La guerra, «tremendamente positiva», de Israel contra Gaza: Una mano aquí, una cabeza allá

Abby Zimet, Common Dreams, 12 diciembre 2023

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Abby Zimet escribe la columna Further de CD desde 2008. Periodista galardonada desde hace mucho tiempo, se trasladó a los bosques de Maine a principios de los años 70, donde pasó una docena de años construyendo una casa, acarreando agua y escribiendo antes de mudarse a Portland. Tras alcanzar la mayoría de edad política durante la guerra de Vietnam, lleva mucho tiempo implicada en cuestiones relacionadas con la mujer, el trabajo, la lucha contra la guerra, la justicia social y los derechos de los refugiados. Correo electrónico: azimet18@gmail.com

En medio de sombríos recuerdos, la ONU conmemoró el 75 aniversario de la Declaración Universal de los Derechos Humanos advirtiendo sobre una Gaza que «se hunde aún más en el abismo»: «Los que no mueren bajo las bombas corren el riesgo de morir de hambre, sed y enfermedad». Con Estados Unidos en un espantoso compás de espera, Israel ha intensificado su salvajismo genocida, matando al menos a nueve inocentes -niños, académicos, escritores, ninguno de Hamás- por cada posible terrorista. Un gazatí cansado y desafiante declaró: «Intentan aniquilar nuestra memoria».

Mientras tanto, nosotros, el mundo, observamos con impotente dolor y rabia; incluso cuando luchamos, o nos hemos cansado hace tiempo de enfrentarnos a ello, las víctimas nos persiguen. Sinceramente, es demasiado horror para incorporarlo en cualquier número de relatos. «Como periodistas, las palabras son nuestras herramientas esenciales para informar, explicar, aclarar y analizar», escribe la redactora-jefe de Ha’aretz, Esther Solomon. «Pero los acontecimientos en Israel y Gaza a veces desafían los límites del lenguaje». Cambiaríamos eso por «a menudo», ahora más que nunca. Tras el colapso de un alto el fuego demasiado breve, la última semana ha visto cómo la catástrofe rodante alcanzaba una especie de espantoso cenit tanto aquí como en Israel. «El ejército israelí ha abandonado la contención en Gaza y los datos muestran una matanza sin precedentes», reza un espeluznante titular de Ha’aretz. La insondable cifra de muertos supera ya los 18.400, de los que quizás 8.000 sean niños; cerca de 8.000 más permanecen bajo los escombros; también han muerto más de 300 palestinos en Cisjordania; asimismo, al menos 86 periodistas, 300 trabajadores sanitarios y 100 cooperantes de la ONU, la mayor cifra de su historia. El martes, un funcionario visitante de la UNRWA calificó Gaza de «infierno en la tierra», con hasta 400 nuevos muertos al día. Una vez más, para aquellos que envuelven la carnicería en el tropo del derecho de Israel a defenderse: Ninguna de estas personas eran combatientes de Hamás.

Las cifras insensibilizan. Sin embargo, en una guerra no sólo de cuerpos ensangrentados, sino también de corazones, mentes y máquinas de propaganda, un empecinado Israel se atribuyó una misericordiosa proporción de dos a uno de muertes de civiles frente a militantes. En un espantoso cómputo, el portavoz del ejército israelí, Jonathan Conricus, se jactó de que «en comparación con cualquier otro conflicto en terreno urbano entre un ejército y una organización terrorista, la proporción es tremenda, tremendamente positiva, y quizá única en el mundo». ¡Mentira!, replicaron el Euro-Mediterranean Human Rights Monitor y un mundo consternado. Sus datos muestran que el 90% de las víctimas de Israel han sido civiles, una tasa peor que la de las guerras de Estados Unidos en Vietnam, Iraq y Afganistán; la «pulverización de Gaza se encuentra entre los peores ataques contra cualquier población civil en nuestro tiempo»; la destrucción en Gaza durante ocho semanas es comparable a la de los bombardeos en alfombra de años de duración de los Aliados sobre las ciudades alemanas de Dresde, Hamburgo y Colonia en la Segunda Guerra Mundial; y va a peor. El grupo de vigilancia Action on Armed Violence denuncia que los últimos ataques de Israel han sido cuatro veces más mortíferos que los anteriores; informan de que su ejército ataca hasta 450 «objetivos» en 24 horas, o uno cada pocos minutos, y que cada ataque mata a una media de 10 civiles. Una vez más: Ninguna de las víctimas es Hamás.

Mother Jones: «Rezar por los muertos, luchar como locos por los vivos». Con dos millones de desplazados al sur, los trabajadores humanitarios «están con el agua al cuello» con la esperanza de mitigar «un desastre insostenible». Entre la mitad y un tercio de la gente «simplemente se muere de hambre«. Los civiles que buscan refugio se han convertido en «pelotas de pimpón humanas, rebotando entre rendijas cada vez más pequeñas» de supuesta seguridad y cadáveres. Con la mayoría de los hospitales cerrados, más de 50.000 heridos no pueden recibir tratamiento; los hospitales que siguen abiertos a menudo reciben más muertos que heridos; de más de un millón de personas en refugios abarrotados de la ONU, la mitad tiene infecciones respiratorias por el frío o la lluvia, muchos tienen diarrea por el agua contaminada, amenazan brotes de tifus y cólera, 600 personas comparten un retrete. Las fuerzas israelíes arrasan generadores, bombardean escuelas, asaltan hospitales, disparan contra ambulancias que intentan evacuar a pacientes críticos; bloqueados en los puestos de control, el personal paramédico es detenido mientras los pacientes mueren esperando. Con el ejército «atacando todo lo que se mueve», entre las víctimas se encuentran quienes esperan en fila para obtener agua e intentan evacuar mientras ondean banderas blancas. Después de que un ataque israelí «como una bomba atómica» matara a los 45 miembros, tres generaciones, de una familia en una casa de az-Zawayda, los vecinos trabajaron durante días para recoger las partes de sus cuerpos, «una mano aquí, una cabeza allá». No había ningún miembro de Hamás entre ellos.

Aun así, Israel sigue implacable. Un nuevo informe revela que Netanyahu pidió en secreto a su ministro de Asuntos Estratégicos que diseñara un plan para «reducir» la población palestina de Gaza «al mínimo» por dos medios: persuadir a Egipto para que facilite el flujo de refugiados a otras naciones árabes y abrir rutas marítimas que permitan «una huida masiva a países europeos y africanos». Su limpieza étnica sugiere incluso cifras concretas: un millón a Egipto, medio millón a Turquía, etc. En apoyo de lo que muchos consideran «una guerra conjunta estadounidense-israelí contra el pueblo de Gaza», Estados Unidos se ha sumado a ella, solicitando más de tres mil millones de dólares para financiar a los refugiados de Ucrania y Gaza y proponiendo condiciones de ayuda para las naciones árabes en función de su disposición a acoger a los refugiados palestinos de Gaza. Esta semana, ese vergonzoso «abrazo del oso» de complicidad con el «gran, gran amigo» de Biden, Netanyahu, se ha exhibido de forma flagrante: Con el veto de Estados Unidos -la 45ª vez que se niega a frenar a Israel- a una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU para un alto el fuego, su envío «de emergencia» de más armamento a Israel y el debate sobre otros 10.000 millones de dólares, su insípida «preocupación» por el uso israelí del mortífero fósforo blanco en el Líbano, incluso un próximo fin de semana de oración planeado por un Grupo de Aliados de Israel en el Congreso para encender a los legisladores «por el bien de Sión».

Por ahora, Sión sigue obsesivamente centrada en la venganza. No satisfechos con los casi 20.000 palestinos muertos, una infraestructura arrasada, una población desplazada, traumatizada, hambrienta, buscan la humillación, el tipo de humillación que sufrieron el 7 de octubre cuando Hamás asaltó su poderosa maquinaria militar y de inteligencia, y se encontraron con su ausencia. Los palestinos excarcelados denuncian un aumento de los malos tratos -tortura, palizas, amenazas de violación, rotura de huesos por negarse a besar la bandera israelí- y la muerte de al menos seis presos palestinos. Según informaciones, el ejército israelí ha detenido a decenas de mujeres y niñas, sin que se sepa nada de su paradero. Y fotos inquietantes en Beit Lahave muestran a unos 100 hombres, incluidos niños de tan sólo 13 años, detenidos, sacados de sus casas y obligados a sentarse en la calle y pasar frío en ropa interior; otros aparecen metidos en camiones. Israel calificó la acción de «redada de elementos de Hamás«. Los palestinos identificaron a médicos, profesores, periodistas, ancianos tenderos que habían buscado refugio en las escuelas de la UNRWA, señalaron que ni un solo combatiente de Hamás se ha rendido o ha sido capturado vivo, y lo calificaron de humillación ritual sin finalidad militar. También se trataba de una ejecución extrajudicial: Euro-Med Monitor informó de que al menos siete hombres fueron asesinados a tiros cuando se negaron a desnudarse.

«Las fuerzas israelies están exterminando a los musulmanes nazis de Gaza», se regodeó el teniente de alcalde de Jerusalén, Arieh King, junto a una foto de los palestinos desnudos, con la cabeza gacha, en la tierra. «Si de mí dependiera, traería 4 D9 (excavadoras) y daría la orden de enterrar vivos a (esos) nazis. No son seres humanos». Y añadió, del Deuteronomio 25, 19: «Cuando el Señor, tu Dios, te dé descanso de todos los enemigos en la tierra (que) posees… borrarás el nombre de Amalec de debajo del cielo. No lo olvides». En otro vídeo, soldados israelíes afines bailan y cantan fervorosamente una canción genocida: «He venido a conquistar Gaza/ Y a golpear a Hizbolá en la cabeza/ Y sólo me atengo a una mitzvá/ Erradicar la semilla de Amalec». «Este espíritu está en todas partes», escribe Jonathan Ofir, que en su día rechazó el término «judeo-nazis», utilizado por un difunto profesor en los años ochenta, como «una especie de exageración moral». Ahora bien: «El Estado de Israel representa la oscuridad de un cuerpo estatal». Las protestas de esta semana se hacen eco de él: una huelga general en Cisjordania, un día de acción mundial, 18 «bubis«, abuelas, judías -los 18 emblemáticos de «chai«, vida- encadenándose a la valla de la Casa Blanca. El «esfuerzo sistemático por vaciar Gaza de su gente», advierte el ministro jordano de Asuntos Exteriores, Ayman Safadi, «perseguirá a esta región y definirá a las generaciones venideras».

Al final, ¿qué les debemos a las víctimas? «Cualquier cosa que sea palestina, incluso el mero hecho de estar aquí, respirando y pensando, es un asunto delicado para los israelíes, porque ellos construyeron su narrativa en torno a la negación de nuestra existencia», afirma el pintor palestino Sliman Mansour, que durante más de 50 años ha enseñado, expuesto, creado galerías y documentado a su pueblo en una «iconografía de la resistencia», pintando a través de la destrucción de su pueblo, dos Intifadas, dos condenas a prisión y funcionarios israelíes confiscando retratos de flores porque sus colores replicaban la bandera palestina prohibida. «Nuestro trabajo… es expresar que estamos aquí». Muchos gazatíes que sobreviven siguen empeñados en esa tarea, en contar las historias de los que ya no están: los niños muertos en la UCI por falta de oxígeno, el padre de 65 años de un reportero de Al Yazeera que se negó a abandonar su casa. «A los que he perdido», escribe Sahar Qeshta de Shymaa al-Jazaar, amiga desde los años de instituto, fotógrafa de niños, «faro de calidez, amabilidad y amor», y Sharouq al-Azoum, abogada y «fuente de esperanza para todos los que la conocían». «No se definen por la tragedia de sus muertes», escribe. «Son personas a las que he conocido y querido. Eran personas como yo y como tú».

En nombre desmedido de la eliminación de las élites académicas de Gaza, Israel también asesinó al Dr. Sufyan Tayeh, presidente de la Universidad Islámica de Gaza, galardonado físico teórico clasificado entre el 2% de los mejores investigadores del mundo que ocupaba la Cátedra UNESCO de Física, Astrofísica y Ciencias Espaciales en Palestina. El Dr. Tayeh fue asesinado el 2 de diciembre en Yabalia junto a su padre, esposa, dos hijos, dos hijas -varias de ellas doctoras-, nietos, cuñada y los hijos de ésta. Las fuerzas israelíes bombardearon también la facultad de medicina de la Universidad; celebrando alegremente su «regalo de Janucá», los soldados garabatearon en inglés la pintada «El nuestro ahora». Pocos días después, en una pérdida profundamente sentida, evidentemente, atacaron quirúrgicamente y mataron al querido escritor, mentor, padre de cinco hijos y «voz de Gaza» Dr. Refaat Alarir, profesor de literatura inglesa que cofundó We Are Not Numbers (No somos números), empoderando a jóvenes escritores gazatíes para que fueran shahid, o testigos y «contar nuestra historia»; lo que es más vital, nutrió a cientos de esos jóvenes escritores, «un ejército de escritores y blogueros» que, hoy en día, se puede leer ampliamente: «Así que Refaat está en todas partes». Murió en un ataque aéreo junto con su hermano, su hermana y cuatro de los hijos de ésta, en el único edificio de la zona de al-Daraj, en la ciudad de Gaza, que fue alcanzado.

«Salam, Dr. Refaat», escribió Wesam Thabet, un antiguo alumno. «Espero que ahora estés en un lugar mejor. Te fuiste antes de que pudiera responder a tu último mensaje: ‘¿Necesitas ayuda?’ Sí, te necesitamos… Tus luchas no han sido en vano». «Tus alumnos están llenos de rabia y tristeza», escribió. Aun así, «te prometemos que no soltaremos el bolígrafo». Y terminaba: «Descansa en paz, mi padre literato». El primer escrito de Refaat fue sobre su hermano Mohammed, «el mártir número 26 de mi extensa familia»; después escribió mucho, desde poesía hasta obras políticas; también editó la antología Gaza Writes Back y contribuyó en la obra de Haymarket “Light in Gaza: Writings Born of Fire”. Era «inquebrantable de formas inimaginables», escribió Asem al-Nabih, uno de los últimos amigos que lo vio con vida. «Si vivía, quería ser narrador, contar las historias de Gaza y su gente. Todos los días, él y yo caminábamos. Salíamos (en) busca de tarjetas SIM o cobertura telefónica. Le veías subido a muros altos, levantando el brazo para conseguir cobertura», recuerda. «Debemos recordar que Refaat siempre caminaba y hablaba. Solía hablar. Ahora decimos: hablad de él. Porque Refaat se merece esto». «Si tengo que morir», escribió Refaat en su último poema, «que sea un cuento». Él tampoco era Hamás.

Si tengo que morir

Si tengo que morir,

debes vivir

para contar mi historia

para vender mis cosas

para comprar un trozo de tela

y unas cuerdas,

(que sea blanca y con una larga cola)

para que un niño, en algún lugar de Gaza

mire fijamente al cielo

esperando que su padre, que se fue en volandas

y no se despidió de nadie

ni siquiera de su carne

ni siquiera de sí mismo.

vea la cometa, la cometa que tú hiciste,

volando por encima

y piense por un momento que un ángel está allí

trayendo de vuelta el amor.

Si tengo que morir…

que traiga esperanza

que sea como un cuento.

Hombres palestinos de Beit Lahia detenidos, desnudados y obligados a sentarse en la calle. (Foto de las redes sociales palestinas)

“Rituales bajo la ocupación», cuadro de Sliman Mansour de 1989. (Imagen cortesía de la Galería Zawyeh y del artista)

Foto de portada: Un angustiado palestino llega al hospital de Jan Yunis sosteniendo el cuerpo de una niña muerta en un ataque aéreo (Foto de Fatima Shbair).

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