Ramzy Baroud, CounterPunch.com, 18 octubre 2023
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros. El último es «These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons» (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net
Hubo un tiempo en que el «conflicto árabe-israelí» era árabe e israelí. Sin embargo, con el paso de los años, se le cambió el nombre. Los medios de comunicación nos dicen ahora que es un «conflicto Hamás-Israel».
Pero ¿qué fue lo que salió mal? Es muy simple, Israel se hizo demasiado poderoso.
Las supuestamente asombrosas victorias israelíes a lo largo de los años contra los ejércitos árabes han envalentonado a Israel hasta el punto de que ha llegado a verse a sí mismo no como una superpotencia regional, sino también como una potencia mundial. Israel, según su propia definición, se convirtió en «invencible».
Tal terminología no era una mera táctica de miedo destinada a quebrar el espíritu de palestinos y árabes por igual. Israel se lo creyó de verdad.
La «milagrosa victoria israelí» contra los ejércitos árabes en 1967 fue un momento decisivo. Entonces, el embajador israelí ante las Naciones Unidas, Abba Eban, declaró en un discurso que «desde el podio de la ONU, proclamé el glorioso triunfo de las Fuerzas de Defensa [ocupación] israelíes y la redención de Jerusalén».
Esto, en su opinión, sólo podía significar una cosa: «Nunca antes Israel había sido más honrado y venerado por las naciones del mundo».
El sentimiento de las palabras de Eban resonó en todo Israel. Incluso aquellos que dudaban de la capacidad de su gobierno para imponerse completamente a los árabes, se unieron al coro: Israel es invencible.
Poco debate racional se produjo entonces sobre las razones reales por las que Israel había ganado, y si esa victoria hubiera sido posible sin el respaldo total de Washington y la voluntad de Occidente de apoyar a Israel a cualquier precio.
Israel nunca fue un ganador elegante. A medida que se triplicaba el tamaño de los territorios controlados por el pequeño Estado triunfante, Israel comenzó a atrincherar su ocupación militar sobre lo que quedaba de la Palestina histórica. Incluso empezó a construir asentamientos en territorios árabes recién ocupados, en el Sinaí, los Altos del Golán y todo lo demás.
Hace cincuenta años, en octubre de 1973, los ejércitos árabes intentaron revertir las enormes ganancias de Israel lanzando un ataque sorpresa. Al principio lo consiguieron, pero fracasaron cuando Estados Unidos se apresuró a reforzar las defensas y los servicios de inteligencia israelíes.
No fue una victoria completa para los árabes, ni una derrota total para Israel. Sin embargo, este último resultó gravemente herido. Pero Tel Aviv seguía convencida de que la relación fundamental que había establecido con los árabes en 1967 no se había visto alterada.
Y, con el tiempo, el «conflicto» se hizo menos árabe-israelí y más palestino-israelí. Otros países árabes, como el Líbano, pagaron un alto precio por la fragmentación del frente árabe.
Esta realidad cambiante permitió a Israel invadir el sur del Líbano en marzo de 1978 y firmar los Acuerdos de Paz de Camp David con Egipto seis meses después.
Mientras la ocupación israelí de Palestina se hacía más violenta, con un insaciable apetito de más tierras, Occidente convirtió la lucha palestina por la libertad en un «conflicto» que debía gestionarse con palabras, nunca con hechos.
Muchos intelectuales palestinos se empeñan en argumentar que «esto no es un conflicto», que la ocupación militar no es una disputa política, sino que se rige por leyes y fronteras internacionales claramente definidas. Y que debe resolverse de acuerdo con la justicia internacional.
Pero esto no ha sucedido aún. Ni se ha hecho justicia, ni se ha recuperado un centímetro de Palestina, a pesar de las innumerables conferencias internacionales, resoluciones, declaraciones, investigaciones, recomendaciones e informes especiales. Sin una aplicación real, el derecho internacional es mero papel mojado.
Pero ¿ha abandonado el pueblo árabe a Palestina? La rabia, la angustia y los apasionados cánticos de las interminables riadas de personas que salieron a las calles de todo Oriente Medio para protestar ante la aniquilación de Gaza por el ejército israelí, no hacían pensar que Palestina estuviera sola o, al menos, que hubiera que dejarla luchar por su cuenta.
El aislamiento de Palestina de su contexto regional ha resultado desastroso.
Cuando el «conflicto» es sólo con los palestinos, entonces Israel determina el contexto y el alcance del llamado conflicto, qué es lo que se permite en la «mesa de negociaciones» y qué debe excluirse. Así es como los Acuerdos de Oslo dilapidaron los derechos palestinos.
Cuanto más consigue Israel aislar a los palestinos de su entorno regional, más invierte en su división.
Es aún más peligroso cuando el conflicto pasa a ser entre Hamás e Israel. El resultado es una conversación totalmente diferente que se superpone a la comprensión verdaderamente urgente de lo que está ocurriendo en Gaza, en toda Palestina en este momento.
En la versión israelí de los hechos, la guerra comenzó el 7 de octubre, cuando combatientes de Hamás atacaron bases militares, asentamientos y ciudades israelíes en el sur de Israel.
Ninguna otra fecha o acontecimiento anterior al ataque de Hamás parece ser de importancia para Israel, Occidente y los medios de comunicación corporativos que cubren la guerra con tanta preocupación por la difícil situación de los israelíes y con total indiferencia hacia el infierno de Gaza.
No se permite que ningún otro contexto estropee la perfecta narrativa israelí de palestinos similares al ISIS que perturban la paz y la tranquilidad de Israel y su pueblo.
A las voces palestinas que insisten en debatir la guerra de Gaza dentro de los contextos históricos adecuados -la limpieza étnica de Palestina en 1948, la ocupación de Jerusalén, Cisjordania y Gaza en 1967, el asedio a Gaza en 2007, todas las sangrientas guerras anteriores y posteriores- simplemente se les niegan las plataformas.
Los medios de comunicación pro-Israel no quieren escuchar. Aunque Israel no hubiera llegado al extremo de hacer afirmaciones infundadas sobre bebés decapitados, los medios de comunicación habrían seguido comprometidos, de todos modos, con la narrativa israelí.
Sin embargo, si Israel sigue definiendo las narrativas de la guerra, los contextos históricos de los «conflictos» y los discursos políticos que conforman la visión occidental de Palestina y Oriente Medio, seguirá obteniendo todos los cheques en blanco necesarios para seguir comprometido con su ocupación militar de Palestina.
A su vez, esto alimentará aún más conflictos, más guerras y más engaños sobre las raíces de la violencia.
Para romper este círculo vicioso, Palestina debe, una vez más, convertirse en una cuestión que concierna a todos los árabes, a toda la región. Hay que contrarrestar la narrativa israelí, hacer frente a los prejuicios occidentales y formar una nueva estrategia colectiva.
En otras palabras, no podemos seguir dejando sola a Palestina.
Foto de portada: Manifestación en Madrid en apoyo al pueblo palestino, 15 de octubre de 2023.