¿Por qué una superpotencia mundial está bajo la influencia del minúsculo Estado sionista?

Yvonne Ridley, Middle East Monitor, 28 mayo 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


La periodista y escritora británica Yvonne Ridley ofrece análisis políticos sobre asuntos relacionados con Oriente Próximo, Asia y la guerra global contra el terrorismo. Sus trabajos aparecen en numerosas publicaciones de todo el mundo, en cabeceras tan diversas como The Washington Post, el Tehran Times y el Tripoli Post, habiendo obtenido reconocimiento y premios en Estados Unidos y el Reino Unido. Tras diez años trabajando para importantes cabeceras de Fleet Street, amplió su campo de trabajo a los medios electrónicos y de radiodifusión, produciendo varios documentales sobre asuntos palestinos y otros temas internacionales, desde Guantánamo hasta Libia y la Primavera Árabe.

En el escenario mundial, Estados Unidos de América es el único país que cumple los criterios para ser considerado una superpotencia, aunque se discute académicamente que China, la Unión Europea, India y Rusia tienen potencial para alcanzar tal estatus. Como superpotencia mundial, el resto del mundo mira a Estados Unidos en busca de orientación y liderazgo en cuestiones espinosas como la paz y la justicia que nos afectan a todos, especialmente cuando se trata de asuntos relacionados con Oriente Próximo.

El mundo y, de hecho, la propia región, necesitan desesperadamente una influencia tranquilizadora. Sin embargo, debemos buscarla en otra parte, porque Washington no muestra absolutamente ningún signo de poner freno al Estado canalla de Israel, que actualmente está siendo investigado por genocidio, al mismo tiempo que se han solicitado órdenes de detención contra el primer ministro Benjamin Netanyahu y su ministro de Defensa Yoav Gallant.

Aunque Estados Unidos juega en su propia liga militar, no está ni cerca de la cima en lo que se refiere a sus políticos; el reto de encontrar políticos estadounidenses influyentes de gran intelecto e integridad es formidable. A la cabeza se encuentra el octogenario presidente Joe Biden, envuelto en rumores sobre su salud, siendo la demencia una de las principales preocupaciones de algunos observadores. Como ilustra este vídeo, ha habido muchas meteduras de pata presidenciales en el último año.

Está claro que Biden no está a la altura del cargo, pero nadie, ni siquiera sus mejores amigos en Europa, se atreve a decirle esta incómoda realidad.

Sin embargo, no es sólo el comportamiento de un confuso presidente estadounidense lo que está causando preocupación e inestabilidad mundial, sino todos los hombres del presidente que le respaldan en su incuestionable apoyo al Estado de apartheid. Se trata de una cuestión bipartidista. Tomemos como ejemplo al senador republicano Lindsey Graham, quien afirmó que el uso por parte de Estados Unidos de bombas nucleares contra las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la Segunda Guerra Mundial fue la «decisión correcta». Quiere que Israel reciba las bombas «que necesita» para poner fin a la guerra.

Que un político de la corriente dominante pida a Israel que bombardee Gaza es una perspectiva aterradora, pero Graham es vuestro hombre para el trabajo. «Haz lo que tengas que hacer para sobrevivir como Estado judío», dijo a Israel el republicano de Carolina del Sur. «Hagan lo que tengan que hacer».

El presidente de EE. UU. promete detener el suministro de armas a Israel si Tel Aviv invade Rafah – Viñeta [Sabaaneh/MiddleEastMonitor].

Sus desquiciados comentarios no fueron la primera vez que tal locura se ha expresado en los EE. UU. Tales disquisiciones se hicieron eco de las de otro republicano, el congresista de Illinois Tim Walberg, quien sugirió en marzo que la guerra en Gaza «debería ser como Nagasaki e Hiroshima. Y acabar rápido». En otras palabras, desatar las armas nucleares contra los civiles palestinos.

El pasado noviembre, el ministro israelí de Patrimonio, Amichai Eliyahu, insinuó que Israel podría plantearse hacer precisamente eso, antes de que su propio gobierno lo suspendiera indefinidamente. Fue el primer -y último- acto de moderación del gobierno de extrema derecha de Netanyahu desde el 7 de octubre. Graham y Walberg, sin embargo, siguen sin ser censurados por sus incendiarios comentarios.

Algunos observadores impacientes creen que Estados Unidos está en declive como superpotencia, pero probablemente se lleven una decepción, según el respetado académico Michael Beckley, profesor asociado de Ciencias Políticas en Tufts. Beckley cree que la era de Estados Unidos como única superpotencia mundial, y por tanto su dominio del orden global, continuará durante las próximas décadas.

Mientras los pesos pesados del mundo académico debaten sobre la situación de EE. UU., nadie habla de Israel. El minúsculo Estado sionista, que podría ser engullido fácilmente por casi cualquiera de los 50 Estados norteamericanos, no hace ni puñetero caso a Washington, su principal aliado y fuente de ayuda diplomática, económica y militar. A Israel le importa un bledo que el poder hegemónico estadounidense esté en declive, siempre y cuando mantenga el flujo de armas y municiones, sin las cuales es incapaz de luchar contra cualquier adversario.

El presupuesto de defensa estadounidense ha aumentado hasta los 770.000 millones de dólares para mantener la Guerra Fría, según otro artículo de Beckley – «Los enemigos de mi enemigo»- en el que defiende que tener y compartir un enemigo fácilmente identificable es la clave para un gobierno mundial eficaz. Afirma sin rodeos que el orden liberal de las cosas no tiene nada que ver con las buenas intenciones ni siquiera con ser una fuerza del bien. Por el contrario, afirma, se nutre de una fuerte dosis de miedo irracional que puede propagarse entre amigos.

En resumen: la única superpotencia del siglo XXI se rige por la paranoia y el miedo, mientras que la mayor amenaza para la paz mundial apenas aparece en el mapa.

En los últimos días, semanas y meses hemos visto cómo Israel rechazaba e ignoraba por completo las instrucciones y las líneas rojas establecidas por la Casa Blanca. La orden más reciente fue que Rafah no debía ser invadida. Haciendo caso omiso de la exasperación de Biden, Israel incluso ha seguido matando a pesar de las órdenes de detención sin precedentes de la Corte Penal Internacional (CPI), y a pesar de que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) le ha ordenado que ponga fin a su ofensiva contra Rafah.

Sin embargo, mientras el mundo miraba a Biden y a Washington en busca de liderazgo, todo lo que obtuvimos fue una rabieta presidencial. Biden calificó las órdenes de detención de la CPI de «escandalosas» y el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, afirmó que Washington las «rechaza fundamentalmente». Hasta se han planteado sanciones contra funcionarios del tribunal.

Si la superpotencia del momento se niega a aplicar el derecho internacional, ¿qué esperanza queda para un orden internacional basado en normas? ¿Qué conseguirá Estados Unidos amenazando con desmantelar el aparato jurídico que sustenta dicho orden? Cuando 335 millones de ciudadanos estadounidenses son incapaces de colocar en la Casa Blanca a alguien mejor que Biden o su predecesor Donald Trump, ¿esperan realmente que el mundo acuda a Estados Unidos en busca de justicia?

Tanto Biden como Netanyahu niegan totalmente adónde puede conducir todo esto sin un alto el fuego inmediato y serios esfuerzos de pacificación. A los líderes inteligentes y responsables y a sus asesores siempre les apasionan los hechos, no la fantasía, así que eso debería descartar a estos dos peligrosos payasos, pero no ha sido así.

A pesar de la inminente acción legal, Tel Aviv no ha dado muestras de moderación. Si acaso, el comportamiento beligerante del Estado canalla ha aumentado con una muestra de crueldad sin igual contra los palestinos de Gaza. El sector sanitario del enclave recibió un nuevo golpe recientemente, cuando otros dos hospitales del norte -Al-Adwan y Al-Aqsa- fueron blanco de los soldados israelíes, y se ordenó al personal médico y a 1.300 pacientes que se marcharan (¿a dónde?).

El domingo por la noche, el mundo se estremeció de horror tras el lanzamiento de bombas rompebúnkeres de 1.000 kilos sobre tiendas de campaña en una zona declarada por Israel zona humanitaria segura para decenas de miles de palestinos desplazados. Al estallar las enormes bombas, bebés y niños quedaron desmembrados y decapitados, y sus madres quemadas vivas y convertidas en antorchas humanas.

Este horror fue captado por teléfonos inteligentes y retransmitido a un mundo conmocionado en las redes sociales. Justo cuando los observadores recuperan el aliento por los crímenes de guerra israelíes, el Estado sionista se inventa otra forma de llevar la muerte y la destrucción a los palestinos para la perversa gratificación de los sionistas enfermos de todo el mundo.

¿Qué hizo Netanyahu ante esta última masacre? Expresó su pesar y prometió una investigación, como si alguien acabara de derramar una taza de té en el suelo de su despacho. Todos sabemos que las investigaciones israelíes son blanqueos sin sentido, y cualquier sinceridad que pudiera haber mostrado quedó anulada inmediatamente por su promesa de seguir bombardeando Rafah.

Israel ha utilizado armas fabricadas y suministradas por Estados Unidos para masacrar a 38.000 palestinos inocentes en Gaza, de los cuales 14.000 eran niños y 9.500 mujeres. Se calcula que hay 12.000 niños enterrados bajo los escombros de sus casas y 80.000 heridos. El apetito de Israel por matar árabes y musulmanes parece insaciable.

El genocidio se está convirtiendo en un holocausto y el mundo parece impotente para detenerlo. El pueblo alemán sigue abrumado por la culpa por lo que hizo la generación de sus abuelos durante la Segunda Guerra Mundial, mirando hacia otro lado durante el Holocausto nazi en el que fueron asesinados seis millones de judíos. Pero nadie puede mirar hacia otro lado hoy en día, porque las horribles imágenes y los relatos de testigos de los crímenes de guerra están por todas partes, incluso mientras los llevan a cabo los descendientes de los supervivientes de aquel asesinato masivo en Europa. El genocidio israelí de los palestinos está siendo retransmitido en tiempo real. Nadie podrá alegar: «Yo no lo sabía».

¿Y qué diremos cuando nuestros nietos nos pregunten qué hicimos para detener el asesinato masivo en Gaza? Podemos alzar la voz; podemos boicotear; podemos presionar para que se impongan sanciones, pero el verdadero poder para poner fin a la matanza reside en Estados Unidos. La responsabilidad recaerá en Washington porque, nos guste o no, es la superpotencia. No habrá escondite para los senadores que han sido comprados y pagados por el lobby proisraelí; ni para los funcionarios que han cumplido las órdenes asesinas de sus líderes; ni para las fuerzas armadas que obedecen sin rechistar a su comandante en jefe. Esa persona, por supuesto, es el presidente de los Estados Unidos de América, y tanto si se trata de Joe Biden, Donald Trump o cualquiera de sus predecesores, cada uno de ellos está en deuda con ese malvado, miserable y canalla Estado que ocupa Oriente Medio. El «sólo obedecíamos órdenes» no sirvió de nada cuando los nazis fueron juzgados en Nuremberg, y no sirve hoy para sus herederos políticos que gobiernan en Israel.

Foto de portada: Cientos de manifestantes, portando banderas y pancartas palestinas, se reúnen para celebrar una manifestación pro-Palestina y condenar los ataques israelíes contra Gaza en el Grand Circus Park de Detroit, Michigan, Estados Unidos, el 27 de mayo de 2024 [Adam J. Dewey/Anadolu Agency].

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