Mel Gurtov, CounterPunch.com, 19 diciembre 2023
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Mel Gurtov es catedrático emérito de Ciencias Políticas de la Universidad Estatal de Portland, redactor jefe de Asian Perspective, publicación trimestral sobre asuntos internacionales, y escritor de un blog en In the Human Interest.
La dictadura militar de Myanmar (Birmania), que se hizo con el poder en 2021, es de repente vulnerable a los ataques de la mezcolanza de fuerzas de resistencia vagamente alineadas bajo un Gobierno de Unidad Nacional. Estas fuerzas son de dos tipos: ejércitos de minorías étnicas, a veces conocidos como la Alianza de los Tres Hermanos, que tienen un largo historial de oposición al gobierno militar, y grupos prodemocráticos respaldados por el Gobierno de Unidad Nacional que se han unido desde el golpe de 2021. (Una publicación de periodistas de Myanmar exiliados en Tailandia enumera 30 grupos armados en total, 10 de los cuales son ejércitos étnicos).
Lo que hace que la resistencia sea ahora tan amenazadora para los militares es que los diversos ejércitos se están coordinando y tienen cada vez más éxito en el norte y el noreste, zonas que limitan con China, así como con Tailandia y la India. La oposición ha capturado ciudades, se ha apoderado de arsenales y ha conseguido la rendición de algunas unidades gubernamentales, la última de ellas un batallón entero. Miles de personas han huido de los combates, principalmente a la India.
La junta de Myanmar tiene fuerzas superiores sobre el terreno y en el aire, sin embargo, un informe de la BBC dice: «Después de dos años y medio de luchar contra el levantamiento armado que provocó con su desastroso golpe de Estado, el ejército parece débil, y posiblemente vencible”. Un estudio del Council on Foreign Relations sugiere que incluso es posible otro golpe de Estado por parte de oficiales descontentos del ejército.
La posición de China
China parece estar jugando a dos bandas, sin duda consciente de las implicaciones para la seguridad de apoyar sólo a una.
Por un lado, ha apoyado sistemáticamente la represión de la junta. Los dirigentes de Myanmar fingen que todo va bien en las relaciones con China. Insiste en que los lazos son fuertes y que la asociación estratégica es firme. La última prueba es la visita a puerto, el 27 de noviembre, de tres buques chinos, entre ellos un destructor, para preparar unas maniobras navales conjuntas.
Entre bastidores, sin embargo, los informes indican el descontento de la junta por las relaciones de China con los grupos rebeldes, en particular la venta de armas a esos grupos. Este descontento provocó la primera manifestación antichina de la historia ante la embajada china en Yangón el 17 de noviembre.
El portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores chino tuvo que emitir una declaración formal en la que aseguraba a los manifestantes que China nunca interfiere en los asuntos internos de Myanmar.
En realidad, las autoridades chinas están en estrecho contacto con los grupos étnicos rebeldes, que han prometido proteger las inversiones chinas en las zonas que controlan dichos grupos. La zona fronteriza del noreste es escenario de actividades delictivas -tráfico de drogas y operaciones de ciberestafa- que preocupan a China por su impacto en los ciudadanos chinos y por su capacidad para provocar disturbios fronterizos.
Pekín no ha condenado a las fuerzas de la oposición ni ha respaldado los esfuerzos de la junta por aplastarlas. Según un informe del Instituto Estadounidense de la Paz (USIP, por sus siglas en inglés), «es casi seguro que Pekín aprobó la ofensiva después de que los generales de la junta ignoraran sus llamamientos a tomar medidas enérgicas contra los lucrativos focos de delincuencia a lo largo de la frontera que se ceban con los ciudadanos chinos».
Esto probablemente ha llamado la atención de los generales: La junta informa ahora de que China está mediando en las conversaciones de paz entre el principal grupo armado de la oposición y el gobierno.
Tras la victoria: Los retos futuros
Los éxitos militares de las fuerzas de la resistencia plantean la siguiente pregunta: ¿cómo sería Myanmar si ganaran, es decir, si forzaran el colapso de la junta?
El estudio del USIP es, sorprendentemente, optimista. Mientras que algunos especialistas podrían predecir una fragmentación de la resistencia por líneas étnicas y políticas, una de las principales conclusiones del estudio es que:
«La mayoría [de los combatientes de la resistencia] están motivados principalmente por el deseo de proteger a las comunidades de un ejército arrasador y de lograr un nuevo paradigma político y social. Muchos combatientes de la resistencia . . . tienen raíces en las comunidades a las que sirven. Del mismo modo, las principales organizaciones étnicas de resistencia [OER] empezaron como movimientos sociales hace décadas, no como grupos armados, y siguen sirviendo a sus propias comunidades.»
En cuanto al potencial para superar las diferencias y construir un nuevo Myanmar, el estudio del USIP concluye:
«No será sencillo lograr un nuevo acuerdo político y, probablemente, necesitará de años de diálogo nacional. Pero la investigación del USIP muestra que el movimiento ya ha hecho progresos significativos hacia la reconciliación nacional y la construcción de una visión compartida. Las diversas formas de colaboración entre las OER y las comunidades Bamar en las operaciones militares, la prestación de servicios sociales y la respuesta humanitaria demuestran aún más la creciente solidaridad.»
Otras dos cosas que el movimiento tendrá que conseguir: apartar a los campesinos de la producción de opio e invertir el estancamiento del crecimiento del país. La Oficina de la ONU contra la Droga y el Delito acaba de anunciar que Myanmar ha superado a Afganistán como líder mundial en producción de opio.
Al parecer, el aumento de la inseguridad ha contribuido a que se recurra cada vez más al cultivo de adormidera. También ha contribuido a reducir considerablemente el comercio, la inversión extranjera, la inflación y el desplazamiento de unos 2,5 millones de personas, según el Banco Mundial. El Banco prevé para Myanmar un crecimiento económico global del 1%.
¿Puede un movimiento de resistencia tan diverso unirse para construir una sociedad justa y equitativa? Desde la distancia puede parecer que las probabilidades están en contra, pero en el caso particular de Myanmar, la liberación del abrumador peso de los militares puede ser el ingrediente clave en la construcción de un consenso nacional para el gobierno democrático y la justicia social.
Imagen de portada: Silueta de la estupa de Shwedagon (Jesse Schoff)