Fawzia Afzal-Khan, CounterPunch.org, 24 mayo 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Fawzia Afzal-Khan es una distinguida catedrática de la Universidad Estatal de Montclair, en Nueva Jersey. Su último libro es Siren Song:Understanding Pakistan Though it’s Women Singers. Contacto: fak0912@yahoo.com
Tantos viajes de ida y vuelta de Estados Unidos a Pakistán desde que «dejé» Lahore el 12 de septiembre de 1979. Cumplía entonces 21 años. Iba a conquistar el mundo, a convertirme en la mujer libre e independiente que siempre había soñado ser, lejos de las restricciones del patriarcado pakistaní, o eso me imaginaba. Tantos reencuentros, partidas y llegadas, con lágrimas y alegrías, a lo largo de cuatro décadas y media que ahora parecen haber pasado en un abrir y cerrar de ojos.
Esta visita, seis gloriosas semanas en medio de mi sexta década de vida, fue, de alguna manera, diferente. Tal vez porque ahora soy una mujer de mediana edad, he llegado a ser yo misma de una manera que ya no amenaza a nadie ni estoy interesada en hacer cosas para complacer o impresionar a los demás. Estar cómoda en mi propia piel, por fin, me ha hecho aceptar y compartir con profunda honestidad todo de mí misma, mis experiencias, mis pasiones políticas y artísticas, mi siempre agudo entusiasmo por la vida, la diversión, la aventura, con todos con los que me cruzo tanto en mi vida personal como profesional. Quizá por eso esta vez me sentí más querida y aceptada por lo que soy y en lo que me he convertido. O tal vez sea mi propia mirada la que ha cambiado.
Ahora siento las cosas, las personas, las ideas con más intensidad que nunca, quizá porque las insinuaciones de mortalidad que revolotean en el borde de la conciencia han pasado firmemente al centro del escenario. Y así, mi vida se ha convertido en un recipiente lleno hasta el borde de preciosa carga. La única carga que ahora considero digna de su peso en este viaje de la vida: el amor. La pesadez del amor ayuda paradójicamente a que la vida se convierta en una carga más ligera, pero como me he dado cuenta ahora, Kundera tenía razón: esta ligereza tiene una cualidad insoportable: la insoportable ligereza del Ser. Del Devenir. Y de Amar.
¿Qué es esta insoportable ligereza que me sacude hasta la médula cada vez que aterrizo en la pista del aeropuerto internacional Allama Iqbal de Lahore, en la ciudad de mi nacimiento, mi infancia y mi adolescencia? Huí a los 21 años de lo que ahora veo como la carga de un amor excesivo, amar/ser amado por la madre/tierra, una noción demasiado encorsetada de la patria y su patriarcado materno. Las madres también pueden ser patriarcales.
Huida. Huida. Incluso después de 40 años de vida matrimonial y de criar a dos hijos, lejos de mi tierra natal, mi obsesión por huir, por desafiar las normas y las expectativas, ha seguido dando forma al paisaje de mi mente. He sido esposa sin serlo, madre sin la carga patriarcal del maternalismo.
Por encima de todo, he intentado ser una amiga (quizá por eso el canto de Forster a una amistad fracasada, Passage to India, sigue conmoviéndome hasta las lágrimas).
La amistad ha alimentado la solidaridad, y la solidaridad ha sido clave para desbloquear el tipo de compromisos políticos progresistas que han mantenido viva en mi corazón la llama de un amor que busca la justicia, manteniéndome conectada a través de las muchas fronteras que sigo cruzando. Escapar no ha significado alejarse de las exigencias del amor; más bien, es correr hacia una visión del mundo en la que todo tipo de fronteras puedan borrarse o, al menos, negociarse. La búsqueda amorosa de la justicia no exige menos.
Por eso, tal vez el cruce de la frontera esta vez de Estados Unidos a Pakistán, en medio de una guerra genocida contra los palestinos de Gaza respaldada por el país al que huí para escapar de ciertas restricciones injustas en mi país natal, adquirió una forma más pesada.
Tuve la oportunidad de compartir mi activismo escolar en solidaridad con la resistencia palestina al colonialismo sionista, una batalla que he librado durante cuatro décadas de carrera académica en Estados Unidos en mi campus dominado por profesores y administradores sionistas. Este es el caso en todo el mundo académico de Estados Unidos, que ahora ha quedado al descubierto para que todo el mundo sea testigo de las grotescas medidas represivas contra estudiantes y profesores que alzan su voz y se organizan por la justicia para Palestina ante la matanza en curso de más de 40.000 civiles inocentes, la mayoría de ellos mujeres y niños, en la Franja de Gaza.
A pesar de la falta de apoyo manifiesto del Estado paquistaní a Palestina y de las demás medidas políticas represivas vigentes, así como de las evidentes frustraciones económicas y ansiedades que acosan a la ciudadanía, los estudiantes con los que interactué en varias de las instituciones en las que hablé, me dieron -al igual que mis estudiantes de Nueva Jersey- una gran esperanza en la victoria del Amor sobre el Odio, en el compromiso activista sobre una política de desesperación y cinismo. Por ejemplo, en una de las universidades en las que di una charla sobre las protestas a favor de Palestina en varios campus universitarios y las numerosas marchas y concentraciones en las que había participado en la ciudad de Nueva York, los estudiantes expresaron su interés en formar una sección de SJP (Estudiantes por la Justicia en Palestina) en su escuela, y en otro campus, los estudiantes corearon «Palestina libre, libre» al final de mi presentación.
Volvamos al cruce de fronteras.
Estoy en el proverbial avión de regreso a casa, en Estados Unidos, después de haber cantado la canción «pardesi, jana nahin» en varias ocasiones en Lahore, sin que el público se diera cuenta de lo difícil que me resultaba interpretarla sin ahogarme. «No te vayas, oh amado mío que ahora eres extranjero, no te vayas y dejes atrás a los que te quieren aquí».
Ahora entiendo que no hay escapatoria. Llevamos nuestros amores con nosotros, incluso cuando volamos lejos, muy lejos. El dedo que se mueve escribe, y habiendo escrito sigue adelante. Y así debemos vivir con las elecciones que hemos hecho. Pero podemos, no obstante, dentro de los confines de cualquier espacio-tiempo en el que nos encontremos, y a pesar de la insatisfacción de nuestras elecciones, ejercer nuestra voluntad de amar, de conectar con los demás, de construir solidaridades que descansen en nuestra capacidad de hacer realidad un mundo mejor y más justo. Ya sea aquí, allí o en cualquier otro lugar, en palabras del famoso poeta místico panyabí Bulleh Shah, seguiré lanzando mi hechizo con la esperanza de recuperar a mi amada perdida: ik toona achambaan gawan gee, mein ruthra yaar manawaan gee. Y en el proceso de lanzar ese hechizo, si encendiera un fuego en el corazón del sol abrasador, mein agan jalaawan gee, entonces, ¿no sería un paso hacia la justicia?
Estas poderosas palabras las canté en Times Square para expresar mi solidaridad punjabí paquistaní con los líderes encarcelados del Grupo de Teatro por la Libertad de Yenín mientras marchaba en Manhattan para protestar contra las muy diversas tácticas opresivas del Estado militarista israelí no sólo contra el pueblo de Gaza, sino también contra los palestinos de Cisjordania. Como sabían los manifestantes de la guerra de Vietnam, y ahora entienden también todos los que protestan en todo el mundo contra el genocidio israelí de los palestinos: no puede haber amor, ni paz, sin justicia. Y de la justicia no se puede escapar. O, como nos recordaba Martin Luther King Jr., el arco del universo moral puede ser largo, pero se inclina hacia la justicia.
Foto de portada: Lahore (Fassifarooq – CC BY-SA 4.0)
Un comentario sobre “A Lahore, con amor: Reflexiones de una feminista viajera, de Pakistán a Palestina”