Israel ha construido una economía alimentada por el genocidio en Palestina y en el extranjero

Ciudong Ng, Truthout, 1 septiembre 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Ciudong Ng es un historiador que centra sus trabajos en el militarismo estadounidense.

A medida que Israel estrecha su asedio, los suministros médicos en la Franja de Gaza se agotan y los médicos se enfrentan a pacientes con heridas inimaginables.

El traumatólogo Hani Bseso operó la pierna de su sobrina Ahed, después de que un proyectil atravesara su casa. Profusamente desangrada, Ahed permaneció en un aturdimiento agonizante, mientras sus familiares la llevaban escaleras abajo. Era imposible llegar a un hospital. Así que Bseso le amputó la pierna en la mesa de la cocina, donde su madre había hecho el pan esa mañana.

Mientras el sistema sanitario de Gaza implosiona, la enfermedad y el hambre se extienden como un reguero de pólvora. Después de 25 años, la polio ha vuelto a la franja, y las operaciones israelíes están obligando a los pacientes a evacuar el Hospital de los Mártires de Al-Aqsa, una de las últimas instalaciones médicas en funcionamiento. En otros lugares, el olor de la basura sin recoger flota en el aire y el agua de las alcantarillas forma charcos que reflejan un horizonte convertido en escombros. Este verano, expertos de Naciones Unidas concluyeron que la «campaña de hambre intencionada y selectiva» de Israel es «una forma de violencia genocida». En Gaza sólo entran, y en abundancia, bombas y balas.

No es casualidad. Entre 2018 y 2022, Israel se jactó de tener el segundo presupuesto militar más grande del mundo en términos per cápita, aumentando el gasto en un 24% en 2023. El Ministerio de Defensa subraya que el sector de la seguridad desempeña «un papel monumental» en la economía, estimulando la innovación industrial y representando alrededor del 10 por ciento de las exportaciones nacionales. Mientras Gaza arde, los fabricantes de armas informan de una «creciente demanda» de armamento israelí «en todo el mundo».

El pie de guerra de Israel refleja un arraigado patrón de militarismo. En los últimos 50 años, los dirigentes israelíes han explotado los Territorios Ocupados y la asistencia técnica estadounidense para construir un imponente complejo militar-industrial. Las víctimas palestinas como Ahed forman parte de este proceso más amplio, ya que Israel exporta a países de todo el mundo las tecnologías violentas y la experiencia que perfecciona en Gaza.

La exportación de la ocupación

Durante la Guerra Fría, la cooperación militar y técnica de Estados Unidos ayudó a Israel a convertirse en el mayor exportador de armas per cápita. En lucha contra la deuda externa, los dirigentes israelíes promovieron la venta de armas para aliviar los desequilibrios financieros y financiar el desarrollo industrial. El sector de la defensa se convirtió en la base de la economía, y los Territorios Ocupados ofrecieron un laboratorio para la experimentación letal. «Hoy puede decirse que ningún país del mundo depende tanto de la venta de armas como Israel», concluyó en 1986 el politólogo Bishara Bahbah.

En particular, dictadores latinoamericanos como el general chileno Augusto Pinochet se convirtieron en clientes entusiastas. Tras la guerra de octubre de 1973, las empresas israelíes enviaron publicidad a su junta, y la embajada chilena en Tel Aviv redactó informes sobre el rendimiento de sus armas. Los oficiales consideraban a Israel como un modelo, sugiriendo que el gobierno militar aseguraba «condiciones de tranquilidad» en Palestina. Finalmente, los dirigentes israelíes ayudaron al general Pinochet a desarrollar la industria aeroespacial chilena, transfiriéndole incluso tecnología para producir bombas de racimo.

De forma creciente, los funcionarios estadounidenses animaron a Israel a sofocar los movimientos de izquierda armando a los regímenes autoritarios alineados con Washington. Frente a la legislación sobre derechos humanos, el presidente Jimmy Carter y sus sucesores eludieron las restricciones al poder nacional subcontratando la represión a los dirigentes israelíes. «Israel es el contratista del ‘trabajo sucio’», reflexionó el general Mattityahu Peled. «Israel actúa como cómplice y brazo de Estados Unidos».

Esto quedó brutalmente claro en Centroamérica. Antes de su caída en julio de 1979, el presidente nicaragüense Anastasio Somoza Debayle se apoyó en los envíos de armas israelíes para reprimir una revolución popular. «Las calles de Managua se parecen a las de Jerusalén», observó El País. «El material israelí está por todas partes». Los nicaragüenses afirmaban que las fuerzas de Somoza eran «genocidas» porque arrasaban pueblos, masacraban familias enteras y violaban a las mujeres delante de sus maridos.

Sus fusiles de asalto Galil, de fabricación israelí, se convirtieron en símbolos de la opresión. Al liberar Managua, los rebeldes sandinistas confiscaron los fusiles, antes de gastar su munición en largas andanadas, como si purgaran el país del pasado en cada ráfaga. Ante el temor de que la revolución se extendiera, la CIA animó a los dirigentes israelíes a armar a los restos del régimen de Somoza y a aislar al gobierno progresista sandinista. A lo largo de la década de 1980, Israel siguió siendo un actor importante en la región, suministrando armas a los Contras nicaragüenses y exacerbando una guerra civil que mató a 30.000 personas.

Pero la mayor huella de Israel se produjo en Guatemala, donde el general Efraín Ríos Montt afirmó que su golpe de 1982 triunfó en parte «porque muchos de nuestros soldados fueron entrenados por israelíes». Durante el año siguiente, Ríos Montt intensificó una guerra genocida contra las comunidades indígenas que se cobró más de 200.000 víctimas. Los oficiales tomaron como modelo la estrategia israelí, que perseguía la «palestinización» de las zonas rurales. En Dos Erres, las fuerzas guatemaltecas rociaron a los aldeanos con fusiles Galil, antes de partir los cráneos de los supervivientes con mazos.

Los periodistas Andrew y Leslie Cockburn descubrieron que los dirigentes israelíes tenían pocas reservas sobre la venta de armas. «No me importa lo que los gentiles hagan con las armas», les espetó la teniente coronel Amatzia Shuali. «Lo principal» era que las empresas israelíes “obtuvieran beneficios”.

Al final de la Guerra Fría, la ayuda financiera y militar estadounidense le había permitido a Israel desarrollar una formidable industria armamentística. En su histórico estudio, Bahbah señalaba que, en ocasiones, el 40% de la mano de obra industrial del país trabajaba en el sector de la defensa, y las exportaciones de armas eran una de las principales fuentes de divisas. La producción de armas aceleró la deriva hacia el militarismo, convirtiendo la ocupación de Palestina en una empresa económicamente sostenible y lucrativa. En esencia, los dirigentes israelíes financiaron la agresión contra los palestinos despojando a otros en América Latina y otros lugares.

Elección del terror

Cuando la Unión Soviética implosionó, Israel reinventó el discurso predominante que justificaba su ocupación militar. Durante décadas, los oficiales israelíes habían afirmado que los combatientes palestinos y sus aliados socialistas -como los sandinistas- eran «terroristas» vengativos, desestimando sus reivindicaciones e ideales políticos. Sin embargo, los líderes sionistas afirmaban ahora que el «terrorismo» suponía la mayor amenaza para la paz mundial, al tiempo que ampliaban el elástico término para demonizar toda la resistencia palestina. Describiendo las protestas masivas como terror, los oficiales israelíes distribuyeron porras en 1988, ordenando a las tropas que rompieran los huesos de los manifestantes. En dos años, la organización sin ánimo de lucro Save the Children, con sede en Londres, calculó que más de 23.600 niños palestinos necesitaron atención médica por palizas. Casi un tercio de las víctimas tenían 10 años o menos.

En esta coyuntura, Benjamin Netanyahu emergió como un incendiario conservador y autoproclamado experto en terror global mientras lideraba el partido Likud. Anteriormente, Netanyahu fundó el Instituto Jonathan para convencer a los responsables políticos occidentales de que el «terrorismo internacional» suponía una amenaza existencial para la democracia liberal, al tiempo que enmarcaba la resistencia palestina como malvada, irracional y antisemita. Su programa político celebraba la expansión colonial y la fuerza bruta.

En octubre de 1995, Netanyahu denunció al primer ministro Yitzhak Rabin por negociar los Acuerdos de Oslo, incitando protestas rabiosas y apareciendo en un mitin con una efigie de Rabin en uniforme de las SS nazis. Un mes después, un pistolero de derechas asesinaba al primer ministro.

Tras los atentados del 11-S, Netanyahu y otros dirigentes israelíes aprovecharon su experiencia en contrainsurgencia para estrechar relaciones con Washington y dar forma a la «guerra global contra el terror». De forma conveniente, muchos defensores de la invasión de Iraq eran sionistas empedernidos. El vicepresidente Dick Cheney era miembro del consejo del Instituto Judío para la Seguridad Nacional de Estados Unidos, que promueve la venta de armas a Israel. Anteriormente, el asesor de Defensa Dick Perle representaba a los fabricantes de armas israelíes, y el subsecretario de Defensa para Política Douglas Feith era asesor de Netanyahu. El Jerusalem Post destacó que uno de los principales arquitectos de la guerra, Paul Wolfowitz, era «devotamente proisraelí», y le nombró «Hombre del Año» meses después de la invasión.

Los funcionarios israelíes esperaban que la intervención estadounidense derribara regímenes hostiles y frustrara los sueños palestinos de autogobierno. En vísperas de la invasión de Iraq, Haaretz anunció que la «cúpula militar y política israelí anhela la guerra». El propio Netanyahu publicó «The Case for Toppling Saddam» en The Wall Street Journal, haciéndose eco de falsas afirmaciones sobre un arsenal nuclear iraquí.

A medida que se extendía la guerra contra el terrorismo, oficiales estadounidenses e israelíes compartían tácticas de contrainsurgencia, codeándose en el desierto del Negev. «Delegaciones militares estadounidenses de alto rango vinieron… a aprender de las experiencias de Israel en la caza de terroristas en la Franja de Gaza», relataron expertos en defensa. La ayuda extranjera y la demanda de servicios de seguridad también fomentaron una especie de puesta en marcha de colonialismos, ya que los veteranos israelíes fundaron empresas como NSO Group y Smart Shooter, que desarrollan los últimos programas espía y sistemas de puntería para armas, aprovechando la ocupación para desarrollar nuevas tecnologías de control social.

En secreto, la embajada estadounidense reconoció que el estado de pie de guerra del país impulsó su crecimiento económico. «La inversión gubernamental», se maravillaba el embajador James Cunningham, “se demuestra de forma sorprendente en los programas de entrenamiento militar de Israel”. Los estudiantes de ingeniería del ejército israelí desarrollaron «mejores sistemas de guiado de misiles», «aviones no tripulados» y otras innovaciones mortíferas. «Al terminar el servicio militar», explicó, los graduados eran “absorbidos por empresas tecnológicas” como Elbit Systems y Gilat Satellite Networks.

Los funcionarios estadounidenses presentaban a Israel como un paraíso para las start-ups, mientras aislaban a las víctimas palestinas de su economía militarizada. En 2007, los diplomáticos estadounidenses excluyeron a los dirigentes de Hamás de las conversaciones de paz de Annapolis, a pesar de reconocer que «habían barrido en las elecciones locales de Gaza». Tras examinar a los propios delegados palestinos, la secretaria de Estado Condoleezza Rice les dijo sin rodeos que se olvidaran de la limpieza étnica de palestinos (la «Nakba») durante la creación de Israel en 1948. «A la gente de todo el mundo le ocurren cosas malas continuamente», les sermoneó Rice. «Tenéis que mirar hacia adelante».

En última instancia, la guerra contra el terror justificó niveles crecientes de ayuda y cooperación militar al tiempo que ofrecía un marco ideológico que desacreditaba la disidencia palestina desde el primer momento. Para los responsables políticos, el concepto de «terrorismo» invertía verdades incómodas: convertía la resistencia de los débiles en «violencia irracional» y la afirmación colonial en «autodefensa». Rebosante de ayuda extranjera, la economía israelí se militarizó aún más. El «proceso de paz» se convirtió en una herramienta de agresión, ya que Estados Unidos actuó como «abogado de Israel», según un negociador estadounidense.

Cómo probar el Armagedón

Mientras las negociaciones fracasaban, los responsables gubernamentales y empresariales siguieron adoptando la «ventaja comparativa» de la guerra sin fin. Citando los ataques con cohetes de Hamás, Israel lanzó la Operación Plomo Fundido en diciembre de 2008, presentando la Franja de Gaza como un «nido terrorista». La franja se convirtió en un laboratorio armamentístico con barrios disolviéndose en escombros y columnas de humo brotando en el horizonte. Las fuerzas invasoras exhibieron nuevos equipos como el tanque Merkava IV y el fusil de asalto Tavor TAR-21, al tiempo que, según se informó, probaban el explosivo de metal inerte denso, un arma experimental desarrollada por la Fuerza Aérea de Estados Unidos.

«Casas, escuelas, instalaciones médicas y edificios de la ONU -todos ellos objetos civiles- recibieron impactos directos de la artillería israelí», subrayó Amnistía Internacional. Los soldados bombardearon con «municiones de precisión» las habitaciones de los niños. Las pruebas también sugieren que probaron «un nuevo tipo de misil» contra civiles: mataron a estudiantes que esperaban el autobús escolar y a una familia entera en su casa. Incluso bombardearon edificios de la ONU con fósforo blanco. Expertos en derechos humanos encontraron proyectiles fabricados en Pine Bluff, Arkansas, todavía humeantes tres semanas después del alto el fuego.

Sin embargo, la política de Estados Unidos se mantuvo al lado de Israel. Días después del comienzo de la ofensiva, el Pentágono planeó enviar 1 millón de libras de explosivos a las fuerzas israelíes, incluidas bombas de fósforo blanco.

La Operación Plomo Fundido profundizó un patrón histórico en el que Gaza servía de campo de pruebas para las armas israelíes y estadounidenses, mientras que los funcionarios estadounidenses justificaban las operaciones aludiendo a «terroristas» anónimos.

Pero las incursiones violentas de Israel a menudo no fueron provocadas. En marzo de 2018, los palestinos organizaron la Gran Marcha del Retorno, un movimiento pacífico que exigía derechos políticos y civiles. Los oficiales israelíes respondieron con una lluvia de gases lacrimógenos y balas, matando a 214 civiles e hiriendo a más de 36.100. El jefe del Estado Mayor, Gadi Eisenkot, admitió que autorizó «fuego real» al explicar: «Las órdenes son utilizar toda la fuerza posible».

Trabajadores sanitarios afirmaron que los soldados probaron con los manifestantes «balas mariposa» ilegales, que pulverizaron órganos y obligaron a los médicos a amputar miembros. Al Jazeera informó también de que las fuerzas israelíes «experimentaron con métodos de “control de multitudes”», utilizando drones para rociar gas lacrimógeno y azotando nubes químicas que hicieron que los manifestantes «se agitaran violentamente» en el suelo.

En lugar de congelar la ayuda, la administración Trump celebró la apertura de la embajada estadounidense en Jerusalén, mientras Israel masacraba a 58 palestinos. Las petulantes palmadas en la espalda reforzaron un ciclo de impunidad y victimismo; al año siguiente, las fuerzas israelíes arrasaron intencionadamente la Unión General de Discapacitados Palestinos, eliminando los servicios sanitarios para amputados.

Construir la marca

En el extranjero, las ofensivas militares siguieron sirviendo como argumentos de venta. Irónicamente, los Estados árabes se convirtieron en los principales clientes. Tras la Primavera Árabe, se formó una relación simbiótica, ya que los Estados del Golfo importaron tecnología de seguridad para aplastar la disidencia, y las empresas israelíes obtuvieron acceso al mayor mercado de exportación de armas del mundo. Verint Systems envió equipos de vigilancia a Bahréin, y el Grupo NSO vendió a Arabia Saudí el programa espía Pegasus, que ayudó a las autoridades a reprimir a los activistas de derechos humanos. En 2023, Elbit Systems desveló sus planes para construir fábricas en Marruecos, mientras los drones israelíes merodeaban por el Sáhara Occidental y atacaban a civiles saharauis.

El presidente Donald Trump, formalizando este cambio, negoció los Acuerdos de Abraham, que normalizaron las relaciones entre Israel, Bahréin y los Emiratos Árabes Unidos en septiembre de 2020. En dos años, los Estados árabes absorbieron casi el 25% de las exportaciones militares israelíes.

La Unión Europea también buscó la experiencia violenta de Israel, al tiempo que importaba equipos de seguridad para reprimir la inmigración. En 2017, las instituciones israelíes recibían 170 millones de euros al año en fondos de investigación de la UE. En 2021, Israel se unió a la iniciativa Horizonte Europa, lo que llevó al ministro de Asuntos Exteriores, Yair Lapid, a exclamar que su país era «un actor central en el mayor y más importante programa [de investigación y desarrollo] del mundo». Horizon financia el desarrollo de tecnología de vigilancia e inteligencia, tácticas de interrogatorio y otros proyectos de claro corte militar. Los contratistas de defensa Thales, Safran y MBDA han buscado empresas conjuntas con firmas israelíes para producir armas, especialmente drones. Los expertos militares israelíes Yaakov Katz y Amir Bohbot subrayan que «la Franja de Gaza es la zona cero de la revolución israelí de los drones».

Siguiendo una tendencia histórica, Israel se ha asegurado clientes negándose a respetar la legislación sobre derechos humanos o los embargos de armas. Katz y Bohbot observan que «no poner condiciones a la venta de armas» es «un principio clave», que permite a las empresas convertirse en «un actor dominante en los mercados». Más de una década después de Plomo Fundido, Gaza seguía siendo un maltrecho laboratorio de armas. La ocupación militar israelí no sólo es una catástrofe humana, sino una exportación nacional: una marca que construir.

Acumulación por exterminio

Sin embargo, el propio conflicto reflejaba una contradicción irreprimible: Las armas israelíes prometían el dominio total, pero hacían inevitable la resistencia. En 2018, la ONU advirtió que el asedio israelí estaba haciendo que Gaza fuera «invivible». La embajada de Estados Unidos confió que, en ocasiones, las fuerzas de ocupación impedían incluso la entrada de «juguetes para niños» y «material escolar». Para desestabilizar el statu quo, combatientes palestinos atacaron Israel el pasado octubre, penetrando fronteras rodeadas de muros antiexplosivos y avanzados equipos de vigilancia, capturando a más de 240 personas y asestando un duro golpe a la fachada de invencibilidad del país.

Su operación provocó una respuesta furibunda, ya que el primer ministro Netanyahu aprovechó la guerra para exhibir las proezas tecnológicas del país. Días después de los combates, un portavoz militar anunció el debut en combate del mortero Iron Sting, mientras la prensa local registraba «fuertes subidas de las cotizaciones bursátiles» de los fabricantes de armas y se jactaba de que el nuevo tanque Barak «demuestra su valía en Gaza».

Por encima de todo, los dirigentes israelíes sugieren que la tecnología punta de inteligencia artificial hace que los ataques sean precisos y humanos. Pero en privado, los oficiales de inteligencia niegan que las fuerzas israelíes ejerzan la restricción. «Al contrario, bombardearon… [combatientes] en casas sin dudarlo», recuerda uno. «Es mucho más fácil bombardear la casa de una familia». Otro oficial admite que «bombardeábamos sólo por ‘disuasión’», derribando rascacielos «sólo para causar destrucción».

Los investigadores de la ONU concluyen que los dirigentes israelíes han buscado el «exterminio» de los palestinos, «arrasando bloques de viviendas y barrios enteros hasta convertirlos en escombros» y desplazando a más de 1,7 millones de víctimas. Las autoridades describen a soldados que disparan sobre refugiados con banderas, «saquean casas» y utilizan «el hambre como método de guerra».

Su violencia sigue siendo deliberadamente gratuita: este mes de julio, Israel atacó cuatro escuelas en cuatro días, lanzando a los refugiados por los aires en una avalancha de metralla y fuego. En medio de los incesantes bombardeos, Human Rights Watch publicó recientemente un estudio que demuestra que los soldados israelíes torturan sistemáticamente a los prisioneros palestinos, en el que se describen pruebas de quemaduras con cigarrillos y mecheros, brutales palizas, electrocuciones y «abusos sexuales», incluido un caso en el que miembros de las fuerzas israelíes violaron a un detenido con un fusil M16.

Los autores subrayan que Israel está atacando al personal médico, lo que contribuye aún más al colapso del sistema sanitario de Gaza. El paramédico Walid Khalili informó a los investigadores de que sus captores suspendieron a palestinos por las esposas, colgando a docenas del techo como fruta ensangrentada. Un médico del ejército israelí señala que esas prácticas de esposado impiden con frecuencia la circulación sanguínea, lo que lleva a sus colegas a amputar las extremidades de los prisioneros.

A pesar de estas violaciones de los derechos humanos, la administración Biden aprobó en agosto un paquete de 18.000 millones de dólares para la lucha contra el terrorismo, y los fabricantes de armas israelíes se muestran optimistas. «Éste es el mejor momento de las industrias de defensa», insiste el director general de Smart Shooter, Michal Mor.

Durante décadas, la desposesión de los palestinos ha impulsado un ciclo de acumulación, ya que Israel no sólo construye asentamientos sino que también fabrica armas en los Territorios Ocupados. En última instancia, la ayuda estadounidense ha contribuido a convertir el país en una tecno-distopía que exporta instrumentos de opresión al extranjero, mientras los pone a prueba contra los refugiados a lo largo de sus fronteras móviles. Hasta un punto inquietante, la actual guerra genocida refleja esta lógica despiadada e impersonal: Israel y Estados Unidos están sumiendo a los palestinos en el hambre y la desolación, persiguiendo la siguiente fase de un ciclo de acumulación por exterminio.

Foto de portada: Un hombre palestino camina por una calle destrozada por excavadoras durante una incursión israelí en la ciudad ocupada de Yenín, en Cisjordania, Palestina, el 1 de septiembre de 2024 (Ronaldo Schemidt/AFP vía Getty Images).

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