Los cuatro jinetes del Apocalipsis en Gaza

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 21 enero 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un periodista ganador del Premio Pulitzer que fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times, donde ejerció como jefe de la Oficina de Oriente Medio y de la Oficina de los Balcanes. Entre sus libros figuran: American Fascists: The Christian Right and the War on AmericaDeath of the Liberal Class,  War is a Force That Gives Us MeaningDays of Destruction, Days of Revolt, una colaboración con el dibujante de cómics y periodista Joe Sacco. Con anterioridad, había trabajado en el extranjero para The Dallas Morning News, The Christian Science Monitor y NPR. Fue, hasta 2022, el presentador del programa On Contact, nominado en 2017 a los premios Emmy.

El círculo íntimo de estrategas de Joe Biden para Oriente Próximo -Antony Blinken, Jake Sullivan y Brett McGurk- tiene escasos conocimientos del mundo musulmán y una profunda animadversión hacia los movimientos de resistencia islámicos. Consideran que Europa, Estados Unidos e Israel están implicados en un choque de civilizaciones entre el Occidente ilustrado y un Oriente Próximo bárbaro. Creen que la violencia puede doblegar a los palestinos y a otros árabes a su voluntad. Defienden la abrumadora potencia de fuego de los ejércitos estadounidense e israelí como la clave de la estabilidad regional, una ilusión que alimenta las llamas de la guerra regional y perpetúa el genocidio en Gaza.

En resumen, estos cuatro hombres son tremendamente incompetentes. Se unen al club de otros dirigentes despistados, como los que se lanzaron a la matanza suicida de la Primera Guerra Mundial, se metieron en el atolladero de Vietnam u orquestaron la serie de recientes debacles militares en Iraq, Libia, Siria y Ucrania. Están dotados del presunto poder conferido al Poder Ejecutivo para eludir al Congreso, proporcionar armas a Israel y llevar a cabo ataques militares en Yemen e Iraq. Este círculo íntimo de verdaderos creyentes desestima los consejos más matizados e informados del Departamento de Estado y de las comunidades de inteligencia, que consideran desacertada y peligrosa la negativa de la administración Biden a presionar a Israel para que detenga el genocidio en curso.

Biden siempre ha sido un ardiente militarista: pedía la guerra contra Iraq cinco años antes de que Estados Unidos lo invadiera. Construyó su carrera política aprovechando el disgusto de la clase media blanca por los movimientos populares, incluidos los movimientos contra la guerra y por los derechos civiles que convulsionaron el país en las décadas de 1960 y 1970. Es un republicano disfrazado de demócrata. Se unió a los segregacionistas del Sur para oponerse a que los alumnos negros fueran a escuelas sólo para blancos. Se opuso a la financiación federal del aborto y apoyó una enmienda constitucional que permitía a los estados restringir el aborto. Atacó al presidente George H. W. Bush en 1989 por ser demasiado blando en la «guerra contra las drogas». Fue uno de los artífices del proyecto de ley contra la delincuencia de 1994 y de otras leyes draconianas que duplicaron con creces la población carcelaria de Estados Unidos, militarizaron la policía e impulsaron leyes antidroga por las que se encarcelaba a personas de por vida sin libertad condicional. Apoyó el Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la mayor traición a la clase trabajadora desde la Ley Taft-Hartley de 1947. Siempre ha sido un estridente defensor de Israel, jactándose de haber recaudado más fondos para el Comité Estadounidense de Asuntos Públicos Israelíes (AIPAC, por sus siglas en inglés) que cualquier otro senador.

«Como muchos de ustedes me han oído decir antes, si no existiera Israel, Estados Unidos tendría que inventarlo.  Tendríamos que inventar uno porque… ustedes protegen nuestros intereses de la misma forma en que nosotros protegemos los suyos», dijo Biden en 2015, ante una audiencia que incluía al embajador israelí, en la 67ª Celebración Anual del Día de la Independencia de Israel en Washington D.C. Durante el mismo discurso dijo: «La verdad del asunto es que os necesitamos.  El mundo os necesita. Imaginad lo que diría de la humanidad y del futuro del siglo XXI que Israel no se mantuviera, vibrante y libre».

El año anterior, Biden hizo un efusivo elogio de Ariel Sharon, ex primer ministro y general israelí implicado en masacres de palestinos, libaneses y otras personas en Palestina, Jordania y Líbano -así como de prisioneros de guerra egipcios- que se remontan a la década de 1950. Describió a Sharon como «parte de una de las generaciones fundadoras más notables de la historia no de esta nación, sino de cualquier nación”.

Aunque repudia a Donald Trump y a su administración, Biden no ha dado marcha atrás en la derogación por Trump del acuerdo nuclear con Irán negociado por Barack Obama, ni en las sanciones de Trump contra Irán. Ha abrazado los estrechos lazos de Trump con Arabia Saudí, incluida la rehabilitación del príncipe heredero y primer ministro Mohammed bin Salman, tras el asesinato del periodista saudí Yamal Khashoggi en 2017 en el consulado de Arabia Saudí en Estambul. No ha intervenido para frenar los ataques israelíes contra los palestinos y la expansión de los asentamientos en Cisjordania. No revocó el traslado de Trump de la embajada de Estados Unidos a Jerusalén, aunque la embajada incluye tierras que Israel colonizó ilegalmente tras invadir Cisjordania y Gaza en 1967.

Desde 1990, como senador de Delaware durante siete mandatos, Biden recibió más apoyo financiero de donantes proisraelíes que cualquier otro senador. Biden conserva este récord a pesar de que su carrera senatorial terminó en 2009, cuando se convirtió en vicepresidente de Obama. Biden explica su compromiso con Israel como «personal» y «político».

Ha repetido como un loro la propaganda israelí -incluidas invenciones sobre bebés decapitados y violaciones generalizadas de mujeres israelíes por combatientes de Hamás- y ha pedido al Congreso que proporcione 14.000 millones de dólares en ayuda adicional a Israel desde el ataque del 7 de octubre. En dos ocasiones ha eludido al Congreso para suministrar a Israel miles de bombas y municiones, incluidas al menos 100 bombas de 1.000 kilos, utilizadas en la campaña de tierra quemada en Gaza.

Israel ha matado o herido de gravedad a cerca de 90.000 palestinos en Gaza, casi uno de cada 20 habitantes. Ha destruido o dañado más del 60% de las viviendas. Las «zonas seguras», a las que se ordenó huir a unos 2 millones de gazatíes en el sur de Gaza, han sido bombardeadas, con miles de víctimas. Según la ONU, los palestinos de Gaza representan ahora el 80% de todas las personas que padecen hambruna o hambre catastrófica en el mundo. Una cuarta parte de la población pasa hambre y lucha por encontrar alimentos y agua potable. La hambruna es inminente. Los 335.000 niños menores de cinco años corren un alto riesgo de desnutrición. Unas 50.000 mujeres embarazadas carecen de atención sanitaria y nutrición adecuada.

Y todo esto podría acabar si Estados Unidos decidiera intervenir.

«Todos nuestros misiles, municiones, bombas de precisión, aviones y bombas proceden de Estados Unidos», declaró el general de división israelí retirado Yitzhak Brick al Jewish News Syndicate. «En el momento en que cierran el grifo, no puedes seguir luchando. No tienes capacidad… Todo el mundo comprende que no podemos librar esta guerra sin Estados Unidos. Punto».

Blinken fue el principal asesor de política exterior de Biden cuando éste era el demócrata de mayor rango en el Comité de Relaciones Exteriores. Junto con Biden, presionó a favor de la invasión de Iraq. Cuando era asesor adjunto de seguridad nacional de Obama, abogó por el derrocamiento de Muamar Gadafi en Libia en 2011. Se opuso a la retirada de las fuerzas estadounidenses de Siria. Trabajó en el desastroso Plan Biden para dividir Iraq según criterios étnicos.

«Dentro de la Casa Blanca de Obama, Blinken desempeñó un papel influyente en la imposición de sanciones contra Rusia por la invasión de Crimea y el este de Ucrania en 2014, y posteriormente lideró llamamientos finalmente infructuosos para que Estados Unidos armara a Ucrania», según el Atlantic Council, el think tank no oficial de la OTAN.

Cuando Blinken aterrizó en Israel tras los ataques de Hamás y otros grupos de resistencia el 7 de octubre, anunció en una rueda de prensa con el primer ministro Benjamin Netanyahu: «Me presento ante ustedes no sólo como secretario de Estado de Estados Unidos, sino también como judío».

Ha intentado, en nombre de Israel, presionar a los líderes árabes para que aceptaran a los 2,3 millones de refugiados palestinos que Israel pretende limpiar étnicamente de Gaza, una petición que provocó la indignación de los líderes árabes.

Sullivan, asesor de seguridad nacional de Biden, y McGurk, son unos consumados oportunistas, burócratas maquiavélicos que atienden a los centros de poder reinantes, incluido el lobby israelí. 

Sullivan fue el principal arquitecto del pivote asiático de Hillary Clinton. Apoyó el Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica para los derechos corporativos y de inversión, que se vendió como una ayuda a Estados Unidos para contener a China. Al final, Trump acabó con el acuerdo comercial ante la oposición masiva de la opinión pública estadounidense. Su objetivo es frustrar el ascenso de China, incluso mediante la expansión del ejército estadounidense.

Aunque no se centra en Oriente Próximo, Sullivan es un halcón de la política exterior que adopta sin pensárselo dos veces la fuerza para adaptar el mundo a las exigencias de Estados Unidos. Adopta el keynesianismo militar, defendiendo que el gasto público masivo en la industria armamentística beneficia a la economía nacional.

En un ensayo de 7.000 palabras para la revista Foreign Affairs publicado cinco días antes de los atentados del 7 de octubre, que dejaron unos 1.200 israelíes muertos, Sullivan expuso su falta de comprensión de la dinámica de Oriente Próximo.

«Aunque Oriente Medio sigue acosado por retos perennes», escribe en la versión original del ensayo, «la región está más tranquila de lo que ha estado en décadas», y añade que frente a las «graves» fricciones, «hemos conseguido una desescalada en las crisis en Gaza».

Sullivan ignora las aspiraciones palestinas y el respaldo retórico de Washington a una solución de dos Estados en el artículo, reescrito apresuradamente en la versión online tras los atentados del 7 de octubre. Escribe en su artículo original:

En una reunión en Yeda, Arabia Saudí, el año pasado, el presidente expuso su política para Oriente Medio en un discurso dirigido a los líderes de los miembros del Consejo de Cooperación del Golfo, Egipto, Iraq y Jordania. Su enfoque devuelve la disciplina a la política estadounidense. Hace hincapié en la disuasión de las agresiones, la reducción de los conflictos y la integración de la región mediante proyectos conjuntos de infraestructuras y nuevas asociaciones, incluso entre Israel y sus vecinos árabes.

McGurk, ayudante adjunto del presidente Biden y coordinador para Oriente Próximo y el Norte de África en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, fue uno de los principales artífices del «incremento» de Bush en Iraq, que aceleró el derramamiento de sangre. Trabajó como asesor jurídico de la Autoridad Provisional de la Coalición y embajador de Estados Unidos en Bagdad. Después se convirtió en el zar anti-Dáesh de Trump.

No habla árabe -ninguno de los cuatro hombres lo habla- y llegó a Iraq sin ningún conocimiento de su historia, sus gentes o su cultura. No obstante, ayudó a redactar la Constitución provisional de Iraq y supervisó la transición legal de la Autoridad Provisional de la Coalición a un Gobierno provisional iraquí dirigido por el primer ministro Ayad Alaui. McGurk fue uno de los primeros partidarios de Nuri al-Maliki, que fue primer ministro de Iraq entre 2006 y 2014. Al-Maliki construyó un Estado sectario controlado por los chiíes que alienó profundamente a los árabes suníes y a los kurdos. En 2005, McGurk se trasladó al Consejo de Seguridad Nacional (CSN), donde trabajó como director para Iraq y, más tarde, como asistente especial del presidente y director principal para Iraq y Afganistán. Formó parte del personal del CSN de 2005 a 2009. En 2015, fue nombrado Enviado Presidencial Especial de Obama para la Coalición Mundial contra el Estado Islámico para Iraq y el Levante. Fue contratado por Trump hasta su dimisión en diciembre de 2018.

Un artículo de abril de 2021 titulado «Brett McGurk: Un héroe de nuestro tiempo«, en la New Lines Magazine por el excorresponsal extranjero de la BBC Paul Wood, esboza un retrato mordaz de McGurk. Wood escribe:

Un alto diplomático occidental que sirvió en Bagdad me dijo que McGurk había sido un desastre absoluto para Iraq. «Es un manipulador consumado en Washington, pero no vi ninguna señal de que estuviera interesado en los iraquíes o en Iraq como un lugar lleno de gente real. Era simplemente un reto burocrático y político para él». Un crítico que estuvo en Bagdad con McGurk le llamó la reencarnación de Maquiavelo. «Es intelecto más ambición más la absoluta crueldad de ascender cueste lo que cueste».

[….]

A un diplomático estadounidense que estaba en la embajada cuando llegó McGurk le pareció asombroso su constante avance. «Brett sólo se reúne con gente que habla inglés… Hay como cuatro personas en el gobierno que hablan inglés. ¿Y de alguna manera es ahora la persona que debe decidir el destino de Iraq? ¿Cómo es posible?

Incluso aquellos a los que no les gustaba McGurk tuvieron que admitir que tenía un intelecto formidable y que era un gran trabajador. También era un escritor dotado, lo que no es de extrañar, ya que había sido secretario del presidente del Tribunal Supremo, William Rehnquist. Su ascenso reflejó el de un político iraquí llamado Nuri al-Maliki, un arribista ayudando al otro. Esa es la tragedia de McGurk, y la de Iraq.

[….]

Los críticos de McGurk afirman que su desconocimiento del árabe le hizo pasar por alto desde el principio el trasfondo sectario y despiadado de lo que decía al-Maliki en las reuniones. Los traductores censuraban o no seguían el ritmo. Como muchos estadounidenses en Iraq, McGurk era sordo a lo que ocurría a su alrededor.

Al-Maliki fue la consecuencia de dos errores cometidos por EE. UU. No se sabe hasta qué punto McGurk tuvo que ver con ellos. El primer error fue la «solución del 80%» para gobernar Iraq. Los árabes suníes estaban organizando una sangrienta insurgencia, pero sólo constituían el 20% de la población. La teoría era que se podía gobernar Iraq con los kurdos y los chiíes. El segundo error fue identificar a los chiíes con partidos religiosos de línea dura respaldados por Irán. Al-Maliki, miembro del partido religioso Da’wa, se benefició de ello.

En un artículo publicado en el HuffPost en mayo de 2022 por Akbar Shahid Ahmed, titulado «Biden’s Top Middle East Advisor ‘Torched the House and Showed Up with a Firehose‘», McGurk es descrito por un colega, que pidió no ser nombrado, como «el burócrata con más talento que han visto nunca, pero con el peor juicio en política exterior que han visto jamás».

McGurk, como otros miembros de la administración Biden, está extrañamente centrado en lo que viene después de la campaña genocida de Israel, en lugar de intentar detenerla. McGurk propuso negar la ayuda humanitaria y rechazó aplicar una pausa en los combates en Gaza hasta que todos los rehenes israelíes fueran liberados. Biden y sus tres asesores políticos más cercanos han pedido que la Autoridad Palestina -un régimen títere israelí vilipendiado por la mayoría de los palestinos- tome el control de Gaza una vez que Israel termine de arrasarla. Han pedido a Israel -desde el 7 de octubre- que dé pasos hacia una solución de dos Estados, un plan rechazado en una humillante reprimenda pública de Netanyahu a la Casa Blanca de Biden.

La Casa Blanca de Biden dedica más tiempo a hablar con los israelíes y los saudíes, a los que presiona para que normalicen sus relaciones con Israel y ayuden a reconstruir Gaza, que con los palestinos, a los que, en el mejor de los casos, consideran sólo una coletilla. Cree que la clave para acabar con la resistencia palestina se encuentra en Riad, resumida en un documento ultrasecreto promocionado por McGurk llamado «Pacto Jerusalén-Yeda», según informó el HuffPost. No puede o no quiere frenar la sed de sangre de Israel, que el sábado incluyó ataques con misiles en un barrio residencial de Damasco (Siria) en los que mataron a cinco asesores militares del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán, y el domingo un ataque con drones en el sur del Líbano en el que murieron dos altos cargos de Hizbolá. Estas provocaciones israelíes no quedarán sin respuesta, como lo demuestran los misiles balísticos y cohetes lanzados el domingo por militantes en el oeste de Iraq y dirigidos contra el personal estadounidense estacionado en la base aérea de al-Asad.

La idea de Alicia en el País de las Maravillas de que una vez que termine la matanza en Gaza un pacto diplomático entre Israel y Arabia Saudí será la clave para la estabilidad regional es asombrosa. El genocidio de Israel, y la complicidad de Washington, está destrozando la credibilidad y la influencia de Estados Unidos, especialmente en el Sur Global y en el mundo musulmán. Garantiza otra generación de palestinos enfurecidos -cuyas familias han sido aniquiladas y cuyos hogares han sido destruidos- en busca de venganza.

Las políticas adoptadas por la administración Biden no sólo ignoran alegremente las realidades del mundo árabe, sino también las realidades de un Estado israelí extremista al que, con un Congreso comprado y pagado por el lobby israelí, no podría importarle menos lo que sueñe la Casa Blanca de Biden. Israel no tiene ninguna intención de crear un Estado palestino viable. Su objetivo es la limpieza étnica de los 2,3 millones de palestinos de Gaza y la anexión de Gaza a Israel. Y cuando Israel acabe con Gaza, se volverá contra Cisjordania, donde ahora se producen redadas israelíes casi todas las noches y donde miles de personas han sido arrestadas y detenidas sin cargos desde el 7 de octubre.

Quienes dirigen el espectáculo en la Casa Blanca de Biden persiguen el arco iris. La marcha de la locura dirigida por estos cuatro ratones ciegos perpetúa el catastrófico sufrimiento de los palestinos, aviva una guerra regional y presagia otro capítulo trágico y contraproducente en las dos décadas de fiascos militares estadounidenses en Oriente Medio.

Ilustración de portada: La hermandad sanguinaria (por Mr. Fish).

Voces del Mundo

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