Michael Young, Carnegie Middle East Center, 1 noviembre 2023
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Michael Young es redactor jefe del Malcolm H. Kerr Carnegie Middle East Center de Beirut y editor de Diwan, el blog del Carnegie sobre Oriente Medio. Anteriormente fue editor de opinión y columnista del periódico Daily Star del Líbano. Escribe un comentario quincenal para The National (Abu Dhabi) y es autor de “The Ghosts of Martyrs Square: An Eyewitness Account of Lebanon’s Life Struggle”. El libro fue seleccionado por el Wall Street Journal como uno de sus diez libros notables de 2010, y ganó el Premio de Plata en el concurso de libros del Washington Institute for Near East Policy de 2010. Es licenciado por la Universidad Americana de Beirut y por la Escuela Johns Hopkins de Estudios Internacionales Avanzados.
Israel ha hecho grandes esfuerzos durante décadas para redefinir su limpieza étnica de la población árabe de Palestina en 1948 como consecuencia de la salida voluntaria de los árabes de sus hogares, o como resultado de que obedecieran las órdenes de sus líderes de marcharse. De ese modo, los israelíes han intentado socavar la acusación de que su Estado se construyó sobre los cimientos de lo que se considera un crimen contra la humanidad. Sin embargo, hoy en día, el traslado forzoso de la población palestina de Gaza a Egipto está siendo discutido abiertamente por los más altos dirigentes israelíes y por antiguos funcionarios.
El Financial Times informaba esta semana de que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha intentado persuadir a los líderes europeos para que presionen a Egipto de que acepte a los refugiados de Gaza. Aunque un diplomático occidental intentó matizar esta afirmación diciendo que Netanyahu quería que los egipcios acogieran a los palestinos «al menos durante el conflicto», las implicaciones de esta salvedad son absurdas. A Netanyahu no le interesa en absoluto el bienestar de una población a la que sus militares han estado masacrando durante las últimas tres semanas. Lo que quiere es que se abra la puerta de Egipto para que Israel pueda cerrarla definitivamente una vez que los palestinos estén fuera. Eso es lo que ocurrió en 1948, y sólo un necio creería que no puede volver a ocurrir.
Las presiones de Netanyahu se producen en medio de una serie de informaciones según las cuales el Ministerio de Inteligencia de Israel ha hecho público un documento en el que enumera una serie de opciones abiertas a las autoridades israelíes para abordar la situación con los palestinos de Gaza. Entre ellas está que Israel «evacue a la población gazatí al Sinaí» y «cree una zona estéril de varios kilómetros dentro de Egipto y no permita que la población vuelva a la actividad o a residir cerca de la frontera israelí”. El documento continúa diciendo que Israel debe esforzarse por movilizar el apoyo mundial a tal proyecto, en particular de Estados Unidos. Incluso admitiendo una traducción inexacta del hebreo de Google translate, la exactitud de la recomendación es incontestable dado que Netanyahu está pregonando la misma idea.
Precisamente por eso es tan inverosímil las proclamas de Israel de que el documento del Ministerio de Inteligencia no es más que un «documento conceptual», o un ejercicio hipotético. Muchas ideas sin precedentes en el gobierno comienzan por debajo del radar, precisamente porque es una forma sensata y burocrática de garantizar que no sean derribadas inmediatamente por las burocracias competidoras. De hecho, resulta chocante por sí solo que Israel haya admitido que la limpieza étnica forma parte ahora de su caja de herramientas conceptual para los palestinos.
Si hay dudas al respecto, un repulsivo artículo de Giora Eiland, antiguo jefe del Consejo de Seguridad Nacional de Israel, debería despejarlas. Eiland propuso sus propias «opciones» para abordar el problema de los palestinos de Gaza. Una de ellas es «crear condiciones en las que la vida en Gaza se vuelva insostenible», de modo que «toda la población de Gaza se traslade a Egipto o al Golfo». En última instancia, Gaza debe «convertirse en un lugar donde no pueda existir ningún ser humano, y digo esto como medio y no como fin. Lo digo porque no hay otra opción para garantizar la seguridad del Estado de Israel. Estamos librando una guerra existencial».
Sin duda, Eiland seguirá siendo invitado por think tanks y universidades de todo el mundo, aunque su artículo avale crímenes de guerra (castigos colectivos; causar deliberadamente grandes sufrimientos al cuerpo y a la salud; destrucción y apropiación de bienes no justificados por necesidades militares; y deportación ilegal) y crímenes contra la humanidad, según la definición de limpieza étnica adoptada por un Comité de Expertos de las Naciones Unidas que investigó las violaciones del derecho internacional humanitario en la antigua Yugoslavia. Por tanto, la creencia entre los admiradores de Israel de que el país es un dechado de moral no sólo es irrisoria, sino que se contradice con las actividades y cavilaciones de los funcionarios israelíes, presentes y pasados.
La justificación de Eiland -la seguridad- es interesante, porque es la excusa a la que recurren los canallas en todas partes cuando racionalizan crímenes terribles. Para que Israel pueda sentirse seguro, hay que expulsar al desierto, como si de una tribu perdida se tratase, a unos dos millones de gazatíes. Para matar a un solo miliciano de Hamás y mejorar la seguridad israelí, hay que arrasar un barrio entero del campo de refugiados de Yabalia, con gran pérdida de vidas. Para proteger a Israel, se permite que bandas de vigilantes religiosos armados de Cisjordania -personas que en la mayoría de los países estarían incluidas en listas de terroristas- obliguen a los aldeanos palestinos a abandonar sus hogares o asesinen a palestinos desarmados que están recogiendo aceitunas.
Lo sorprendente es que los países occidentales han visto cómo se desarrollaba todo esto, pero han utilizado las despiadadas acciones de Hamás del 7 de octubre como excusa para no hacer nada al respecto. Incluso mientras Israel masacra a miles de personas en Gaza, con muchas más bajo los escombros de los edificios derribados, Estados Unidos y sus aliados europeos se han negado a imponer un alto el fuego o han seguido expresando su indignación por las muertes israelíes, al tiempo que parecen impasibles ante las víctimas de las represalias israelíes. Todo ello a pesar de las asombrosas declaraciones de oficiales militares israelíes de que para Israel «el énfasis [en el bombardeo de Gaza] está en el daño y no en la precisión».
Lo que puede surgir es un momento fundacional para el dominio de Occidente en los asuntos mundiales. Una de las primeras víctimas de la guerra de Gaza es sin duda Ucrania, cuya defensa se presentó en los países occidentales como el equivalente a rechazar el tipo de apaciguamiento que entregó partes de Checoslovaquia a la Alemania nazi. Los fundamentos éticos de la narrativa occidental sobre Ucrania se han derrumbado con los edificios de apartamentos de Gaza. ¿Quién volverá a tragarse la retórica estadounidense o europea sobre la maldad rusa cuando tantos países occidentales se muestran indiferentes ante los asesinatos en masa cometidos por las fuerzas armadas de Israel? En este contexto, los estadounidenses deberían tener cuidado. Bien podrían encontrarse aislados cuando hagan la ronda en busca de aliados mundiales que les ayuden a impedir una eventual invasión china de Taiwán.
Me duele mencionar el argumento más simplista que se oye en estas situaciones, a saber, que Occidente es racista cuando se trata de diferenciar a los árabes de los pueblos que consideran más occidentalizados, como los israelíes. No sólo me parece problemática esa línea a muchos niveles, sino que, dadas las protestas que proliferan en las capitales occidentales contra lo que Israel está haciendo en Gaza, no puedo dejar de reconocer que muchos estadounidenses y europeos, por no hablar de un sorprendente número de judíos entre ellos, se han puesto del lado correcto al defender a todas las víctimas, sin excepción, desde que comenzaron los ataques del 7 de octubre.
Sin embargo, las élites de Estados Unidos y Europa tienen una perspectiva diferente, que está siendo cuestionada por segmentos crecientes de sus propias poblaciones. Se trata de una perspectiva que considera el establecimiento de Israel como una compensación por el que quizá sea el mayor crimen de la historia, el Holocausto; que considera a Israel como una extensión de Occidente y un aliado fiable a lo largo del último medio siglo; y que ve a Israel como moderno, democrático y liberal en un mar de intolerancia y atraso. Muchas partes de esta versión pueden cuestionarse, por supuesto, así que oír a Olaf Scholz declarar que «Israel es un Estado democrático guiado por principios muy humanitarios, por lo que podemos estar seguros de que el ejército israelí respetará las normas que se derivan del derecho internacional en todo lo que haga», hace que uno se pregunte si el canciller alemán se cree realmente semejante disparate, o si es que, de hecho, no dispone de un aparato de televisión.
A medida que el conflicto palestino-israelí vaya dividiendo aún más a las sociedades occidentales, el estado de ánimo entre las élites de Europa y Estados Unidos irá cambiando lentamente. Pero, por ahora, ese cambio no es ni remotamente visible. Prueba de ello es que los israelíes hablan ahora sin rodeos de la limpieza étnica de más de dos millones de palestinos en Gaza, mientras que los países occidentales siguen inmersos en una vergonzosa conspiración de silencio.