Juan Cole, TomDispatch.com, 17 septiembre 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch, es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubáiyát of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).
Al menos una cosa es ahora evidente en Oriente Medio: la administración Biden ha fracasado estrepitosamente en sus objetivos allí, dejando a la región inmersa en un peligroso desorden. Su principal objetivo declarado en política exterior ha sido reunir a sus socios en la zona para que cooperen con el gobierno extremista israelí de Benjamin Netanyahu, al tiempo que defienden un orden internacional «basado en normas» y bloquean a Irán y sus aliados en sus políticas. Evidentemente, tales objetivos han tenido toda la coherencia de una quimera y han fracasado por una razón obvia. El talón de Aquiles del presidente Biden ha sido su «abrazo del oso» a Netanyahu, que se alió con el equivalente israelí de los neonazis, al tiempo que lanzaba una ruinosa guerra total contra el pueblo de Gaza tras el horrible ataque terrorista de Hamás contra Israel del 7 de octubre.
Biden también firmó los Acuerdos de Abraham, un proyecto iniciado en 2020 por Jared Kushner, el yerno y enviado especial a Oriente Medio del entonces presidente Donald Trump. A través de ellos, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin y Marruecos acordaron reconocer a Israel a cambio de oportunidades de inversión y comercio allí y acceso al armamento estadounidense y a un paraguas de seguridad estadounidense. Sin embargo, Washington no sólo no logró incorporar a Arabia Saudí a ese marco, sino que también se ha enfrentado a dificultades cada vez mayores para mantener en vigor los propios acuerdos, dada la creciente ira y repulsa en la región por el elevado (e incesante) número de víctimas civiles en Gaza. Como es habitual, el mero atraque de un buque israelí en el puerto marroquí de Tánger este verano desencadenó protestas populares que se extendieron a decenas de ciudades de ese país. Y eso fue sólo un aperitivo de lo que podría estar por venir.
Hipocresía pasmosa
Los esfuerzos de Washington en Oriente Medio se han visto profundamente socavados por su impresionante hipocresía. Después de todo, el equipo de Biden se ha puesto colorado al denunciar la ocupación rusa de partes de Ucrania y sus violaciones del derecho humanitario internacional al matar a tantos civiles inocentes allí. En cambio, la administración deja que el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu desprecie por completo el derecho internacional en lo que respecta a su trato a los palestinos. Este verano, la Corte Internacional de Justicia dictaminó que toda la ocupación israelí de los territorios palestinos es ilegal según el derecho internacional y, en respuesta, tanto Estados Unidos como Israel hicieron caso omiso de la sentencia. En parte como respuesta a la política israelí de Washington, ningún país de Oriente Medio y muy pocas naciones del Sur global se han unido a su intento de condenar al ostracismo a la Rusia de Vladimir Putin.
Peor aún para la administración Biden, la división más importante en el mundo árabe entre los gobiernos nacionalistas seculares y los que favorecen formas de islam político ha comenzado a cicatrizar ante la percepción de la amenaza israelí. Turquía y Egipto, enfrentados desde hace tiempo por sus opiniones divergentes sobre los Hermanos Musulmanes, el movimiento fundamentalista que llegó brevemente al poder en El Cairo en 2012-2013, han empezado a reparar su relación, citando específicamente la amenaza que supone el expansionismo israelí.
La persistencia del secretario de Estado, Antony Blinken, en presionar a Arabia Saudí, un socio clave de Estados Unidos en materia de seguridad, para que reconozca a Israel en un momento en que la opinión pública árabe hierve de ira por lo que consideran una campaña de genocidio en Gaza, es lo más parecido desde la administración Trump a la pura idiocracia. La presión de Washington sobre Riad suscitó del príncipe heredero saudí, Mohammed Bin Salman, la lamentable súplica de que teme ser asesinado si normaliza ahora las relaciones con Tel Aviv. Y considérenlo irónico dado su propio papel en el pasado al ordenar el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi. En resumen, la continua ambición desde dentro de Beltway de asegurar un mayor reconocimiento árabe de Israel en medio de la aniquilación de Gaza hace que los socios de seguridad de Estados Unidos se pregunten si Washington está intentando que los maten, cualquier cosa menos una base prometedora para una alianza a largo plazo.
Deslegitimación global
La naturaleza de ciencia ficción de la política estadounidense en Oriente Próximo se revela crudamente cuando se considera la posición de Jordania, que tiene un tratado de paz con Israel. A principios de septiembre, su ministro de Asuntos Exteriores, Ayman Safadi, advirtió de que cualquier intento por parte del ejército israelí o de sus ocupantes ilegales de expulsar a los palestinos autóctonos de Cisjordania a Jordania se consideraría un «acto de guerra». Aunque en su día esas preocupaciones pudieran parecer exageradas, la reciente y asombrosa (y asombrosamente destructiva) campaña militar israelí en la Cisjordania palestina, que incluye bombardeos de zonas pobladas por aviones de combate, ya ha empezado a parecerse en sus tácticas a la campaña de Gaza. Y téngase en cuenta que, a finales de agosto, el ministro de Asuntos Exteriores Israel Katz incluso instó al ejército israelí a obligar a los palestinos a emprender una «evacuación voluntaria» del norte de Cisjordania.
La expulsión de los palestinos de allí no sólo es ahora la política declarada de miembros del gabinete como el extremista del Poder Judío Itamar Ben-Gvir; es la preferencia del 65% de los israelíes encuestados. Y, atención, cuando Israel y Jordania empiezan a hablar de guerra se sabe que algo serio está pasando, ya que la última vez que esos dos países lucharon activamente fue en la guerra de octubre de 1973, durante la administración del presidente Richard Nixon.
En resumen, Netanyahu y sus compañeros extremistas están deshaciendo todos los avances diplomáticos que su país ha logrado en el último medio siglo. Ronen Bar, jefe de la agencia de inteligencia nacional israelí Shin Bet, advirtió en agosto que las brutales políticas que los extremistas del gobierno estaban llevando a cabo son «una mancha para el judaísmo» y conducirán a una «deslegitimación global, incluso entre nuestros mayores aliados».
Turquía, un aliado de la OTAN con el que Estados Unidos tiene obligaciones de defensa mutua, se ha vuelto vociferante en su descontento con la política del presidente Biden en Oriente Medio. Aunque Turquía reconoció a Israel en 1949, bajo la presidencia de Recep Tayyip Erdogan, del proislamista Partido de la Justicia y el Desarrollo, las interacciones se habían agitado incluso antes de la pesadilla de Gaza. Sin embargo, hasta entonces sus lazos comerciales y militares habían sobrevivido a ocasionales discusiones entre sus políticos. Sin embargo, el genocidio de Gaza ha cambiado todo eso. Erdogan llegó a comparar a Netanyahu con Hitler, y luego fue aún más lejos, afirmando que, en la ofensiva de Rafah en el sur de Gaza en mayo, «Netanyahu ha alcanzado un nivel con sus métodos genocidas que pondría celoso a Hitler».
Peor aún, el presidente turco, al que amigos y enemigos se refieren como el «sultán» debido a su vasto poder, ha ido ahora más allá de las palabras airadas. Desde el pasado mes de octubre, ha utilizado la posición de Turquía en la OTAN para prohibir a esta organización que coopere en modo alguno con Israel, alegando que viola el principio de la OTAN de que el daño a los civiles en la guerra debe minimizarse cuidadosamente. El líder del Partido de la Justicia y el Desarrollo también impuso un boicot económico a Israel, interrumpiendo un comercio bilateral que había alcanzado los 7.000 millones de dólares anuales y disparando el precio de las frutas y verduras en Israel, al tiempo que provocaba una escasez de automóviles en el mercado israelí.
El Partido de la Justicia y el Desarrollo de Erdogan representa a las pequeñas ciudades y zonas rurales del país y a sus empresas y empresarios musulmanes, grupos que se preocupan profundamente por la suerte de los palestinos musulmanes de Gaza. Y, aunque la vehemencia de Erdogan ha sido sin duda sincera, también está complaciendo a los incondicionales de su partido ante el creciente desafío interno del laico Partido Republicano del Pueblo. Además, desde hace mucho tiempo se dirige a un público árabe más amplio, que se siente apabullado por la interminable matanza de Gaza.
La alianza de los países musulmanes
Aunque sin duda se trataba de meras bravatas, Erdogan llegó a amenazar con una intervención directa en favor de los asediados palestinos. A principios de agosto, dijo: «Igual que intervenimos en Karabaj [territorio en disputa entre Azerbaiyán y Armenia], igual que intervenimos en Libia, haremos lo mismo con ellos». A principios de septiembre, el presidente turco pidió una alianza islámica en la región para contrarrestar lo que calificó de expansionismo israelí:
«Ayer, una de nuestras propias hijas, [la defensora de los derechos humanos turco-estadounidense] Ayşenur Ezgi Eygi, fue vilmente masacrada [en Cisjordania]. Israel no se detendrá en Gaza. Después de ocupar Ramala [la capital de facto de ese territorio], buscarán en otros lugares. Fijarán sus ojos en nuestra patria. Lo proclaman abiertamente con un mapa. Decimos que Hamás resiste por los musulmanes. Oponerse al terror de Estado de Israel es una cuestión de importancia para la nación y el país. Los países islámicos deben despertar cuanto antes y aumentar su cooperación. El único paso que se puede dar contra el genocidio de Israel es la alianza de los países musulmanes».
De hecho, la pesadilla actual en Gaza y Cisjordania puede estar cambiando las relaciones políticas en la región. Al fin y al cabo, el presidente turco señaló su acercamiento a Egipto como uno de los pilares del nuevo edificio de seguridad que imagina. El presidente egipcio Abdel Fattah al-Sisi realizó su primera visita a Ankara el 4 de septiembre (tras un viaje de Erdogan a El Cairo en febrero). Esas visitas representaron el final de una guerra fría de más de una década en el mundo musulmán suní por el golpe de Estado de al-Sisi en 2013 contra el presidente egipcio electo de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Morsi, a quien Erdogan había apoyado.
A pesar de su aparente adopción de las normas democráticas en 2012-2013, algunos gobernantes de Oriente Medio acusaron a la Hermandad de tener ambiciones autocráticas encubiertas en toda la región y trataron de aplastarla. Por el momento, los Hermanos Musulmanes y otras formas del islam político suní han sido derrotados rotundamente en Egipto, Siria, Túnez y la región del Golfo Pérsico. Erdogan, un pragmático a pesar de su apoyo a la Hermandad y a su vástago Hamás, se había implicado en el proceso de conseguir para su país el mejor acuerdo posible, dada tal derrota regional, incluso antes de que los israelíes atacaran Gaza.
La guerra eterna de Netanyahu en Gaza
Por su parte, el egipcio al-Sisi está ansioso por tener más influencia contra el aparente plan de Netanyahu de una guerra eterna en Gaza. Después de todo, la campaña de Gaza ya ha infligido daños sustanciales a la economía de Egipto, ya que los hutíes de Yemen han apoyado a los gazatíes con ataques a portacontenedores y petroleros en el Mar Rojo. Esto, a su vez, ha desviado el tráfico de Egipto y del Canal de Suez, cuyos peajes normalmente generan importantes divisas para Egipto. En el primer semestre de 2024, sin embargo, sólo ingresó la mitad que el año anterior. Aunque el turismo ha resistido razonablemente bien, cualquier recrudecimiento de la guerra podría devastar también ese sector.
Al parecer, los egipcios también están furiosos por la ocupación por parte de Netanyahu del corredor Filadelfia, al sur de la ciudad de Rafah, en Gaza, y por su despreocupado desprecio de las prerrogativas de El Cairo en virtud del acuerdo de Camp David de patrullar ese corredor. El gobierno de al-Sisi, que, junto con los gobernantes de Qatar y la administración Biden, ha estado muy implicado en la organización de las negociaciones de paz (hasta ahora infructuosas) entre Hamás e Israel, parece estar al límite de sus fuerzas, cada vez más enfadado por la forma en que el primer ministro israelí ha añadido constantemente nuevas condiciones a cualquier acuerdo que se discuta, haciendo fracasar las conversaciones.
Durante meses, El Cairo también ha estado furioso por la acusación de Netanyahu de que Egipto permitió que se construyeran túneles bajo ese corredor para suministrar armamento a Hamás, insistiendo en que el ejército egipcio había destruido diligentemente 1.500 de esos túneles. La postura de Egipto fue respaldada recientemente por Nadav Argaman, exjefe del Shin Bet, quien afirmó: «No hay conexión entre el armamento encontrado en Gaza y el corredor Filadelfia». Sobre Netanyahu, añadió: «Él sabe muy bien que no hay contrabando por el corredor Filadelfia. Así que ahora estamos relegados a vivir con esta ficción imaginaria».
En la capital turca, Ankara, Al-Sisi insistió en que quería trabajar con Erdogan para abordar «la tragedia humanitaria a la que se enfrentan nuestros hermanos palestinos de Gaza en un desastre sin precedentes que dura ya casi un año.» Subrayó que no había luz de día entre Egipto y Turquía «en cuanto a la exigencia de un alto el fuego inmediato, el rechazo de la actual escalada israelí en Cisjordania y el llamamiento a iniciar un camino que logre las aspiraciones del pueblo palestino de establecer su Estado independiente en las fronteras del 4 de junio de 1967, con Jerusalén Este como capital». También señaló que estas posturas están en consonancia con las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y se comprometió a colaborar con Turquía para garantizar la entrega de ayuda humanitaria a Gaza a pesar de «los continuos obstáculos impuestos por Israel».
En resumen, los ligamentos de la influencia estadounidense en Oriente Medio se están disolviendo ante nuestros propios ojos. Los aliados más cercanos de Washington, como las familias reales jordana y saudí, están aterrorizados de que el abrazo del oso de Biden a los crímenes de guerra de Netanyahu y la furia de su propio pueblo puedan, al final, desestabilizar su gobierno. Países que, no hace mucho, mantenían relaciones correctas, si no cálidas, con Israel, como Egipto y Turquía, denuncian cada vez más a ese país y sus políticas. Y la alianza de los socios de Estados Unidos en la región con Israel contra Irán por la que Washington ha trabajado durante tanto tiempo parece estar deshaciéndose por las costuras. Países como Egipto y Turquía están explorando, en cambio, la posibilidad de formar una alianza regional musulmana suní contra la geopolítica del poder judío de Netanyahu que podría, en último término, reducir realmente las tensiones con Teherán.
Que las cosas hayan llegado a tal extremo en Oriente Próximo es claramente culpa de la administración Biden y de su postura -o falta de postura- ante la pesadilla de Israel en Gaza (y ahora también en Cisjordania). Hoy, lamentablemente, esa administración lleva el mismo tipo de anteojeras con respecto a la guerra de Gaza que el presidente Lyndon B. Johnson y sus altos funcionarios lucieron en su día en lo referente a la guerra de Vietnam.
Ilustración de portada: “Erdogan y al-Sisi” (Digital, Dream /Dreamland v3 / IbisPaint/ Clip2Comic, 2024).