¡Presas, presas, presas! ¿Hay lugar para la energía hidroeléctrica en un mundo que se calienta?

Joshua Frank, TomDispatch.com, 18 febrero 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Joshua Frank, colaborador habitual de TomDispatch, es un galardonado periodista afincado en California y coeditor de CounterPunch. Es autor de un nuevo libro “Atomic Days: The Untold Story of the Most Toxic Place in America” (Haymarket Books).

Vivimos en un mundo de extremos peligrosos y mortales. Olas de calor que baten récords, sequías intensas, huracanes más fuertes, inundaciones repentinas sin precedentes. Ningún rincón del planeta se librará de la ira del cambio climático provocado por el hombre, y el agua dulce de la Tierra ya está sintiendo el calor de esta nueva realidad. Más de la mitad de los lagos del mundo y dos tercios de sus ríos se están secando, amenazando los ecosistemas, las tierras de cultivo y el suministro de agua potable. Esta disminución de los recursos también puede provocar conflictos e incluso, potencialmente, una guerra total.

«La competencia por los limitados recursos hídricos es una de las principales preocupaciones para las próximas décadas», advirtió un estudio publicado en Global Environmental Change en 2018. «Aunque las cuestiones relacionadas con el agua por sí solas no han sido el único desencadenante de guerras en el pasado, las tensiones sobre la gestión y el uso del agua dulce representan una de las principales preocupaciones en las relaciones políticas entre… Estados y pueden exacerbar las tensiones existentes, aumentar la inestabilidad regional y el malestar social.»

La situación es más que calamitosa. En 2023 se estimaba que más de tres mil millones de personas, es decir, más del 37% de la humanidad, se enfrentaban a una escasez real de agua, una crisis que se prevé que empeore drásticamente en las próximas décadas. Resulta irónico que, mientras el agua desaparece, se construyan a un ritmo sin precedentes enormes presas en todo el mundo, más de 3.000, que necesitan un caudal fluvial considerable para funcionar. Además, se están construyendo 500 presas en zonas legalmente protegidas, como parques nacionales y reservas naturales. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) de la ONU afirmó hace unos años que esto tenía una justificación. En su opinión, estos proyectos ayudarían a combatir el cambio climático reduciendo las emisiones de dióxido de carbono y suministrando electricidad a los más necesitados.

«[La energía hidroeléctrica] sigue siendo la mayor fuente de energía renovable en el sector eléctrico», escribió el IPCC en 2018. «La evidencia sugiere que son factibles niveles relativamente altos de distribución en los próximos 20 años, y la energía hidroeléctrica debería seguir siendo una fuente de energía renovable atractiva en el contexto de los escenarios globales de mitigación [de gases de efecto invernadero].»

El IPCC reconoció que las incesantes sequías afectan al caudal de los arroyos y que el cambio climático está empeorando la situación de forma imprevisible. Sin embargo, sus expertos en el clima seguían sosteniendo que la energía hidroeléctrica podría ser una parte crucial de la transición energética mundial, argumentando que una presa eléctrica producirá energía aparentemente infinita. Al mismo tiempo, otras fuentes renovables como la eólica y la solar tienen sus limitaciones en función del tiempo y la luz solar.

Una grieta en la lógica de las presas

Por muy bienintencionada que haya sido, ahora está mucho más claro que hay una grieta en la apreciación del IPCC. Por un lado, investigaciones recientes sugieren que las presas hidroeléctricas pueden generar una cantidad alarmante de emisiones de gases de efecto invernadero que alteran el clima. La vegetación que se pudre en el fondo de esos embalses, sobre todo en climas cálidos (como sucede en gran parte de África), libera a la atmósfera importantes cantidades de metano, un devastador gas de efecto invernadero.

«La mayor parte de esta vegetación se habría podrido de todos modos, por supuesto. Pero, sin depósitos, la descomposición se produciría sobre todo en la atmósfera o en ríos o lagos bien oxigenados», explica Fred Pearce en The Independent. «La presencia de oxígeno garantizaría que el carbono de las plantas formara dióxido de carbono. Pero muchos embalses, sobre todo en los trópicos, contienen poco oxígeno. En esas condiciones anaeróbicas, la vegetación en descomposición genera metano en su lugar».

Aunque el CO2 también perjudica gravemente al clima, las emisiones de metano son mucho peores a corto plazo.

«Calculamos que las presas emiten en torno a un 25% más de metano por unidad de superficie de lo que se estimaba hasta ahora», afirma Bridget Deemer, de la Escuela de Medio Ambiente de la Universidad Estatal de Washington en Vancouver, autora principal de un estudio muy citado sobre las emisiones de gases de efecto invernadero de los embalses. «El metano permanece en la atmósfera sólo alrededor de una década, mientras que el CO2 permanece varios siglos, pero en el transcurso de 20 años, el metano contribuye casi tres veces más al calentamiento global que el CO2».

Y ése no es el único problema al que se enfrentan las presas en el siglo XXI. Por el momento, la financiación china es el motor mundial más importante de la construcción de nuevas centrales hidroeléctricas. China ha invertido en la creación de al menos 330 presas en 74 países. Cada proyecto plantea sus propios dilemas medioambientales. Pero, sobre todo, el calentamiento del planeta -el año pasado fue el más cálido de la historia de la humanidad y enero de 2024 el más caluroso jamás registrado- está haciendo que muchas de esas inversiones parezcan cada vez más dudosas. En este planeta cada vez más caliente, por ejemplo, una sequía en Ecuador ha afectado demasiado a la funcionalidad de la presa de Amaluza, en el río Paute, que suministra el 60% de la electricidad del país. Hace poco, Paute funcionaba al 40% de su capacidad al disminuir el caudal del río. Del mismo modo, en el sur de África, los niveles de agua del embalse de la presa de Kariba, situada entre Zambia y Zimbabue, han fluctuado drásticamente, mermando su capacidad de producir energía constante.

«En los últimos años, la sequía intensificada por el cambio climático ha hecho que los embalses de los cinco continentes caigan por debajo de los niveles necesarios para mantener la producción hidroeléctrica», escribe Jacques Leslie en Yale E360, «y el problema está destinado a empeorar a medida que se profundice el cambio climático».

Incluso en Estados Unidos, la viabilidad de la energía hidroeléctrica preocupa cada vez más. Por ejemplo, la presa Hoover, en el río Colorado, se ha visto afectada por años de sequía. Los niveles de agua de su embalse, el lago Mead, siguen cayendo en picado, lo que hace temer que tenga los días contados. Lo mismo ocurre con la presa de Glen Canyon, que también retiene el Colorado, formando el lago Powell. Al secarse el Colorado, Glen Canyon puede perder también su capacidad de producir electricidad.

Impulsada por la disminución de los recursos hídricos, la crisis mundial de la energía hidroeléctrica se ha convertido en un punto álgido en los confines del norte de África, donde la creación de una gigantesca presa podría muy bien desembocar en una guerra regional y algo peor.

Crisis en el Nilo

El río Nilo, alma del noreste de África, atraviesa 11 países antes de desembocar en el Mediterráneo. Con sus 6.650 kilómetros, el Nilo puede ser el río más largo de la Tierra. Durante milenios, sus aguas serpenteantes, que atraviesan selvas exuberantes y desiertos secos, han regado tierras de labranza y suministrado agua potable a millones de personas. Casi el 95% de los 109 millones de egipcios viven a pocos kilómetros del Nilo. Podría decirse que es el recurso natural más importante de África, pero ahora se encuentra en el epicentro de una disputa geopolítica entre Egipto, Etiopía y Sudán que ha llevado a estos países al borde de un conflicto militar.

Una gran presa que se está construyendo a lo largo del Nilo Azul, el principal afluente del rio, está alterando el statu quo de la región, donde Egipto ha sido durante mucho tiempo la nación preeminente. La Gran Presa del Renacimiento Etíope (GERD, por sus siglas en inglés) se convertirá en una de las mayores presas hidroeléctricas jamás construidas, con más de 1.700 metros de longitud y 145 metros de altura, un monumento que muchos amarán y otros despreciarán.

No hay duda de que Etiopía necesita la electricidad que producirá GERD. Casi el 45% de los etíopes carecen de electricidad y GERD promete producir más de 5,15 gigavatios de electricidad. Para ponerlo en perspectiva, un solo gigavatio proporcionaría energía a 876.000 hogares al año en Estados Unidos. La construcción de la presa, que comenzó en 2011, estaba terminada en un 90% el pasado agosto, cuando empezó a producir energía. En total, se espera que el coste de la GERD supere los 5.000 millones de dólares, lo que la convierte en el mayor proyecto de infraestructuras jamás acometido por Etiopía y en la mayor presa del continente africano.

No sólo aportará energía fiable a ese país, sino que promete un cambio cultural bien acogido por muchos. «Las madres que han dado a luz en la oscuridad, las niñas que van a buscar leña para el fuego en vez de ir a la escuela… hemos esperado tantos años para esto, siglos», dice Filsan Abdi, del Ministerio etíope de la Mujer, la Infancia y la Juventud. «Cuando decimos que Etiopía será un faro de prosperidad, empieza aquí».

Aunque la mayoría de los etíopes vean la presa con buenos ojos, los países aguas abajo, Egipto y Sudán (a su vez inmerso en una devastadora guerra civil), nunca fueron consultados, y sus autoridades están indignadas. El enorme embalse situado tras el gigantesco muro de cemento del GERD retendrá 74.000 millones de metros cúbicos de agua. Eso significa que Etiopía tendrá un control notable sobre el caudal del Nilo, lo que dará a sus dirigentes poder sobre el acceso al agua que tendrán tanto egipcios como sudaneses. El Nilo Azul, después de todo, proporciona el 59% del suministro de agua dulce de Egipto.

Da la casualidad de que el agua dulce en Egipto escasea desde hace tiempo, por lo que los dirigentes del país llevan años tomándose en serio la amenaza del GERD. Por ejemplo, en 2012, Wikileaks obtuvo correos electrónicos internos de la empresa de «inteligencia global» Stratfor en los que se revelaba que Egipto y Sudán estaban considerando ya entonces la posibilidad de ordenar a las Fuerzas Especiales egipcias que destruyeran la presa, aún en las primeras fases de construcción. «Estamos discutiendo la cooperación militar con Sudán», dijo una fuente egipcia de alto nivel. Aunque ese ataque directo nunca llegó a producirse, Stratfor afirmó que Egipto podría volver a prestar apoyo a «grupos militantes por poderes contra Etiopía» (como hizo en los años setenta y ochenta) si la diplomacia llegaba a un callejón sin salida.

Desgraciadamente, las negociaciones más recientes para calmar la hostilidad en torno al GERD han ido claramente mal. El pasado mes de abril, los resentidos egipcios respondieron a la falta de avances significativos realizando un simulacro militar de tres días con Sudán en una base naval del Mar Rojo, con el objetivo de atemorizar a los funcionarios etíopes. «Todas las opciones están sobre la mesa», advirtió el ministro egipcio de Asuntos Exteriores, Sameh Shoukry. «[Todas] las alternativas siguen disponibles y Egipto tiene sus capacidades».

Aparentemente imperturbable ante tales amenazas militares, Etiopía planea terminar la construcción de la presa, alegando que proporcionará la tan necesitada energía a los empobrecidos etíopes y limitará la huella de carbono global del país. «Representa un proyecto socioeconómico sostenible para Etiopía: sustituye a los combustibles fósiles y reduce las emisiones de CO2», afirma la embajada etíope en Washington.

Sin embargo, la GERD entra de lleno en la categoría de presa problemática, y no sólo porque podría provocar una guerra sangrienta en una región ya de por sí terriblemente convulsa. Una vez lleno, su enorme embalse cubrirá la asombrosa cifra de 1.874 kilómetros cuadrados, lo que supone más de tres cuartas partes del tamaño del Gran Lago Salado de Utah (después de que empezara a reducirse).

Lamentablemente, la GERD nunca se sometió a una evaluación de impacto ambiental (EIA) adecuada a pesar de estar legalmente obligada a ello. Nunca se llevó a cabo porque el gobierno etíope, notoriamente corrupto, sabía que los resultados no serían agradables y no estaba dispuesto a permitir que ningún obstáculo se interpusiera en el camino de la construcción de la presa, algo que se hizo más evidente cuando más de 20.000 indígenas gumuz y berta empezaron a ser obligados a abandonar sus hogares para dejar paso a la monstruosa presa.

Manifestarse públicamente en contra de la presa ha resultado ser un asunto arriesgado. Los empleados de International Rivers, una organización sin ánimo de lucro que defiende a las personas amenazadas por las presas, han sufrido acoso y amenazas de muerte como respuesta a su oposición. El destacado periodista etíope Reeyot Alemu, crítico con la presa y las medidas del gobierno al respecto, fue encarcelado durante más de cuatro años en virtud de draconianas leyes antiterroristas.

Guerras del agua eléctrica

Aunque la GERD ha creado un conflicto peligroso, también tiene ramificaciones internacionales. China, que en estos años ha desempeñado un papel fundamental en la financiación de proyectos hidroeléctricos en todo el mundo, ha aportado 1.200 millones de dólares para ayudar a los etíopes a construir líneas de transmisión desde la presa hasta las ciudades cercanas. Como también ha invertido mucho en Egipto, está bien posicionada, si es que algún país lo está, para ayudar a sortear el conflicto de la GERD.

Los analistas militares de Estados Unidos sostienen que la implicación de China en la presa forma parte de una política destinada a situar a Estados Unidos en clara desventaja en la carrera por explotar los abundantes minerales de tierras raras de África, desde las cavernas de cobalto del Congo hasta los vastos yacimientos de litio del interior de Etiopía. China, el «mayor cobrador de deudas» del mundo, ha invertido dinero en África. En 2021 era el mayor acreedor del continente, con un 20% de su deuda total. El crecimiento de la influencia china a escala internacional y en África -tiene grandes proyectos de infraestructuras en 35 países africanos– es crucial para entender la última versión de la geopolítica imperial del planeta.

La mayoría de las empresas chinas en África están relacionadas con la «Iniciativa de la Franja y la Ruta» de Pekín, un programa de este siglo para financiar acuerdos de infraestructuras en toda Eurasia y África. Sin embargo, sus vínculos económicos con África comenzaron con el impulso del líder chino Mao Zedong en las décadas de 1950 y 1960 a favor de una alianza «afroasiática» que desafiara al imperialismo occidental.

Muchas décadas después, la idea de una alianza de este tipo pasa a un segundo plano ante los deseos económicos globales de China, que, como tantos otros proyectos imperiales del pasado en África, tienen importantes desventajas para quienes los reciben. Los países en desarrollo necesitan desesperadamente capital, por lo que están dispuestos a aceptar las rígidas condiciones de China, aunque representen la última versión del colonialismo y neocolonialismo del siglo pasado, centrado en el control de los ricos recursos del continente. Esto es ciertamente cierto en el caso de las inversiones hidroeléctricas de China en lugares como la presa Bui de Ghana y la presa del río Congo en la República del Congo, donde los préstamos multimillonarios están respaldados por el petróleo crudo del Congo y los cultivos de cacao de Ghana.

En 2020, Estados Unidos se inmiscuyó tardíamente en la disputa de la GERD, amenazando con recortar 130 millones de dólares en ayudas a Etiopía para la lucha antiterrorista. Los etíopes creyeron que estaba relacionado con la controversia sobre la presa, como también lo creyeron cuando, en junio de 2023, la administración Biden ordenó a USAID que detuviera toda la ayuda alimentaria al país (más de 2.000 millones de dólares), alegando que no estaba llegando a los etíopes, para dar marcha atrás meses después.

La disputa en torno a la enorme presa etíope debería ser una advertencia de lo que nos depara el futuro en un planeta más cálido y seco, donde los ríos que alimentan presas como la GERD se están secando mientras las superpotencias siguen compitiendo por controlar lo que queda de los recursos mundiales. La energía hidroeléctrica no ayudará a resolver la crisis climática, pero los nuevos proyectos de presas pueden llevar a la guerra por algo clave para nuestra supervivencia: el acceso a agua dulce y limpia.

Foto de portada: Presa de Kürpsai en Kirguistán. Se encuentra en el río Naryn, aguas abajo del embalse de Toktogul. La presa tiene una altura de 113 m y embalsa 370 millones de m3 (370 hm3), de los que 27 millones de m3 se usan para producir energía eléctrica desde 1981 (Ninara).

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