Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 23 diciembre 2023
Traducido del ingles por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, donde ejerció como jefe de la Oficina de Oriente Medio y de la Oficina de los Balcanes del periódico. Entre sus libros figuran: American Fascists: The Christian Right and the War on America, Death of the Liberal Class, War is a Force That Gives Us Meaningy Days of Destruction, Days of Revolt, una colaboración con el dibujante de cómics y periodista Joe Sacco. Anteriormente trabajó en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Fue, hasta 2022, el presentador del programa On Contact, nominado en 2017 a los premios Emmy.
Escribir y fotografiar en tiempos de guerra son actos de resistencia, actos de fe. Afirman la creencia de que un día -un día que los escritores, periodistas y fotógrafos quizá nunca vean- las palabras y las imágenes evocarán empatía, comprensión, indignación y aportarán sabiduría. No sólo narran los hechos, aunque los hechos son importantes, sino también la textura, el carácter sagrado y el dolor de las vidas y comunidades perdidas. Cuentan al mundo cómo es la guerra, cómo aguantan los que están atrapados en sus fauces de muerte, cómo hay quienes se sacrifican por los demás y quienes no, cómo son el miedo y el hambre, cómo es la muerte. Transmiten los llantos de los niños, los lamentos de dolor de las madres, la lucha diaria frente a la salvaje violencia a niveles industriales, el triunfo de su humanidad a través de la suciedad, la inmundicia, la enfermedad, la humillación y el miedo. Por eso escritores, fotógrafos y periodistas son el blanco de los agresores en la guerra -incluidos los israelíes- para su aniquilación. Son testigos del mal, un mal que los agresores quieren enterrar y olvidar. Desenmascaran las mentiras. Condenan, incluso desde la tumba, a sus asesinos. Desde el 7 de octubre, Israel ha asesinado al menos a 13 poetas y escritores palestinos y al menos a 67 periodistas y trabajadores de los medios de comunicación en Gaza, y a tres en el Líbano.
Experimenté la inutilidad y la indignación cuando cubrí la guerra. Me preguntaba si había hecho lo suficiente o si merecía la pena arriesgarse. Pero sigues adelante porque no hacer nada es ser cómplice. Informas porque te importa. Haces que sea difícil para los asesinos negar sus crímenes.
Esto me lleva al novelista y dramaturgo palestino Atef Abu Saif. Él y su hijo Yasser, de 15 años, que viven en la Cisjordania ocupada, estaban visitando a su familia en Gaza -donde nació- cuando Israel comenzó su campaña de tierra quemada. Atef no es ajeno a la violencia de los ocupantes israelíes. Tenía dos meses durante la guerra de 1973 y escribe: «He vivido guerras desde entonces. Igual que la vida es una pausa entre dos muertes, Palestina, como lugar y como idea, es un tiempo muerto en medio de muchas guerras».
Durante la Operación Plomo Fundido, el asalto israelí a Gaza en 2008/2009, Atef se refugió en el pasillo de su casa de Gaza durante 22 noches con su esposa, Hanna, y sus dos hijos, mientras Israel bombardeaba y bombardeaba. Su libro «The Drone Easts With Me: Diaries from a City Under Fire” (El dron come conmigo: Diarios de una ciudad bajo fuego)», es un relato de la Operación Marco Protector, el asalto israelí de 2014 contra Gaza que mató a 1.523 civiles palestinos, entre ellos 519 niños.
«Los recuerdos de la guerra pueden ser extrañamente positivos, porque tenerlos significa que debes haber sobrevivido», señala con sorna.
Volvió a hacer lo que hacen los escritores, como el profesor y poeta Rifat Alarir, que fue asesinado, junto con el hermano de Rifat, su hermana y sus cuatro hijos, en un ataque aéreo contra el edificio de apartamentos de su hermana en Gaza el 7 de diciembre. El Observatorio Euromediterráneo de Derechos Humanos afirmó que Alarir fue objeto de un ataque deliberado, «bombardeado quirúrgicamente todo el edificio». Su asesinato se produjo tras semanas de «amenazas de muerte que Rifat recibía en Internet y por teléfono desde cuentas israelíes». Se había trasladado a casa de su hermana debido a esas amenazas.
Rifat, cuyo doctorado versaba sobre el poeta metafísico John Donne, escribió en noviembre un poema titulado «Si debo morir», que se convirtió en su última voluntad y testamento. Ha sido traducido a numerosos idiomas. Una lectura del poema a cargo del actor Brian Cox se ha visto casi 30 millones de veces.
Si debo morir,
tú debes vivir
para contar mi historia
para vender mis cosas
para comprar un trozo de tela
y unas cuerdas,
(de color blanco, con una larga cola)
para que un niño, en algún lugar de Gaza
mientras mira fijamente al cielo
esperando a su padre que se marchó en una llamarada
y no se despidió de nadie
ni siquiera de su carne
ni siquiera de sí mismo.
vea la cometa, la cometa que tú hiciste para mí
volando en lo alto
y piense por un momento que allí hay un ángel
que trae de vuelta el amor.
Si debo morir…
que traiga la esperanza
que sea como en un cuento.
Atef, que vive de nuevo entre las explosiones y la carnicería de los proyectiles y bombas israelíes, publica obstinadamente sus observaciones y reflexiones. Sus relatos son a menudo difíciles de transmitir debido al bloqueo israelí de Internet y del servicio telefónico. Han aparecido en The Washington Post, The New York Times, The Nation y Slate.
El primer día del bombardeo israelí, matan a un amigo, el joven poeta y músico Omar Abu Shawish, al parecer en un bombardeo naval israelí, aunque informes posteriores dirían que murió en un ataque aéreo cuando se dirigía al trabajo. Atef se pregunta por los soldados israelíes que lo vigilan a él y a su familia con «sus lentes infrarrojos y sus fotografías por satélite». ¿Pueden «contar las barras de pan que hay en mi cesta, o el número de bolas de falafel que hay en mi plato?», se pregunta. Observa las multitudes de familias aturdidas y confusas, con sus casas en escombros, cargando «colchones, bolsas de ropa, comida y bebida». Se queda mudo ante «el supermercado, la casa de cambio, la tienda de falafel, los puestos de fruta, la perfumería, la tienda de dulces, la juguetería… todo quemado».
«Había sangre por todas partes, junto con trozos de juguetes de niños, latas del supermercado, fruta destrozada, bicicletas rotas y frascos de perfume hechos añicos», escribe. «El lugar parecía el dibujo al carbón de una ciudad abrasada por un dragón».
«Fui a la Casa de la Prensa, donde los periodistas descargaban frenéticamente imágenes y redactaban informes para sus agencias. Estaba sentado con Bilal, el jefe de prensa, cuando una explosión sacudió el edificio. Las ventanas se hicieron añicos y el techo se desplomó en pedazos sobre nosotros. Corrimos hacia el vestíbulo central. Uno de los periodistas sangraba, golpeado por los cristales. Al cabo de veinte minutos, salimos a inspeccionar los daños. Y me di cuenta de que los ornamentos del Ramadán seguían colgados en la calle».
«La ciudad se ha convertido en un páramo de escombros y cascotes», escribe Atef, ministro de Cultura de la Autoridad Palestina desde 2019, en los primeros días del bombardeo israelí de la ciudad de Gaza. «Hermosos edificios caen como columnas de humo. A menudo pienso en la vez que me dispararon de niño, durante la primera intifada, y en cómo mi madre me contó que en realidad estuve muerto durante unos minutos antes de volver a la vida. Quizá pueda hacer lo mismo esta vez, creo».
Deja a su hijo adolescente con unos familiares.
«La lógica palestina es que, en tiempos de guerra, todos debemos dormir en lugares diferentes, de modo que, si una parte de la familia es asesinada, otra parte viva», escribe. «Las escuelas de la ONU están cada vez más abarrotadas de familias desplazadas. La esperanza es que la bandera de la ONU les salve, aunque no ha sido así en guerras anteriores».
El martes 17 de octubre escribe:
Veo acercarse la muerte, oigo sus pasos cada vez más fuertes. Acabemos de una vez, pienso. Es el undécimo día del conflicto, pero todos los días se han fundido en uno: el mismo bombardeo, el mismo miedo, el mismo olor. En las noticias, leo los nombres de los muertos en el teletipo de la parte inferior de la pantalla. Espero a que aparezca mi nombre.
Por la mañana, suena mi teléfono. Era Rulla, una pariente de Cisjordania, que me decía que había oído que se había producido un ataque aéreo en Talat Howa, un barrio del sur de la ciudad de Gaza donde vive mi primo Hatem. Hatem está casado con Huda, la única hermana de mi mujer. Vive en un edificio de cuatro plantas en el que también viven su madre, sus hermanos y sus familias.
Llamé a gente de los alrededores, pero a nadie le funcionaba el teléfono. Caminé hasta el Hospital al-Shifa para leer los nombres: Las listas de muertos se pegan a diario en el exterior de un depósito de cadáveres improvisado. Apenas pude acercarme al edificio: Miles de gazatíes habían hecho del hospital su hogar; sus jardines, sus pasillos, cada espacio vacío o rincón libre tenía una familia dentro. Desistí y me dirigí a casa de Hatem.
Treinta minutos después, estaba en su calle. Rulla tenía razón. El edificio de Huda y Hatem había sido alcanzado sólo una hora antes. Ya habían recuperado los cadáveres de su hija y su nieto; la única superviviente conocida era Wissam, otra de sus hijas, que había sido trasladada a la UCI. Wissam había pasado directamente por el quirófano, donde le habían amputado las dos piernas y la mano derecha. El día anterior se había graduado en la escuela de arte. Tendrá que pasar el resto de su vida sin piernas y con una sola mano. «¿Y los demás?» le pregunté a alguien.
«No podemos encontrarlos», fue la respuesta.
Entre los escombros gritamos: «¿Hola? ¿Alguien nos oye?». Gritamos los nombres de los desaparecidos, con la esperanza de que alguno estuviera vivo. Al final del día habíamos encontrado cinco cadáveres, entre ellos el de un bebé de tres meses. Fuimos al cementerio a enterrarlos.
Por la noche, fui a ver a Wissam al hospital; apenas estaba despierta. Al cabo de media hora, me preguntó: «Jalo [tío], estoy soñando, ¿verdad?».
Le respondí: «Es como si todos estuviéramos en medio de un sueño».
«¡Mi sueño es aterrador! ¿Por qué?»
«Todos nuestros sueños son terroríficos».
Tras diez minutos de silencio, dijo: «No me mientas, jalo. En mi sueño no tengo piernas. Es verdad, ¿no? ¿No tengo piernas?»
«Pero dijiste que era un sueño».
«No me gusta este sueño, jalo.»
Tuve que irme. Durante diez largos minutos, lloré y lloré. Abrumado por los horrores de los últimos días, salí del hospital y me encontré vagando por las calles. Pensé distraídamente que podríamos convertir esta ciudad en un plató de películas bélicas. Películas de la Segunda Guerra Mundial y del fin del mundo. Podríamos alquilarla a los mejores directores de Hollywood. El fin del mundo a la carta. ¿Quién podría tener el valor de decirle a Hanna, tan lejos en Ramala, que su única hermana había sido asesinada? ¿Que habían matado a su familia? Telefoneé a mi colega Manar y le pedí que fuera a nuestra casa con un par de amigos e intentara retrasar que le llegara la noticia. «Miéntele», le dije a Manar. «Di que el edificio fue atacado por F-16 pero que los vecinos creen que Huda y Hatem estaban fuera en ese momento. Cualquier mentira que pueda ayudar».
Desde el cielo flotan octavillas en árabe lanzadas por helicópteros israelíes. Anuncian que cualquiera que permanezca al norte de la vía fluvial del Wadi será considerado colaborador del terrorismo, «lo que significa», escribe Atef, «que los israelíes pueden disparar en cuanto los vean». Han cortado la electricidad. La comida, el combustible y el agua empiezan a escasear. Los heridos son operados sin anestesia. No hay analgésicos ni sedantes. Visita a su sobrina Wissam, atormentada por el dolor, en el hospital al-Shifa, que le pide una inyección letal. Dice que Alá la perdonará.
«Pero él no me perdonará a mí, Wissam».
«Voy a pedírselo, en tu nombre», dice ella.
Tras los ataques aéreos, se une a los equipos de rescate «bajo el zumbido como de grillos de drones que no podíamos ver en el cielo». Un verso de T.S Eliot: «un montón de imágenes rotas», pasa por su cabeza. Los heridos y muertos son «transportados en bicicletas de tres ruedas o arrastrados en carros por animales».
«Recogemos trozos de cuerpos mutilados y los juntamos sobre una manta; encuentras una pierna aquí, una mano allá, mientras que el resto parece carne picada», escribe. «En la última semana, muchos gazatíes han empezado a escribir sus nombres en las manos y las piernas, con bolígrafo o rotulador permanente, para que puedan ser identificados cuando les llegue la muerte. Esto puede parecer macabro, pero tiene mucho sentido: Queremos que se nos recuerde, que se cuenten nuestras historias, buscamos dignidad. Que, como mínimo, nuestros nombres figuren en nuestras tumbas. El olor de los cadáveres no recuperados bajo las ruinas de una casa siniestrada la semana pasada permanece en el aire. Cuanto más tiempo pasa, más fuerte es el olor.
Las escenas que le rodean se vuelven surrealistas. El 19 de noviembre, día 44º del asalto, escribe:
Un hombre cabalga hacia mí con el cuerpo de un adolescente muerto colgado de la silla por delante. Parece que es su hijo, quizá. Parece una escena de una película histórica, sólo que el caballo está débil y apenas puede moverse. No ha vuelto de ninguna batalla. No es un caballero. Sus ojos están llenos de lágrimas mientras sujeta la pequeña fusta en una mano y la brida en la otra. Tengo el impulso de fotografiarle, pero de repente me asquea la idea. No saluda a nadie. Apenas levanta la vista. Está demasiado consumido por su propia pérdida. La mayoría de la gente utiliza el antiguo cementerio del campo; es el más seguro y, aunque técnicamente hace tiempo que está lleno, han empezado a cavar tumbas menos profundas y a enterrar a los nuevos muertos encima de los antiguos, manteniendo así unidas a las familias.
El 21 de noviembre, tras la constante artillería de los tanques, decide huir del barrio de Yabaliya, en el norte de Gaza, hacia el sur, con su hijo y su suegra, que está en silla de ruedas. Deben pasar por los puestos de control israelíes, donde los soldados seleccionan al azar a hombres y niños de la fila para detenerlos.
«Decenas de cuerpos están esparcidos a ambos lados de la carretera», escribe. «Pudriéndose, parece, en el suelo. El olor es espantoso. Una mano se extiende hacia nosotros desde la ventanilla de un coche calcinado, como pidiendo algo, a mí en concreto. Veo lo que parecen dos cuerpos sin cabeza en un coche: miembros y partes preciosas del cuerpo tiradas y abandonadas a su suerte».
Le dice a su hijo Yasser: «No mires. Sigue andando, hijo».
A principios de diciembre, un ataque aéreo destruye la casa de su familia.
«La casa en la que crece un escritor es un pozo del que obtener material. En cada una de mis novelas, cuando quería representar una casa típica del campo, conjuraba la nuestra. Cambiaba un poco los muebles de sitio, cambiaba el nombre del callejón, pero ¿a quién quería engañar? Siempre era nuestra casa».
«Todas las casas de Yabaliya son pequeñas. Están construidas a voleo, al azar, y no están hechas para durar. Estas casas sustituyeron a las tiendas en las que vivían palestinos como mi abuela Eisha tras los desplazamientos de 1948. Quienes las construyeron siempre pensaron que pronto regresarían a las hermosas y espaciosas casas que habían dejado atrás en las ciudades y pueblos de la Palestina histórica. Ese regreso nunca se produjo, a pesar de nuestros muchos rituales de esperanza, como guardar la llave de la antigua casa familiar. El futuro sigue traicionándonos, pero el pasado es nuestro».
«Aunque he vivido en muchas ciudades del mundo y he visitado muchas más, esa pequeña y destartalada morada fue el único lugar en el que me sentí como en casa», prosigue. «Amigos y colegas siempre me preguntaban: ¿Por qué no vives en Europa o EE. UU.? Tienes la posibilidad. Mis alumnos respondían: ¿Por qué has vuelto a Gaza? Mi respuesta era siempre la misma: ‘Porque en Gaza, en un callejón del barrio Saftawi de Yabaliya, hay una casita que no se encuentra en ningún otro lugar del mundo’. Si el día del juicio final Dios me preguntara adónde me gustaría que me enviaran, no dudaría en decir: ‘A casa’. Ahora no ya hay hogar alguno».
Atef está ahora atrapado en el sur de Gaza con su hijo. Su sobrina fue trasladada a un hospital de Egipto. Israel sigue machacando Gaza con más de 20.000 muertos y 50.000 heridos. Atef sigue escribiendo.
La historia de la Navidad es la historia de una mujer pobre, embarazada de nueve meses, y de su marido, obligados a abandonar su hogar en Nazaret, en el norte de Galilea. El poder ocupante romano les ha exigido que se inscriban en el censo a 90 millas de distancia, en Belén. Cuando llegan no hay habitaciones. Ella da a luz en un establo. El rey Herodes, que se ha enterado por los Magos del nacimiento del Mesías, ordena a sus soldados que cacen y asesinen a todos los niños menores de dos años de Belén y sus alrededores. Un ángel advierte a José en sueños que huya. La pareja y el niño escapan al amparo de la oscuridad y recorren 65 kilómetros hasta Egipto.
A principios de los años ochenta estuve en un campo de refugiados guatemaltecos que habían huido de la guerra a Honduras. Los campesinos y sus familias, que vivían en la inmundicia y el barro, con sus aldeas y casas quemadas o abandonadas decoraban sus tiendas con tiras de papel de colores para celebrar la Matanza de los Inocentes.
«¿Por qué es un día tan importante?», pregunté.
«Fue en este día cuando Cristo se convirtió en refugiado», respondió un campesino.
La historia de la Navidad no se escribió para los opresores. Fue escrita para los oprimidos. Estamos llamados a proteger a los inocentes. Estamos llamados a desafiar al poder ocupante. Atef, Rifat y otros como ellos, que nos hablan a riesgo de morir, se hacen eco de este mandato bíblico. Hablan para que no callemos. Hablan para que tomemos estas palabras e imágenes y las mostremos a los principados del mundo -los medios de comunicación, los políticos, los diplomáticos, las universidades, los ricos y privilegiados, los fabricantes de armas, el Pentágono y los grupos de presión israelíes- que están orquestando el genocidio en Gaza. El Cristo niño no yace hoy sobre paja, sino sobre un montón de hormigón roto.
El mal no ha cambiado a lo largo de los milenios. Tampoco la bondad.
Imagen de portada: Dar testimonio (por Mr. Fish).