Michael Klare, TomDispatch.com, 21 diciembre 2023
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Michael T. Klare es profesor emérito de estudios sobre la paz y la seguridad mundial en el Hampshire College y miembro visitante de la Arms Control Association. Es autor de 15 libros, el último de los cuales es All Hell Breaking Loose: The Pentagon’s Perspective on Climate Change. Es uno de los fundadores del Committee for a Sane U.S.-China Policy.
Este no ha sido precisamente un año de buenas noticias en lo que se refiere a nuestro planeta asediado y devastado por la guerra, pero el 15 de noviembre, el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el presidente de China, Xi Jinping, dieron un pequeño paso atrás para alejarse del precipicio. Hasta que hablaron en una mansión cerca de San Francisco, parecía como si sus países estuvieran atrapados en una espiral descendente de burlas y provocaciones que podría, según temían muchos expertos, desembocar en una crisis en toda regla, incluso en una guerra; incluso, Dios nos salve a todos, en la primera guerra nuclear del mundo. Sin embargo, gracias a ese encuentro, esos peligros parecen haber remitido. Sin embargo, la cuestión que se plantea a ambos países es si esa retirada del desastre -lo que los chinos llaman ahora la «visión de San Francisco«- durará hasta 2024.
Antes de la cumbre, parecía haber pocos obstáculos discernibles para que se produjera algún tipo de naufragio, ya fuera una ruptura total de las relaciones, una desastrosa guerra comercial o incluso un enfrentamiento militar por Taiwán o las disputadas islas del mar de la China Meridional. Comenzando por el incidente del globo chino en febrero pasado y continuando con una serie de agrias disputas comerciales e incidentes navales y aéreos recurrentes durante el verano y el otoño, los acontecimientos parecían conducir con cierta sombría inevitabilidad hacia algún tipo de catástrofe. Tras uno de esos incidentes, la primavera pasada, el columnista del New York Times Thomas Friedman advirtió de que «el más mínimo paso en falso de cualquiera de las partes podría desencadenar una guerra entre Estados Unidos y China que haría que Ucrania pareciera una polvareda de barrio».
En los últimos meses, los máximos dirigentes tanto de Pekín como de Washington estaban cada vez más preocupados por la posibilidad de que una crisis de gran envergadura entre Estados Unidos y China -y, desde luego, una guerra- resultara catastrófica para todos los implicados. Incluso una gran guerra comercial, entendían, crearía un caos económico a ambos lados del Pacífico. Una ruptura total de las relaciones socavaría cualquier esfuerzo por hacer frente a la crisis climática, prevenir nuevas pandemias o desarticular las redes de drogas ilegales. ¿Y una guerra? Bueno, todos los simulacros autorizados no gubernamentales de un conflicto entre EE. UU. y China han terminado con enormes pérdidas para ambas partes, así como con una importante posibilidad de escalada nuclear (y no hay razón para suponer que los simulacros realizados por los ejércitos estadounidense y chino hayan resultado diferentes).
A medida que el verano se convertía en otoño, ambas partes seguían buscando una «salida» mutuamente aceptable de la catástrofe. Durante meses, altos funcionarios habían estado visitando las capitales de la otra parte en un frenético esfuerzo por controlar la creciente sensación de crisis. El secretario de Estado, Antony Blinken, viajó a Pekín en junio (un viaje reprogramado después de que cancelara una visita en febrero debido al incidente del globo); la secretaria del Tesoro, Janet Yellen, llegó en julio; y la secretaria de Comercio, Gina Raimondo, en agosto. Asimismo, el ministro de Asuntos Exteriores, Wang Yi, viajó a Washington en octubre. Sus reuniones, según los periodistas del New York Times Vivian Wang y David Pierson, se concertaron «con la esperanza de detener la espiral descendente» de las relaciones y allanar el camino para una reunión Biden-Xi que pudiera aliviar realmente las tensiones.
¿Misión cumplida?
No es de extrañar que, tanto para Biden como para Xi, el principal objetivo de la cumbre de San Francisco fuera detener esa espiral descendente. Según se dice, Xi preguntó a Biden: «¿Deben [Estados Unidos y China] entablar una cooperación mutuamente beneficiosa o el antagonismo y la confrontación? Esta es una cuestión fundamental sobre la que deben evitarse errores desastrosos».
Según todos los indicios, parece que los dos presidentes frenaron al menos el deslizamiento hacia la confrontación. Aunque reconocieron que la competencia continuaría sin cesar, ambas partes acordaron «gestionar» sus diferencias de forma «responsable» y evitar comportamientos que induzcan al conflicto. Aunque Estados Unidos y China «compiten», dijo Biden a Xi, «el mundo espera que Estados Unidos y China gestionen tal competencia de forma responsable para evitar que derive en conflicto, confrontación o una nueva Guerra Fría». Al parecer, Xi hizo suyo este precepto, afirmando que China se esforzaría por gestionar sus diferencias con Washington de forma pacífica.
Con este espíritu, Biden y Xi adoptaron varias medidas modestas para mejorar las relaciones y evitar incidentes que pudieran desembocar en un conflicto involuntario, incluida la promesa china de cooperar con Estados Unidos en la lucha contra el tráfico del estupefaciente fentanilo y la reanudación de las comunicaciones de alto nivel entre militares. En una notable primicia, los dos también «afirmaron la necesidad de abordar los riesgos de los sistemas avanzados [de inteligencia artificial] y mejorar la seguridad de la IA a través de conversaciones gubernamentales entre Estados Unidos y China». También dieron su visto bueno a una serie de medidas de cooperación acordadas por sus enviados John Kerry y Xie Zhenhua para combatir mutuamente el cambio climático.
Sin embargo, ninguno de los presidentes aceptó cambios fundamentales en su política que pudieran haber impulsado realmente las relaciones bilaterales en una dirección más cooperativa. De hecho, en las cuestiones más cruciales que dividen a los dos países -Taiwán, el comercio y las transferencias de tecnología- no lograron ningún avance. En palabras de Xue Gong, experto en China de la Fundación Carnegie para la Paz Internacional, independientemente de lo que consiguieran los dos presidentes, «la reunión Biden-Xi no cambiará la dirección de las relaciones entre Estados Unidos y China, alejándolas de la competición estratégica».
Dado que esa sigue siendo la constante que define las relaciones y que ambos líderes están sometidos a una inmensa presión por parte de su electorado nacional -el ejército, las facciones políticas ultranacionalistas y diversos grupos industriales- para que se muestren firmes en cuestiones bilaterales clave, no se sorprendan si la tendencia hacia la crisis y el enfrentamiento vuelve a cobrar impulso en 2024.
Las pruebas que se avecinan
Suponiendo que los líderes estadounidenses y chinos sigan comprometidos con una postura de no confrontación, van a tener que enfrentarse a poderosas fuerzas que los acercarán cada vez más al abismo, incluyendo tanto cuestiones aparentemente insolubles que dividen a sus países como intereses internos profundamente arraigados que pretenden provocar una confrontación.
Aunque hay varias cuestiones muy polémicas que pueden desencadenar una crisis en 2024, las dos con mayor potencial para provocar un desastre son Taiwán y las disputas territoriales en el mar de la China Meridional.
Taiwán, una isla autónoma que busca cada vez más su propio destino, es vista por los funcionarios chinos como una provincia renegada que debería caer legítimamente bajo el control de Pekín. Cuando Estados Unidos estableció relaciones diplomáticas formales con la República Popular China (RPC) en 1979, reconoció la postura china de «que hay una sola China y Taiwán es parte de China». Ese principio de «una sola China» ha seguido siendo la política oficial de Washington desde entonces, pero ahora está sometido a una presión creciente a medida que cada vez más taiwaneses tratan de abandonar sus vínculos con la RPC y establecer un Estado puramente soberano, un paso que los líderes chinos han advertido repetidamente que podría dar lugar a una respuesta militar. Muchos funcionarios estadounidenses creen que Pekín lanzaría de hecho una invasión de la isla si los taiwaneses declararan su independencia y eso, a su vez, podría dar lugar fácilmente a una intervención militar estadounidense y a una guerra a gran escala.
Por ahora, la respuesta de la administración Biden a una posible invasión china se rige por el principio de «ambigüedad estratégica», según el cual la intervención militar está implícita pero no garantizada. Según la Ley de Relaciones con Taiwán de 1979, cualquier intento de China de apoderarse de Taiwán por medios militares se considerará un asunto «de grave preocupación para Estados Unidos», pero no uno que requiera automáticamente de una respuesta militar. En los últimos años, sin embargo, un número cada vez mayor de destacados políticos de Washington han pedido que se sustituya la «ambigüedad estratégica» por una doctrina de «claridad estratégica«, que incluiría el compromiso inequívoco de defender a Taiwán en caso de invasión. El presidente Biden ha dado crédito a esta postura afirmando repetidamente que es la política de Estados Unidos (no lo es), obligando a sus ayudantes a retractarse eternamente de sus palabras.
Por supuesto, la cuestión de cómo responderían China y Estados Unidos a una declaración de independencia taiwanesa aún no se ha puesto a prueba. Los actuales dirigentes de la isla, pertenecientes al independentista Partido Democrático Progresista (PDP), han aceptado hasta ahora que, dado que Taiwán está logrando lentamente la independencia de facto mediante el acercamiento diplomático y la pujanza económica, no hay necesidad de precipitarse en una declaración formal. Pero las elecciones presidenciales que se celebrarán en Taiwán el próximo enero y el posible surgimiento de otra administración dominada por el PDP podrían, según algunos, desencadenar precisamente ese movimiento o, anticipándose a él, una invasión china.
En caso de que el candidato del PDP, William Lai, gane el 13 de enero, la administración Biden podría verse sometida a una enorme presión por parte de los republicanos -y de muchos demócratas- para acelerar el ya rápido ritmo de entregas de armas a la isla. Eso, por supuesto, sería visto por Pekín como un apoyo tácito estadounidense a un impulso acelerado hacia la independencia y (presumiblemente) aumentaría su inclinación a invadir. En otras palabras, Joe Biden podría enfrentarse a una grave crisis militar muy pronto, en 2024.
La disputa del mar de la China Meridional podría producir una crisis similar en poco tiempo. Este conflicto tiene su origen en el hecho de que Pekín ha declarado su soberanía sobre la práctica totalidad del mar de la China Meridional -una extensión del Pacífico occidental delimitada por China, Taiwán, Filipinas, Borneo y Vietnam- junto con las islas que se encuentran en su interior. Estas reivindicaciones han sido impugnadas por otros Estados ribereños, que sostienen que, en virtud del Derecho internacional (en particular, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar), tienen derecho a la soberanía sobre las islas que se encuentran dentro de sus «zonas económicas exclusivas» (ZEE) individuales. En 2016, el Tribunal Permanente de Arbitraje de La Haya dictaminó, a petición de Filipinas, que las reclamaciones de China no eran válidas y que Filipinas y sus vecinos tenían derecho a controlar sus respectivas ZEE. China protestó rápidamente contra la sentencia y anunció su intención de no acatarla.
El control chino de esas islas y sus aguas circundantes tendría importantes implicaciones económicas y estratégicas. Para empezar, ampliaría el perímetro de defensa de China a varios cientos de millas de su costa, lo que complicaría cualquier plan futuro de Estados Unidos para atacar la China continental y haría mucho más fácil un asalto de la RPC a las bases estadounidenses y aliadas en la región. El mar de la China Meridional también alberga grandes pesquerías, una importante fuente de sustento para China y sus vecinos, así como vastas reservas de petróleo y gas natural codiciadas por todos los Estados de la región. China ha intentado sistemáticamente monopolizar esos recursos.
Para facilitar su control de la zona, la RPC ha establecido instalaciones militares en muchas de las islas, al tiempo que utiliza a sus guardacostas y milicias marítimas para ahuyentar a los pesqueros y buques de perforación petrolífera de otros Estados, llegando incluso a embestir a algunos de esos barcos. El 22 de octubre, por ejemplo, un gran buque guardacostas chino chocó con otro más pequeño filipino que intentaba reforzar un pequeño puesto de infantería de marina filipina situado en el Second Thomas Shoal, un islote reclamado por ambos países.
Como reacción a estas maniobras, los funcionarios de Washington han afirmado en repetidas ocasiones que Estados Unidos ayudará a los aliados afectados por el «acoso» chino. Como declaró en julio el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en una reunión con funcionarios australianos en Brisbane: «Seguiremos apoyando a nuestros aliados y socios cuando se defiendan de comportamientos intimidatorios.» Tres meses después, tras ese enfrentamiento en el Second Thomas Shoal, Washington reafirmó su obligación de defender a Filipinas en virtud del Tratado de Defensa Mutua de 1951, en caso de que las fuerzas, barcos o aviones filipinos sufrieran un ataque armado, incluidos «los de su guardia costera – en cualquier lugar del mar de la China Meridional».
En otras palabras, un futuro enfrentamiento entre buques chinos y los de uno de los socios o aliados cercanos de Washington podría derivar fácilmente en una gran confrontación. Por supuesto, es imposible saber qué forma podría adoptar o adónde podría conducir. Pero vale la pena señalar que, en los últimos ejercicios en el mar de la China Meridional, el Mando Indo-Pacífico de Estados Unidos ha realizado simulacros de combate a gran escala, con la participación de varios portaaviones, cruceros, destructores y submarinos. Cualquier respuesta militar estadounidense a tal escala provocaría sin duda una reacción china comparable, poniendo en marcha una potencial espiral de escalada. Suponiendo que China continúe con su política de acoso a las actividades pesqueras y de exploración de sus vecinos del sur, un enfrentamiento de este tipo podría producirse prácticamente en cualquier momento.
Resistir los impulsos belicosos
Dados los peligros en Taiwán y el mar de la China Meridional, los presidentes Biden y Xi tendrán que extremar la paciencia y la prudencia para evitar que estalle una crisis en toda regla en 2024. Es de esperar que el entendimiento que desarrollaron en San Francisco, junto con las nuevas herramientas de gestión de crisis, como la mejora de las comunicaciones entre militares, les ayuden a gestionar cualquier problema que pueda surgir. Sin embargo, para ello tendrán que superar tanto la dinámica de escalada inherente a esas disputas como las presiones belicosas internas de poderosas facciones políticas e industriales que consideran atractiva y necesaria una intensa competición militar con la otra parte (si no necesariamente la guerra).
Tanto en Estados Unidos como en China han florecido vastas operaciones militares-industriales, alimentadas por ingentes desembolsos gubernamentales destinados a reforzar su capacidad para derrotar al ejército de la otra parte en combates sin cuartel y de alta tecnología. En este ambiente enrarecido, las burocracias militares y los fabricantes de armas de ambos bandos han llegado a asumir que perpetuar un entorno de sospecha y hostilidad mutuas podría resultar ventajoso, lo que obligaría a los políticos clave a colmarles de dinero y poder. Los días 13 y 14 de diciembre, por ejemplo, el Senado y la Cámara de Representantes de Estados Unidos, aparentemente incapaces de aprobar otra cosa, aprobaron un proyecto de ley de récord sobre política de defensa que autorizaba 886.000 millones de dólares de gasto militar en 2024 (28.000 millones más que en 2023), con la mayor parte del aumento destinado a buques, aviones y misiles pensados principalmente para una posible guerra futura con China. Los líderes militares estadounidenses -y los políticos que representan a distritos con una alta concentración de contratistas de defensa- seguramente solicitarán aumentos de gasto aún mayores en los próximos años para superar «la amenaza de China.»
Una dinámica similar alimenta los esfuerzos de financiación de los altos cargos de la industria militar china, que sin duda citan las pruebas del afán de Washington por dominar a China para exigir una acumulación recíproca, incluyendo (de forma demasiado ominosa) las fuerzas nucleares de su país. Además, en ambos países, diversas personalidades políticas y de los medios de comunicación siguen sacando provecho de la «amenaza china» o de la «amenaza estadounidense», lo que aumenta la presión sobre los altos funcionarios para que tomen medidas contundentes en respuesta a cualquier provocación percibida por la otra parte.
Así las cosas, es probable que los presidentes Biden y Xi se enfrenten en 2024 a una serie de retos exigentes derivados de las disputas aparentemente insolubles entre sus dos naciones. En el mejor de los casos, quizá sean capaces de evitar un estallido mayor, al tiempo que avanzan en cuestiones menos polémicas como el cambio climático y el narcotráfico. Para ello, sin embargo, tendrán que resistir a las poderosas fuerzas de la belicosidad atrincherada. Si no lo consiguen, las encarnizadas guerras de Ucrania y Gaza en 2023 podrían acabar pareciendo acontecimientos relativamente menores mientras las dos grandes potencias se enfrentan entre sí en un conflicto que podría llevar a este planeta, literalmente, al infierno.
Crucemos los dedos.
Imagen de portada: Joe Biden y Xi Jinping (Alberto Sánchez).
Deberían instalar un enlace permanente entre la Casa Blanca y Pekín, es decir, algo así como un Teléfono Rojo, en caso de que se vuelvan a poner agrias las relaciones, si no con esta administración estadounidense, con otra por venir, por ejemplo, puesto que la probable «Guerra Fría» en realidad no ha terminado ni siquiera con Rusia. En efecto, creen los voceros del imperialismo que, tras el fin de la Guerra Fría como consecuencia de la disolución del bloque conformado por gobiernos comunistas –tanto de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) como en los países satélites de su extinta orbita–, el mundo dibujado ante sus ojos llenos de idealismo puro, relucientes bajo un cielo destellante de azules nubes liberales y un panorama planetario matizado de verdes tapices de papel monetizado «Made in USA» cubriendo el dichoso reino de la globalización neoliberal, coexistiendo todos al compás del capitalismo internacional, había comenzado. A pesar del derrumbe del poder soviético en 1991, el imperialismo no pudo volver a imponer de nuevo su pretendida hegemonía mundial, tal como lo manifestó al proclamar, a través de su portavoz Francis Fukuyama, ex subdirector de planificación política del Departamento de Estado, “El fin de la Historia”. Este politólogo publicó un ensayo en la revista de asuntos internacionales The National Interest (https://www.cepchile.cl/cep/site/docs/20200110/20200110153125/rev37_fukuyama.pdf) en 1988, donde expone la tesis de que la historia, como lucha de ideologías, había terminado en términos hegelianos, dando paso al llamado “pensamiento único”, con un mundo final basado en una democracia liberal, al afirma que sería ciertamente inevitable. Y la caída del Muro de Berlín, celebrada con “bombos y platillos” en Occidente, cede el lugar a la, para ellos, muerte de la ideología revolucionaria marxista-leninista, signada por Fukuyama como una creciente «Common Marketization» que aliviaría las conmocionadas relaciones internacionales, desparramando la paz y el progreso económico en un mundo ya sin barreras ideológicas, en el cual los Estados sobrevivientes del cisma podían devorar todo lo que el consumo occidental tenía a disposición y que a ellos estuvo negada. Visto así, la era de la ‘comoditización’, como proceso masivo y uniforme, el sueño de todos los empresarios capitalistas, llegaba con la Pax Universalis, al posesionarse sobre el mundo unipolar que se abría ante sus alucinantes ojos incrédulos, ávidos de riquezas sin gloria y de la prosperidad implacable del rentista mercado capitalista global. Sin embargo, sabemos por las lecciones de la Historiografía que cuando dos imperios se enfrentan por hegemonías de dominio, las guerras se libran en caliente pero fuera de sus territorios, arrastrando a otras naciones o pueblos a resolver con quién está. Ahora, cuando uno de ellos está en decadencia, lo más probable es que conlleve un enfrentamiento directo porque ningún imperio se retira por voluntad propia o renuncia a su papel de dueño del “mundo”, lo que resultaría en un holocausto global en virtud del descomunal poder de las armas nucleares que están almacenadas en el globo en manos de ellos (incluidos sus aliados), a menos que se disuelva como en el caso del Imperio romano, o el de la exURSS.
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