La aniquilación del medio ambiente de Gaza

Joshua Frank, TomDispatch.com, 11 enero 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Joshua Frank, colaborador habitual de TomDispatch, es un galardonado periodista afincado en California y coeditor de CounterPunch. Es autor de un nuevo libro, Atomic Days: The Untold Story of the Most Toxic Place in America (Haymarket Books).

En una pintoresca playa del centro de Gaza, a un kilómetro y medio al norte del ahora arrasado campo de refugiados de Al-Shati, largas tuberías negras serpentean entre colinas de arena blanca antes de desaparecer bajo tierra. Una imagen difundida por las fuerzas ocupantes israelíes muestra a decenas de soldados tendiendo tuberías y lo que parecen ser estaciones móviles de bombeo que van a tomar agua del mar Mediterráneo y la van a introducir con mangueras en túneles subterráneos. El plan, según diversos informes, consiste en inundar la vasta red de pozos y túneles subterráneos que Hamás ha construido y utilizado para llevar a cabo sus operaciones.

«No hablaré de detalles concretos, pero incluyen explosivos para destruir y otros medios para impedir que los operativos de Hamás utilicen los túneles para dañar a nuestros soldados», declaró el teniente general Herzi Halevi, jefe del Estado Mayor de las fuerzas israelíes. «[Cualquier] medio que nos dé una ventaja sobre el enemigo que [utiliza los túneles], que le prive de este activo, es un medio que estamos evaluando utilizar. Es una buena idea…».

Aunque Israel ya está poniendo a prueba su estrategia de inundación, no es la primera vez que los túneles de Hamás son objeto de sabotaje con agua de mar. En 2013, el vecino Egipto comenzó a inundar los túneles controlados por Hamás que supuestamente se utilizaban para el contrabando de mercancías entre la península del Sinaí y la Franja de Gaza. Durante más de dos años, el agua del Mediterráneo se vertió en el sistema de túneles, causando estragos en el medio ambiente de Gaza. Las aguas subterráneas se contaminaron rápidamente con salmuera y, como consecuencia, la tierra se saturó y se volvió inestable, provocando el derrumbamiento del terreno y la muerte de numerosas personas. Los campos agrícolas, antes fértiles, se transformaron en fosas de lodo salinizadas, y el agua potable, que ya escaseaba en Gaza, se degradó aún más.

La actual estrategia de Israel para ahogar los túneles de Hamás causará sin duda daños similares e irreparables. «Es importante tener en cuenta», advierte Juliane Schillinger, investigadora de la Universidad de Twente, en los Países Bajos, «que no estamos hablando sólo de agua con un alto contenido en sal: el agua de mar a lo largo de la costa mediterránea también está contaminada con aguas residuales no tratadas, que se vierten continuamente en el Mediterráneo desde el disfuncional sistema de alcantarillado de Gaza”.

Esto, por supuesto, parece formar parte de un objetivo israelí más amplio: no sólo desmantelar las capacidades militares de Hamás, sino degradar y destruir aún más los amenazados acuíferos de Gaza (ya contaminados por las aguas residuales que se filtran por las deterioradas tuberías). Los funcionarios israelíes han admitido abiertamente que su objetivo es garantizar que Gaza sea un lugar inhabitable una vez que terminen su despiadada campaña militar.

«Estamos luchando contra animales humanos y actuamos en consecuencia», declaró el ministro de Defensa Yoav Gallant poco después del ataque de Hamás del 7 de octubre. «Lo arrasaremos todo: se arrepentirán».

E Israel está cumpliendo su promesa.

Por si sus bombardeos indiscriminados, que ya han dañado o destruido hasta el 70% de todas las viviendas de Gaza, no fueran suficientes, llenar esos túneles con agua contaminada garantizará que algunos de los edificios residenciales restantes también sufran problemas estructurales. Y si el suelo es débil e inseguro, los palestinos tendrán problemas para reconstruir.

Inundar los túneles con aguas subterráneas contaminadas «provocará una acumulación de sal y el hundimiento del suelo, lo que llevará a la demolición de miles de viviendas palestinas en la franja densamente poblada», afirma Abdel-Rahman al-Tamimi, director del Grupo de Hidrólogos Palestinos, la mayor ONG que vigila la contaminación en los territorios palestinos. Su conclusión no puede ser más sorprendente: «La Franja de Gaza se convertirá en una zona despoblada, y tardará unos 100 años en librarse de los efectos medioambientales de esta guerra».

En otras palabras, como señala al-Tamimi, Israel está ahora «matando el medio ambiente». Y en muchos sentidos, todo empezó con la destrucción de los frondosos olivares de Palestina.

Se acabaron las aceitunas

A lo largo de un año normal, Gaza llegó a producir más de 5.000 toneladas de aceite de oliva a partir de más de 40.000 árboles. La cosecha de otoño, en octubre y noviembre, fue durante mucho tiempo una época de celebración para miles de palestinos. Familias y amigos cantaban, compartían comidas y se reunían en los olivares para celebrar bajo los árboles centenarios, que simbolizaban «la paz, la esperanza y el sustento«. Era una tradición importante, una conexión profunda tanto con la tierra como con un recurso económico vital. El año pasado, la cosecha de aceitunas representó más del 10% de la economía gazatí, un total de 30 millones de dólares.

Por supuesto, desde el 7 de octubre, se acabó la cosecha. Las tácticas de tierra quemada de Israel han garantizado la destrucción de innumerables olivares. Las imágenes por satélite publicadas a principios de diciembre afirman que el 22% de las tierras agrícolas de Gaza, incluidos innumerables olivares, han sido completamente destruidas.

«Tenemos el corazón roto por nuestros cultivos, a los que no podemos llegar», explica Ahmed Qudeih, agricultor de Khuza, una localidad del sur de la Franja de Gaza. «No podemos regar ni observar nuestras tierras ni cuidarlas. Después de cada guerra devastadora, tenemos que pagar miles de shekels para garantizar la calidad de nuestras cosechas y hacer que nuestro suelo vuelva a ser apto para la agricultura.»

La implacable paliza militar de Israel a Gaza se ha cobrado un precio insondable en vidas humanas (más de 22.000 muertos [en el momento de escribir este artículo], entre ellos un número considerable de mujeres y niños, y miles de cadáveres más que se cree que están enterrados bajo los escombros y son incontables). Y consideren esta última ronda de horror sólo una continuación particularmente sombría de una campaña de 75 años para destripar el patrimonio cultural palestino. Desde 1967, Israel ha arrancado más de 800.000 olivos autóctonos palestinos, a veces para dar paso a nuevos asentamientos judíos ilegales en Cisjordania; en otros casos, por supuestos problemas de seguridad o por pura rabia sionista visceral.

Los olivares silvestres han sido cosechados por los habitantes de la región desde hace miles de años, remontándose al periodo calcolítico en Levante (4.300-3.300 a.C.), y su arrasamiento ha tenido consecuencias medioambientales calamitosas. «[La] eliminación de árboles está directamente relacionada con un cambio climático irreversible, la erosión del suelo y la reducción de las cosechas», según un informe de 2023 de la Yale Review of International Studies. «La corteza perenne y leñosa actúa como sumidero de carbono… [un] olivo absorbe 11 kg de CO2 por litro de aceite de oliva producido».

Además de proporcionar un cultivo cosechable y un valor cultural, los olivares son vitales para el ecosistema de Palestina. Numerosas especies de aves, como el arrendajo euroasiático, el pinzón verde, la corneja cenicienta, el alcaudón enmascarado, el mirlo de Palestina y la curruca sarda, dependen de la biodiversidad que proporcionan los árboles silvestres de Palestina, seis de cuyas especies suelen encontrarse en los olivares autóctonos: el pino carrasco, el almendro, el olivo, el aladierno de Palestina, el espino pinto y la higuera.

Como escribieron Simon Awad y Omar Attum en un número de 2017 de la revista Jordan Journal of Natural History:

«[Los olivares] de Palestina podrían considerarse paisajes culturales o ser designados sistemas agrícolas de importancia mundial por la combinación de sus valores de biodiversidad, culturales y económicos. El valor de la biodiversidad de los olivares históricos ha sido reconocido en otras partes del Mediterráneo, y algunos proponen que estas zonas reciban protección porque son el hábitat utilizado por algunas especies raras y amenazadas y son importantes para mantener la biodiversidad regional«.

Un antiguo olivo autóctono debería considerarse un testamento de la existencia misma de los palestinos y de su lucha por la libertad. Con su grueso tronco en espiral, el olivo se erige como un cuento con moraleja para Israel, no por los frutos que da, sino por las historias que guardan sus raíces sobre un paisaje marcado y un pueblo maltratado que ha sido asediado cruel e implacablemente durante más de 75 años.

Fósforo blanco y bombas, bombas y más bombas

Además de contaminar los acuíferos y arrancar olivares, Israel está envenenando Gaza desde arriba. Numerosos vídeos analizados por Amnistía Internacional y confirmados por el Washington Post muestran imágenes de bengalas y penachos de fósforo blanco que llueven sobre zonas urbanas densamente pobladas. El fósforo blanco, utilizado por primera vez en los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial para dar cobertura a los movimientos de tropas, es conocido por ser tóxico y peligroso para la salud humana. Arrojarlo sobre entornos urbanos se considera ahora ilegal según el derecho internacional, y Gaza es uno de los lugares más densamente poblados del planeta. «Cada vez que se utiliza fósforo blanco en zonas civiles densamente pobladas, existe un alto riesgo de quemaduras atroces y sufrimiento de por vida», afirma Lama Fakih, directora para Oriente Medio y el Norte de África de Human Rights Watch (HRW).

Aunque el fósforo blanco es muy tóxico para el ser humano, en concentraciones significativas también tiene efectos nocivos para las plantas y los animales. Puede alterar la composición del suelo, haciéndolo demasiado ácido para los cultivos. Y eso es sólo una parte de la montaña de municiones que Israel ha disparado contra Gaza en los últimos tres meses. La guerra (si se puede llamar «guerra» a un ataque tan asimétrico) ha sido la más mortífera y destructiva que se recuerda, según algunas estimaciones al menos tan mala como el bombardeo aliado de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, que aniquiló 60 ciudades alemanas y mató a medio millón de personas.

Al igual que las fuerzas aliadas de la Segunda Guerra Mundial, Israel está matando indiscriminadamente. De las 29.000 municiones aire-superficie disparadas, el 40% han sido bombas no guiadas lanzadas sobre zonas residenciales abarrotadas. La ONU calcula que, a finales de diciembre, el 70% de todas las escuelas de Gaza, muchas de las cuales servían de refugio a los palestinos que huían de la embestida israelí, habían sufrido graves daños. Cientos de mezquitas e iglesias también han sido machacadas y el 70% de los 36 hospitales de Gaza han sido alcanzados y ya no funcionan.

Una guerra que supera todas las predicciones

«Gaza es una de las campañas de castigo civil más intensas de la historia», afirma Robert Pape, historiador de la Universidad de Chicago. «Ahora se sitúa cómodamente en el cuartil superior de las campañas de bombardeos más devastadoras de la historia».

Todavía es difícil comprender el peaje que se está infligiendo, día tras día, semana tras semana, no sólo a la infraestructura y la vida civil de Gaza, sino también a su entorno. Cada edificio que explota deja una nube persistente de polvo tóxico y vapores que calientan el clima. «En las zonas afectadas por conflictos, la detonación de explosivos puede liberar cantidades significativas de gases de efecto invernadero, como dióxido de carbono, monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y partículas», afirma el Dr. Erum Zahir, profesor de química de la Universidad de Karachi.

El polvo de las torres del World Trade Center derrumbadas el 11-S hizo estragos entre los socorristas. Un estudio de 2020 descubrió que los socorristas tenían «un 41% más de probabilidades de desarrollar leucemia que otros individuos». Unos 10.000 neoyorquinos sufrieron dolencias de salud a corto plazo tras el atentado, y la calidad del aire en el Bajo Manhattan tardó un año en volver a los niveles anteriores al 11-S.

Aunque es imposible analizar todas las repercusiones de los incesantes bombardeos israelíes, cabe suponer que la actual destrucción de Gaza tendrá efectos mucho peores que los del 11-S en Nueva York. Nasrin Tamimi, directora de la Autoridad Palestina de Calidad Medioambiental, cree que una evaluación medioambiental de Gaza ahora «superaría todas las predicciones».

Un aspecto central del dilema al que se enfrentaban los palestinos de Gaza, incluso antes del 7 de octubre, era el acceso al agua potable, y no ha hecho más que agravarse horriblemente con los bombardeos incesantes de Israel. Un informe de UNICEF de 2019 señalaba que «el 96% del agua del único acuífero de Gaza no es apta para el consumo humano.»

La electricidad intermitente, resultado directo del bloqueo de Israel, también ha dañado las instalaciones de saneamiento de Gaza, lo que ha provocado un aumento de la contaminación de las aguas subterráneas que, a su vez, ha provocado diversas infecciones y brotes masivos de enfermedades prevenibles transmitidas por el agua. Según HRW, Israel está utilizando la falta de alimentos y agua potable como herramienta de guerra, lo que muchos observadores internacionales consideran una forma de castigo colectivo, un crimen de guerra de primer orden. Las fuerzas israelíes han destruido intencionadamente tierras de cultivo y bombardeado instalaciones de agua y saneamiento en lo que sin duda parece un esfuerzo por hacer que Gaza sea literalmente inhabitable.

Tengo que caminar tres kilómetros para conseguir un galón [de agua]», dijo Marwan, de 30 años, a HRW. Junto con otros cientos de miles de gazatíes, Marwan huyó al sur con su mujer embarazada y sus dos hijos a principios de noviembre. «Y no hay comida. Si encontramos comida, es enlatada. No estamos comiendo bien».

En el sur de Gaza, cerca de la superpoblada ciudad de Jan Yunis, las aguas residuales fluyen por las calles, ya que los servicios de saneamiento han dejado de funcionar. En la ciudad meridional de Rafah, adonde han huido tantos gazatíes, las condiciones son más que terribles. Los hospitales improvisados de la ONU están desbordados, escasean los alimentos y el agua, y el hambre aumenta considerablemente. A finales de diciembre, la Organización Mundial de la Salud (OMS) documentó más de 100.000 casos de diarrea y 150.000 infecciones respiratorias en una población gazatí de unos 2,3 millones de personas. Y es probable que estas cifras estén muy por debajo de la realidad y sin duda aumentarán a medida que se prolongue la ofensiva israelí, que ya ha desplazado a 1,9 millones de personas, es decir, más del 85% de la población, la mitad de la cual se enfrenta ahora a la inanición, según la ONU.

«Durante más de dos meses, Israel ha estado privando a la población de Gaza de alimentos y agua, una política alentada o respaldada por altos funcionarios israelíes y que refleja la intención de matar de hambre a los civiles como método de guerra», informa Omar Shakir, de Human Rights Watch.

Rara vez, si es que alguna vez lo han hecho, los autores de asesinatos en masa (que al parecer temen ahora la presentación de una demanda por parte de Sudáfrica ante el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya, acusando a Israel de genocidio) han expuesto tan claramente sus crueles intenciones. Como dijo el presidente israelí Isaac Herzog en un insensible intento de justificar las atrocidades a las que se enfrentan ahora los civiles palestinos: «Es toda una nación la responsable [del 7 de octubre]. Esta retórica de que los civiles no eran conscientes, no estaban implicados, no es en absoluto cierta. Podrían haberse levantado, podrían haber luchado contra ese régimen malvado».

La violencia infligida a los palestinos por un Israel respaldada de forma tan sorprendente por el presidente Biden y su equipo de política exterior no se parece a nada de lo que habíamos presenciado antes más o menos en tiempo real en los medios de comunicación y en las redes sociales. Gaza, su población y las tierras que la han sustentado durante siglos están siendo profanadas y transformadas en un paisaje infernal demasiado inhabitable, cuyo impacto se dejará sentir -y, por desgracia, está garantizado- durante generaciones.

Foto de portada: Un grupo de palestinas recogen aceitunas durante una ceremonia que marca el inicio de la temporada de recolección de aceitunas del año pasado en Deir el-Balah, en el centro de la Franja de Gaza [Archivo: Said Khatib/AFP].

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