Bienvenidos al nuevo colonialismo verde

John Feffer, TomDispatch.com, 19 septiembre 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


John Feffer, colaborador habitual de TomDispatch, es autor de la novela distópica  Splinterlands, cuyo segundo volumen es Frostlands (Dispatch Books), y Songlands la última novela de la trilogía. También ha escrito Right Across the World: The Global Networking of the Far-Right and the Left Response. Es asimismo el director de Foreign Policy In Focus en el Institute for Policy Studies.

En un arrebato de locura o simplemente desesperación, se ha apuntado a un plan para hacerse rico rápidamente. Todo lo que tiene que hacer es vender algunos productos, inscribir a algunos amigos y hacer algunas llamadas telefónicas. Siga esta sencilla fórmula y pronto ganará decenas de miles de dólares al mes, o al menos eso le han prometido. Y si vende suficientes productos, le invitarán a entrar en el Círculo de Oro, que ofrece aún más ventajas, como entradas gratuitas para conciertos y viajes a Las Vegas.

Pero seguro que no le sorprenderá saber que hay una trampa. Si no vendes un montón de productos o inscribes a un montón de amigos para que hagan lo mismo, lo más probable es que acabes perdiendo dinero, por mucho que trabajes, sobre todo si pides préstamos para montar tu «negocio».

Los fundadores de esquemas de marketing multinivel siempre ganan mucho dinero. Algunos de sus amigos también se hacen ricos. Pero el 99% de los que venden los productos, ya sean cosméticos o suplementos dietéticos, pierden dinero. Eso es peor que una estafa piramidal convencional, que sólo despluma a nueve de cada 10 personas implicadas.

Ahora, imagine que es un país pobre. Las instituciones financieras internacionales (IFI) le prometen que, si sigue una sencilla fórmula, usted también se convertirá en una nación rica. En un arrebato de desesperación o locura, pide préstamos a esas mismas IFI y a los bancos comerciales, invierte en el desarrollo de sus industrias de exportación y recorta las normativas gubernamentales. Luego espera las buenas noticias.

Pero, por supuesto, hay una trampa. Hay que vender un número asombroso de exportaciones para ganar dinero. Mientras tanto, hay que devolver los préstamos y pagar los intereses compuestos que los acompañan. Pronto se verá atrapado en una trampa de deuda y cada vez más rezagado con respecto a los países ricos del norte. ¿Los principales ganadores? Las corporaciones que inundaron su país en busca de incentivos fiscales, mano de obra barata y una normativa laxa en materia de fabricación y minería.

Los Estados-nación que fundaron la economía global moderna han ganado mucho dinero, al igual que algunos de sus amigos y aliados. A pesar de la devastación de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, Japón fue capaz de ascender de nuevo hasta unirse al club de las naciones poderosas. Mientras tanto, en una sola generación, la economía de Corea del Sur pasó de tener el producto interior bruto per cápita de Ghana o Haití en 1960 a ser una de las más poderosas del mundo en la década de 1980. En América Latina, Chile, Colombia y Costa Rica consiguieron unirse a Corea del Sur en la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos, un conjunto de los 38 países más prósperos del planeta.

Pero en 2023, subir esa escalera hacia el mundo industrializado tiene truco. Como señala la junta directiva del club de los ricos, la escalera clásica del desarrollo, la propia industrialización, se ha vuelto raquítica y cada vez más peligrosa. Al fin y al cabo, requiere energía suministrada tradicionalmente por combustibles fósiles, que ahora se sabe que calientan radicalmente el planeta y ponen en peligro la supervivencia misma de la humanidad. Hoy en día, los países que aspiran a entrar en el círculo de los ricos ya no pueden esperar ascender por esa escalera de la forma habitual, gracias en parte a las promesas de neutralidad de carbono que prácticamente todas las naciones hicieron como parte del acuerdo climático de París.

El Sur Global está dividido sobre cómo responder. Por ejemplo, como segundo consumidor mundial de carbón y tercero de petróleo, la India quiere crecer a la antigua usanza de los combustibles fósiles, convirtiéndose en el último en subir esa escalera, aunque sus peldaños se estén desintegrando. Otros países, como Uruguay, que depende de las energías renovables, y Surinam, neutro en carbono, están explorando vías más sostenibles para progresar.

En cualquier caso, con las temperaturas mundiales marcando récords cada vez más extremos y la desigualdad empeorando, los países pobres se enfrentan a su última oportunidad de seguir a Corea del Sur y Qatar en las filas del mundo «desarrollado». Puede que fracasen, junto con el resto de los habitantes de este planeta recalentado, o puede que uno o dos tengan suerte y entren en el club. Sin embargo, con un poco de negociación inteligente, un aprovechamiento juicioso de los recursos y mucha solidaridad, es posible que puedan unirse para reescribir las reglas de la economía mundial y lograr cierta prosperidad para todos.

Desigualdad creciente

Los defensores de la globalización señalan una disminución constante de la desigualdad entre las naciones entre 1980 y 2020, en gran parte debido al explosivo crecimiento económico de China y otros países asiáticos como Vietnam. Sin embargo, esos defensores a menudo omiten mencionar dos hechos importantes: en 2020, esa desigualdad seguía siendo aproximadamente la misma que en 1900, cuando el colonialismo estaba en pleno apogeo. Mientras tanto, en las últimas décadas, la desigualdad dentro de los países se ha disparado. Desde 1995, de hecho, el 1% de los más ricos entre nosotros ha acumulado 20 veces más que el 50% de los más pobres.

La pandemia de COVID no hizo sino empeorar las cosas. Según una estimación, arrojó a 90 millones de personas a la pobreza extrema, al tiempo que aumentó la riqueza de los multimillonarios más rápidamente en sólo dos años de pandemia que en los 23 años anteriores juntos.

Y ojo, los superricos ya no residen sólo en el próspero «norte». China e India tienen ahora el mayor número de multimillonarios después de Estados Unidos. La consolidación de una riqueza obscena junto a una pobreza abyecta es una de las razones por las que la desigualdad ha aumentado más rápidamente dentro de los países que entre ellos.

Pero está ocurriendo algo más extraño. Además de dificultar el ascenso por la escalera de la industrialización basada en los combustibles fósiles, el cambio climático ha empujado a los arquitectos de la economía mundial a replantearse su animadversión hacia la intervención estatal. Al acelerarse, debido a una fe fundamentalista en los mercados, el cambio climático también puede estar dando le coup de grace al neoliberalismo.

Deudas climáticas

Durante la Revolución Industrial y el consiguiente siglo y medio de expansión económica mundial, los países del Norte se enriquecieron explotando el petróleo, el gas natural y el carbón. Al hacerlo, bombearon billones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera. Por lo general, los países más pobres suministraron las materias primas para ese «milagro del progreso», al principio involuntariamente gracias al colonialismo y luego más o menos voluntariamente a través del comercio.

De 1751 a 2021, Estados Unidos fue responsable de una cuarta parte de todas las emisiones de carbono, con los miembros de la Unión Europea en segundo lugar, con un 22% (seguidos de China, India, Japón, Rusia y otras grandes potencias). Por otro lado, África, América Latina, el Sudeste Asiático y Oceanía sólo han contribuido colectivamente a una pequeña fracción de esas emisiones a lo largo del tiempo. Del presupuesto de carbono existente -la cantidad que el mundo puede emitir sin traspasar la línea roja de 1,5 grados centígrados fijada por el acuerdo climático de París- sólo quedan 250 gigatoneladas. Eso es aproximadamente lo que China había emitido en 2021 mientras se abría paso en el club de los ricos y poderosos.

Todos los miembros ricos del club se han embarcado ahora en transiciones hacia la «energía limpia». El programa «Fit for 55» de la Unión Europea pretende reducir sus emisiones de carbono en un 55% para 2030. El gobierno de Biden impulsó la engañosamente llamada Ley de Reducción de la Inflación para incentivar a los estados, las empresas y los particulares a abandonar los combustibles fósiles, de modo que Estados Unidos pudiera ser neutro en carbono en 2050. En ambos casos, el Estado está desempeñando un papel mucho más activo en la orientación de la transición de lo que se habría tolerado en el apogeo del thatcherismo o el reaganismo (o, hoy, del trumpismo).

El Sur Global, que tiene poca responsabilidad en el desastre climático al que se enfrenta el planeta, no dispone de los miles de millones de dólares necesarios para dedicarlos a «transiciones energéticas limpias”. Así que, como el cambio climático no conoce fronteras, en 2010, los países más ricos prometieron aportar 100.000 millones de dólares al año para financiar la «mitigación» (reducción de emisiones) en el Sur Global. Sin embargo, esa promesa ha resultado ser sobre todo -la imagen perfecta para nuestro sobrecalentado momento- aire caliente. Diez años después, según Oxfam, las naciones ricas han conseguido movilizar como mucho 25.000 millones de dólares anuales en ayuda real.

Mientras tanto, el cambio climático está causando estragos aquí y ahora. Aunque los incendios forestales canadienses y las olas de calor europeas han dominado los titulares climáticos en el norte este verano, los efectos del cambio climático se están dejando sentir de forma desproporcionada al sur del ecuador. Según una estimación, para 2030, los países en desarrollo tendrán que hacer frente a facturas climáticas de entre 290.000 y 580.000 millones de dólares anuales.

El año pasado, los países ricos hicieron otra promesa de dinero, esta vez a un «fondo de pérdidas y daños» para compensar a las naciones pobres por los impactos actuales del cambio climático. Sin embargo, estos fondos aún no han visto la luz, mientras que los países más pobres del Sur Global esperan a la próxima ronda de negociaciones sobre el clima, que se celebrará precisamente en la rica ciudad petrolera de Dubai, para saber de cuánto se trata, de quién y para quién.

Promesas, promesas.

Hasta ahora, los países más pobres han estado agitando sus tazas de hojalata fuera de las reuniones de los poderosos, con la esperanza de que algo de calderilla acabe llegándoles. Pero puede haber otra manera.

Transición justa global

El futuro sin combustibles fósiles que pregona el Norte Global depende de materiales críticos como el litio, el cobalto y los elementos de tierras raras para construir baterías eléctricas, paneles solares y molinos de viento. La mayoría de estos activos esenciales se encuentran en el Sur. En una de esas ironías de la historia, el desarrollo económico del Norte vuelve a depender significativamente de lo que hay bajo el suelo (y los océanos) al sur del ecuador. En este valiente nuevo mundo de «colonialismo verde«, el Norte maniobra para hacerse con esos recursos necesarios al menor precio posible, en parte perpetuando para los pobres el mismo modelo neoliberal de «menos gobierno» que él mismo ha empezado a abandonar.

También hay un giro de Guerra Fría en esta historia. Según los responsables políticos de Bruselas y Washington, la transición a la «energía limpia» no debería ser rehén de China, que extrae y procesa muchos de sus minerales críticos (produce el 60% y procesa el 85% de todos los elementos de tierras raras). China podría decidir algún día cerrar la cadena de suministro de esos minerales críticos, un presagio de lo cual tuvo lugar este verano cuando Pekín impuso controles a la exportación de galio y germanio en respuesta a la prohibición holandesa de ciertas exportaciones de alta tecnología a China. Sin duda, los dirigentes chinos seguirán negociando mejor que Occidente para obtener un acceso privilegiado a lo que necesita para sus propias industrias de alta tecnología.

Está en marcha una nueva «fiebre de los minerales». La Unión Europea (UE) está debatiendo una «Ley de Materias Primas Críticas» destinada a reducir la dependencia de los insumos chinos mediante una mayor explotación minera más cercana, desde Suecia a Serbia, por no hablar de una mayor «minería urbana» (es decir, el reciclaje de materiales procedentes de baterías usadas y viejos paneles solares).

Europa también está cerrando acuerdos con países ricos en minerales del Sur Global. La UE ha negociado un acuerdo comercial con Chile que garantiza el acceso de la UE a los suministros de litio de ese país, al tiempo que dificulta al gobierno chileno el suministro de insumos más baratos a sus propios fabricantes.

Washington, por su parte, incluyó una disposición en la Ley de Reducción de la Inflación para garantizar que los fabricantes de coches eléctricos obtengan al menos el 40% del contenido mineral de sus baterías de Estados Unidos o de sus aliados (léase: no de China). Ese porcentaje deberá aumentar hasta el 80% en 2027. Washington no sólo está luchando por asegurar sus propios minerales críticos, sino que está obligando a sus aliados a cortar lazos con China y competir por fuentes en otras partes del mundo.

Este esfuerzo por «asegurar las cadenas de suministro», si bien supone un golpe para China, representa una posible bendición para el Sur Global. Un país como Chile, que controla gran parte del mercado del litio, puede en teoría negociar algo más que un buen precio para su producto. Podría aprovechar sus riquezas minerales para adquirir tecnología valiosa, propiedad intelectual o un mayor control sobre toda la cadena de suministro. Colectivamente, estos proveedores de minerales también podrían seguir el ejemplo de los productores de petróleo. Indonesia, por ejemplo, ya ha planteado la idea de crear un cártel del níquel.

Sin embargo, estas estrategias se enfrentan a un triple reto. Estados Unidos y Europa ya están impulsando la minería nacional para ser más autosuficientes. Además, existe la posibilidad de que estos minerales queden obsoletos por los avances tecnológicos, del mismo modo que Estados Unidos creó un sustituto sintético del caucho cuando escaseó durante la Segunda Guerra Mundial. Los científicos se apresuran ahora a inventar baterías eléctricas que no dependan del litio o el cobalto.

Aún más preocupantes son las consecuencias medioambientales de esa minería. Los países del Sur Global podrían utilizar «escaleras» de litio, cobalto o níquel para entrar en el club de los ricos. Pero difícilmente podrían hacerlo sin crear «zonas de sacrificio«, destruyendo comunidades y ecosistemas en torno a los lugares de extracción de minerales.

Analicemos de nuevo la idea del cártel. Venezuela propuso originalmente la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP) como método para reducir el consumo de petróleo. El problema que Venezuela comprendió hace 70 años no era sólo el bajo precio de lo que el entonces ministro de petróleo venezolano llamaba «excremento del diablo», sino la naturaleza insostenible de una dependencia mundial de los combustibles fósiles. La OPEP debía ayudar a conservar los recursos. ¿Podría un cártel de minerales servir a ese mismo propósito?

Romper el ciclo

El problema central al que se enfrenta el planeta no son sólo las emisiones de carbono y el cambio climático. Ambos son, a su manera, síntomas de una crisis aún mayor de consumo excesivo de recursos, incluida la energía. Consideremos un ejemplo menor: la cantidad de cosas que los estadounidenses compran en Navidad y luego devuelven sin usar asciende a 300.000 millones de dólares al año. Eso es más que la producción económica de Finlandia, Perú o Kenia.

Esto da un nuevo significado a la expresión «comprar hasta caer rendido».

En lugar de construir una escalera diferente para subir a la prosperidad, los países del Sur Global podrían aprovechar el reto sin precedentes del cambio climático inducido por el hombre como una oportunidad para reescribir las reglas de la economía mundial. En lugar de soñar con consumir al mismo ritmo que el Norte Global -algo inconcebible dada la menguante base de recursos del planeta-, el Sur Global podría utilizar su influencia mineral para disminuir de forma efectiva la desigualdad en todo el planeta. En la práctica, eso significaría obligar a la clase media del Norte a empezar a recortar su consumo reduciendo el suministro de energía de combustibles fósiles a los adictos.

En un referéndum celebrado en Ecuador el mes pasado, sus ciudadanos votaron a favor de mantener bajo tierra el petróleo del Parque Nacional Yasuní. Varios países de Oceanía -Fidji, las Islas Salomón, Tonga- han respaldado igualmente un «tratado de no proliferación» de combustibles fósiles que eliminaría progresivamente la producción de petróleo, gas y carbón. Gran Bretaña y la UE han estudiado planes de racionamiento de combustibles fósiles.

Tampoco se puede permitir que los ricos se queden sentados sobre sus miles de millones mientras el planeta arde. Los impuestos sobre la riqueza que algunos países han aplicado -y otros como Estados Unidos está considerando ahora– contribuirían en gran medida a transferir fondos de los superricos a las principales víctimas del cambio climático y la pérdida de biodiversidad. Consideremos este eslogan para nuestros tiempos de cambio: más mariposas, menos multimillonarios.

La economía mundial se encuentra esencialmente en una espiral descendente de deuda para los pobres y ascendente de consumo para los ricos. En resumen, es un juego amañado. La solución no es introducir a unos pocos países afortunados en el mundo de los excesos insostenibles, lo que no sería más que una nueva versión del colonialismo verde.

Por el contrario, es hora de dar la vuelta al juego y acabar con ese mismo colonialismo verde exigiendo una meridionalización del Norte, obligando a este último a reducir su consumo de energía y otros recursos para igualarlo al del Sur Global. La desigualdad de la industrialización nos metió en esta crisis. Abordar y corregir esa desigualdad es la única salida.

Foto de portada: Mina de litio en el desierto de Salinas Grandes, provincia de Jujuy, Argentina. (Informe UTS de EARTHWORKS bajo licencia CC BY-NC 2.0 / Flickr)

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