«¡Fuera, animales, fuera!» «¡Somos humanos, aunque nos matéis de hambre!»

Abby Zimet, Common Dreams, 18 febrero 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Abby Zimet escribe la columna “Further”de Common Dreams desde 2008. Periodista galardonada desde hace mucho tiempo, se trasladó a los bosques de Maine a principios de los años 70, donde pasó una docena de años construyendo una casa, acarreando agua y escribiendo antes de mudarse a Portland. Tras alcanzar la mayoría de edad política durante la guerra de Vietnam, lleva mucho tiempo implicada en cuestiones relacionadas con la mujer, el trabajo, la lucha contra la guerra, por la justicia social y los derechos de los refugiados. Correo electrónico: azimet18@gmail.com

La grotesca locura del primer genocidio de la historia retransmitido en directo persiste mientras Israel comete a diario actos antaño inimaginables. Están bombardeando hospitales, disparando a médicos, obligando a prisioneros palestinos a emitir órdenes de evacuación antes de asesinarlos, matando de hambre a mujeres y niños antes de atacarlos mientras rebuscan hierbas, hojas, comida para animales, aterrorizando a civiles que huyen desesperadamente primero hacia el sur y luego hacia el norte cuando en realidad «no hay santuario alguno». Y aun así -¡qué demonios!-, Estados Unidos envía más armas.

Las cifras aturden. El total de palestinos muertos se acerca a los 30.000, incluidos al menos 13.000 niños; casi 70.000 heridos; al menos 8.000 más en paradero desconocido y presuntamente muertos, ahora en descomposición, bajo los escombros. Cientos más han sido tiroteados en actos de violencia aleatoria en Cisjordania. Cada día hay «un número indeterminado» de muertos y heridos. Y un temerario Netanyahu repite su salvaje, hueco y fantasmagórico edicto: «Seguiremos luchando hasta la victoria total», incluso ante la furiosa condena mundial, una sentencia de La Haya que confirma actos genocidas y más informes de los servicios de inteligencia israelíes y estadounidenses que afirman que Israel «no está cerca de eliminar» a Hamás, que a pesar de todo sobrevivirá como «grupo terrorista y grupo guerrillero». En la Conferencia de Seguridad de Múnich celebrada este fin de semana en Alemania, el coordinador israelí del llamado esfuerzo por el retorno de los cautivos declaró que Israel y Hamás siguen muy alejados en las negociaciones de alto el fuego porque «las demandas de Hamás están desconectadas de la realidad, son delirantes». Lúgubre cacerolada.

Esta semana, tras días de bombardeos, las fuerzas terrestres israelíes atacaron el Hospital Nasser de Jan Yunis, el mayor de los pocos hospitales de Gaza que aún funcionaban, donde las condiciones ya eran «catastróficas». La noticia de que cientos de empleados agotados, pacientes gravemente heridos y unos 10.000 palestinos refugiados allí se verían obligados a huir planteó lo que Médicos Sin Fronteras calificó de «elección imposible»: quedarse y convertirse en objetivos potenciales o marcharse «a un paisaje apocalíptico» de bombardeos, francotiradores y cadáveres. Las fuerzas de la ocupación israelí prometieron una «misión precisa y limitada» y un «paso seguro». Pero el personal superviviente describió a personas presas del pánico, empujando y gritando que, una vez que salían, a menudo eran tiroteadas dentro de las puertas; muchos de los que llegaban a los puestos de control más allá eran detenidos, y el hospital era rápidamente asaltado por soldados disparando y perros policía. El vídeo del interior [vídeo desaparecido] muestra un caótico paisaje infernal de humo y ruido, con el personal tratando frenéticamente de poner a salvo a los pacientes postrados en cama y gritando: «¡Disparos, disparos! Agachad la cabeza todos».

Funcionarios palestinos informaron de la muerte de al menos seis pacientes en cuidados intensivos y tres en la guardería infantil; la mayoría murieron por falta de oxígeno tras un corte de electricidad impuesto por Israel. Un vídeo muestra al personal luchando por atender a un médico ensangrentado al que un francotirador disparó en el pecho a través de una ventana del quirófano, y se dijo que dos mujeres habían dado a luz en «condiciones aborrecibles, sin electricidad, agua, comida ni calefacción”. En medio del sonido de los disparos, el personal informó de cuerpos tendidos en el patio, donde más de una docena de personas han sido tiroteadas, o abandonados en la calle tras intentar refugiarse. «Podemos ver desde el hospital muchos cadáveres… y gatos y perros alrededor de estos cuerpos». Los militares israelíes, que negaron la entrada a la OMS, dijeron que habían capturado a «docenas de sospechosos de terrorismo» en el asalto, afirmaciones que Hamás refutó como «mentiras para justificar crímenes de guerra». Antes de entrar, según muestra un vídeo del periodista palestino Mohammed El Helou, los soldados israelíes que manejaban excavadoras en el exterior gritaron por los altavoces: «¡Fuera, animales! ¡Fuera!»

El Helou, uno de los dos periodistas que quedaban en el Nasser, declaró haber visto llegar hasta la entrada a un joven palestino, Yamal Abu Al-Ola, con los ojos muy abiertos, vestido con un EPI blanco y las manos atadas por delante. Evidentemente, Abu Al-Ola había intentado abandonar el hospital poco antes, cuando los soldados israelíes le agarraron, le golpearon y le enviaron de vuelta para decir a los que quedaban que tenían que abandonar el hospital «porque lo van a volar». Después de que transmitiera la orden de evacuación, dijo El Helou, la madre de Abu Al-Ola, también refugiada allí, le rogó que no volviera a salir, pero él dijo que los soldados le habían dicho que debía hacerlo o podría poner en peligro a los civiles. Un vídeo de Mohammad Salama, el otro periodista que se encontraba allí, muestra a Abu Al-Ola saliendo con varias personas que luego se alejan; cuando todavía está dentro de las puertas, un soldado israelí le dispara tres veces en el pecho. (Un portavoz del ejército dijo más tarde que «el incidente en cuestión (está) siendo revisado»). El Helou terminó su vídeo señalando tranquilamente que la gente se marchaba «en busca de una seguridad que no existe en Gaza«.

Poco después, dos israelíes murieron y cuatro resultaron heridos en una parada de autobús cuando un atacante palestino llegó en un coche y abrió fuego; fue abatido por un soldado israelí. Un Netanyahu casi regocijado utilizó el incidente para rechazar de nuevo la idea de un alto el fuego – «Ahora no es el momento de hablar de regalos para el pueblo palestino»- y argumentar: «Todo el país es un frente y los asesinos, que no sólo vienen de Gaza, quieren matarnos a todos.» De su rabiosa retórica se hizo eco el exfuncionario del Mossad Rami Igra, quien repitió e infló salvajemente la afirmación genocida del presidente Herzog de que «no hay (civiles) no implicados en Gaza». «Cada casa en Gaza es un cuartel general de Hamás, armas, Al Aqsa, todo, todas las señales están ahí», dijo Igra en una entrevista. «En Gaza, todo el mundo está implicado. Todo el mundo votó a Hamás. Cualquiera mayor de cuatro años es partidario de Hamás». Cuando la entrevistadora, aún no del todo muy nazi, aclaró que tal vez los niños menores de cuatro años podían considerarse inocentes, Igra, con gran corazón, lo aceptó, aunque a regañadientes.

Aun así, Estados Unidos se está obscenamente preparando, según se informa, para enviar a Israel más armamento genocida, incluyendo mil bombas MK-82 de más de 200 kilos cada una y municiones de ataque directo conjunto KMU-572 (JDAM), sin las cuales Israel podría tener que reducir su matanza en 19 semanas. Jeremy Scahill, de The Intercept, execra a Biden por negarse a «utilizar su influencia como traficante de armas de Israel», evidentemente porque «no hay crimen de guerra israelí demasiado extremo que (él) considere detener», no digamos ya poner fin al flujo de armas. Además de las tímidas peticiones de alto el fuego a su «gran, gran amigo» Netanyahu, Biden y sus asesores se limitan a hacer «declaraciones públicas ocasionales» sobre el sufrimiento de Gaza y a denunciar suavemente que los ataques israelíes no son lo suficientemente «quirúrgicos». No ayudó que en la noche de la Super Bowl, mientras Israel lanzaba su «siguiente fase de genocidio» con ataques aéreos sobre Rafah, una «noche llena de horror» en la que murieron más de 70 personas -«había un montón de partes de cuerpos», dijo un hospital-, Biden publicara uno de sus jocosos memes de Dark Brandon tachado de «sordo al clamor de la humanidad».

Mientras tanto, las lúgubres y sangrientas pruebas de la poco precisa campaña de aniquilación de Israel están por todas partes en Gaza. Junto con el asesinato de periodistas, médicos, trabajadores humanitarios, abuelas «más viejas que Israel» y académicos en un lugar con una de las tasas de alfabetización más altas del mundo para «infligir el máximo daño a la comunidad palestina», están, por supuesto, los niños. Tal vez 20.000 niños, muchos de ellos heridos, que han quedado huérfanos; hasta diez al día que pierden miembros a causa de lesiones masivas provocadas por los ataques aéreos; toda una población joven de más de un millón de personas, ya maltratada emocionalmente por años de violencia, que se enfrenta a más traumas «más allá de su edad y resistencia», y que, en el mejor de los casos, necesita de un apoyo bien escaso. Y, ahora, niños sin hogar, hambrientos, sedientos, enfermos, tan famélicos que van en busca de comida bajo cielos llenos de aviones israelíes. Alcanzados por las bombas, yacen en un hospital heridos, vendados, espectralmente delgados, con los rostros borrosos. «Nuestros hijos se mueren», dice un padre. «Nadie nos ayuda… Pero son niños como cualquier otro niño del mundo».

En Rafah, una «jaula de la muerte de 65 kilómetros cuadrados» donde 1,5 millones de palestinos han huido y están atrapados, la gente está «desesperada, hambrienta y aterrorizada». Tras recibir la orden de Israel de «evacuar» hacia el sur, «Rafah es lo más al sur que se puede ir: no tienen otro lugar al que evacuar». Se informa de que se avecina un asalto terrestre israelí; también la hambruna. Con Israel utilizando el hambre como arma y bloqueando la mayor parte de la ayuda, los grupos de defensa de los derechos afirman que «todas las personas del territorio sufren ahora niveles extremos de hambre». Los niños hambrientos se pelean por el pan duro, caminan y rebuscan durante horas, lloran aturdidos bajo la lluvia hasta que, cuando les dan una lata, se retiran a su tienda de campaña. La gente suele bloquear el escaso camión de ayuda -dos veces por semana, UNRWA intenta llevar a cada uno 2 botellas de agua, tres galletas, una lata de comida ocasional- y devoran lo que encuentran. Los niños sufren diarrea, se ponen amarillos por la desnutrición, se despiertan gritando, pidiendo comida; en el norte, algunos pasan días sin comer. Un anciano: «Vivimos completamente hambrientos». Una madre: «Morimos lentamente». Otra: «Somos humanos, estamos muertos de hambre».

La gente ha recurrido a moler el pienso de los animales para convertirlo en harina, pero los suministros son cada vez menores. Están peinando los campos para comer hierba, maleza y hojas. Una hija señala enfadada: «Estamos comiendo hojas de los árboles»; su madre añade afligida que ni siquiera hay agua para cocinarlas. Algunas familias han buscado refugio, si no comida, en granjas vacías a las afueras de Rafah, convirtiendo jaulas de gallinas en camas para los niños; desde las jaulas -«son muy frías y oscuras por la noche»- los niños pueden ver la frontera donde Egipto está construyendo ominosamente un campo de refugiados cerrado. Otros que se han trasladado «de un lugar a otro como piezas de ajedrez» abandonan Rafah -«comemos hierba y bebemos agua contaminada»- para regresar al norte, a sus hogares bombardeados. Hace meses, Abu Ahmed Yaber sacó a su hija embarazada y a su hijo de un año de los escombros; huyeron hacia el sur, a una escuela de la ONU abarrotada, sin comida, agua ni aseos; ahora están de vuelta en las ruinas de la casa «que construí con mis manos, piedra a piedra». Por la noche, incapaz de dormir, llora preguntándose: «¿Qué hemos hecho yo y mi familia?». Nada, igual que los 66 palestinos asesinados recientemente por Israel en «un día muy sangriento». Cuántos, nos preguntamos, eran niños.

El poema

por Lisa Suhair Majaj

El poema se encontraba entre los escombros

de un edificio residencial de seis plantas

en Jan Yunis, destruido por una bomba de mil kilos

que incendió el cielo

y colmó de muerte la tierra ardiente.

El poema estaba vivo, pero ensangrentado

irreconocible, atrapado

bajo pesados trozos de hormigón.

La explosión le había cortado las piernas y los brazos.

El poema no podía moverse.

No podía alcanzar a los rescatadores.

No podía encontrar sus heridas.

La cara del poema estaba irreconocible.

Un profundo corte en la frente

revelaba el hueso de su interior.

Los ojos del poema estaban llenos de sangre.

No podía ver. La boca del poema

era una herida abierta. Cuando intentó

gritar, no salía ningún sonido.

Los rescatadores sabían que era importante

salvar el poema. Cavaron frenéticamente

con las manos desnudas entre los escombros, rogando

al poema que aguantara. Cuando por fin

lo sacaron de entre los escombros, pasándolo

de mano en mano hasta la camilla que esperaba,

los espectadores estallaron de alegría. El poema

estaba vivo, ¡había sido devuelto a su pueblo!

Más tarde, en el hospital, el poema yacía

en el suelo ensangrentado, escuchando

los gritos de los niños que sufrían

amputaciones sin anestesia,

los lamentos de las madres

los cuerpos de los bebés contra su pecho,

negándose a que se los lleven

a los camiones frigoríficos de helados,

alegando que allí hacía demasiado frío,

que no podían dejarlos solos,

que los niños se asustarían.

El poema intentó mover sus piernas ausentes,

sus brazos, para sentir lo que quedaba.

Comprendió que algo

había sido irrevocablemente arrancado.

Que, aunque viviera, había cosas

que nunca volvería a hacer. El poema

cerró los ojos e intentó imaginar

un cuerpo de luz llenando el vacío

donde antes estaban sus miembros.

El dolor del poema iba más allá

de lo que hubiera experimentado antes. Intentó

imaginar su boca moviéndose sin

dolor, trató de imaginar una voz emergiendo

de la grieta ensangrentada de su mandíbula,

se preguntaba si volvería a hablar.

El poema quería que todo se detuviera,

el enorme dolor, los gritos

de angustia, el eco de cómo

había sonado cuando la bomba

golpeó con su furia inimaginable,

cómo se sintió cuando las paredes se derrumbaron

como la mano de la muerte.

En ese momento, los socorristas trajeron

un niño herido, dejándolo

en el suelo. El niño

estaba cubierto de sangre, llamando

a su madre. El poema

se quedó allí escuchando. Lentamente

reunió toda la fuerza

que tenía, y comenzó a tararear.

No le salía la voz;

Pero era lo mejor que podía hacer.

Los gemidos del niño se calmaron

un poco, y volvió la cara hacia

el sonido. El poema se dio cuenta

que incluso sin brazos ni piernas,

incluso con la cara prácticamente arrancada,

todavía tenía un trabajo que hacer. El poema

buscó en su interior el cuerpo

de luz que se había quedado con él

en los escombros, el cuerpo de luz

que apenas podía imaginar.

Agotado pero decidido, el poema

continuó tarareando. Era difícil,

pero mejor que permanecer en silencio. El poema

pensó que más tarde, cuando

pudiera, intentaría cantar

una canción de cuna, algo para consolar a los niños

cuya luz aún brillaba en sus cuerpos, porque

iban a necesitar algún tipo de música para sobrevivir.

(Lisa Suhair Majaj es una escritora palestino-estadounidense que vive en Chipre.)

Foto de portada: Ingiriendo algo entre los escombras de los edificios destruidos tras el bombardeo israelí sobre Rafah (Mohammed Abed/AFP vía Gettty Images).

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