Karen J. Greenberg, TomDispatch.com, 7 abril 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Karen J. Greenberg, colaboradora habitual de TomDispatch, es directora del Centro de Seguridad Nacional de Fordham Law. Su libro más reciente es Subtle Tools: The Dismantling of American Democracy from the War on Terror to Donald Trump, ya en edición de bolsillo. Jordan Hutt, de Fordham Law, promoción de 2024, ha colaborado en la investigación para este artículo.
El fin de semana pasado falleció mi padre, Larry Greenberg, a los 93 años. Varios días después, recibí un correo electrónico del director de cine francés Phillippe Diaz, que me enviaba un enlace a su película I Am Gitmo (Yo soy Guantánamo), que se estrenará próximamente y que trata sobre el centro, tristemente célebre, de detención de Guantánamo. Como pronto descubriría, esos dos acontecimientos dispares de mi vida se hablaban el uno al otro con matices cósmicos.
Llevo informando sobre Guantánamo desde que el presidente George W. Bush y su equipo, tras los atentados del 11 de septiembre y su desastrosa «guerra global contra el terrorismo», crearon esa prisión para alojar a los prisioneros capturados por las fuerzas estadounidenses. Al ver el preestreno de la película de Diaz, me sorprendió lo mucho que me inquietó. Después de tantos años de exposición a la cruda realidad de esa prisión, de alguna manera su película me conmovió de nuevo. Hubo momentos que me hicieron sollozar, momentos en los que bajé el volumen para no oír más gritos angustiados de dolor de los detenidos torturados, y momentos que me despertaron la curiosidad sobre la identidad de las personas que aparecen en la película. Aunque se mencionan los nombres de algunos funcionarios, los personajes centrales son los detenidos y los interrogadores individuales, así como los abogados defensores y los guardias, todos los cuales han interactuado en el campo de prisioneros de Guantánamo a lo largo de sus más de dos décadas de existencia.
Mientras lo veía, me acordé de una pregunta que Tom Engelhardt, fundador y editor de TomDispatch, me ha hecho con frecuencia: «¿Qué tiene Guantánamo que le ha cautivado tanto a lo largo de los años?». ¿Por qué, quería saber, año tras año, a medida que su historia de injusticia se desarrollaba en un ciclo interminable de juicios que no llegaban a iniciarse, prisioneros autorizados para ser liberados, pero aún retenidos en cautividad, y sucesivas administraciones cuyos funcionarios simplemente se encogían de hombros derrotados cuando se trataba de cerrar la institución de pesadilla, sigue atormentándome tanto? «¿Estaría dispuesta», me preguntó, «a reflexionar sobre ello para TomDispatch?». Resultó que la muerte de mi padre me ayudó a encontrar la forma de responder a esa pregunta con una claridad hasta entonces inalcanzable.
La indignación perdida
Para empezar, en respuesta a su pregunta, permítanme decir que, a pesar de mi continua inmersión en las noticias sobre el campo de prisioneros, me sorprende que, en la corriente dominante estadounidense, no haya habido más titulares de indignación por la interminable realidad de lo que llegó a conocerse como Guantánamo. Desde el momento en que comenzó en enero de 2002 y apareció una foto de hombres con grilletes agachados en la tierra junto a las jaulas al aire libre que los albergarían, vistiendo los característicos monos naranjas, su horrible destino debería haber sido evidente. La Oficina de Asuntos Públicos del Pentágono publicó esa imagen inmediatamente icónica con la esperanza, según la portavoz Torie Clarke, de que «disiparía algunas de nuestras críticas» (que ya estaban acusando a Estados Unidos de actuar al margen de las Convenciones de Ginebra).
En lugar de disiparlas, marcó el camino de crueldad y anarquía por el que Estados Unidos continuaría durante tantos interminables años. En abril de 2004, el mundo vería imágenes de prisioneros bajo custodia estadounidense en la prisión iraquí de Abu Ghraib, desnudos, encapuchados, esposados, humillados sexualmente y sometidos a abusos. Informes posteriores revelarían la existencia de lo que llegó a conocerse como «sitios negros«, operados por la CIA, en países de todo el mundo, donde se torturaba a detenidos utilizando lo que los funcionarios de la administración Bush denominaron «técnicas de interrogatorio mejoradas.»
Desde hace 22 años, y a lo largo de cuatro administraciones diferentes, ese campo de prisioneros de Cuba, claramente alejado de cualquier concepción de la justicia estadounidense, ha retenido a personas capturadas en la guerra contra el terrorismo de una forma que desafía cualquier principio imaginable de garantías procesales, derechos humanos o Estado de derecho. De los casi 780 prisioneros allí recluidos, sólo 18 fueron acusados de algún delito y de las ocho condenas dictadas por tribunales militares, cuatro fueron anuladas y dos siguen en apelación.
Un gran número de los capturados fueron vendidos originalmente a los estadounidenses a cambio de una recompensa o simplemente atrapados al azar en lugares de países como Afganistán conocidos por estar habitados por terroristas, por lo que se asumió, con escasas o nulas pruebas, que ellos mismos eran terroristas. A continuación, por supuesto, se les negaba el acceso a abogados. Y como me recordaron hace poco en un viaje a Inglaterra en el que me reuní con un par de detenidos liberados, los que sobrevivieron a Guantánamo siguen sufriendo, física y psicológicamente, por el trato que recibieron a manos estadounidenses. Tampoco han encontrado justicia ni remedio alguno para los daños duraderos causados por su cautiverio. Y mientras que el momento de la guerra contra el terrorismo posterior al 11-S se ha desvanecido en gran medida en el pasado (aunque el ejército estadounidense siga combatiendo en tierras lejanas), ese campo de prisioneros aún no se ha cerrado.
Una generación alcanza la mayoría de edad
Una segunda respuesta, más oportuna ahora mismo, a la pregunta de Tom Engelhardt es que mi inquebrantable repulsa a la existencia de Guantánamo tiene su origen en una visión del mundo que marcó claramente a mi padre y a muchos de su generación: hombres y mujeres que alcanzaron la mayoría de edad en los años cuarenta y principios de los cincuenta, cuyos primeros momentos de vida adulta coincidieron con el surgimiento en la posguerra de Estados Unidos como superpotencia mundial que se pregonaba a sí misma como guardiana de los derechos civiles, los derechos humanos y la justicia. La oposición al fascismo en la Segunda Guerra Mundial, el apoyo a los pactos internacionales que protegían a los civiles, un compromiso cada vez mayor en casa con las libertades civiles y los derechos civiles… ésas eran sus guías ideológicas. Y a pesar de las contradicciones, la hipocresía y el fracaso que acechaban tras los principios fundacionales de ese sistema de creencias, muchos como mi padre siguieron teniendo fe en el honorable destino de Estados Unidos, cuyas instituciones eran sólidas y sus motivos honestos.
Sin duda, la versión edulcorada de la experiencia estadounidense de su generación conllevaba una profunda negación. La revelación del Programa Fénix en Vietnam; las decisiones de derrocar gobiernos electos en Guatemala, Irán y otros lugares; el profundo y sistémico racismo interno del país, descrito en The New Jim Crow, de Michelle Alexander; incluso los negocios sucios de la Casa Blanca de Nixon durante el Watergate; y, en este siglo, las mentiras oficiales que prepararon el terreno para la desastrosa guerra de Iraq, todo ello debería haber empañado su valoración color de rosa de la democracia estadounidense. Sin embargo, en muchos aspectos, él y muchos de sus compatriotas se aferraron a su creencia en la capacidad de este país para volver eternamente a su mejor yo.
Fiel a su creencia en el sueño americano, mi padre me llevaba a ver películas y obras de teatro en nuestra universidad local que ampliaban una visión del mundo que él, como tantos de su generación, encarnaba. A menudo yo era la asistente más joven a esas películas con estrellas como Spencer Tracy en “La herencia del viento”, una oda a la libertad de expresión; Gregory Peck en “Matar a un ruiseñor”, con su retrato de los males del racismo; y Henry Fonda en “Doce hombres sin piedad”, cuyo mensaje reafirmaba el principio de que los acusados son siempre inocentes hasta que se demuestre lo contrario. Y no olvidemos “El juicio de Núremberg”, la dramatización de los tribunales de crímenes de guerra posteriores a la Segunda Guerra Mundial, dirigidos por el juez del Tribunal Supremo de Estados Unidos Robert Jackson, una serie de juicios en los que se condenó a dirigentes nazis por cometer genocidio.
Esas películas, que clamaban por la justicia, la igualdad y el fin del racismo, dieron voz a los defensores de la democracia y energía a la firme adhesión de la generación de mi padre a las posibilidades estadounidenses.
Memoria y olvido
Una tercera respuesta, también subrayada por mi reciente encuentro personal con la fugacidad de la vida, es mi creciente temor, como historiadora, a que Guantánamo simplemente caiga en el olvido. En cierto sentido, en el mundo de Donald Trump, con puentes que se derrumban y guerras encendidas en tierras lejanas, ya parece en gran medida olvidado. Aunque 22 años después sigue albergando a 30 detenidos de la guerra contra el terrorismo, Guantánamo atrae poca atención estos días. Si no fuera por el inestimable trabajo de Carol Rosenberg en el New York Times, que ha informado sobre Guantánamo desde el primer día en enero de 2002, así como de un puñado de otros dedicados reporteros como John Ryan en Lawdragon, pocos podrían saber nada de lo que está pasando allí ahora. Como señala la profesora de sociología Lisa Hajjar, «la cobertura mediática de Guantánamo se ha convertido en una rareza». Mientras que el grupo de prensa para las audiencias de las comisiones militares que todavía están en curso allí tenía una media de unos 30 reporteros hasta quizás 2013, ahora se ha reducido a, como mucho, «unos cuatro por viaje», según Hajjar.
La cobertura mediática de Guantánamo (y, por tanto, la atención pública) ha desaparecido en lo esencial, lo que no es de extrañar si se tienen en cuenta los actuales problemas globales de guerra y privaciones, injusticia y políticas extralegales, por no hablar de la loca incomodidad de las elecciones de 2024 aquí en Estados Unidos. Guantánamo, cuyo último recluso llegó en 2008 y cuyo camino viable hacia el cierre ha permanecido bloqueado año tras año (sin importar que tres presidentes -George W. Bush, Barack Obama y Joe Biden- hayan declarado cada uno su deseo de cerrarlo), persiste, con sus desviaciones de la ley sin resolver.
El decaído interés por Guantánamo ha coincidido con un inquietante fenómeno cultural de mayor envergadura: el alejamiento de la historia y la memoria.
En el mundo de las redes sociales y el momento inmediato, el olvido de los acontecimientos pasados debería ser motivo de preocupación. De hecho, el jefe de la oficina de Mother Jones en Washington, David Corn, publicó recientemente un sorprendente artículo sobre este fenómeno. Citando un artículo publicado en el Atlantic por los psiquiatras George Makari y Richard Friedman, Corn señaló que, aunque el olvido puede ayudar a las personas a seguir adelante con sus vidas tras una experiencia traumática, también puede impedir que los supervivientes del trauma aprendan las lecciones del pasado. En lugar de afrontar el impacto de lo ocurrido, es demasiado común esconderlo todo bajo la alfombra, lo que, por supuesto, tiene sus propias consecuencias nefastas. «Como psiquiatras clínicos», escriben, «vemos los efectos de tal confusión emocional todos los días, y sabemos que cuando no se procesa adecuadamente, puede dar lugar a una sensación general de infelicidad y rabia, exactamente el estado emocional negativo que podría llevar a una nación a percibir erróneamente su destino». En otras palabras, acontecimientos como los atentados del 11-S y lo que les siguió, la pandemia de COVID-19 o incluso los sucesos del 6 de enero de 2021, como señalan los psiquiatras de Corn, pueden provocar tal dolor que el olvido se vuelve «útil», incluso en ocasiones aparentemente «saludable».
No es de extrañar que el creciente olvido de los acontecimientos traumáticos tenga su eco a una escala aún mayor en una tendencia contemporánea hacia el abandono de la historia, presumiblemente en favor del presente y su megáfono, el universo de las redes sociales. Como ha señalado el historiador Daniel Bessner, este país está experimentando una profunda reconsideración del propósito y la importancia del registro histórico. En todo el país, las universidades están reduciendo el tamaño de sus facultades de historia, mientras que el número de estudiantes universitarios que se especializaron en historia y campos relacionados en 2018-2019 había disminuido ya en más de un tercio desde 2012.
No es de extrañar que Guantánamo haya quedado relegado al pasado, un capítulo lejano en la cada vez más reducida guerra contra el terror, y no importa que siga funcionando en el momento presente. Por ejemplo, dos casos de pena de muerte se encuentran actualmente en audiencias preliminares allí. Uno tiene que ver con el atentado de octubre de 2000 contra el USS Cole, un destructor de la Armada, que causó la muerte de 17 marineros estadounidenses. Como señala la intrépida Carol Rosenberg, el caso lleva en vistas preliminares desde 2011. El otro implica a cuatro acusados de conspirar en los atentados del 11 de septiembre. Un quinto acusado, Ramzi bin al Shibh, fue retirado recientemente del caso, al haber sido declarado incompetente para ser juzgado debido al trastorno de estrés postraumático derivado de su tortura a manos estadounidenses. En cuanto al resto de los acusados, inicialmente imputados en 2008 y de nuevo en 2011, aún no se ha fijado fecha para el juicio. El siempre esquivo calendario de esos procesamientos lo dice todo. Las pruebas contaminadas por la tortura han hecho imposible ese juicio.
Los ciclos de la historia estadounidense
Es difícil comprender cómo la generación de mi padre, que se obstinaba en una visión del país de color de rosa, se tragó los flagrantes fracasos de los años posteriores al 11 de septiembre. Mi sensación es que muchos de ellos, como mi padre, simplemente se limitaron a menear la cabeza, seguros de que el verdadero espíritu de la democracia estadounidense prevalecería finalmente y se corregirían los errores de la detención indefinida, la tortura y la incapacidad judicial. Aun así, a medida que el país se acercaba al 6 de enero y sus consecuencias, la realidad de que Estados Unidos había perdido el control de sus propias promesas de justicia, moralidad, legalidad y rendición de cuentas comenzó a asimilarse. Al menos así sucedió con mi padre, quien manifestó claramente sus temores de un país que ha sucumbido ante el espectro de su infancia, el fascismo, la antítesis misma de los Estados Unidos a los que aspiraba.
La película de Philippe Diaz sobre Guantánamo (que invito a los lectores a ver cuando se estrene a finales de abril) debería recordarnos al menos a algunos de nosotros la importancia de estar a la altura de la imagen del país que abrazaron mi padre y otros miembros de su generación. ¿No ha llegado finalmente el momento de resaltar el grave error de Guantánamo? ¿No es finalmente hora de cerrar esa vergonzosa prisión, claramente alejada de la justicia estadounidense, y tomar en cuenta sus errores, en lugar de dejarla desaparecer en la neblina de la historia olvidada, sin resolver sus trascendentales violaciones?
En 2005, en sus audiencias de confirmación para fiscal general, Alberto Gonzales, asesor legal de George W. Bush durante mucho tiempo, sostuvo que los ideales y las leyes codificados en las Convenciones de Ginebra eran “pintorescos y obsoletos”. Esa frase, que relegaba las nociones de justicia y rendición de cuentas al basurero de la historia, resumía la estrategia de este país posterior al 11 de septiembre de evadir la ley en nombre de la “seguridad”. Y mientras Guantánamo siga abierto, esa estrategia seguirá vigente.
¿No sería hermoso que, en lugar de dejar que González grabara en piedra un epitafio de los ideales que tanto reverenciaban mi padre y su generación, pudiéramos encontrar esperanza en un futuro en el que su confianza en el Estado de derecho y en un gobierno de ciudadanos responsables se pudieran anteponer a la fortuna personal, la ley al miedo y la paz a la guerra? Mientras damos descanso a la generación de mi padre, ¿no deberíamos consolarnos con la posibilidad de que su espíritu aún pueda ayudarnos a encontrar la salida a los tiempos claramente inquietantes y perturbadores de hoy?
Foto de portada: Manifestantes sostienen un cartel durante una protesta que pide el cierre de Guantánamo frente a la Casa Blanca en Washington, DC, el 11 de enero de 2022 [Nicholas Kamm/AFP via Getty Images].