El viejo mal

Chris Hedges, The Chris Hedges Report, 12 julio 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Chris Hedges es un escritor y periodista ganador del Premio Pulitzer. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Ramala, Palestina ocupada: Vuelve rápidamente, el hedor de las aguas residuales, el gemido del diésel, los vehículos blindados israelíes con aspecto de perezosos, las furgonetas llenas de grupos de niños, conducidos por colonos con cara de tiza; ciertamente que no son de aquí, probablemente de Brooklyn o de algún lugar de Rusia o tal vez de Gran Bretaña. Poco ha cambiado. Los puestos de control, con sus banderas israelíes azules y blancas, salpican las carreteras y los cruces. Los techos de tejas rojas de los asentamientos colonos –ilegales, en virtud del derecho internacional– dominan las laderas sobre las aldeas y ciudades palestinas. Han crecido en número y se han expandido en tamaño. Pero siguen protegidos por barreras contra explosiones, alambre de concertina y torres de vigilancia rodeadas por una obscenidad de céspedes y jardines. Los colonos tienen acceso a abundantes fuentes de agua en este paisaje árido que a los palestinos se les niega.

El sinuoso muro de hormigón de 8 metros de altura que recorre los 700 kilómetros de longitud de la Palestina ocupada, con sus grafitis que piden la liberación, murales con la mezquita de Al-Aqsa, rostros de mártires y la cara sonriente y barbuda de Yasser Arafat, cuyas concesiones a Israel en el acuerdo de Oslo lo convirtió, en palabras de Edward Said, en “el Pétain de los palestinos”, le ha dado a Cisjordania la sensación de una prisión al aire libre. El muro lacera el paisaje. Se retuerce y gira como una enorme serpiente antediluviana fosilizada que separa a los palestinos de sus familias, corta las aldeas palestinas por la mitad, separa a las comunidades de sus huertos, olivos y campos, se sumerge y se eleva en wadis, atrapando a los palestinos en la versión actualizada del Estado judío de un bantustán.

Han pasado más de dos décadas desde que informaba desde Cisjordania, pero el tiempo se desmorona. Los olores, sensaciones, emociones e imágenes, la cadencia melodiosa del árabe y el miasma de muerte repentina y violenta que acecha en el aire, evocan el viejo mal. Es como si nunca me hubiera ido.

Voy en un destartalado Mercedes negro conducido por un amigo de unos treinta años a quien no nombraré para protegerlo. Trabajó en la construcción en Israel, pero perdió su trabajo (como casi todos los palestinos empleados en Israel) el 7 de octubre. Tiene cuatro hijos. Lucha para sobrevivir. Sus ahorros han menguado en gran medida. Cada vez es más difícil comprar alimentos, pagar la electricidad, el agua y la gasolina. Se siente asediado. Está bajo asedio. No le sirve de mucho la colaboracionista Autoridad Palestina. No le gusta Hamás. Tiene amigos judíos. Habla hebreo. El asedio lo está aplastando a él y a todos los que lo rodean.

“Unos meses más así y estaremos acabados”, dice, fumando nerviosamente un cigarrillo. “La gente está desesperada. Cada vez hay más personas que pasan hambre”.

Conducimos por el camino sinuoso que bordea las laderas de arena estéril y matorrales que serpentean desde Jericó, elevándose desde el Mar Muerto, rico en sal, el lugar más bajo de la tierra, hasta Ramala. Me reuniré con mi amigo, el novelista Atef Abu Saif, que estuvo en Gaza el 7 de octubre con su hijo Yasser, de 15 años. Estaban visitando a una familia cuando Israel comenzó su campaña de tierra quemada. Pasó 85 días soportando y escribiendo diariamente sobre la pesadilla del genocidio. Su colección de inquietantes anotaciones en su diario se publicó en su libro «Don’t Look Left«. Escapó de la matanza a través de la frontera con Egipto en Rafah, viajó a Jordania y regresó a Ramala. Pero las cicatrices del genocidio persisten. Yasser rara vez sale de su habitación. No se relaciona con sus amigos. El miedo, el trauma y el odio son los principales bienes que los colonizadores imparten a los colonizados.

“Es como si siguiera en Gaza”, me dice Atef más tarde. “No he escapado. Yasser todavía oye los bombardeos. Todavía ve cadáveres. No come carne. La carne roja le recuerda la carne que recogió cuando se unió a los equipos de rescate durante la masacre en Yabalia,  la carne de sus primos. Duermo en un colchón en el suelo como lo hacía en Gaza, cuando vivíamos en una tienda de campaña. Pero me mantengo despierto. Pienso en aquellos que dejamos atrás esperando una muerte repentina”.

Damos un volantazo en una ladera. Los coches y camiones giran espasmódicamente a derecha e izquierda. Varios delante de nosotros dan marcha atrás. Delante hay un puesto de control israelí con gruesos bloques cuadrados de hormigón de color pardo. Los soldados detienen vehículos y revisan documentos. Los palestinos pueden tener que esperar horas para pasar. Pueden ser sacados de sus vehículos y detenidos. Todo es posible en un puesto de control israelí, a menudo erigido sin previo aviso. La mayor parte de lo que allí sobreviene no es bueno.

Retrocedemos. Bajamos por una carretera estrecha y polvorienta que se desvía de la carretera principal. Viajamos por caminos llenos de baches y desniveles a través de pueblos empobrecidos.

Así fue para los negros del segregado sur y para los indígenas norteamericanos. Así fue para los argelinos bajo el dominio francés. Fue así en la India, Irlanda y Kenia bajo el gobierno de los británicos. La máscara mortuoria –con demasiada frecuencia de extracción europea– del colonialismo no cambia. Tampoco lo hace la autoridad divina de los colonos que miran a los colonizados como alimañas, que se deleitan perversamente en su humillación y sufrimiento y que los matan impunemente.

El funcionario de aduanas israelí me hizo dos preguntas cuando crucé a la Palestina ocupada desde Jordania por el puente Rey Hussein.

“¿Tiene usted pasaporte palestino?”

“¿Alguno de sus padres es palestino?”

En resumen, ¿está usted contaminado?

Así es como funciona el apartheid.

Los palestinos quieren recuperar sus tierras. Entonces hablarán de paz. Los israelíes quieren la paz, pero exigen tierras palestinas. Y esa es, en tres breves frases, la naturaleza irresoluble de este conflicto.

Veo Jerusalén a lo lejos. O, mejor dicho, veo la colonia judía que bordea las colinas sobre Jerusalén. Las villas, construidas en arco en la cima de la colina, tienen ventanas intencionalmente estrechadas en rectángulos verticales para que sirvan como rendijas para armas.

Llegamos a las afueras de Ramala. Nos quedamos atrapados en el embotellamiento del tráfico frente a la extensa base militar israelí que supervisa el puesto de control de Qalandia, el principal puesto de control entre Jerusalén Este y Cisjordania. Es escenario de frecuentes manifestaciones contra la ocupación que pueden terminar con disparos.

Conocí a Atef. Caminamos hasta una tienda de kebab y nos sentamos en una pequeña mesa al aire libre. Las cicatrices de la última incursión del ejército israelí están a la vuelta de la esquina. Hace unos días, por la noche, los soldados israelíes incendiaron las tiendas que gestionan transferencias de dinero desde el extranjero. Son ruinas carbonizadas. Ahora será más difícil conseguir dinero del extranjero, y sospecho que ese era el objetivo.

Israel ha reforzado drásticamente su control sobre los más de 2,7 millones de palestinos en la ocupada Cisjordania, que están rodeados por más de 700.000 colonos judíos alojados en unos 150 desarrollos estratégicamente ubicados con sus propios centros comerciales, escuelas y centros médicos. Estos desarrollos coloniales, junto con carreteras especiales que sólo pueden ser utilizadas por los colonos y los militares, los puestos de control, las extensiones de tierra que están fuera del alcance de los palestinos, las zonas militares cerradas, las “reservas naturales” declaradas por Israel y los puestos militares de avanzada forman círculos concéntricos. Pueden cortar instantáneamente el flujo de tráfico para aislar a las ciudades y pueblos palestinos en una serie de guetos anillados.

«Desde el 7 de octubre es difícil viajar a cualquier lugar de Cisjordania», dice Atef. “Hay puestos de control en las entradas de cada ciudad, pueblo y aldea. Imagina que quieres ver a tu madre o a tu prometida. Quieres conducir desde Ramallah a Nablus.  Y puedes tardar siete horas porque las carreteras principales están bloqueadas. Te ves obligado a conducir por caminos secundarios en las montañas”.

El viaje debería durar 90 minutos.

Los soldados y colonos israelíes han matado a 528 civiles palestinos, incluidos 133 niños, y han herido a más de 5.350 personas en Cisjordania desde el 7 de octubre, según el responsable de los derechos humanos de la ONU. Israel también ha detenido a más de 9.700 palestinos (¿o debería decir rehenes?), incluidos cientos de niños y mujeres embarazadas. Muchos han sido gravemente torturados, incluidos médicos, torturados hasta la muerte en mazmorras israelíes y trabajadores humanitarios asesinados tras su liberación. El ministro de Seguridad Nacional de Israel, Itamar Ben-Gvir, ha pedido la ejecución de prisioneros palestinos para dejar espacio libre para más.

Ramala, sede de la Autoridad Palestina, se salvó en el pasado de lo peor de la violencia israelí. Desde el 7 de octubre, esto ha cambiado. Casi a diario se producen redadas y detenciones en la ciudad y sus alrededores, a veces acompañadas de disparos letales y bombardeos aéreos. Israel ha arrasado o confiscado más de 990 viviendas y hogares palestinos en Cisjordania desde el 7 de octubre, obligando en ocasiones a los propietarios a demoler sus propios edificios o pagar multas exorbitantes.

Colonos israelíes fuertemente armados han llevado a cabo incursiones asesinas en aldeas al este de Ramala, incluidos los ataques tras el asesinato de un colono de 14 años el 12 de abril cerca de la aldea de al-Mughayyir. Los colonos, en represalia, quemaron y destruyeron casas y vehículos palestinos en 11 aldeas, destrozaron carreteras, mataron a un palestino e hirieron a más de dos docenas más.

Israel ha ordenado la mayor confiscación de tierras en Cisjordania en más de tres décadas, apropiándose de vastas extensiones de tierra al noreste de Ramala. El ministro de Finanzas israelí de extrema derecha, Bezalel Smotrich, que vive en una colonia judía y está a cargo de la expansión colonial, ha prometido inundar Cisjordania con un millón de nuevos colonos.

Smotrich ha prometido destruir las distintas áreas de Cisjordania creadas por los acuerdos de Oslo. El Área A, que comprende el 18 por ciento de Cisjordania, está bajo control palestino exclusivo. El Área B, casi el 22 por ciento de Cisjordania, está bajo ocupación militar israelí, en connivencia con la Autoridad Palestina. El Área C, más del 60 por ciento de Cisjordania, está bajo ocupación israelí total.

«Israel se da cuenta de que el mundo se hace el ciego, que nadie lo obligará a poner fin al genocidio en Gaza y que nadie prestará atención a la guerra en Cisjordania», dice Atef. “Ni siquiera se utiliza la palabra guerra. Se describe como una operación militar israelí normal, como si lo que nos está pasando fuera normal. Ya no hay distinción entre el estatus de los territorios ocupados, clasificados como A, B y C. Los colonos están confiscando más tierras. Están perpetrando más ataques. No necesitan al ejército. Se han convertido en un ejército en la sombra, apoyado y armado por el gobierno de derechas de Israel. Hemos vivido en una guerra continua desde 1948. Esta es simplemente la fase más reciente”.

Yenin y su campo de refugiados vecino son atacados diariamente por unidades armadas israelíes, equipos de comandos encubiertos, francotiradores y buldóceres, que arrasan barrios enteros. Drones equipados con ametralladoras y misiles, así como aviones de combate y helicópteros de ataque Apache, sobrevuelan y destruyen viviendas. Médicos y paramédicos, como en Gaza, son asesinados. Usaid Kamal Yabarin, un cirujano de 50 años, fue asesinado el 21 de mayo por un francotirador israelí cuando llegaba a trabajar al Hospital Gubernamental de Jenin. El hambre es endémica.

«El ejército israelí lleva a cabo incursiones que matan a palestinos y luego se marcha», dice Atef. “Pero vuelve unos días después. No basta con que los israelíes roben nuestra tierra. Buscan matar a la mayor cantidad posible de habitantes originales. Por esta razón llevan a cabo constantes operaciones. Por eso hay constantes enfrentamientos armados. Pero estos enfrentamientos son provocados por Israel. Son el pretexto para atacarnos continuamente. Vivimos bajo presión constante. Nos enfrentamos a la muerte a diario”.

La dramática escalada de violencia en Cisjordania se ve ensombrecida por el genocidio en Gaza. Pero se ha convertido en un segundo frente. Si Israel puede vaciar Gaza, Cisjordania será la siguiente.

«El objetivo de Israel no ha cambiado», afirma. “Busca reducir la población palestina, confiscar extensiones cada vez mayores de tierra palestina y construir más y más colonias. Busca judaizar Palestina y despojar a los palestinos de todos los medios para sustentarse. El objetivo final es la anexión de Cisjordania”.

“Incluso en el apogeo del proceso de paz, cuando todo el mundo estaba hipnotizado por la paz, Israel estaba convirtiendo esta propuesta de paz en una pesadilla”, continúa. “La mayoría de los palestinos se opusieron a los acuerdos de paz que Arafat firmó en 1993, pero aun así le dieron la bienvenida cuando regresó. No lo mataron. Querían darle una oportunidad a la paz. En Israel, el primer ministro que firmó los acuerdos de Oslo fue asesinado”.

 “Hace unos años, alguien pintó un extraño eslogan en la pared de la escuela de la ONU al este de Yabalia”, escribió Atef desde el infierno de Gaza. “’Avanzamos hacia atrás’. Cada nueva guerra nos arrastra de vuelta a lo básico. Destruye nuestras casas, nuestras instituciones, nuestras mezquitas y nuestras iglesias. Arrasa nuestros jardines y parques. Se necesitan años para recuperarse de cada guerra y, antes de que nos hayamos recuperado, llega una nueva guerra. No hay sirenas de advertencia ni mensajes enviados a nuestros teléfonos. La guerra está de nuevo ahí”.

El proyecto colonial de los colonos judíos es proteico. Cambia de forma, pero no de esencia. Sus tácticas varían. Su intensidad se produce en oleadas de represión severa y represión menor. Su retórica sobre la paz enmascara su intención. Sigue adelante con su lógica mortal, pervertida y racista. Y, sin embargo, los palestinos resisten, se niegan a someterse, resisten a pesar de las abrumadoras probabilidades, aferrándose a pequeños granos de esperanza de pozos sin fondo de desesperación. Hay un adjetivo para esto. Heroico.

Imagen de portada: ¿En qué genocidio estás? (por Mr. Fish).

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