Alfred McCoy, TomDispatch.com, 14 enero 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Alfred W. McCoy, colaborador habitual de TomDispatch, es profesor Harrington de historia en la Universidad de Wisconsin-Madison. Es autor de: In the Shadows of the American Century: The Rise and Decline of U.S. Global Power(Dispatch Books). Su último libro es: To Govern the Globe: World Orders and Catastrophic Change.
Con las recientes encuestas dando a Donald Trump una posibilidad razonable de derrotar al presidente Biden en las elecciones de noviembre, los comentaristas han empezado a predecir lo que su segunda presidencia podría significar para la política nacional. En un detallado análisis del Washington Post, el historiador Robert Kagan argumentaba que un segundo mandato de Trump pondría de manifiesto su «profunda sed de venganza» contra lo que el expresidente ha llamado los «matones de la izquierda radical que viven como alimañas dentro de los confines de nuestro país», lanzando así lo que Kagan llama «un régimen de persecución política» que llevaría a «un descenso irreversible hacia la dictadura».
Hasta ahora, sin embargo, Trump y los medios de comunicación que siguen cada una de sus palabras han guardado silencio en gran medida sobre lo que su reelección significaría para la política exterior de Estados Unidos. Citando su reciente promesa de «un plan de cuatro años para eliminar gradualmente todas las importaciones chinas de bienes esenciales», el New York Times sí concluía recientemente que una renovada guerra comercial con China «perturbaría significativamente la economía estadounidense», provocando una pérdida de 744.000 puestos de trabajo y 1,6 billones de dólares en producto interior bruto. Sin embargo, las relaciones económicas con China no son más que una pieza de un rompecabezas mucho más amplio en lo que respecta al futuro poder global estadounidense, un tema sobre el que la información y los comentarios de los medios de comunicación han sido sorprendentemente reticentes.
Así que permítanme que me lance, empezando por una predicción que hice en un artículo de TomDispatch en diciembre de 2010: «La desaparición de Estados Unidos como superpotencia mundial podría llegar mucho más rápido de lo que nadie imagina». Añadí entonces que una «evaluación realista de las tendencias nacionales y mundiales sugiere que, en 2025, dentro de tan sólo quince años, todo podría haber terminado, excepto los gritos».
También ofrecí un escenario dependiente de – ¡sí! – las elecciones del próximo noviembre. «Montando una marea política de desilusión y desesperación», escribí entonces, «un patriota de extrema derecha conquista la presidencia con una retórica atronadora, exigiendo respeto por la autoridad estadounidense y amenazando con represalias militares o económicas. El mundo no presta apenas atención mientras el Siglo de Estados Unidos termina en silencio».
Por supuesto, en aquel entonces, 2025 estaba tan lejos que cualquier predicción debería haber sido una apuesta segura. Al fin y al cabo, hace quince años yo ya rondaba los 60 años, lo que debería haberme dado una tarjeta para «salir de la cárcel», es decir, una posibilidad razonable de morir antes de que se me pudieran exigir responsabilidades. Pero ahora que falta menos de un año para 2025, sigo aquí (a diferencia de demasiados de mis viejos amigos) y sigo siendo responsable de esa predicción.
Así pues, imaginemos que «un patriota de extrema derecha», un tal Donald Trump, «conquista efectivamente la presidencia con una retórica atronadora» el próximo noviembre. Permítanme entonces ponerme las botas de siete leguas de la imaginación histórica y, basándome en el anterior historial presidencial de Trump, ofrecer algunas ideas sobre cómo su segundo intento de una política exterior de Estados Unidos primero -basada en «exigir respeto a la autoridad estadounidense»- podría afectar al poder mundial de este país, ya claramente en declive.
Como si fuera nuestra Guía Lonely Planet por un país llamado futuro, tomemos un estudio clásico que el exconsejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski escribió en 1997, cuando se jubiló. Basándose en su opinión de que Eurasia seguía siendo la «base central de la primacía mundial», argumentaba que Washington sólo tenía que hacer tres cosas para mantener el liderazgo mundial: primero, conservar su posición en Europa Occidental mediante la alianza de la OTAN; segundo, mantener sus bases militares a lo largo del litoral del Pacífico para controlar a China; y, por último, impedir que cualquier «entidad única asertiva» como China o Rusia controlara el crítico «espacio intermedio» de Asia Central y Oriente Medio. Teniendo en cuenta su historial y sus declaraciones actuales, parece muy probable que Trump dañe gravemente, si no destruya, esos mismos pilares del poder mundial estadounidense.
Destruir la alianza de la OTAN
La hostilidad de Trump hacia las alianzas en general y hacia la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en particular es una cuestión histórica. Su hostilidad a la crucial cláusula de defensa mutua de la OTAN (Artículo 5) -que obliga a todos los signatarios a responder si uno fuera atacado- podría resultar fatal. Apenas unos días después de su aduladora cumbre de 2018 con el líder ruso Vladimir Putin, el presentador de Fox News Tucker Carlson preguntaba a Trump: «¿Por qué debería ir mi hijo a Montenegro a defenderlo de un ataque?»
Sopesando sus palabras con un cuidado inusual, Trump respondió: «Entiendo lo que dices. Yo me he hecho la misma pregunta». A continuación, ofreció lo que, en un segundo mandato, podría resultar una sentencia de muerte virtual para la OTAN. «Montenegro», dijo, «es un país diminuto con gente muy fuerte… Son gente muy agresiva. Pueden ponerse agresivos, y… ¡enhorabuena!, ya estás metido en la Tercera Guerra Mundial».
Desde entonces, por supuesto, Putin ha invadido Ucrania y la Casa Blanca de Biden ha movilizado a la OTAN para defender ese Estado europeo de primera línea. Aunque el Congreso aprobó una ayuda masiva de 111.000 millones de dólares (incluidos 67.000 millones en ayuda militar) para Ucrania en los primeros 18 meses de la guerra, la Cámara de Representantes, liderada por los republicanos, ha paralizado recientemente la petición del presidente Biden de otros 67.000 millones de dólares, fundamentales para la resistencia continuada de Kiev. A medida que la campaña por la nominación de su partido cobra impulso, los sentimientos pro-Putin de Trump han ayudado a persuadir a los legisladores republicanos a romper con nuestros aliados de la OTAN en este tema crítico.
Tengan en cuenta que, justo después de que Rusia invadiera en febrero de 2022, Trump calificó la jugada de Putin de «genial», añadiendo: «Quiero decir, se está apoderando de un país por sanciones de 2 dólares. Yo diría que es bastante inteligente». El pasado septiembre, después de que Putin le diera las gracias por afirmar que, si siguiera siendo presidente, podría acabar con la guerra en 24 horas, Trump aseguró en Meet the Press: «Le metería en una habitación. Llevaría a Zelensky a otra habitación. Después los reuniría. Y conseguiría un acuerdo».
En realidad, un Trump reelegido abandonaría sin duda a Ucrania, forzándola, en el mejor de los casos, a unas negociaciones que equivaldrían a una rendición. A medida que las naciones anteriormente neutrales Finlandia y Suecia se han unido a la OTAN y los incondicionales de la alianza como Gran Bretaña y Alemania hacen importantes entregas de armas a Ucrania, Europa ha etiquetado claramente la invasión y la guerra de Rusia como una amenaza existencial. En tales circunstancias, una futura inclinación de Trump hacia Putin podría hacer tambalear la alianza de la OTAN, que, durante los últimos 75 años, ha servido como un pilar singular en la arquitectura del poder global de Estados Unidos.
Aliados alienados en el litoral del Pacífico
Así como la OTAN ha servido durante mucho tiempo como pilar estratégico en el extremo occidental de la vasta masa terrestre euroasiática, cuatro alianzas bilaterales a lo largo del litoral del Pacífico, desde Japón hasta Filipinas, han demostrado ser un punto de apoyo geopolítico para el dominio sobre el extremo oriental de Eurasia y la defensa de América del Norte. Aquí, el historial de la primera administración Trump fue, en el mejor de los casos, mixto. En el lado positivo de la cuenta de la historia, revivió la «Cuádruple Alianza», una alianza flexible con Australia, India y Japón, que ha adquirido mayor coherencia bajo la presidencia de Biden.
Pero sólo el tiempo libró a la diplomacia asiática de Trump de un desastre total. Su obsesivo cortejo personal al dictador norcoreano Kim Jong-un, marcado por dos reuniones sin sentido y el intercambio de 27 notas de amor, no produjo ninguna señal de desarme (nuclear) de Pyongyang, al tiempo que debilitó la alianza de Estados Unidos con Corea del Sur, su aliado de toda la vida. Aunque el primer ministro de Japón trató de congraciarse con Trump, éste maltrató esa clásica alianza bilateral con constantes quejas sobre su coste, llegando incluso a imponer un arancel punitivo del 25% a las importaciones japonesas de acero.
Ignorando las súplicas de estrechos aliados asiáticos, Trump también canceló la Asociación Transpacífico, dejando la puerta abierta para que China concluyera su propia Asociación Económica Integral Regional con 15 países de Asia-Pacífico que ahora representan casi un tercio del comercio exterior de Pekín. Otros cuatro años de la diplomacia «America first» de Trump en el Pacífico podrían causar un daño irreparable a esas alianzas estratégicas clave.
Más al sur, al utilizar a Taiwán tanto para enfrentarse como para cortejar al presidente chino Xi Jinping, al tiempo que dejaba a Filipinas a la deriva hacia la órbita de Pekín y lanzaba una malintencionada guerra comercial con China, la versión de Trump de la «diplomacia» asiática permitió a Pekín obtener algunos beneficios diplomáticos, económicos y militares reales, al tiempo que debilitaba claramente la posición estadounidense en la región. Biden, por el contrario, la ha restablecido al menos parcialmente, un fortalecimiento reflejado en una cumbre sorprendentemente amistosa en San Francisco el pasado noviembre con el presidente Xi.
En el sur de Asia, donde la amarga rivalidad entre India y Pakistán domina toda la diplomacia, el presidente Trump echó por tierra una alianza militar de 70 años con Pakistán con un único mensaje el día de Año Nuevo. «Estados Unidos ha dado tontamente a Pakistán más de 33.000 millones de dólares en ayuda en los últimos 15 años», tuiteó Trump, «y no nos han dado más que mentiras y engaños, pensando que nuestros líderes son tontos… ¡Se acabó!». Desde entonces, Pakistán se ha desplazado decisivamente hacia la órbita de Pekín, mientras que la India se decida ahora a enfrentar a Moscú y Washington en su beneficio económico.
Al igual que la postura de Trump hacia Europa podría hacer tambalear la alianza de la OTAN en un segundo mandato, su mezcla de nacionalismo económico y miopía estratégica podría desestabilizar el conjunto de alianzas a lo largo del litoral del Pacífico, derribando el segundo de los tres pilares de Brzezinski para el poder global estadounidense.
La «entidad única asertiva» de Asia Central
Y cuando se trata de ese tercer pilar del poder global estadounidense -evitar que cualquier «entidad única asertiva» controle el «espacio central» de Eurasia-, el presidente Trump fracasó lamentablemente (como, de hecho, lo habían hecho sus predecesores). Tras anunciar en 2013 la Iniciativa del Cinturón y la Ruta de China, dotada con un billón de dólares, el presidente Xi ha gastado miles de millones en la construcción de una red de acero de carreteras, vías férreas y oleoductos que atraviesan el espacio intermedio de esa vasta masa continental euroasiática, una nueva y enorme infraestructura que ha dado lugar a una cadena de alianzas que se extiende por Asia central.
El poder de la posición china se puso de manifiesto en 2021, cuando Pekín ayudó a expulsar al ejército estadounidense de Afganistán en una hábil maniobra geopolítica. Más recientemente, Pekín también negoció una impresionante entente diplomática entre el Irán chií y la Arabia Saudí suní, sorprendiendo a Washington y a muchos diplomáticos occidentales.
La política de Trump en Oriente Medio durante su primer mandato se centró únicamente en respaldar al derechista primer ministro israelí Benjamin Netanyahu –reconociendo Jerusalén como capital de Israel, cancelando un acuerdo nuclear con Irán, secundando su marginación de los palestinos y promoviendo el reconocimiento árabe de Israel-. Desde el ataque terrorista de Hamás del 7 de octubre y el devastador asalto de Netanyahu contra la población civil de Gaza, la reacción del presidente Biden se inclinó de forma casi trumpiana hacia Israel, con la consiguiente pérdida de influencia en la región en general. Y cuenten con una cosa: una administración Trump entrante no haría sino agravar el daño.
En resumen, Pekín ya está derribando el tercer pilar del poder global estadounidense en ese crítico «espacio intermedio» de Eurasia. En un segundo mandato de Trump, un gigante diplomático y económico chino sin control podría convertir ese pilar en escombros.
África en la «isla mundial»
De hecho, sin embargo, no importa lo que Brzezinski pudiera haber pensado, hay otros pilares del poder mundial más allá de Eurasia, sobre todo, África. De hecho, Sir Halford Mackinder, el autor del análisis geopolítico global que influyó profundamente en el ex asesor de seguridad nacional, argumentó hace más de un siglo que el locus del poder global residía en una combinación tricontinental de Europa, Asia y África que él apodó «la isla mundial».
En la era del alto imperialismo, Europa encontró en África un campo fértil para la explotación colonial y, durante la Guerra Fría, Washington agravó el sufrimiento de ese continente convirtiéndolo en un campo de batalla sustituto de las superpotencias. Pero Pekín captó el potencial humano de África y, en la década de 1970, empezó a establecer alianzas económicas duraderas con sus naciones emergentes. En 2015, su comercio con África había ascendido a 222.000 millones de dólares, el triple que el de Estados Unidos. Se preveía entonces que sus inversiones allí alcanzarían el billón de dólares en 2025.
Reconociendo la amenaza estratégica, el presidente Barack Obama convocó en 2014 una cumbre con 51 líderes africanos en la Casa Blanca. Trump, sin embargo, despreció a todo el continente, durante una reunión en el Despacho Oval en 2018, como otros tantos «países de mierda”. La administración Trump trató de reparar el daño enviando a la primera dama Melania de viaje en solitario a África, pero sus estrambóticos atuendos coloniales y los inoportunos recortes de la administración en ayuda exterior al continente no hicieron más que agravar el daño.
Además de un almacén de recursos naturales, el principal activo de África es su creciente reserva de talento humano. La edad media en África es de 19 años (frente a los 38 de China y Estados Unidos), lo que significa que, en 2050, ese continente albergará a un tercio de los jóvenes del mundo. Dado su tenso historial en la región, el segundo mandato de Trump probablemente no haría más que entregar todo el continente a China en bandeja de oro.
Al sur de la frontera
Incluso en América Latina, la situación ha ido cambiando de forma compleja. Como región incorporada informalmente al imperio estadounidense durante más de un siglo y sufriendo todos los desaires de una alianza asimétrica, sus líderes, cada vez más nacionalistas, acogieron con satisfacción el interés de China en este siglo. En 2017, de hecho, el comercio chino con América Latina había alcanzado la considerable cifra de 244.000 millones de dólares, convirtiéndose -¡sí!- en el mayor socio comercial de la región. Simultáneamente, los préstamos de Pekín a los países caribeños habían alcanzado la abultada cifra de 62.000 millones de dólares al final de la administración Trump.
Exceptuando la prohibición de drogas y las sanciones económicas contra los regímenes izquierdistas de Cuba y Venezuela, la Casa Blanca de Trump ignoró en general a América Latina, sin hacer nada para frenar el gigante comercial chino. Aunque la administración Biden hizo algunos gestos diplomáticos hacia la región, el comercio de China aumentó sin cesar hasta alcanzar los 450.000 millones de dólares en 2022.
En reflejo de la indiferencia bipartidista en este siglo, un presidente Trump reelegido probablemente haría poco para frenar la creciente hegemonía comercial de China sobre América Latina. Y la región sin duda agradecería tal indiferencia, ya que la alternativa -junto con medidas draconianas en la frontera entre Estados Unidos y México- podría implicar planes para disparar misiles o enviar tropas a derribar laboratorios de drogas en México. La reacción a esta intervención unilateral en medio del pánico por la inmigración podría deteriorar las relaciones de Estados Unidos con la región durante décadas.
La hegemonía estadounidense se desvanece
En el mundo al que podría enfrentarse un segundo mandato de Trump en 2025, el poder global estadounidense será probablemente mucho menos imponente de lo que era cuando llegó al poder en 2016. El problema no será que esta vez ya esté nombrando asesores decididos a dejar que Trump sea Trump o, como expuso recientemente el New York Times, que estén «forjando planes para una agenda aún más extrema que la de su primer mandato”. Según todas las métricas significativas -económicas, diplomáticas e incluso militares- el poder de Estados Unidos ha ido en declive durante al menos una década. En el mundo más unipolar de 2016, la versión impulsiva e individualizada de la diplomacia de Trump fue a menudo profundamente perjudicial, pero al menos en un pequeño número de ocasiones tuvo un éxito modesto. En el mundo más multipolar que tendría que gestionar casi una década después, su versión de un enfoque unilateral podría resultar profundamente desastrosa.
Después de jurar su segundo cargo en enero de 2025, la «retórica atronadora del presidente Trump, exigiendo respeto por la autoridad estadounidense y amenazando con represalias militares o económicas», podría de hecho cumplir la predicción que hice hace unos 15 años: «El mundo no presta casi ninguna atención mientras el Siglo de Estados Unidos termina en silencio».
Foto de portada: El expresidente Donald Trump habla en su evento de la noche de los caucus en el Centro de Eventos de Iowa el 15 de enero de 2024 en Des Moines, Iowa. (Chip Somodevilla/Getty Images)