Amy Abdelnoor, The Electronic Intifada, 1 agosto 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Amy Abdelnoor es una escritora y profesora árabe-británica que vivió y trabajó en Cisjordania y en campos de refugiados palestinos en el Líbano; su obra en curso, inspirada en sus experiencias, fue preseleccionada para el Premio de Ficción Lucy Cavendish 2023.
Hace unos meses, una conversación fortuita me llevó a conocer a un grupo de mujeres unidas por la imperiosa necesidad de no permanecer calladas ante lo que seguramente pasará a la historia como la inmoralidad más desmesurada de nuestra vida.
El pueblo de Palestina no sólo está sufriendo lo que en general se considera un genocidio, sino que, en palabras de Blinne Ní Ghrálaigh, es el primero «de la historia en el que sus víctimas retransmiten su propia destrucción en tiempo real».
Blinne Ní Ghrálaigh, abogada de origen irlandés, es asesora especial en el caso de Sudáfrica contra Israel ante el Tribunal Internacional de Justicia.
Las mujeres a las que reuní al cabo de un mes de este genocidio retransmitido en directo compartíamos una creciente sensación de exigencia tanto de dar testimonio como de emprender algún tipo de acción por Gaza, por Palestina, por los palestinos.
Al unirme a su grupo, sentí un alivio muy palpable. Aquí podía hablar libremente del dolor agudo causado por la disonancia que arrastraba. Podía hablar abiertamente de la tensión mental de tener que existir en lo cotidiano aquí, en la normalidad de la vida diaria occidental y sus rutinas imperturbables, mientras observaba la aguda realidad de la gente de Gaza que lucha por aferrarse a los harapos de la existencia allí bajo los ataques abyectos, implacables y cada vez más depravados y macabros de uno de los ejércitos más fuertes del mundo.
Como colectivo, somos muy conscientes de que cualquier cosa que hagamos o consigamos podría interpretarse como una proverbial gota en el océano en comparación con el tsunami de agravios infligidos a los palestinos que requieren atención urgente.
Ante la impunidad con que Israel «distorsiona intencionadamente las normas del derecho humanitario», en palabras de Francesca Albanese, relatora especial de la ONU, ¿qué diferencia podemos marcar? No sólo vivimos a kilómetros de distancia de Palestina, sino que también estamos muy alejadas de quienes ostentan el poder político y de las estructuras jurídicas internacionales creadas con la intención de exigir responsabilidades jurídicas a Estados e individuos en virtud de un conjunto acordado de normas.
Visiones del infierno
No soy la única que se hace esta pregunta casi a diario. Todas luchamos, individualmente y como colectivo, contra el abrumador desequilibrio entre el peso de nuestra comprensión de Gaza y la insignificancia comparativamente despreciable de nuestras acciones.
Esto quedó especialmente claro hace poco, cuando capté el filo de una conversación entre amigas que se reencontraban después de varios meses. Entre las amabilidades normales y los «qué tal», una respondió que, aunque las cosas en el mundo no iban muy bien, ella estaba bien. En su vida diaria con la familia, los amigos y el trabajo, todo iba bien, por lo que se sentía agradecida.
Esta gratitud en sí misma parecía ser un bálsamo. Después de todo, dado que nuestra relativa insignificancia supone que nada de lo que podamos hacer podría producir el tipo de cambio necesario para abordar las flagrantes violaciones de los derechos humanos de los palestinos, la solución es, sin duda, dar las gracias a cualquier poder por haber nacido en esta pequeña parcela de tierra con este color de piel y no en otra parcela de tierra con otro color de piel.
Cuando me llegó el turno de los «¿cómo estás?», compuse mis ojos, mejillas y arrugas en formas aceptables e hice que mi boca produjera sonidos aceptables. Internamente, mi pecho se contrajo con el ahora familiar dolor visceral de ser testigo de lo que le está sucediendo a Gaza y la discordancia entre esto y tener que fingir una serie de emociones que simplemente no estaba experimentando en ese momento.
He empezado a sentir que mi cuerpo se adelgaza en esos instantes, como si las puntas de mis dedos se disolvieran en el aire que me rodea. Aprieto los pies en los zapatos para que mis dedos reconozcan la existencia de algo que me arraiga a un espacio físico. A veces, me excuso y me retiro a un espacio privado para respirar entre las puras contradicciones mentales de esta realidad francamente desmesurada. Ni siquiera tengo que cerrar los ojos para que se despliegue el macabro caleidoscopio de imágenes.
La doble narrativa es constante. Cada momento del día está salpicado de momentos paralelos de una inexistencia en Gaza: al dar el beso de buenas noches a mis hijos, pienso en el padre que enterró a su familia en los escombros de su casa, y que duerme cada noche junto a la tierra que cubría sus cadáveres para poder estar con ellos.
O aparece la imagen de una madre que abraza el cuerpo inerte de su hija y besa su rostro ya sin vida. O veo a un niño besando los pies de su padre, que murió aplastado cuando bombardearon su casa.
Mi hija se coloca una tirita para un corte en la pierna, y veo a un niño con dos miembros amputados o recuerdo al padre-cirujano amputando la pierna de su sobrina sin anestesia.
Un cuenco de comida se queda sin comer en la cocina, y veo imágenes de las escuálidas cajas torácicas de niños que mueren de inanición forzada provocada por Israel. Siento demasiado calor o demasiado frío por la noche, y pienso en las familias que duermen diez o más en una tienda; siento el calor de esta última semana relativamente bochornosa en Londres e imagino el brutal calor de más de 40ºC de un verano gazatí soportado bajo la lona sin agua potable o con muy poca.
Una araña se arrastra desde una grieta en la pared de mi casa y veo moscas alimentándose de las heridas infectadas de los palestinos cuyo sistema sanitario ha sido diezmado por Israel, y la imagen es sustituida por las llamas que arrasan las tiendas de las personas desplazadas una, dos o más veces en los últimos ocho meses. El fuego arrasa a la gente hasta reducirla a cenizas.
Veo a una madre cargar con las cenizas de sus seis hijos a dos manos. Los había dejado en la tienda para intentar encontrar pan.
Silencio
A medida que el genocidio de Israel resuena sin freno, las imágenes de Gaza se vuelven aún más inquietantes y espantosas; los testimonios de los palestinos detenidos y llevados a las cárceles israelíes son cada vez más inenarrables.
Las torturas a los palestinos, incluidos niños, a manos de soldados israelíes -y, en algunos casos, de médicos israelíes- es muestra de un sadismo tan inhumano que retrocedo físicamente. Empiezo a escribirlo, pero las palabras «palizas en los genitales» y «sonda eléctrica» me erizan la piel; me sube la bilis a la garganta y me dan arcadas.
El silencio en torno a Gaza se ha hecho más ruidoso y, para quienes nos hemos comprometido a dar testimonio, más inquietante. En una reciente reunión de amigas de toda la vida sentíamos incomodidad ante las palabras con G (Gaza y Genocidio), como si fueran tabú, como si antes de reunirnos nos hubieran pasado un memorando recordándonos a todos que esta reunión era Diversión con D mayúscula y que, por tanto -independientemente de que la conversación girara brevemente en torno a las farsas de las próximas elecciones estadounidenses y a la paupérrima elección de nuestros posibles líderes británicos-, shhh, no mencionáramos Palestina.
Nuestro colectivo ha debatido sobre este silencio, sobre las actitudes de quienes nos rodean ante el genocidio y sobre nuestras propias elecciones y comportamientos, tratando de entender por qué sentimos tan fuertemente la necesidad de actuar por Palestina y cómo nos responden los demás por ello.
Todas somos mujeres con distintos orígenes: una de ellas, india-sudafricana que ha vivido el apartheid, es capaz de expresar su activismo, que ha sido una forma de vida para ella, a través de la necesidad de denunciar la opresión y el racismo.
Dos más, como musulmanas (una pakistaní, otra de ascendencia iraní/india), sienten quizá la responsabilidad de la umma islámica. Dos son blancas y británicas: una, con años de activismo contra la guerra en Iraq, la esclavitud infantil y la pobreza a sus espaldas, ve esto como una vida de alzar la voz contra la injusticia; la segunda siente que Gaza ha despertado una comprensión de la opresión y el racismo que, según ella misma admite, posiblemente no estaba abordando abiertamente.
Yo, de ascendencia mixta libanesa-británica, puedo situar mi respuesta emocional en mi experiencia directa viviendo y trabajando con palestinos en el Líbano y Cisjordania.
Aunque nuestros viajes metafóricos a Palestina difieren, no nos cabe duda de la injusticia moral de lo que está ocurriendo no sólo en Gaza, sino también en Cisjordania. Todas conocemos bien la historia sionista, la alianza política entre Estados Unidos e Israel y el papel británico tanto en la creación de Israel como en el papel que sus dos principales partidos políticos, así como los medios de comunicación internacionales, han desempeñado en el mantenimiento del statu quo de una violenta ocupación colonial de asentamientos durante décadas.
Nuestra respuesta colectiva es una necesidad imperiosa de dar testimonio: cualquier otra cosa sería una traición no sólo a los palestinos, sino también a nuestra propia brújula moral.
El espejo
Entonces, ¿cómo conciliamos este fuerte sentido de lo que cada una de nosotras debería hacer con la falta de acción que presenciamos en las personas con las que interactuamos, por elección o por necesidad, a diario?
¿Cómo perciben quienes nos rodean nuestro apremiante reconocimiento del imperativo de ser activistas?
¿Estamos adoptando deliberada o implícitamente una posición moral de superioridad? Si es así, ¿es correcto que así sea?
O, tanto si es así como si no, ¿es la aparente existencia de una jerarquía moral entre los que deciden actuar y los que deciden reconocer los males del mundo y contentarse con expresar su propia gratitud por sus bendiciones, suficiente para empañarnos con una arrogancia moral que, por extensión, nos distancia de las mismas personas cuyo comportamiento nos gustaría influir?
No resulta fácil responder a estas preguntas, y la noción de algún tipo de arrogancia moral resulta incómoda, dado que nuestro impulso abrumador es también la urgencia moral de hacer frente a injusticias históricas y actuales que posiblemente no tengan precedentes en cuanto al apoyo político, militar y económico que les prestan los gobiernos del Reino Unido y de Estados Unidos, entre otros.
La necesidad de dar testimonio, la necesidad de que cada una de nosotras rinda cuentas, no es una elección, sino una necesidad: no podemos concebir comportarnos de otra manera.
De alguna manera, tenemos que encontrar un camino a seguir, un camino en el que no nos agote ni la mera embestida del espectáculo de horror violento y abyecto que se está retransmitiendo en directo desde Gaza ni nuestra comprensión de nuestra propia incapacidad para sentirlo, dado que la violencia de la que estamos siendo testigos es apenas insignificante en comparación con la realidad de los palestinos, para quienes cada segundo es una lucha aguda contra el ejército más avanzado para la existencia.
Tampoco nos desanima, por último, el silencio, la apatía o la indiferencia de las personas con las que interactuamos a diario, personas que, por razones que ellas mismas conocen mejor, no han elegido o no han sido capaces de responder a este genocidio con nuestra urgencia.
Luchando con esto último en particular, intentando comprender por qué nosotras actuamos y otros no, y esforzándonos por desarrollar formas de implicar a algunos de esos otros en una causa que, en última instancia, no sólo va de liberación, sino que también, a nivel personal, es liberadora, volvemos al punto de partida, preguntándonos por qué decidimos no permanecer en silencio.
Y llegamos a las palabras del pastor Munther Isaac de Belén, citadas por Ní Ghrálaigh en la Corte Internacional de Justicia: «Quiero que se miren al espejo y se pregunten: ¿dónde estaba yo cuando Gaza estaba sufriendo un genocidio?».
Puede que lo que estamos haciendo no sea para todo el mundo -y, de hecho, por algo la historia registra los nombres de aquellos para quienes era imperativo actuar en momentos de crisis extrema-, pero sí lo es para cada una de nosotras.
Y así, al despertarnos por la mañana para coger nuestros teléfonos, temiendo las horribles imágenes de niños decapitados, cuerpos quemados, madres, padres, hermanos, hermanas, tíos y abuelos desmembrados que la noche habrá enviado a nuestras parpadeantes pantallas, recorremos la sucesión de imágenes enviadas por los que están sobre el terreno.
Y mientras nuestros corazones arden con el dolor de ser testigos, el saber que somos capaces de enfrentarnos a nuestras propias conciencias nos hace volver la cara al mundo, llorando, con renovada determinación: Ninguna de nosotras será libre hasta que Palestina sea libre.
Foto de portada: Londres ha sido testigo de manifestaciones masivas casi semanales contra el genocidio de Israel en Gaza (Vuk ValcicZUMA Press Wire).
Un comentario sobre “El dolor de la solidaridad en tiempos de genocidio”