordan los abusos rampantes de las fuerzas de seguridad y la anarquía, incluido lo ocurrido en Rab’a hace diez años.

Foto de portada: Personal médico atiende a un niño herido por las fuerzas de seguridad egipcias el 16 de agosto de 2013, dos días después del asesinato masivo de manifestantes en la plaza de Rab’a. (Getty)

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