Aviva Chomsky, TomDispatch.com, 9 agosto 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Aviva Chomsky, colaboradora habitual de TomDispatch, es profesora de Historia y coordinadora de Estudios Latinoamericanos en la Universidad Estatal de Salem, Massachusetts. Su último libro: Is Science Enough? Forty Critical Questions About Climate Justice (Myths Made in America) está a punto de publicarse.
El 9 de agosto de 2001, en Colombia, la policía antidisturbios y las fuerzas de seguridad privadas de la mina de carbón de Cerrejón -una de las mayores minas de carbón a cielo abierto del mundo- rodearon la remota comunidad de Tabaco. Después sacaron a los habitantes de sus casas y arrasaron lo que quedaba de las estructuras del pueblo. Después de todo, había carbón bajo el pueblo y el propietario de la mina, Exxon Mobil Corporation, quería acceder a él. Desde entonces, los habitantes desplazados de Tabaco luchan por una indemnización y por la reconstrucción de su comunidad, tal como garantizan las leyes colombianas e internacionales. Hasta ahora, no ha habido suerte.
Hay que recordar que el 9 de agosto era entonces y es ahora el Día Internacional de los Pueblos Indígenas del Mundo, declarado por primera vez por las Naciones Unidas en 1994. Ese fue, de hecho, el día en el que el recién creado Grupo de Trabajo de la ONU sobre Poblaciones Indígenas celebró su reunión inicial en 1982.
Por supuesto, los pueblos indígenas han estado asediados por los colonizadores durante cientos de años, aunque sus luchas por la tierra y la soberanía no obtuvieron un verdadero reconocimiento internacional hasta finales del siglo XX, una época en la que, irónicamente, estaban sufriendo nuevos asaltos a sus tierras en todo el mundo. Desde la Segunda Guerra Mundial, el crecimiento sin precedentes tanto de la población mundial como de los niveles de consumo global han empujado el uso de los recursos mucho más allá de cualquier límite antes imaginado. Y esa carrera por los recursos no hizo sino acelerarse a partir de la década de 1990, lo que supuso una mayor invasión de los territorios indígenas y, por supuesto, una catástrofe climática cada vez mayor.
Sin embargo, desde entonces, la creciente visibilidad y el poder de los movimientos indígenas han creado un enorme potencial para cambiar nuestro mundo de forma positiva. Aunque la lucha de los habitantes de Tabaco ha sido emblemática en muchos sentidos de las luchas indígenas contra el extractivismo, la historia es más complicada. En primer lugar, Tabaco no es, de hecho, una comunidad indígena, sino una comunidad descendiente en gran medida de africanos traídos al Nuevo Mundo como esclavos. Un énfasis limitado en la indigeneidad puede dificultar la integración de las luchas no indígenas por la tierra y el medio ambiente. Además, no todos los indígenas son rurales y el estereotipo aplana las realidades de estos movimientos. Por último, las ideas populares pero erróneas sobre la indigeneidad subyacen a la reivindicación de una presencia «indígena» judía en Palestina, que separa la indigeneidad de su contexto histórico.
Una inmersión más profunda en el colonialismo y los pueblos indígenas puede ayudar a aclarar la naturaleza de estos movimientos en la actualidad y, curiosamente, también algunos de los debates en torno a la cuestión palestino-israelí.
Definición de pueblos indígenas
Hoy en día, los pueblos indígenas viven bajo la jurisdicción de Estados-nación y esos países los definen de distintas maneras. En Estados Unidos, eres indígena si perteneces a una tribu reconocida a nivel federal. Colombia formalizó el reconocimiento legal de la indigeneidad en su Constitución de 1991 y en leyes que establecían los requisitos específicos que debía cumplir un grupo para convertirse en «comunidad indígena» oficial. Al igual que otros países latinoamericanos, también reconoce legalmente a comunidades afrodescendientes como Tabaco. En el caso de Israel y Palestina, no existe ningún estatus legal de «indígena», aunque el concepto se ha convertido en un arma en el debate político sobre quién tiene derechos sobre la Palestina histórica.
Los pueblos indígenas de América fueron identificados por primera vez como «indios» por los colonizadores europeos. Los así definidos no tenían un sentido previo de identidad común, que sólo se desarrolló a través de la experiencia histórica de la colonización. En Estados Unidos, las organizaciones panindias surgieron inicialmente como respuesta a la creación de internados para «asimilar» por la fuerza a los niños nativos americanos en lo que eran, a nivel funcional, versiones educativas de las prisiones. A partir de finales del siglo XIX, niños de tierras natales muy diversas que hablaban lenguas diferentes fueron obligados a asistir a las mismas escuelas reglamentadas.
El Movimiento Indígena Estadounidense, más radical, surgió a finales del siglo XX entre indígenas de distintas naciones que se vieron obligados a convivir, gracias en parte al Programa de Reubicación Voluntaria de la década de 1950, que llevó a más de 100.000 indígenas estadounidenses a ciudades como Chicago, Denver y Los Ángeles. No es sorprendente que las identidades colectivas indígenas de Estados Unidos no se basaran en afinidades lingüísticas, culturales o étnicas de larga duración, sino en la experiencia común de la conquista y el despojo.
Hasta la década de 1980, el derecho internacional no empezó a reconocer una experiencia histórica común entre los pueblos indígenas de todo el mundo. El Relator Especial de la ONU sobre Asuntos Indígenas ofreció lo que se ha convertido en una definición fundacional de los pueblos indígenas, aunque las Naciones Unidas nunca la adoptaron formalmente: «Son comunidades, pueblos y naciones indígenas los que, teniendo una continuidad histórica con las sociedades anteriores a la invasión y precoloniales que se desarrollaron en sus territorios, se consideran distintos de otros sectores de las sociedades que ahora prevalecen en esos territorios». Esta formulación se amplió posteriormente para reconocer a los pueblos indígenas de África y Asia cuya experiencia de «subyugación, marginación, desposesión, exclusión o discriminación» procedía generalmente de los Estados-nación independientes que gobernaban su territorio y no directamente de la colonización europea.
Dos importantes innovaciones en el derecho internacional, el Convenio 169 de la OIT de 1989 y la Declaración de las Naciones Unidas sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas (DNUDPI) de 2007, reflejaron la creciente fuerza del activismo indígena mundial y reconocieron la creciente amenaza de los asaltos extractivistas a las tierras indígenas. El Convenio 169 de la OIT estableció el requisito legal de la «consulta previa», es decir, que los gobiernos ofrecieran a las comunidades indígenas la posibilidad de participar en cualquier proyecto de desarrollo que pudiera afectar a sus tierras. La DNUDPI reforzó esa disposición otorgando a las comunidades el derecho a vetar los proyectos a los que se opusieran y exigiendo a los gobiernos que obtuvieran «el consentimiento libre, previo e informado» antes de embarcarse en cualquier proyecto que afectara a tierras indígenas.
Probablemente no les sorprenderá saber que ni Estados Unidos ni Israel ratificaron el Convenio 169 de la OIT ni apoyaron la DNUDPI. Colombia, en cambio, ratificó el Convenio 169 de la OIT, lo incorporó a su Constitución de 1991 y extendió dichas protecciones más allá de los pueblos indígenas a comunidades afrocolombianas como Tabaco. Sin embargo, en realidad, como demuestra la experiencia de Tabaco, estos derechos legales siguen siendo violados.
Incluso mientras Colombia y otros países latinoamericanos reforzaban los derechos indígenas, reformulando sus Estados-nación como orgullosamente multilingües, multiculturales y plurinacionales, la ley del Estado-nación de Israel de 2018 afianzaba aún más allí el etnonacionalismo judío.
Colonialismo de fósiles
El uso de combustibles fósiles crea niveles masivos de residuos tóxicos, incluidas (pero no limitadas a) las emisiones de gases de efecto invernadero que ahora sobrecalientan nuestro planeta. El aumento del uso de combustibles fósiles -la revolución industrial en cada una de sus fases- también aceleró el uso de otros recursos. La industria puede seguir produciendo más y mejores cosas, pero sólo extrayendo más recursos y produciendo cada vez más residuos. Como resultado, la expansión geográfica -ya sea con la etiqueta de Destino Manifiesto, colonialismo o globalización- ha sido inseparable del creciente uso de la energía, mientras que ambos estaban también íntimamente ligados a un asalto de 500 años a las tierras y formas de vida indígenas que prosigue hoy en día.
Sorprendentemente, a pesar de siglos de expansión colonial, los pueblos indígenas siguen controlando alrededor de una cuarta parte de la tierra del planeta, en su mayoría (no les sorprenderá saberlo) zonas ignoradas por los colonizadores industriales porque eran demasiado frías, demasiado calientes, demasiado húmedas, demasiado secas, demasiado altas, demasiado bajas o aparentemente demasiado pobres en recursos para ser consideradas útiles. Sin embargo, el implacable empuje de este siglo hacia el carbón, el petróleo y el gas natural, así como la creciente demanda de recursos energéticos «limpios» como biocombustibles, cobre, litio y elementos de tierras raras, presas para energía hidroeléctrica y tierras para parques solares y eólicos, ha llevado el alcance geográfico del extractivismo a nuevos territorios indígenas. Y los residuos tóxicos de la extracción y la producción, incluidas las emisiones de gases de efecto invernadero, están en el centro de las actuales catástrofes medioambientales que nos afectan a todos, pero desproporcionadamente a las comunidades indígenas, pobres y marginadas.
La historia de Tabaco refleja las experiencias y los destinos de tantos pueblos afrodescendientes autoliberados que establecieron sus propias comunidades, algunas en territorios indígenas aún autónomos, en toda América Latina durante los últimos siglos. Al igual que las comunidades indígenas, se basaban en el campo, la tierra y la subsistencia. Al igual que las comunidades indígenas, sus comunidades eran anteriores a los Estados-nación que más tarde las engulleron. Hoy en día, al igual que Tabaco, se encuentran amenazadas por una versión moderna del colonialismo basada en los combustibles fósiles.
¿Son los indígenas ecologistas por naturaleza?
La resistencia de los pueblos indígenas al extractivismo los ha convertido en protagonistas cruciales de los movimientos medioambientales y climáticos actuales. Pero eso es sólo una parte de la historia.
Durante mucho tiempo, las ideologías coloniales idealizaron a los pueblos indígenas como seres que vivían en armonía con la tierra y la naturaleza: el «noble salvaje» que habitaba un pasado idealizado. Esta visión también tenía un lado oscuro: Los europeos también los tachaban de perezosos, indolentes, de obstaculizar el progreso y de necesitar desesperada y eternamente la tutela europea.
Estas ideas coloniales sirvieron para racionalizar la destrucción incluso de estados indígenas imperiales y tecnológicamente avanzados, como los imperios azteca e inca, que controlaban y transformaban la naturaleza tan profundamente como las sociedades europeas contemporáneas. La conquista de lo que llamaron «el nuevo mundo» convirtió las fantasías europeas en realidad, ya que las jerarquías indígenas fueron aplastadas y los pueblos indígenas desposeídos, esclavizados, marginados o ruralizados. Lo que empezó en 1492 no haría sino continuar con el traslado de indios de la década de 1830 en Estados Unidos, la «conquista del desierto» de Argentina a finales del siglo XIX y lo que algunos estudiosos indígenas han denominado la cuarta (o quinta) conquista que se está produciendo hoy en día con el neoextractivismo.
El colonialismo fósil creó un mundo en el que las categorías socioeconómicas y étnicas llegaron a solaparse, pero no del todo. Ramachandra Guha identificó los «pueblos de los ecosistemas», cuyas economías y culturas se basaban en relaciones simbióticas a largo plazo con sus tierras (y no todos eran indígenas). Luego, por supuesto, estaban los «omnívoros» industrializados cuyo alcance tecnológico y geográfico no tenía (y no tiene) límites. Europeos o no, estos voraces omnívoros también fueron colonizadores e industrializadores. Los pueblos rurales, basados en ecosistemas terrestres, ya sean indígenas, afrodescendientes o ninguno de los dos, tienden a poseer valores medioambientales que se parecen bastante a lo que pasa por ecologismo entre tantos omnívoros industrializados. Lo suyo es cambiar el sistema económico mundial, no dar a las empresas del Norte más incentivos para extraer más del Sur.
En la actualidad, los pueblos indígenas suelen estar «basados en la tierra», pero siguen siendo indígenas, aunque hayan sido desplazados, voluntariamente o no, de sus comunidades rurales (o, en Estados Unidos, de sus reservas). En la actualidad, la mayoría de los indígenas de América no viven en comunidades campesinas o rurales, sino en zonas urbanas. Algunos gobiernos y miembros de tribus indígenas americanas incluso han adoptado industrias extractivas como el petróleo y el carbón en sus reservas y siguen siendo indígenas, aunque no se ajusten al estereotipo colonial.
Lo que convierte a un pueblo en indígena es su continuidad histórica con los pueblos que habitaban un territorio antes de que se fundaran los actuales Estados-nación. En América Latina, los afrodescendientes comparten esta «prioridad» no por la presencia de sus antepasados antes de 1492, sino por su marginación por parte de los Estados-nación fundados en el siglo XIX.
Israel y Palestina: ¿Quién es indígena?
Cuando me involucré por primera vez en el activismo por los derechos de los palestinos durante la invasión israelí del Líbano en 1982, el término «indígena» nunca surgió. Sin embargo, hubo ya indicios. Los sionistas argumentaban que la historia bíblica vinculaba a los judíos con la tierra, y el historiador francés Maxime Rodinson situó el sionismo europeo en su contexto histórico de colonialismo europeo y pensamiento colonial, presagiando lo que más tarde se convertiría en la teoría colonial de asentamientos de colonos.
Hoy en día, la cuestión de quién es «indígena» surge con regularidad cuando los palestinos hacen hincapié en sus lazos familiares y ancestrales con la tierra de la que fueron desplazados, mientras que las principales organizaciones judías y sionistas afirman que los judíos son «nativos e indígenas» de Palestina. También insisten en que los judíos israelíes no pueden ser considerados colonizadores porque, a diferencia de otros europeos, «llegaron a una patria» y no hubo ni hay «ninguna ‘madre patria'» a la que puedan regresar. El historiador israelí Benny Morris suele basarse en la definición más restringida de colonialismo (como «la política y la práctica de una potencia imperial que adquiere el control político de otro país») para insistir en que los sionistas europeos no podían ser colonizadores puesto que no eran agentes de un Estado que ejerciera un poder imperial.
Tales argumentos distorsionan fundamentalmente la erudición sobre la indigeneidad y el colonialismo de asentamientos de colonos. Los pueblos indígenas son aquellos cuya presencia es anterior al Estado-nación formado en su territorio: en este caso, los palestinos. Los israelíes, a la vez que extraen información de los estudios sobre la indigeneidad, ignoran el hecho básico de que el Estado es el suyo.
El colonialismo europeo ha tenido muchas caras. Los estudiosos han distinguido el colonialismo de «franquicia» (como gran parte del proyecto imperial británico en India y África), en el que un pequeño número de burócratas coloniales entran y salen de una colonia para imponer sistemas de gobierno y extracción, del colonialismo de asentamientos de colonos. Un ejemplo clásico de este último es la Norteamérica británica, donde el objetivo era eliminar a las poblaciones nativas, en lugar de gobernarlas, y sustituirlas por una avalancha de inmigrantes europeos.
Por supuesto, tales categorías son tipos «ideales» (aunque en la realidad resultaran menos que ideales). La mayoría de los proyectos coloniales europeos tenían características tanto de colonos como de franquicias. De hecho, algo que el argumento «judío-indígena» sobre Israel omite es el papel del Mandato británico (1920-1948) en el fomento del proyecto sionista en Palestina. También ignora el hecho de que la mayoría de las colonias de colonos no estaban pobladas por representantes directos de la potencia colonial, sino por poblaciones no deseadas de prisioneros, minorías religiosas o étnicas, personas esclavizadas (en su mayoría africanos), trabajadores contratados o en régimen de servidumbre o, en el caso de Palestina, judíos europeos y más tarde árabes y de otras nacionalidades.
El colonialismo de asentamientos de colonos en Norteamérica comenzó en el siglo XVII, pero continuó mucho después de que Estados Unidos se convirtiera en un país independiente. Después, no fue un gobernante externo sino un gobierno nacional el que promovió la inmigración masiva a sus costas de europeos a menudo empobrecidos y excluidos.
La historia de América Latina también ofrece ejemplos superpuestos de distintos tipos de empresas coloniales. Además de los funcionarios religiosos y reales españoles enviados para establecer el dominio extranjero, aventureros y no castellanos se abrieron camino hacia las Américas tanto de forma oficial como extraoficial. Los gobiernos coloniales desconfiaban de los «criollos» de origen europeo nacidos en América como promotores de sus propios intereses y no de los de las potencias imperiales gobernantes, aunque también fueran aliados naturales para controlar a las poblaciones indígenas, africanas y afrodescendientes recalcitrantes.
Las élites criollas desempeñaron un papel fundamental en la ruptura de América Latina con España y en el establecimiento de países independientes en el siglo XIX. Los nuevos países latinoamericanos, al igual que los recién independizados Estados Unidos, no ofrecieron, por supuesto, mucha independencia a los pueblos indígenas y afrodescendientes. Y, al igual que Estados Unidos, promovieron la inmigración europea para blanquear sus poblaciones, al tiempo que continuaban con el proyecto de conquista, misionización y eliminación de los pueblos y las identidades indígenas.
Hoy, en medio de la brutalidad en Gaza, vale la pena recordar que la creación de Israel en Palestina, su genocidio en curso en Gaza y sus actuales políticas de asentamientos e inmigración, comparten muchos paralelismos con aquellos anteriores proyectos coloniales de asentamientos de colonos. Los proyectos extractivistas de Israel (especialmente de agua en Cisjordania y gas en la costa de Gaza) también lo sitúan firmemente entre los colonizadores actuales de fósiles.
Hay muchas razones para el ferviente apoyo de Washington a Israel, pero lo que el secretario de Estado Henry Kissinger describió como la necesidad de Estados Unidos de que Israel fuera un «policía de guardia» fiable o, como dijo una vez el secretario de Estado Alexander Haig, un «portaaviones» estadounidense insumergible en Oriente Medio, rico en petróleo, desempeña sin duda un papel importante. También lo hace la visión colonial de que Israel representa la modernidad tecnológica e ideológica en un mundo árabe retrógrado.
El 9 de agosto honramos a los pueblos indígenas del mundo. Superemos los estereotipos y reconozcamos las ideas, los movimientos y los derechos de todos los pueblos que han estado y siguen estando sometidos a la violencia del colonialismo de los fósiles. Eso incluye a los desplazados de la ciudad colombiana de Tabaco y a los del territorio asediado de Gaza.