Jeffrey Sachs, Common Dreams, 19 junio 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jeffrey D. Sachs es profesor universitario y director del Centro para el Desarrollo Sostenible de la Universidad de Columbia, donde dirigió el Instituto de la Tierra desde 2002 hasta 2016. También es presidente de la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas y comisionado de la Comisión de Banda Ancha para el Desarrollo de las Naciones Unidas. Ha sido asesor de tres secretarios generales de las Naciones Unidas, y actualmente es defensor de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) bajo la dirección del secretario general Antonio Guterres. Sachs ha publicado recientemente «A New Foreign Policy: Beyond American Exceptionalism» (2020). Otros libros suyos son: «Building the New American Economy: Smart, Fair, and Sustainable» (2017) y «The Age of Sustainable Development» (2015) con Ban Ki-moon.
Por quinta vez desde 2008, Rusia ha propuesto negociar con EE. UU. sobre acuerdos de seguridad, esta vez en propuestas hechas por el presidente Vladimir Putin el 14 de junio de 2024. En las cuatro ocasiones anteriores, Estados Unidos rechazó la oferta de negociaciones en favor de una estrategia neoconservadora para debilitar o desmembrar a Rusia mediante la guerra y las operaciones encubiertas. Las tácticas neoconservadoras estadounidenses han fracasado estrepitosamente, devastando Ucrania en el proceso y poniendo en peligro al mundo entero. Después de tanto belicismo, es hora de que Biden inicie negociaciones de paz con Rusia.
Desde el final de la Guerra Fría, la gran estrategia de Estados Unidos ha sido debilitar a Rusia. Ya en 1992, el entonces secretario de Defensa Richard Cheney opinó que tras la desaparición de la Unión Soviética en 1991, Rusia también debía quedar desmembrada. Zbigniew Brzezinski opinó en 1997 que Rusia debería dividirse en tres entidades ligeramente confederadas en la Europa rusa, Siberia y el Lejano Oriente. En 1999, la alianza de la OTAN liderada por Estados Unidos bombardeó durante 78 días a Serbia, aliada de Rusia, para separarla e instalar una enorme base militar de la OTAN en el Kosovo secesionista. Los dirigentes del complejo militar-industrial estadounidense apoyaron ruidosamente la guerra de Chechenia contra Rusia a principios de la década de 2000.
Para asegurar estos avances estadounidenses contra Rusia, Washington impulsó agresivamente la ampliación de la OTAN, a pesar de las promesas hechas a Mijaíl Gorbachov y Boris Yeltsin de que la OTAN no se movería ni un centímetro hacia el este de Alemania. De modo más tendencioso aún, Estados Unidos impulsó la ampliación de la OTAN a Ucrania y Georgia, con la idea de rodear la flota naval rusa de Sebastopol (Crimea) con Estados de la OTAN: Ucrania, Rumanía (miembro de la OTAN en 2004), Bulgaria (miembro de la OTAN en 2004), Turquía (miembro de la OTAN en 1952) y Georgia, una idea sacada directamente del libro de jugadas del Imperio británico en la Guerra de Crimea (1853-56).
Brzezinski expuso una cronología de la ampliación de la OTAN en 1997 que incluía la adhesión de Ucrania a la OTAN entre 2005 y 2010. En realidad, Estados Unidos propuso la adhesión de Ucrania y Georgia a la OTAN en la Cumbre de Bucarest de 2008. Para 2020, la OTAN se había ampliado de hecho a 14 países de Europa Central, Europa del Este y la antigua Unión Soviética (República Checa, Hungría y Polonia en 1999; Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumanía, Eslovaquia y Eslovenia en 2004; Albania y Croacia, 2009; Montenegro, 2017; y Macedonia del Norte, 2020), al tiempo que prometía la futura adhesión de Ucrania y Georgia.
En resumen, el proyecto de Estados Unidos para 30 años, ideado originalmente por Cheney y los neoconservadores, y continuado desde entonces, ha consistido en debilitar o incluso desmembrar a Rusia, rodearla de fuerzas de la OTAN y presentar a Rusia como la potencia beligerante.
Con este sombrío telón de fondo, los dirigentes rusos han propuesto repetidamente negociar acuerdos de seguridad con Europa y Estados Unidos que proporcionen seguridad a todos los países implicados, no sólo al bloque de la OTAN. Guiado por el plan de juego neoconservador, Estados Unidos se ha negado a negociar en todas las ocasiones, mientras intentaba culpar a Rusia de la falta de negociaciones.
En junio de 2008, cuando Estados Unidos se disponía a ampliar la OTAN a Ucrania y Georgia, el presidente ruso, Dmitri Medvédev, propuso un Tratado de Seguridad Europea en el que se abogaba por la seguridad colectiva y el fin del unilateralismo de la OTAN. Baste decir que Estados Unidos no mostró ningún interés por las propuestas rusas y siguió adelante con sus planes de ampliación de la OTAN.
La segunda propuesta rusa de negociación vino de Putin tras el violento derrocamiento del presidente ucraniano Víktor Yanukóvich en febrero de 2014, con la complicidad activa, si no el liderazgo absoluto, del gobierno estadounidense. Me tocó ver de cerca la complicidad estadounidense, ya que el gobierno posterior al golpe me invitó a mantener conversaciones económicas urgentes. Cuando llegué a Kiev, me llevaron a la Maidan, donde me hablaron directamente de la financiación estadounidense de la protesta de la Maidan.
Las pruebas de la complicidad de Estados Unidos en el golpe son abrumadoras. La subsecretaria de Estado Victoria Nuland fue sorprendida en una línea telefónica en enero de 2014 tramando el cambio de gobierno en Ucrania. Mientras tanto, senadores estadounidenses fueron personalmente a Kiev para agitar las protestas (algo parecido a que los líderes políticos chinos o rusos hubieran acudido a Washington DC el 6 de enero de 2021 para alborotar a las multitudes). El 21 de febrero de 2014, los europeos, Estados Unidos y Rusia negociaron un acuerdo con Yanukóvich en el que éste aceptaba la celebración de elecciones anticipadas. Sin embargo, los golpistas incumplieron el acuerdo ese mismo día, tomaron edificios gubernamentales, amenazaron con más violencia y depusieron a Yanukóvich al día siguiente. Estados Unidos apoyó el golpe y reconoció inmediatamente al nuevo gobierno.
En mi opinión, se trató de una operación encubierta estándar de cambio de régimen dirigida por la CIA, de las que ha habido varias docenas en todo el mundo, incluidos sesenta y cuatro episodios entre 1947 y 1989 meticulosamente documentados por el profesor Lindsey O’Rourke. Por supuesto, las operaciones encubiertas de cambio de régimen no están realmente ocultas a la vista, pero el gobierno de Estados Unidos niega a gritos su papel, mantiene todos los documentos en la más estricta confidencialidad y le hace luz de gas sistemáticamente al mundo: «¡No creas lo que ves claramente con tus propios ojos! Estados Unidos no tiene nada que ver con esto». Sin embargo, los detalles de las operaciones acaban saliendo a la luz a través de testigos presenciales, denunciantes, la publicación forzosa de documentos en virtud de la Ley de Libertad de Información, la desclasificación de documentos después de años o décadas, y memorias, pero todo ello demasiado tarde para una verdadera rendición de cuentas.
En cualquier caso, el violento golpe indujo a la región étnico-rusa de Donbás, en el este de Ucrania, a separarse de los golpistas, muchos de los cuales eran nacionalistas rusófobos extremos, y algunos pertenecían a grupos violentos con un historial de vínculos con las SS nazis en el pasado. Casi de inmediato, los golpistas tomaron medidas para reprimir el uso de la lengua rusa incluso en el Donbás rusoparlante. En los meses y años siguientes, el gobierno de Kiev lanzó una campaña militar para retomar las regiones separatistas, desplegando unidades paramilitares neonazis y armas estadounidenses.
A lo largo de 2014, Putin hizo repetidos llamamientos a una paz negociada, lo que condujo al Acuerdo de Minsk II en febrero de 2015, basado en la autonomía del Donbás y el fin de la violencia por ambas partes. Rusia no reivindicó el Donbás como territorio ruso, sino que abogó por la autonomía y la protección de los rusos étnicos dentro de Ucrania. El Consejo de Seguridad de la ONU respaldó el acuerdo de Minsk II, pero los neoconservadores estadounidenses lo subvirtieron en privado. Años más tarde, la canciller Angela Merkel soltó la verdad. Occidente no trató el acuerdo como un tratado solemne, sino como una táctica dilatoria para «dar tiempo» a Ucrania a reforzar su fuerza militar. Mientras tanto, unas 14.000 personas murieron en los combates en el Donbás entre 2014 y 2021.
Tras el fracaso definitivo del acuerdo de Minsk II, Putin volvió a proponer negociaciones con Estados Unidos en diciembre de 2021. Para entonces, los problemas iban incluso más allá de la ampliación de la OTAN e incluían cuestiones fundamentales sobre armamento nuclear. Paso a paso, los neoconservadores estadounidenses habían abandonado el control de armamento nuclear con Rusia, con Estados Unidos abandonando unilateralmente el Tratado sobre Misiles Antibalísticos (ABM) en 2002, colocando misiles Aegis en Polonia y Rumanía a partir de 2010, y saliendo del Tratado sobre Fuerzas Nucleares Intermedias (INF) en 2019.
En vista de estas graves preocupaciones, Putin puso sobre la mesa el 15 de diciembre de 2021 un proyecto de «Tratado entre los Estados Unidos de América y la Federación Rusa sobre Garantías de Seguridad«. La cuestión más inmediata sobre la mesa (artículo 4 del borrador del tratado) era el fin del intento estadounidense de ampliar la OTAN a Ucrania. Llamé al asesor de Seguridad Nacional de EE. UU., Jake Sullivan, a finales de 2021 para intentar convencer a la Casa Blanca de Biden de que entrara en las negociaciones. Mi principal consejo fue evitar una guerra en Ucrania aceptando la neutralidad de Ucrania, en lugar de la adhesión a la OTAN, que era una línea roja brillante para Rusia.
La Casa Blanca rechazó rotundamente el consejo, alegando de forma sorprendente (y obtusa) que la ampliación de la OTAN a Ucrania ¡no era asunto de Rusia! Sin embargo, ¿qué diría Estados Unidos si algún país del hemisferio occidental decidiera albergar bases chinas o rusas? ¿Dirían la Casa Blanca, el Departamento de Estado o el Congreso: «Eso está bien, es un asunto que sólo concierne a Rusia o China y al país anfitrión»? No. El mundo estuvo a punto de llegar al Armagedón nuclear en 1962, cuando la Unión Soviética colocó misiles nucleares en Cuba y Estados Unidos impuso una cuarentena naval y amenazó con la guerra a menos que los rusos retiraran los misiles. La alianza militar estadounidense no tiene cabida en Ucrania, como tampoco la tienen los militares rusos o chinos cerca de la frontera estadounidense.
La cuarta oferta de Putin para negociar llegó en marzo de 2022, cuando Rusia y Ucrania estuvieron a punto de cerrar un acuerdo de paz pocas semanas después del inicio de la operación militar especial de Rusia que comenzó el 24 de febrero de 2022. Rusia, una vez más, buscaba una gran cosa: la neutralidad de Ucrania, es decir, que no formara parte de la OTAN y que no albergara misiles estadounidenses en la frontera rusa.
El presidente de Ucrania, Vladimir Zelensky, aceptó rápidamente la neutralidad de Ucrania, y Ucrania y Rusia intercambiaron papeles, con la hábil mediación del Ministerio de Asuntos Exteriores de Turquía. De repente, a finales de marzo, Ucrania abandonó las negociaciones.
El primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, siguiendo la tradición del belicismo antirruso británico que se remonta a la Guerra de Crimea (1853-6), voló a Kiev para advertir a Zelensky contra la neutralidad y la importancia de que Ucrania derrotara a Rusia en el campo de batalla. Desde esa fecha, Ucrania ha perdido cerca de 500.000 muertos y está contra las cuerdas en el campo de batalla.
Ahora tenemos la quinta oferta rusa de negociaciones, explicada de forma clara y contundente por el propio Putin en su discurso a los diplomáticos en el Ministerio de Asuntos Exteriores ruso el 14 de junio. Putin expuso las condiciones propuestas por Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania.
«Ucrania debe adoptar un estatus neutral y no alineado, estar libre de armas nucleares y someterse a un proceso de desmilitarización y desnazificación», dijo Putin. «Estos parámetros fueron ampliamente acordados durante las negociaciones de Estambul en 2022, incluyendo detalles específicos sobre la desmilitarización, como el número acordado de tanques y otros equipos militares. Llegamos a un consenso sobre todos los puntos.
«Ciertamente, los derechos, libertades e intereses de los ciudadanos de habla rusa en Ucrania deben ser plenamente protegidos», continuó. «Deben reconocerse las nuevas realidades territoriales, incluido el estatus de Crimea, Sebastopol, las repúblicas populares de Donetsk y Lugansk y las regiones de Jerson y Zaporiyia como partes de la Federación Rusa. Estos principios fundacionales deben formalizarse en el futuro mediante acuerdos internacionales fundamentales. Naturalmente, esto implica también la eliminación de todas las sanciones occidentales contra Rusia».
Permítanme decir unas palabras acerca de la negociación.
A las propuestas de Rusia hay que responder ahora en la mesa de negociaciones con propuestas de Estados Unidos y Ucrania. La Casa Blanca se equivoca rotundamente al eludir las negociaciones sólo porque no está de acuerdo con las propuestas de Rusia. Debería presentar sus propias propuestas y ponerse a negociar el fin de la guerra.
Hay tres cuestiones fundamentales para Rusia: La neutralidad de Ucrania (no ampliación de la OTAN), la permanencia de Crimea en manos rusas y los cambios de fronteras en el este y el sur de Ucrania. Los dos primeros son casi con toda seguridad innegociables. El fin de la ampliación de la OTAN es el casus belli fundamental. Crimea también es esencial para Rusia, ya que desde 1783 alberga la flota rusa del Mar Negro y es fundamental para la seguridad nacional de Rusia.
La tercera cuestión central, las fronteras del este y el sur de Ucrania, será un punto clave de las negociaciones. Estados Unidos no puede pretender que las fronteras son sacrosantas después de que la OTAN bombardeara Serbia en 1999 para que renunciara a Kosovo, y después de que Estados Unidos presionara a Sudán para que renunciara a Sudán del Sur. Sí, las fronteras de Ucrania se volverán a trazar como resultado de los 10 años de guerra, la situación en el campo de batalla, las decisiones de las poblaciones locales y las concesiones hechas en la mesa de negociaciones.
Biden debe aceptar que las negociaciones no son un signo de debilidad. Como dijo Kennedy: «Nunca negocies por miedo, pero nunca temas negociar». Ronald Reagan describió célebremente su propia estrategia negociadora utilizando un proverbio ruso: «Confía, pero verifica».
El planteamiento neoconservador respecto a Rusia, delirante y arrogante desde el principio, está en ruinas. La OTAN nunca se ampliará a Ucrania y Georgia. Rusia no será derrocada por una operación encubierta de la CIA. Ucrania está siendo terriblemente ensangrentada en el campo de batalla, perdiendo a menudo 1.000 o más muertos y heridos en un solo día. El fallido plan de juego neoconservador nos acerca al Armagedón nuclear.
Sin embargo, Biden sigue negándose a negociar. Tras el discurso de Putin, Estados Unidos, la OTAN y Ucrania volvieron a rechazar firmemente las negociaciones. Biden y su equipo aún no han renunciado a la fantasía neoconservadora de derrotar a Rusia y ampliar la OTAN a Ucrania.
Zelensky y Biden y otros líderes de países de la OTAN le han mentido al pueblo ucraniano una y otra vez diciendoles, de forma falsa y repetitiva, que Ucrania prevalecería en el campo de batalla y que no había opciones de negociar. Ucrania está ahora bajo la ley marcial. El pueblo no puede opinar sobre su propia matanza.
Por el bien de la propia supervivencia de Ucrania, y para evitar una guerra nuclear, el presidente de Estados Unidos tiene hoy una responsabilidad primordial: Negociar.
Foto de portada: Soldado ucraniano en primera línea en la ciudad fronteriza ucraniana de Vovchansk (Ucrania), en medio de intensos bombardeos diarios de artillería pesada, el 20 de mayo de 2024. (Foto de Kostiantyn Liberov/Libkos/Getty Images)
Un comentario sobre “¿Por qué Estados Unidos no ayuda a negociar un final pacífico de la guerra en Ucrania? Por el amor de Dios, ¡pónganse negociar!”