Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 29 diciembre 2023
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, donde ejerció como jefe de la Oficina de Oriente Medio y de la Oficina de los Balcanes del periódico. Entre sus libros figuran: American Fascists: The Christian Right and the War on America, Death of the Liberal Class, War is a Force That Gives Us Meaningy Days of Destruction, Days of Revolt, una colaboración con el dibujante de cómics y periodista Joe Sacco. Con anteriorida, había trabajado en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Fue, hasta 2022, el presentador del programa On Contact, nominado en 2017 a los premios Emmy.
El plan maestro de lebensraum de Israel para Gaza, tomado prestado del despoblamiento nazi de los guetos judíos, es claro. Destruir las infraestructuras, las instalaciones médicas y el saneamiento, incluido el acceso al agua potable. Bloquear los envíos de alimentos y combustible. Desatar la violencia industrial indiscriminada para matar y herir a cientos al día. Dejar que el hambre -la ONU calcula que más de medio millón de personas ya pasan hambre- y las epidemias de enfermedades infecciosas, junto con las masacres diarias y el desplazamiento de palestinos de sus hogares, conviertan Gaza en un depósito de cadáveres. Los palestinos se ven obligados a elegir entre la muerte por las bombas, las enfermedades, la exposición o el hambre, o ser expulsados de su patria.
Pronto llegará un punto en el que la muerte será tan omnipresente que la deportación -para los que quieran vivir- será la única opción.
Danny Danon, exembajador de Israel ante la ONU y estrecho aliado del primer ministro Benjamín Netanyahu, declaró a la radio israelí Kan Bet que se han puesto en contacto con él «países de América Latina y África que están dispuestos a absorber a los refugiados de la Franja de Gaza. Tenemos que facilitar que los gazatíes se marchen a otros países», dijo. «Hablo de migración voluntaria por parte de los palestinos que quieran irse».
El problema por ahora «son qué países están dispuestos a absorberlos, y estamos trabajando en ello», dijo Netanyahu a los miembros del Likud en la Knesset.
En el gueto de Varsovia, los alemanes repartían tres kilos de pan y uno de mermelada a todo aquel que se inscribiera «voluntariamente» para ser deportado. «Hubo ocasiones en las que cientos de personas tuvieron que hacer cola durante varias horas para ser ‘deportadas'», escribe Marek Edelman, uno de los comandantes del levantamiento del Gueto de Varsovia, en «Las luchas del Gueto». «El número de personas ansiosas por conseguir tres kilos de pan era tal que los transportes, que salían dos veces al día con 12.000 personas, no podían acomodarlas a todas».
Los nazis enviaron a sus víctimas a campos de exterminio. Los israelíes enviarán a sus víctimas a míseros campos de refugiados en países fuera de Israel. Los dirigentes israelíes también están publicitando cínicamente la limpieza étnica propuesta como voluntaria y un gesto humanitario para resolver la catástrofe que ellos mismos crearon.
Este es el plan. Nadie, especialmente la administración Biden, tiene intención de detenerlo.
La lección más inquietante que aprendí mientras cubría conflictos armados durante dos décadas es que todos tenemos la capacidad, con poco que nos empujen, de convertirnos en verdugos voluntarios. La línea que separa a la víctima del victimario es muy fina. Los oscuros deseos de supremacía racial y étnica, de venganza y odio, de erradicación de quienes condenamos por encarnar el mal, son venenos que no se circunscriben a la raza, la nacionalidad, la etnia o la religión. Todos podemos convertirnos en nazis. Hace falta muy poco. Y si no nos mantenemos en eterna vigilancia sobre el mal -nuestro mal- nos convertimos, como los que llevan a cabo la matanza masiva en Gaza, en monstruos.
Los gritos de los que mueren bajo los escombros en Gaza son los gritos de los niños y hombres ejecutados por los serbios de Bosnia en Srebrenica, los más de 1,5 millones de camboyanos asesinados por los jemeres rojos, las miles de familias tutsis quemadas vivas en iglesias y las decenas de miles de judíos ejecutados por los Einsatzgruppen en Babi Yar, Ucrania. El Holocausto no es una reliquia histórica. Vive, acechando en las sombras, a la espera de encender su vicioso contagio.
Nos avisaron: Raul Hilberg, Primo Levi, Bruno Bettelheim, Hannah Arendt, Aleksandr Solzhenitsyn. Comprendieron los oscuros recovecos del espíritu humano. Pero esta verdad es amarga y difícil de afrontar. Preferimos el mito. Preferimos ver en nuestra propia especie, nuestra raza, nuestra etnia, nuestra nación, nuestra religión, virtudes superiores. Preferimos santificar nuestro odio. Algunos de los que fueron testigos de esta terrible verdad, entre ellos Levi, Bettelheim, Jean Améry, el autor de «At the Mind’s Limits: Contemplations by a Survivor on Auschwitz and its Realities (En los límites de la mente: Contemplaciones de un superviviente sobre Auschwitz y sus realidades)», y Tadeusz Borowski, que escribió «Pasen al gas, señoras y señores«, se suicidaron. El dramaturgo y revolucionario alemán Ernst Toller, incapaz de incitar a un mundo indiferente a ayudar a las víctimas y refugiados de la Guerra Civil española, se ahorcó en 1939 en una habitación del hotel Mayflower de Nueva York. En su escritorio había fotos de niños españoles muertos.
«La mayoría de la gente no tiene imaginación», escribe Toller. «Si pudieran imaginar los sufrimientos de los demás, no les harían sufrir tanto. ¿Qué separaba a una madre alemana de una francesa? Los eslóganes que nos ensordecían para que no pudiéramos oír la verdad».
Primo Levi arremetió contra la falsa y moralmente edificante narrativa del Holocausto que culmina con la creación del Estado de Israel, una narrativa abrazada por el Museo del Holocausto de Washington D.C. La historia contemporánea del Tercer Reich, escribe, podría «releerse como una guerra contra la memoria, una falsificación orwelliana de la memoria, una falsificación de la realidad, una negación de la realidad». Se pregunta si «los que hemos vuelto» hemos «sido capaces de comprender y hacer comprender a los demás nuestra experiencia».
Levi nos vio reflejados en Chaim Rumkowski, el colaborador nazi y tiránico líder del gueto de Łódź. Rumkowski vendió a sus compañeros judíos a cambio de privilegios y poder, aunque fue enviado a Auschwitz en el último transporte, donde el Sonderkommando judío -prisioneros obligados a ayudar a conducir a las víctimas a las cámaras de gas y a deshacerse de sus cadáveres-, en un acto de venganza, supuestamente lo golpeó hasta matarlo frente a un crematorio.
«Todos nos vemos reflejados en Rumkowski», nos recuerda Levi. «Su ambigüedad es la nuestra, es nuestra segunda naturaleza, nosotros, híbridos moldeados de arcilla y espíritu. Su fiebre es la nuestra, la fiebre de la civilización occidental, que ‘desciende a los infiernos con trompetas y tambores’, y sus miserables adornos son la imagen distorsionada de nuestros símbolos de prestigio social”. Nosotros, como Rumkowski, «estamos tan deslumbrados por el poder y el prestigio que olvidamos nuestra fragilidad esencial. Voluntariamente o no, nos conformamos con el poder, olvidando que todos estamos en el gueto, que el gueto está amurallado, que fuera del gueto reinan los señores de la muerte y que cerca hay un tren esperándonos».
Levi insiste en que los campos «no podían reducirse a los dos bloques de víctimas y perseguidores». Argumenta: «Es ingenuo, absurdo e históricamente falso creer que un sistema infernal como el nacionalsocialismo santifica a sus víctimas; al contrario, las degrada, las hace parecerse a sí mismo.» Hace una crónica de lo que llamó la «zona gris» entre la corrupción y la colaboración. El mundo, escribe, no es blanco y negro, «sino una vasta zona de conciencias grises que se interpone entre los grandes hombres del mal y las víctimas puras». Todos habitamos esta zona gris. Todos podemos ser inducidos a formar parte del aparato de la muerte por razones triviales y míseras recompensas. Esta es la aterradora verdad del Holocausto.
Es difícil no ser cínico ante la plétora de cursos universitarios sobre el Holocausto, dada la censura y prohibición de grupos como Students for Justice in Palestine y Jewish Voices for Peace, impuestas por las administraciones universitarias. ¿Qué sentido tiene estudiar el Holocausto si no es para comprender su lección fundamental? Cuando tienes la capacidad de detener un genocidio y no lo haces, eres culpable. Resulta difícil no ser cínico ante los «intervencionistas humanitarios» -Barack Obama, Tony Blair, Hillary Clinton, Joe Biden, Samantha Power- que hablan con rimas santurronas sobre la «Responsabilidad de Proteger«, pero guardan silencio sobre los crímenes de guerra cuando hablar pondría en peligro su estatus y sus carreras. Ninguna de las «intervenciones humanitarias» que han defendido, desde Bosnia hasta Libia, se acerca al sufrimiento y la matanza en Gaza. Pero defender a los palestinos tiene un coste, un coste que no tienen intención de pagar. Denunciar la esclavitud, el Holocausto o los regímenes dictatoriales que se oponen a Estados Unidos no tiene nada de moral. Lo único que significa es que defiendes la narrativa dominante.
El universo moral está patas arriba. Quienes se oponen al genocidio son acusados de abogar por él. Se dice que quienes llevan a cabo el genocidio tienen derecho a «defenderse». Vetar el alto el fuego y suministrar bombas de 900 kilos a Israel que lanzan fragmentos de metal a miles de metros es el camino hacia la paz. Negarse a negociar con Hamás liberará a los rehenes. Bombardear hospitales, escuelas, mezquitas, iglesias, ambulancias y campos de refugiados, junto con matar a tres antiguos rehenes israelíes, desnudos hasta la cintura, ondeando una bandera blanca improvisada y pidiendo ayuda en hebreo, son actos rutinarios de guerra. Matar a más de 21.300 personas, incluidos más de 7.700 niños, herir a más de 55.000 y dejar sin hogar a casi todos los 2,3 millones de habitantes de Gaza, es una forma de «desradicalizar» a los palestinos. Nada de esto tiene sentido, como se dan cuenta los manifestantes de todo el mundo.
Un mundo nuevo está naciendo. Un mundo en el que ya no importan las viejas reglas, que a menudo se incumplen más que se observan. Es un mundo en el que vastas estructuras burocráticas y sistemas tecnológicamente avanzados llevan a cabo, a la vista del público, vastos proyectos asesinos. Las naciones industrializadas, debilitadas, temerosas del caos global, envían un mensaje ominoso al Sur Global y a cualquiera que pueda pensar en rebelarse: os mataremos sin freno.
Un día, todos seremos palestinos.
«Me temo que vivimos en un mundo en el que la guerra y el racismo son omnipresentes, en el que los poderes de movilización y legitimación de los gobiernos son poderosos y cada vez mayores, en el que el sentido de la responsabilidad personal está cada vez más atenuado por la especialización y la burocratización, y en el que el grupo de iguales ejerce tremendas presiones sobre el comportamiento y establece normas morales», escribe Christopher R. Browning en Ordinary Men, sobre un batallón de la policía de la reserva alemana en la Segunda Guerra Mundial que, en última instancia, fue responsable del asesinato de 83.000 judíos. «En un mundo así, me temo, los gobiernos modernos que deseen cometer asesinatos en masa rara vez fracasarán en su empeño por no poder inducir a los ‘hombres corrientes’ a convertirse en sus ‘ejecutores voluntarios'».
El mal es proteico. Muta. Encuentra nuevas formas y nuevas expresiones. Alemania orquestó el asesinato de seis millones de judíos, así como de más de seis millones de gitanos, polacos, homosexuales, comunistas, testigos de Jehová, masones, artistas, periodistas, prisioneros de guerra soviéticos, personas con discapacidades físicas e intelectuales y opositores políticos. Inmediatamente después de la guerra se propuso expiar sus crímenes. Trasladó hábilmente su racismo y demonización a los musulmanes, sin que la supremacía racial dejara de estar firmemente arraigada en la psique alemana. Al mismo tiempo, Alemania y Estados Unidos rehabilitaron a miles de antiguos nazis, especialmente de los servicios de inteligencia y la comunidad científica, e hicieron poco por procesar a quienes dirigieron los crímenes de guerra nazis. Alemania es hoy el segundo proveedor de armas a Israel, después de Estados Unidos.
La supuesta campaña contra el antisemitismo, interpretada como cualquier declaración crítica con el Estado de Israel o que denuncie el genocidio, es en realidad la defensa del Poder Blanco. Es la razón por la que el Estado alemán, que ha criminalizado de hecho el apoyo a los palestinos, y los supremacistas blancos más retrógrados de Estados Unidos, justifican la matanza. La larga relación de Alemania con Israel, que incluye el pago de más de 90.000 millones de dólares desde 1945 en reparaciones a los supervivientes del Holocausto y sus herederos, no tiene que ver con la expiación, como escribe el historiador israelí Ilan Pappé, sino con el chantaje.
«El argumento de un Estado judío como compensación por el Holocausto era un argumento poderoso, tan poderoso que nadie escuchó el rechazo rotundo de la solución de la ONU por parte de la abrumadora mayoría del pueblo de Palestina», escribe Pappé. «Lo que sale a relucir claramente es un deseo europeo de expiación. Los derechos básicos y naturales de los palestinos debían dejarse de lado, empequeñecerse y olvidarse por completo en aras del perdón que Europa buscaba del recién formado Estado judío. Era mucho más fácil rectificar el mal nazi frente a un movimiento sionista que frente a los judíos del mundo en general. Era menos complejo y, lo que es más importante, no implicaba enfrentarse a las propias víctimas del Holocausto, sino a un Estado que decía representarlas. El precio de esta expiación más conveniente fue despojar a los palestinos de todos los derechos básicos y naturales que tenían y permitir que el movimiento sionista los limpiara étnicamente sin temor a ninguna reprimenda o condena”.
El Holocausto se convirtió en un arma casi desde el momento en que se fundó Israel. Fue pervertido para servir al Estado del apartheid. Si olvidamos las lecciones del Holocausto, olvidamos quiénes somos y lo que somos capaces de llegar a ser. Buscamos nuestro valor moral en el pasado, en lugar de hacerlo en el presente. Condenamos a los demás, incluidos los palestinos, a un ciclo interminable de matanzas. Nos convertimos en el mal que aborrecemos. Consagramos el horror.
Imagen de portada: Jamás, nunca, nunca más (por Mr. Fish).