¿Dónde estás, mi amada Gaza?

Malak Hijazi, The Electronic Intifada, 21 junio 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Malak Hijazi es escritora y está licenciada en Literatura Comparada.

Crecer en medio de guerras aboca a una agitación y miedo constantes.

Cuando Israel atacó Gaza en diciembre de 2008, yo tenía 8 años y me refugiaba de las bombas escondiéndome en el armario y debajo de la cama.

Eso me inculcó una profunda claustrofobia.

Cuando Israel emprendió otra guerra contra Gaza en julio y agosto de 2014, yo tenía 15 años. Mi trauma se manifestó en un trastorno alimentario.

La actual guerra genocida en Gaza supera todos los horrores anteriores. La devastación es inimaginable.

La mayoría de los lugares que frecuentaba han desaparecido o han sido readaptados. Desde la casa de mi infancia reducida a escombros hasta la guardería, la escuela y la universidad arrasadas por las fuerzas israelíes, la destrucción es generalizada.

Todos los lugares donde pasaba tiempo con amigos han sido bombardeados, incluidos nuestro balneario, librería y restaurante favoritos.

La casa de mis abuelos está parcialmente destruida. Incluso la foto de la boda de mis abuelos, que llevaba colgada en la pared más de 50 años, presenta agujeros de bala.

Todas las fotos de la pared fueron tiroteadas. Era como si un soldado israelí se hubiera imaginado en un videojuego.

La pérdida es aún mayor cuando pienso en cómo esos lugares dieron forma a lo que soy. Me proporcionaron un telón de fondo para mi infancia y un sentido de pertenencia.

Ahora que están destruidos, siento como si una parte de mi identidad se hubiera borrado, dejando atrás sólo los ecos intangibles de lo que una vez fui.

El paisaje de mi infancia, antaño lleno de vida, es ahora una serie de recuerdos fragmentados de lugares que ya no existen.

Cuando Israel ordenó la evacuación masiva del norte de Gaza durante el mes de octubre, muchas personas que vivían en el campo de refugiados de Yabalia y sus alrededores se negaron a marcharse. La zona, por tanto, siguió densamente poblada.

Al igual que otras partes de la Franja de Gaza, el campo de Yabalia sufrió intensos bombardeos israelíes.

El 31 de octubre, una masacre en el campo causó un gran número de muertes de civiles.

Al lanzar al menos seis bombas desde el aire, los militares israelíes causaron una gran destrucción.

Un enorme cráter quedó en el corazón del campo.

El impacto de este crimen fue profundamente personal para mí.

Muchos de los habitantes de Yabalia son originarios de Deir Suneid, el pueblo de mi familia en la Palestina histórica. Deir Suneid fue objeto de una limpieza étnica por parte del ejército israelí en noviembre de 1948.

Más de 100 personas originarias de Deir Suneid han muerto durante el actual genocidio de Gaza. Aproximadamente la mitad de ellas eran parientes míos.

Eran personas que había conocido en diversas reuniones familiares.

Fuerza y unidad

A pesar de la devastación, persistieron los signos de resistencia.

Sorprendentemente, el mercado de Yabalia siguió funcionando, y los propietarios de las tiendas perseveraron en la venta de productos en medio de la guerra.

Los habitantes de Yabalia también se ocuparon de sus tierras, rescatando las cosechas que quedaban, como malvas y limones.

En una época de hambruna y destrucción, su ingenio no tenía límites.

Hacían kaak -galletas- con harina de pienso. Sorprendentemente, el kaak sabía delicioso.

Hacían patatas fritas con harina de maíz.

En un momento en que las verduras escaseaban en el mercado, disfruté del falafel más increíble.

Debido a la escasez de combustible, los equipos de defensa civil tenían dificultades para funcionar con eficacia.

En consecuencia, cuando las casas eran bombardeadas, los residentes del campo se unían para buscar a los desaparecidos bajo los escombros, utilizando herramientas básicas y sus propias manos.

Muchas personas compartieron sus paneles solares con sus vecinos.

Se enviaban comida unos a otros en los días más oscuros de la hambruna.

Se ayudaban mutuamente a transportar contenedores de agua.

Levantaron tiendas sobre los escombros de sus casas destruidas y se las arreglaron con lo que tenían. Yabalia seguía siendo una ciudad bulliciosa, testimonio de la fuerza y la unidad de sus gentes.

La gente se maravillaba de cómo, a pesar de toda la destrucción, el mercado seguía abarrotado.

«Que Dios bendiga Yabalia», decía mi madre.

«Sólo Dios sabe lo que los israelíes planean hacer la próxima vez. Los israelíes odian los lugares llenos de vida porque les demuestran que es posible recuperarse».

Durante la actual guerra, la gente ya no se ha vuelto optimista cuando la vida ha vuelto a una zona concreta. Saben que es probable que los israelíes vuelvan a invadirla.

Eso ha quedado patente en la ciudad de Gaza.

Tras retirarse de los barrios de al-Rimal y al-Zaytun, los israelíes volvieron a invadirlos. Hicieron lo mismo con al-Shifa, el mayor hospital de Gaza.

Y lo mismo con Yabalia. Meses después de retirarse de Yabalia el año pasado, el ejército israelí volvió a invadirla el mes pasado.

El objetivo declarado de las invasiones israelíes es derrotar a Hamás. Por supuesto que eso no es cierto.

La verdadera razón es que la población de Yabalia había empezado a recuperarse. Y los israelíes no quieren que eso ocurra.

Por «recuperarse» me refiero a que la gente intentó reconstruir o limpiar lo que los israelíes habían destruido.

A pesar de la destrucción, algunos lugares empezaron a prosperar. Algunas personas empezaron a sentir cierta estabilidad.

Dando vueltas en círculos

Siempre que se inicia esa recuperación, el ejército israelí regresa, destruye y vuelve a matar, haciendo la vida imposible.

Parecía como si estuviéramos dando vueltas en círculos. Las personas que se sintieron aliviadas de que sus casas resultaran dañadas en lugar de destruidas durante la primera invasión se enfrentaron a la horrible perspectiva de que sus hogares no resistirían una segunda o tercera invasión.

Israel quiere que todos nos quedemos sin hogar.

Yabalia ya había sido devastada el año pasado. Entonces, ¿qué sentido tenía infligirle más destrucción en mayo de 2024?

La respuesta era borrar los puntos de referencia y otras características de Yabalia para que sus residentes ya no pudieran reconocerlos.

Mi padre recibió numerosas llamadas de familiares que expresaban su confusión sobre el paradero de sus hogares. El término «destrucción» no capta lo que Israel ha hecho.

Mi padre se dirigió hacia el norte de Gaza, pero al final decidió no visitar Yabalia. No podía ser testigo de cómo el entorno de su infancia se había transformado en montones de escombros.

Incluso evitó ver fotos en las redes sociales para ahorrarse la angustia.

Ni un solo lugar de Yabalia quedó indemne durante la invasión israelí de mayo. Da la sensación de que los soldados israelíes compiten para ver quién puede causar más daño.

Cualquier posibilidad de recuperación ha quedado arrasada. Enormes cantidades de casas fueron demolidas.

El otrora vibrante mercado es ahora una ciudad fantasma. Sus tiendas han sido arrasadas.

El campamento de Yabalia solía ser el lugar más animado del norte de Gaza. Ahora -a todos los efectos- ya no existe.

La infraestructura de la que dependía el campamento también ha sido devastada. Eso incluye los generadores de los dos hospitales locales.

Los mapas de la memoria

He pasado la mayor parte de mi vida en Yabalia. La conocía íntimamente.

Recuerdo la esquina de la casa de mi infancia que pinté traviesamente con acuarelas, y las regañinas de mi madre por ello.

Recuerdo dónde intentaba esconder los informes escolares con malas notas, con la esperanza de que mi madre no se diera cuenta.

Recuerdo cómo comía fresas en el balcón cuando tenía 7 años, mientras charlaba con la niña de la casa de al lado.

Recuerdo ir con mi madre al mercado del campo de Yabalia.

Recuerdo pedir un helado en la tienda de Abu Zaytun, mientras mi madre llevaba bolsas llenas de cosas que había comprado.

La máquina de helados parecía mágica. Podía dar forma a torres perfectas de vainilla y chocolate.

Recuerdo el zumbido de la máquina.

Me rompe el corazón saber que ahora ha sido destruida.

Recuerdo la tienda en la que comprábamos ropa nueva para el Eid y aquella en la que me sentaba a la entrada a suplicar a mi madre que me dejara montar en un caballito de juguete. Ahora están reducidas a ruinas.

El camino a casa de mi amiga de la infancia sigue grabado en mi mente, aunque fue demolida por las fuerzas de ocupación. Ella y su familia fueron asesinadas el año pasado.

Las carreteras que antes se llenaban con los sonidos de los estudiantes saliendo de sus escuelas están ahora en un estado terrible.

Las escuelas se habían convertido en refugios durante la guerra. La mayoría están destruidas o muy dañadas.

Tengo muchos recuerdos grabados en la mente. Pero los espacios físicos asociados a esos recuerdos han desaparecido.

Me pregunto cuál es la importancia de todos estos recuerdos si no queda ninguna prueba física que los ancle. ¿Qué debo hacer con los mapas mentales que quedan de estos lugares?

Cuando decimos «este es mi lugar», no nos referimos sólo a un lugar físico. Nos referimos a algo más grande dentro de un marco social cohesionado.

Las alteraciones de nuestro sentido del lugar pueden tener implicaciones de gran alcance para nuestra identidad personal y nuestro bienestar.

Un hogar es algo más que un refugio: simboliza seguridad, dignidad y orgullo. Es el lugar donde las familias viven, sueñan, celebran y lloran.

Además, sienta las bases para el crecimiento, el desarrollo y la educación de los niños y para la seguridad de padres y abuelos.

La destrucción sistemática de hogares en la guerra moderna tiene profundas consecuencias humanas.

El geógrafo J. Douglas Porteous acuñó el término «domicidio» en 1998. Se define como la «destrucción planificada y deliberada del hogar de alguien, para causar sufrimiento al morador».

El domicidio es una violencia que no sólo provoca el desplazamiento físico, sino también la erosión de la dignidad, la memoria y la identidad.

El domicidio trastorna la vida cotidiana, transformando lugares antes familiares en paisajes extraños.

Algunas partes de Gaza me resultan ahora desconocidas, como si ya no me reconocieran.

A pesar de mi desorientación, sigo adelante. Me aferro a los mapas mentales de los lugares que una vez conocí.

Confieso que no estoy segura de la relevancia de estos mapas mentales en esta nueva realidad. Pero estoy decidida a abrirme camino en medio de la destrucción.

Me aferro a los recuerdos de los hitos borrados, anhelando su eventual regreso.

Amada Gaza, ¿adónde has ido?

Foto de portada: A causa de la destrucción israelí, muchos lugares del campo de refugiados de Yabalia no pueden reconocerse ya.  (Jaled Daud/APA images)

Voces del Mundo

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