Nick Turse, TomDispatch.com, 25 julio 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Nick Turse es redactor jefe de TomDispatch y miembro del Type Media Center. Es autor del bestseller Kill Anything That Moves y su libro más reciente es Next Time They’ll Come to Count the Dead: War and Survival in South Sudan.
A finales del siglo pasado, con la esperanza de expulsar a Estados Unidos de Arabia Saudí, sede de los lugares más sagrados del islam, el líder de Al Qaeda, Osama bin Ladin, trató de atraer al ejército estadounidense. Al parecer, quería «llevar a los estadounidenses a una lucha en suelo musulmán», provocando salvajes conflictos asimétricos que enviarían a casa un reguero de «cajas de madera y ataúdes» y debilitarían la determinación estadounidense. «Ahora es cuando vais a marcharos», predijo.
Tras los atentados del 11-S, Washington mordió el anzuelo y lanzó intervenciones en el Gran Oriente Medio y África. Lo que siguió fue una serie de fracasos y estancamientos en la lucha antiterrorista en lugares que van desde Níger y Burkina Faso hasta Somalia y Yemen; una pérdida estrepitosa, después de 20 años, en Afganistán; y un costoso fiasco en Iraq. Y tal como predijo Bin Ladin, esos conflictos provocaron descontento en Estados Unidos. Los estadounidenses se volvieron finalmente en contra de la guerra de Afganistán después de 10 años de lucha allí, y, asimismo, tardaron sólo poco más de un año en llegar a la conclusión de que la guerra de Iraq no valía lo que costaba. Aun así, esos conflictos se prolongaron. Hasta la fecha, más de 7.000 soldados estadounidenses han muerto luchando contra los talibanes, Al Qaida, el Estado Islámico y otros grupos militantes.
Sin embargo, por letales que hayan sido esos combatientes islamistas, otro «enemigo» ha resultado mucho más mortífero para las fuerzas estadounidenses: ellos mismos. Según un reciente estudio del Pentágono, el suicidio es la principal causa de muerte entre el personal en activo del ejército estadounidense. De los 2.530 soldados que murieron entre 2014 y 2019 por causas que van desde accidentes automovilísticos hasta sobredosis de drogas o cáncer, el 35% -883 soldados- se quitó la vida. Solo 96 soldados murieron en combate durante esos mismos seis años.
Esos hallazgos militares refuerzan otras investigaciones recientes. La organización periodística sin ánimo de lucro Voice of San Diego descubrió, por ejemplo, que los jóvenes militares son más propensos a quitarse la vida que sus compañeros civiles. De hecho, la tasa de suicidios entre los soldados estadounidenses no ha dejado de aumentar desde que el Ejército empezó a registrarla hace 20 años.
El año pasado, la revista médica JAMA Neurology informó de que la tasa de suicidios entre los veteranos estadounidenses era de 31,7 por cada 100.000, un 57% superior a la de los no veteranos. Y eso siguió a un estudio de 2021 del Costs of War Project de la Universidad de Brown que descubrió que, en comparación con los que morían en combate, al menos cuatro veces más militares en activo y veteranos de guerra posteriores al 11-S -unos 30.177- se habían suicidado.
«Las elevadas tasas de suicidio ponen de manifiesto el fracaso del gobierno y la sociedad estadounidenses a la hora de gestionar los costes en salud mental de nuestros conflictos actuales», escribió Thomas Howard Suitt, autor del informe de Costs of War. «La incapacidad del gobierno de EE. UU. para hacer frente a la crisis del suicidio es un coste significativo de las guerras estadounidenses posteriores al 11-S, y el resultado es una crisis de salud mental entre nuestros veteranos y miembros del servicio con importantes consecuencias a largo plazo.»
Militares conmocionados (¡conmocionados!) por el aumento de los suicidios
En junio, una investigación en primera página del New York Times descubría que al menos una docena de Navy SEAL habían muerto por suicidio en los últimos 10 años, ya fuera en servicio activo o poco después de dejar el servicio militar. Gracias a un esfuerzo de las familias de esos operadores especiales fallecidos, ocho de sus cerebros fueron entregados a un laboratorio especializado en traumatismos cerebrales del Departamento de Defensa en Maryland. Los investigadores descubrieron daños por explosiones en cada uno de ellos, un patrón particular que sólo se observa en personas expuestas repetidamente a ondas expansivas como las que sufren los SEAL por las armas disparadas en años de entrenamiento y despliegues en zonas de guerra, así como por las explosiones encontradas en combate.
La Armada afirmó que no había sido informada de los hallazgos del laboratorio hasta que el Times se puso en contacto con ellos. Un oficial de la Armada vinculado a la cúpula de los SEAL expresó su sorpresa al periodista Dave Philipps. «Ese es el problema», dijo ese oficial anónimo. «Intentamos comprender este asunto, pero muchas veces la información nunca nos llega».
Sin embargo, nada de esto debería haber sido sorprendente.
Después de todo, cuando escribía para el Times en 2020, revelé la existencia de un estudio interno inédito, encargado por el Mando de Operaciones Especiales de Estados Unidos (SOCOM, por sus siglas en inglés), sobre los suicidios de las fuerzas de Operaciones Especiales (SOF, por sus siglas en inglés). Realizado por la American Association of Suicidology, una de las organizaciones de prevención del suicidio más antiguas del país, y terminado en algún momento después de enero de 2017, el informe de 46 páginas sin fecha reunía las conclusiones de 29 «autopsias psicológicas», incluidas entrevistas detalladas con 81 familiares y amigos cercanos de comandos que se habían suicidado entre 2012 y 2015.
Ese estudio indicaba a los militares que debían mejorar el seguimiento y la vigilancia de los datos sobre los suicidios de sus tropas de élite. «Se necesitan más investigaciones y un mejor sistema de vigilancia de datos para comprender mejor los factores de riesgo y protección del suicidio entre los miembros de las SOF». Se necesitan más investigaciones y un sistema de datos exhaustivo para controlar los datos demográficos y las características de los miembros de las SOF que mueren por suicidio», aconsejaron los investigadores. «Además, los datos que se desprenden de este estudio han puesto de relieve la necesidad de investigar para comprender mejor los factores asociados a los suicidios de las SOF».
Obviamente, eso nunca ocurrió.
El trauma cerebral sufrido por los SEAL y los suicidios que siguieron no deberían haber sido un shock. Un estudio de 2022 sobre Medicina Militar descubrió que las fuerzas de Operaciones Especiales tenían un mayor riesgo de sufrir lesiones cerebrales traumáticas (TBI, por sus siglas en inglés), en comparación con las tropas convencionales. El estudio JAMA Neurology de 2023 descubrió de forma similar que los veteranos con TBI tenían tasas de suicidio un 56% más altas que los veteranos sin ella y tres veces más altas que la población adulta estadounidense. Y un estudio de Harvard, financiado por el SOCOM y publicado en abril, descubrió una asociación entre la exposición a explosiones y la función cerebral comprometida en comandos en servicio activo. Cuanto mayor era la exposición, más problemas de salud se registraban.
Los estudios, en la estantería
En las dos últimas décadas, el Departamento de Defensa ha gastado millones de dólares en investigación para la prevención del suicidio. Según el reciente estudio del Pentágono sobre las muertes de soldados por su mano, el «Ejército pone en marcha varias iniciativas que evalúan, identifican y rastrean a los individuos de alto riesgo de comportamiento suicida y otros resultados adversos.» Por desgracia (aunque Osama bin Ladin sin duda se habría alegrado), el ejército tiene un historial de no tomarse en serio la prevención del suicidio.
Aunque la Armada, por ejemplo, ordenó oficialmente que en la página de inicio de todos los sitios web de la Armada se debe poder acceder a una línea telefónica de ayuda al suicidio para veteranos, una auditoría interna descubrió que la mayoría de las páginas revisadas no cumplían la normativa. De hecho, según una investigación de The Intercept de 2022, la auditoría demostró que el 62% de las 58 páginas de inicio de la Armada no cumplían la normativa de ese servicio sobre cómo mostrar el enlace a la Línea de Crisis para Veteranos.
El New York Times investigó recientemente la muerte del especialista del Ejército Austin Valley y descubrió graves deficiencias en la prevención del suicidio. Recién llegado de Fort Riley (Kansas) a una base militar en Polonia, Valley envió a sus padres un mensaje de texto en el que les decía: «Hola, mamá y papá, os quiero, nunca ha sido culpa vuestra», antes de quitarse la vida. El Times descubrió que «los proveedores de atención de salud mental en el Ejército están en deuda con el liderazgo de la brigada y a menudo no actúan en el mejor interés de los soldados». Por ejemplo, según el Times, sólo hay unos 20 asesores de salud mental disponibles para atender a los más de 12.000 soldados de Fort Riley. Como resultado, soldados como Valley pueden esperar semanas o incluso meses para recibir atención.
El Ejército afirma que está trabajando para eliminar el estigma que rodea el apoyo a la salud mental, pero el Times descubrió que «el liderazgo de la unidad a menudo socava algunos de sus protocolos de seguridad más básicos». Se trata de un problema que viene de lejos en el ejército. El estudio sobre suicidios en Operaciones Especiales que revelé en el Times descubrió que la formación en prevención del suicidio se veía como una «marca en la casilla». Los operadores especiales creían que sus carreras se verían afectadas negativamente si buscaban tratamiento.
El año pasado, un comité de prevención de suicidios del Pentágono llamó la atención sobre la laxitud de las normas sobre armas de fuego, los elevados ritmos operativos y la mala calidad de vida en las bases militares como posibles problemas para la salud mental de las tropas. M. David Rudd, psicólogo clínico y director del Centro Nacional de Estudios sobre Veteranos de la Universidad de Memphis, declaró al Times que el informe del Pentágono se hacía eco de muchos otros análisis elaborados desde 2008. «Mi expectativa», concluyó, “es que este estudio se quede en un estante como todos los demás, sin aplicarse”.
El triunfo de Bin Ladin
El 2 de mayo de 2011, los Navy SEAL atacaron un complejo residencial en Pakistán y abatieron a Osama bin Ladin. «Para nosotros, poder decir definitivamente: ‘Tenemos al hombre que causó miles de muertes aquí en Estados Unidos y que había sido el punto de unión de una yihad extremista violenta en todo el mundo’ fue algo de lo que creo que todos nosotros estuvimos profundamente agradecidos de formar parte», comentó después el presidente Barack Obama. En realidad, las muertes «aquí en Estados Unidos» nunca han terminado. Y la guerra que Bin Laden inició en 2001 -un conflicto mundial que aún hoy continúa– marcó el comienzo de una era en la que los SEAL, los soldados y demás personal militar han seguido muriendo a manos propias a un ritmo cada vez mayor.
Los suicidios del personal militar estadounidense se han achacado a una panoplia de razones, como la cultura militar, el fácil acceso a las armas de fuego, la elevada exposición a los traumatismos, el estrés excesivo, el aumento de los artefactos explosivos improvisados, los traumatismos craneoencefálicos repetidos, el incremento de las lesiones cerebrales traumáticas, la prolongada duración de la Guerra Mundial contra el Terrorismo e incluso el desinterés de la opinión pública estadounidense por las guerras de su país tras el 11-S.
Durante más de 20 años de intervenciones armadas por parte del país que todavía se enorgullece de ser la única superpotencia del mundo, las misiones militares de Estados Unidos se han visto repetidamente desbaratadas en el sur de Asia, Oriente Medio y África, incluyendo un estancamiento en Somalia, una intervención con consecuencias desastrosas para Libia e implosiones en Afganistán e Iraq. Aunque los pueblos de esos países son los que más han sufrido, las tropas estadounidenses también se han visto atrapadas en esa vorágine creada por Estados Unidos.
El sueño de bin Ladin de atraer a las tropas estadounidenses a una guerra en «suelo musulmán» nunca llegó a cumplirse. En comparación con conflictos anteriores como la Segunda Guerra Mundial, Corea y Vietnam, las bajas estadounidenses en el campo de batalla de Oriente Medio y África han sido relativamente modestas. Pero la predicción de bin Laden de «cajas de madera y ataúdes» llenos de «cadáveres de tropas estadounidenses» se hizo realidad a su manera.
«El recurso más preciado de este Departamento es nuestra gente. Por lo tanto, no debemos escatimar esfuerzos para eliminar el suicidio en nuestras filas», escribió el secretario de Defensa, Lloyd Austin, en un memorando público hecho público el año pasado. «Una pérdida por suicidio es demasiado». Pero, al igual que en las guerras e intervenciones posteriores al 11 de septiembre, los esfuerzos del ejército estadounidense por frenar los suicidios se han quedado muy cortos. Y al igual que las pérdidas, los estancamientos y los fiascos de aquella sombría guerra contra el terrorismo, las consecuencias han sido más sufrimiento y muerte. Bin Ladin, por supuesto, murió hace tiempo, pero el desfile de cadáveres estadounidenses tras el 11-S continúa. El número imprevisto de suicidios de tropas y veteranos -cuatro veces superior al número de muertes en el campo de batalla de la guerra contra el terrorismo- se ha convertido en otro fracaso del Pentágono y en el triunfo perdurable de bin Ladin.
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