La línea entre Gaza y Estados Unidos

Rozina Ali, The New Yorker, 7 noviembre 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Rozina Ali es periodista y reside en Nueva York. Colabora en The New York Times Magazine, es becaria del Type Media Center y del New America (2023-24). Escribe sobre la guerra contra el terrorismo, la islamofobia, Oriente Próximo, el sur de Asia y literatura. Fue becaria Cullman en 2022-23. Ganó el Premio Nacional de Periodismo de 2023. Su trabajo ha aparecido impreso y online en varias publicaciones, entre ellas: The New York Times Magazine, The New Yorker, Harper’s, Foreign Affairs, The Nation, The American Prospect y otras.

La semana pasada, un ataque aéreo israelí mató a Mohammed Abu Hatab, periodista de televisión, junto con once miembros de su familia, en su casa del sur de Gaza. Según el Comité para la Protección de los Periodistas, es el trigésimo sexto miembro de los medios de comunicación que muere en el conflicto actual. La cifra no deja de aumentar. La inmensa mayoría han sido gazatíes que intentaban cubrir la crisis en medio de continuos bombardeos. Hasta hace poco, no se ha permitido la entrada de nuevos periodistas extranjeros ni de organizaciones independientes para presenciar lo que está ocurriendo.

Desde principios de octubre, he intentado captar fragmentos de la vida en Gaza desde la distancia, principalmente a través de conversaciones de WhatsApp con gente de allí y con palestinos estadounidenses. Parecía que una de cada dos personas conocía a alguien que había muerto.

Hossin Shaqur, un corredor de seguros que vive en Santa Bárbara (California), nació en el campo de refugiados de Yabalia, en el norte de Gaza, después de que su familia fuera desplazada en 1948 de un pueblo que ahora forma parte del sur de Israel. En 1967, parte de la familia se trasladó a Qatar y, finalmente, a Estados Unidos, pero su hermana, sus sobrinos, sus primos y sus tíos permanecieron en Yabalia. Desde que comenzó la campaña de bombardeos de Israel, me dijo Hossin, ha podido confirmar que casi setenta de sus familiares han muerto. El barrio donde vivía la familia de su madre fue arrasado. Lo último que supo es que su hermana seguía viva. «Pero ahora mismo no sé si está viva ya», me dijo por teléfono. «Estamos pegados a la televisión. Ves las noticias un par de horas, haces algo, y vuelves y ha pasado algo nuevo. Todo se repite».

Pocos días después del comienzo de los bombardeos, muchos gazatíes pensaron que podrían encontrar seguridad en el sur. Nur Harazin, una joven periodista afincada en la ciudad de Gaza, abandonó su casa y viajó con su marido y sus hijos a Deir al-Balah, en el centro de la Franja. Cuando Nur me envió un mensaje desde allí, llevaba más de veinticuatro horas sin beber agua. Casi no había fuentes potables; ella y su familia habían estado subsistiendo a base de zumo.

Poco después de que Israel lanzara su guerra contra Gaza, en respuesta al ataque de Hamás del 7 de octubre, aviones militares lanzaron octavillas en el norte, incluida la ciudad de Gaza, advirtiendo a los residentes -alrededor de un millón de personas- que evacuaran la zona. Las familias luchaban por decidir qué hacer. Casi inmediatamente después, un ataque aéreo alcanzó una carretera de la ciudad de Gaza que se consideraba una «ruta segura», y al parecer mató a setenta personas. (Hamás culpó a Israel del ataque, aunque las fuerzas ocupantes de Israel han negado su responsabilidad).

Incluso en el sur, los bombardeos parecían aleatorios. Una tarde de la primera semana, Alaa Zaher Ahmed, estudiante de tercer curso de medicina, estaba diseñando un cartel de concienciación sobre el cáncer de mama en su habitación de Jan Yunis. «De repente, todo empezó a temblar y me encontré a oscuras», me dijo a través de notas de voz. «No podía ver nada». Primero notó que seguía respirando, luego que no podía mover una mano y después que le dolía la cabeza. Se la tocó y sintió en la punta de los dedos «un líquido viscoso». Sangre. Alaa intentó moverse, pero tenía las piernas inmovilizadas y no las sentía. Sobre ella había algo misterioso, pesado, de hormigón.

Puede que pasaran diez minutos, supuso, antes de que oyera voces apagadas que parecían hacerse más fuertes. Alaa empezó a gritar y a golpear el hormigón. Un vecino la sacó de entre los escombros. Los equipos de rescate y los familiares siguieron buscando entre los escombros. Tras varias horas, desenterraron a la mayor parte de su familia: su madre, su hermano y su sobrino, todos muertos. Su casa, de tres pisos, «se vino abajo como galletas», me dijo. Entre los restos derrumbados, las pocas cosas que quedaban reconocibles -un colchón, un sofá, telas rosadas- estaban cubiertas de polvo.

Las Naciones Unidas calculan que más de la mitad de la población de Gaza ha sido desplazada desde el comienzo de la guerra. La gente se ha dispersado en campos de refugiados preexistentes, o en casas de amigos o parientes en distintas ciudades, o en escuelas u hospitales. La familia de Adnan Sawada es una de las dispersas. Adnan, de cincuenta y cinco años, dirige una empresa de transportes y vive en Maryland. Su familia, que vive en Sheij Radwan, en el norte de la ciudad de Gaza, decidió trasladarse después de que cayeran los panfletos. Cogieron un colchón, algo de ropa, juguetes para los niños, comida, y acabaron, como Nur, en Deir al-Balah.

Hace trece años que Adnan no ve a ninguno de sus hermanos. Meses atrás, habló por teléfono con su hermano mayor, Shaban. Shaban estaba entusiasmado: su hijo se iba a casar y pronto tendría un nieto. «Soy viejo y estoy disfrutando de la vida», recuerda Adnan que le dijo.

Lo que Adnan sabe, según le contó su sobrino, es lo siguiente: La tarde del 16 de octubre, Shaban y otro hermano estaban hablando fuera de una casa. El hermano entró. De repente, hubo una explosión y todo se estremeció. Cuando el hermano salió, encontró a Shaban en el suelo, ensangrentado, sin una pierna. Lo llevaron al hospital, pero cuando el médico pudo atenderlo, había muerto. «Murió de hemorragia, obviamente», me dijo Adnan, «pero el principal motivo fue la bomba».

La larga espera para ser visto por un médico se había convertido en algo habitual para entonces. El hospital Al-Shifa de la ciudad de Gaza, el mayor de la Franja, estaba colapsado por la afluencia de heridos, hombres, mujeres, niños y bebés. Tarnim Hammad, escritor residente en Gaza que trabaja con grupos de ayuda humanitaria, me contó que los médicos describían el hospital como un «matadero». Llegaban demasiados muertos o en tal estado que era imposible salvarles la vida. Ante la escasez de suministros, algunas personas fueron amputadas y suturadas sin anestesia.

«Los periodistas duermen en los pisos del hospital», me dijo Nur la mañana del 17 de octubre. «Puede que al menos sea más seguro que otros lugares». Ese cálculo cambió rápidamente. Más tarde, ese mismo día, una explosión en el hospital árabe Al-Ahli, también en la ciudad de Gaza, mató a un centenar de personas; la causa sigue sin estar clara. Recientemente, un médico de Gaza me envió un vídeo en el que se ve cómo se eleva una nube de humo al cielo tras un ataque israelí cerca del hospital Al-Quds. La semana pasada, Israel atacó cerca de la entrada del hospital Al-Shifa. (Un portavoz del ejército ocupante dijo que «golpeará a Hamás allá donde sea necesario»).

No mucho después de que Nur llegara a Deir al-Balah, recibí otra nota suya. «Puedes dormir y no despertarte nunca», me dijo. «Puedes dormir y despertarte con la noticia del asesinato de tus familiares. Nadie está a salvo si es gazatí o extranjero. Nadie está a salvo si es ciudadano o militante. Nadie está a salvo si es médico, periodista, nadie en absoluto».

Con el paso de los días, algunos gazatíes que habían evacuado inicialmente decidieron regresar a casa. Las bombas también caían sobre los que buscaban refugio en el sur. La Franja de Gaza sólo tiene ciento cuarenta kilómetros cuadrados; parecía importar poco dónde se estuviera. Tarnim me contó que ella y su familia tomaron la «difícil decisión» de quedarse. «El cálculo aquí ahora mismo en Gaza es que o te han bombardeado o estás esperando a que te bombardeen», dijo en una nota de voz. «Así pues, si tuviera que  vivir mis últimos días antes de ser bombardeada, sólo quiero estar en mi casa rodeada de mi familia».

Hace cuatro semanas, Nabil Alshurafa, un investigador médico que vive en las afueras de Chicago, hablaba por teléfono con su madre, Naela, una peluquera jubilada de sesenta y seis años que había viajado recientemente desde California al norte de Gaza para visitar a su propia madre. Nabil oía el ruido de las bombas de fondo. Cuando Nabil era niño, él y su familia vivían en Kuwait, donde su padre era médico. Nabil era ciudadano estadounidense, el único de su familia en aquella época, y cuando estalló la primera guerra del Golfo, el gobierno estadounidense los trasladó rápidamente por aire a un lugar seguro. Supuso que algo similar podría ocurrir ahora.

Al día siguiente de la masacre de Hamás, Naela había subido a un taxi y corrió hacia el sur, hacia el paso fronterizo de Rafah, el único punto de acceso a la frontera de Gaza con Egipto. La puerta estaba invadida y no pudo salir. Dos días después, hizo un segundo intento. Estaba en la cola para sellar su pasaporte, a sólo diez minutos de Egipto, cuando una explosión sacudió la puerta fronteriza. Nabil se enteró de la explosión por su tío, que no sabía si Naela estaba viva; pasaron horas antes de que Nabil supiera que su madre estaba a salvo.

Desesperado y presa del pánico, Nabil rellenó un formulario de entrada en crisis del Departamento de Estado. La respuesta que recibió por correo electrónico aconsejaba a los ciudadanos estadounidenses de Gaza que consideraran la posibilidad de ir a Rafah. Una semana después, cuando hablé con Nabil, estaba llorando. Naela seguía dentro de la Franja, junto con otros cuatrocientos ciudadanos estadounidenses, mientras Israel atacaba Rafah repetidamente. Durante casi un mes, ni un solo estadounidense pudo salir. El 1 de noviembre, a medida que aumentaba la presión legal y pública, el presidente Biden anunció que comenzaría la evacuación de los ciudadanos estadounidenses. Naela estaba en la lista y, al día siguiente, entró en Egipto. Su familia permaneció en Gaza.

Incluso antes de la guerra, Gaza era uno de los lugares más difíciles del mundo para entrar y salir. No ha habido ningún aeropuerto operativo desde 2002, cuando Israel arrasó la pista de aterrizaje. Tras la victoria electoral de Hamás en 2006, Israel implantó un bloqueo que limita gravemente la circulación de personas y mercancías. El 65% de la población de Gaza vive en la pobreza, y cerca de la mitad está desempleada. Las familias con medios y oportunidades intentan enviar al menos a un hijo al extranjero para que estudie y trabaje. Yahia Abuhashem, científico de datos de 34 años en Chicago, dejó Gaza hace quince años y no ha vuelto a ver a sus padres ni a sus hermanos. Un hermano es dentista, otro ingeniero y una hermana asistente de abogado; tienen suerte de tener esos trabajos o de tener alguno, me dijo. Aun así, envía regularmente varios cientos de dólares desde Estados Unidos para complementar sus ingresos.

El edificio de apartamentos de los padres de Yahia, en el barrio de Tel al-Hawa de la ciudad de Gaza, fue alcanzado en la guerra de 2021, según me contó. (En aquel momento, Human Rights Watch y Amnistía Internacional descubrieron lo que parecía ser una pauta de ataques del ejército ocupante contra edificios residenciales. «En algunos casos, familias enteras quedaron sepultadas bajo los escombros cuando se derrumbaron los edificios en los que vivían», escribió Amnistía). Sus padres pasaron dos años y medio renovando y reconstruyendo y, este agosto, por fin volvieron a su casa. En cuanto empezaron los últimos bombardeos, la familia se marchó de nuevo y se dirigió al sur: unos a Jan Yunis, otros a Rafah y otros a Nuseirat. Tel al-Hawa fue bombardeada al poco tiempo, y de nuevo varios días después.

Según Naciones Unidas, el cuarenta y dos por ciento de las viviendas de Gaza fueron destruidas por los bombardeos israelíes en las tres primeras semanas del asalto. Ya es una cifra obsoleta. Es difícil saber cuántas personas hay bajo los escombros resultantes, cuántas de ellas podrían seguir vivas. En una entrevista con Sky News, Mark Regev, exembajador israelí en el Reino Unido y asesor del gobierno, insistió en que Israel no ataca estructuras civiles. «La guerra es muy, muy difícil», dijo. Cuando el periodista le presionó sobre el aumento de muertes de civiles y edificios residenciales, respondió: «Son objetivos de Hamás».

Una tarde visité a Dorgham Abusalim, que trabaja en comunicaciones, en Washington D.C. Abandonó Gaza en 2006 para estudiar en el extranjero y sólo ha regresado un par de veces. En el salón de su casa, la televisión emitía Al Jazeera en árabe. Señaló su ordenador portátil, que, según me dijo, solía sintonizar también otros canales de noticias. Mientras hablábamos, su mano no se apartaba de su teléfono móvil, en el asiento de al lado. Formaba parte de varios grupos de chat que ofrecían actualizaciones desde el terreno, un flujo de información que llegaba algo más rápido de lo que lo hacían los medios de comunicación occidentales. Una ventaja de un par de minutos significaba menos tiempo entre el pánico y el alivio, o entre el pánico y el dolor.

Dos noches antes, a la 1:30 de la madrugada, su teléfono recibió avisos sobre Deir al-Balah, donde viven sus padres y una hermana. Decenas de personas habían sido asesinadas. Frenético, Dorgham llamó a su hermano en Canadá, que llamó repetidamente al número de sus padres. Dorgham también lo intentó, pero la llamada no entró. Durante horas, se desplazó a través de cada actualización que llegaba. Hizo zoom sobre las imágenes de calles familiares, buscando un destello de la casa de un vecino, o de su escuela, o de su propia casa.

Finalmente, sobre las cuatro y media, su hermano le llamó y le dijo que se fuera a dormir: «Están vivos».

«Estoy despierto y escribiendo esto mientras resuenan las bombas», me dijo Tarnim, la cooperante, en un mensaje por WhatsApp el 24 de octubre. Era medianoche. «Estamos cansados. Estoy cansada», me dijo. La comida escaseaba; no había bebido suficiente agua. «No duermo, tengo metidos en la cabeza los sonidos de las explosiones que oigo todo el día y toda la noche».

Ese mismo día, Nur, la periodista, me envió un mensaje de voz. «Estoy viva, de verdad», me dijo, con lo que parecía sorpresa. Seguía en Deir al-Balah. «Se traduce como la ciudad de los dátiles», dijo, «porque está llena de árboles de dátiles». Los ataques se habían intensificado en los últimos días, y ella había estado informando desde el hospital Shuhada Al-Aqsa. «Hemos visto muchas cosas que se supone que no debemos ver», dijo. Cadáveres, heridos, niños, mujeres. «Sí, ha sido muy duro».

Recientes imágenes por satélite de algunas partes de Gaza revelan las secuelas desde arriba. La mayoría de los tejados, antaño blancos, están cubiertos de gris. Los bloques de edificios que una vez estuvieron en pie aparecen ahora como manchas. La Franja está llena de cráteres. La semana pasada, Yoav Gallant, ministro de Defensa israelí, dijo que Israel había lanzado más de diez mil bombas sólo sobre la ciudad de Gaza, un área más pequeña que Manhattan. El aire, según he podido deducir de varios informes y de personas con las que he hablado, huele a humo, polvo, cadáveres putrefactos, aguas residuales.

Yahia, como muchos otros palestinos estadounidenses, ha intentado ponerse en contacto con sus representantes en el Congreso para suplicar ayuda para mantener a salvo a su familia. La semana siguiente al comienzo de los bombardeos, se puso en contacto con su senadora, Tammy Duckworth. Compartió conmigo la carta que recibió como respuesta. Empezaba así: «Gracias por ponerse en contacto conmigo acerca de los horribles atentados terroristas de Hamás contra Israel. Condeno, en los términos más enérgicos posibles, la brutal violencia de Hamás que comenzó el 7 de octubre de 2023».

Más de diez mil personas han muerto en el ataque de represalia de Israel, según el Ministerio de Sanidad de Gaza. Recientemente, el presidente Biden dijo que «no confía en la cifra que manejan los palestinos». En una aparente respuesta, las autoridades gazatíes publicaron más de doscientas páginas con los nombres de los muertos, junto con sus números de identificación, sexo y edad. El asombroso número de niños muertos -más de cuatro mil en el momento de redactar este informe- llevó a UNICEF a calificar la situación de «mancha creciente en nuestra conciencia colectiva».

A última hora de la tarde del 27 de octubre, Gaza se quedó a oscuras. Israel cortó los servicios de telecomunicaciones; nadie podía utilizar Internet ni el teléfono. Los medios de comunicación y las organizaciones internacionales anunciaron que habían perdido el contacto con sus colegas. Todas las personas con las que hablaba por WhatsApp dejaron de responder.

Ese fin de semana, las tropas israelíes entraron en Gaza. Después de casi dos días, al parecer bajo presión estadounidense, Israel restableció las líneas de comunicación. (Todas las personas con las que había hablado sobre el terreno empezaron a responderme poco a poco. En los días siguientes, las bombas israelíes arrasaron partes del campo de refugiados de Yabalia, cerca de donde vive la hermana de Hossin. Tarnim envió un mensaje, con voz temblorosa. Estaba enferma. Cuando cortaron las líneas telefónicas, me dijo, los vecinos llevaban a los heridos y muertos en carros tirados por burros. Por primera vez desde que empezamos a hablar, admitió: «No sé cómo afrontar todo esto emocionalmente».

Justo antes de la publicación de este artículo, Nabil me envió otra actualización: un ataque aéreo había matado al tío y la tía de su esposa, junto con tres de sus hijos y tres de sus nietos.

Foto de portada: Naciones Unidas calcula que más de la mitad de la población de Gaza se ha visto desplazada desde el 7 de octubre (Mohammed Talatene /dpa/AP).

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