Semillas de solidaridad, de Nueva York a Palestina

Saara Nafici, Jadaliyya.com, 14 marzo 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Saara Nafici lleva más de 20 años trabajando como administradora de tierras, educadora medioambiental y agricultora urbana. Activista, ciclista y botánica desde hace mucho tiempo, es también miembro fundador del Colectivo Feminista Iraní Raha.

Para plantar una hilera de habas, hay que ponerse a cuatro patas para sentir y oler la tierra fresca. Primero hay que aflojar suavemente la tierra con un rastrillo, lo justo para que las habas echen raíces. Con dos dedos, se abren pequeños agujeros en la tierra y se dejan caer las semillas en fila.

Recorrí cuatro países distintos mientras estaba en el útero. Mi madre estaba embarazada de mí cuando mis padres se marcharon de Irán en plena revolución, primero a Pakistán, luego a Inglaterra y después a Estados Unidos. Durante los primeros ocho años de mi vida, hubo guerra en Irán. Mis padres estaban siempre en dos sitios a la vez: en su país, con los familiares que habían dejado atrás, y en Estados Unidos, donde yo crecí. 

Es común entre los hijos de inmigrantes no sentirse nunca del todo en casa. ¿Es de extrañar entonces que me sintiera atraída por el cultivo de alimentos? Cada día, practicando el ritual y el acto concreto de echar raíces en la tierra para sentirme conectada a -y quizá para comprender mejor- mi hogar adoptivo. Sé que la tierra lleva consigo historias, si sabes escuchar. Así que permítanme contarles algunas historias de la tierra. Historias de resistencia, historias de colonización. Viajaremos de un lado a otro de la ciudad de Nueva York, donde cultivo, a Palestina, a más de 8.000 kilómetros y océanos de distancia.

Ahora es la época de la cosecha de aceitunas en Palestina. Un olivo, elegante y nudoso a la vez, puede vivir más de 500 años, aunque algunos árboles han envejecido mucho más. Se cree que un árbol llamado Al-Badawi, en un pueblo cercano a Belén, tiene más de 4.000 años. Imagínense lo que ha visto ese árbol, las historias que transporta por el suelo, que respira a través de las estomas de las hojas, en el zumo del fruto, en la profundidad del aceite de oliva que producen año tras año los agricultores palestinos.

Es tiempo de cosecha de aceitunas en Palestina, y Bilal Saleh, agricultor, forrajero y padre en la Cisjordania ocupada, no culminará su cosecha. El 28 de octubre del año pasado, un colono israelí disparó a Bilal en el pecho cuando se acercaba a sus árboles. Bilal murió poco después. Aunque el colono fue detenido, sabemos bien por la historia que Bilal y su familia no verán justicia. 

Aquí, en la granja de Brooklyn, hemos sembrado nuestro cultivo de invierno, hemos esparcido paja por los campos y las camas elevadas, hemos aislado el gallinero, hemos dejado que las tithonias y las caléndulas pasen el invierno sirviendo de forraje y hemos hecho nuestra última recogida de las verduras y tubérculos que quedaban en los campos.

Se calcula que, al menos desde 1967, el gobierno israelí y los colonos ilegales han arrancado unos 800.000 olivos palestinos.

En la granja de Brooklyn tenemos tres higueras, un fruto obscenamente exquisito, escandalosamente abundante, que afirma la vida de toda la fauna de la granja, humana y de otro tipo. Aunque no tienen hojas ni frutos durante el invierno, no podría imaginarme la granja sin estos robustos arbolitos. No hay que subestimar la importancia que un solo árbol puede tener en el tejido de un espacio, de toda una cultura.

El muro del apartheid construido tras la Segunda Intifada en torno a la Cisjordania ocupada se presentó como una medida de seguridad, pero se convirtió en una épica apropiación de tierras que separó a cientos de agricultores palestinos de sus campos y arboledas. De los Protectores del Agua, aquí en la Isla de la Tortuga, aprendimos la frase «el agua es vida». Y, sin embargo, la recogida de agua de lluvia está penalizada en Palestina, ya que las gotas que caen del cielo se consideran propiedad de Israel. Mientras tanto, el mundo fue testigo del reciente vertido de cemento en un pozo de agua palestino por parte del ejército israelí. El agua es vida, el agua es sagrada. Observen atentamente, pues, a los que nutren y a los que destruyen. 

Cultivar habas puede requerir mucho trabajo, al igual que procesarlas, pero así es la agricultura. Las habas alcanzan un metro de altura y tienen la típica flor bilateral de la familia de las leguminosas. Las vainas tienen una cáscara velluda y una capa de piel que hay que pelar a mano o sumergir en agua hirviendo. Una vez peladas, quedan unas judías de un color verde increíblemente brillante. Mientras las voy pelando, admito que me como tantas crudas como guardo para hacer más tarde ful mudammas o baghali polo.

A finales de los noventa y principios de los ochenta, cuando estudiaba Ciencias Ambientales en la Universidad de Berkeley y trabajaba como voluntaria en nuestro huerto comunitario estudiantil, fue la primera vez que cultivé y probé un haba fresca. Cultivábamos una variedad increíble utilizando semillas guardadas. Mis favoritas tenían espirales rojas en las flores con dibujos a juego en el exterior del haba. Las llamábamos las favas psicodélicas. 

En 2001 asistí a la primera reunión de lo que se convirtió en Estudiantes por la Justicia en Palestina (SJP) en la Universidad de Berkeley. La reunión tuvo lugar en un aula con luz fluorescente, con los restos de Literatura Comparada 101 todavía en la pizarra. En aquellos primeros años, cuando nos organizamos en solidaridad con la Segunda Intifada, no tenía ni idea de que SJP se convertiría en un movimiento nacional, en un desafío tal al statu quo en el que ahora se prohíben las secciones locales por hablar en contra del genocidio. Lo que sí sabía entonces es que había encontrado un hogar político: conectar plantas y personas y organizarnos en torno a las políticas de la tierra. Éramos jóvenes estudiantes universitarios tratando de averiguar cómo educar y agitar, ser ruidosos y estratégicos.

Según la ONU, la mitad de los 2,2 millones de habitantes de Gaza corre el riesgo de morir de hambre. A la cosecha de aceitunas le sigue la maduración de las fresas, que crecen en abundancia en las granjas de Gaza. Pero con la mayoría de los palestinos de Gaza desplazados y sometidos a constantes bombardeos israelíes, ¿quién cosechará los 43.000 acres de tierra cultivable de Gaza? ¿Están ya contaminadas estas frutas con fósforo blanco? ¿Qué historias nos cuenta ahora la tierra?  

En Brooklyn, el año pasado cosechamos más de 10.000 kilos de productos en la granja para que nuestras comunidades tengan el estómago lleno y puedan luchar por su dignidad y humanidad. Fannie Lou Hamer, amada líder negra de los derechos civiles, dijo: «Cuando tienes 400 litros de verduras y sopa de gumbo enlatada para el invierno, nadie puede presionarte ni decirte lo que tienes que decir o hacer». Para poner en práctica sus palabras, fundó la cooperativa Freedom Farm, de 40 acres, para alimentar y empoderar a las familias negras del sur de Estados Unidos. Recordemos que los Young Lords y las Panteras Negras ofrecían programas de desayuno gratuito (motivando/avergonzando al gobierno estadounidense para que siguiera su ejemplo). Y los Panteras incluyeron una demanda de tierra y pan en su famoso Programa de 10 Puntos para la liberación, publicado en 1966.

Durante los últimos 75 años, con la barriga llena o vacía, hemos visto perdurar la resistencia palestina a la ocupación. Matar de hambre a la población de Gaza no es nuevo. En 2012 y posteriormente, el gobierno israelí puso a Gaza a «dieta», calculando y limitando la ingesta calórica de toda la población para ejercer presión y debilitar la resistencia. Para entender por qué el forrajeo es ilegal en Palestina, sólo tenemos que mirar a los orígenes de nuestras propias leyes de prohibición de entrada aquí en Estados Unidos. Los colonizadores españoles prohibieron a los indígenas aztecas cultivar un supergrano rico en proteínas, el amaranto. La agricultura es resistencia. Conservar semillas es revolucionario.

Cultivo en tierras que en su día fueron administradas por las comunidades indígenas Lenape, que fueron violentamente desplazadas, al igual que muchas otras comunidades nativas durante la formación del Estado colono de Estados Unidos. En una historia más reciente, décadas de organización comunitaria por parte de horticultores urbanos radicales allanaron el camino para huertos y granjas comunitarias como esta de la que formo parte. Como hija de inmigrantes relativamente recién llegados a esta tierra, acojo con satisfacción un futuro en el que cultive bajo los auspicios de un movimiento dirigido por indígenas, en lugar del actual movimiento colonial de colonos.

Cada vez que planto una semilla, sigo sintiendo una nerviosa expectación. Me pregunto si brotará, si realmente sólo necesita calor y humedad y un hogar acogedor para crecer. Me asombra cada vez que veo brotar una semilla, incluso más de veinte años después de haber cosechado mi primera haba. ¿Tú también sientes esa maravilla?

Como agricultores, sabemos que sólo los frutos tóxicos crecen en suelos envenenados. Los olivos, los naranjos y los campos de fresas recuerdan a las generaciones y generaciones de palestinos que cuidaron la tierra y regaron sus raíces. La lucha palestina es nuestra lucha.

Que las semillas de solidaridad que plantamos aquí en Brooklyn y en todo el mundo fructifiquen en libertad para Palestina.

Foto de portada: Protectoras de la tierra en Gaza. Marzo de 2016. (Mohammad Abed)

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