Manal Lotfy, Al Ahram Online, 17 septiembre 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Manal Lofty es una colaboradora habitual de Al Ahram Online.
En el otoño de 2022, las calles de Irán se llenaron de energía desafiante mientras los cánticos de «¡Mujer, vida, libertad!» atronaban desde el fondo de una herida colectiva entre miles de manifestantes.
La muerte de Mahsa Amini, una joven iranokurda de 22 años que falleció en un hospital de Teherán tras ser detenida por no llevar correctamente el hiyab, pañuelo en la cabeza, encendió un fuego que se propagó rápidamente.
Inicialmente provocado por las reivindicaciones de los derechos de la mujer, este fuego pronto abrasó los cimientos mismos del régimen. Lo que comenzó como un llamamiento a la libertad de elección -llevar o no llevar el velo- se convirtió en algo mucho más profundo: una demanda de justicia, de una vida libre del control patriarcal y del fin del uso del cuerpo de la mujer como instrumento para hacer avanzar la ideología del régimen.
Cuando estos cánticos resonaron en las calles, supusieron un desafío inequívoco a la autoridad del régimen, que resonó en los pasillos del poder y llegó a oídos del líder supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei.
Por primera vez en años, el régimen se enfrentaba a un movimiento que no estaba impulsado por dificultades económicas, resultados electorales cuestionables o quejas de minorías, sino por un anhelo unido y profundamente arraigado de cambio fundamental.
Los dirigentes iraníes, acosados por la posibilidad de que este movimiento creciera sin control, recurrieron a la represión. Durante meses de manifestaciones masivas, murieron más de 500 manifestantes y se detuvo a unas 22.000 personas.
Sin embargo, dos años después de la muerte de Amini, parece que los manifestantes han conseguido iniciar una revolución social silenciosa en Irán.
«Si éste es el legado de Mahsa, estará feliz y orgullosa, y su sangre no se habrá derramado en vano», declaró Gilda, una joven iraní que estudia literatura inglesa en una universidad de Teherán, al semanario Al-Ahram.
Hoy, en ciudades como Teherán, Isfahán y Shiraz, se desarrolla una escena que no se veía desde la Revolución iraní de 1979. Mujeres y niñas caminan por las calles sin hiyab o con el pañuelo sobre los hombros.
Sorprendentemente, en las semanas y meses posteriores a la muerte de Amini, en septiembre de 2022, algunos hombres conservadores acosaron a estas mujeres con la esperanza de asustarlas para que volvieran a obedecer. Pero pronto empezaron a intervenir hombres jóvenes y personas menos conservadoras, protegiendo a las mujeres y enfrentándose a los acosadores.
Con el tiempo, el acoso disminuyó, e incluso la policía de la moral, siguiendo órdenes de altos funcionarios, ha aflojado el cerco.
Es una rebelión silenciosa pero profunda, no marcada por pancartas o eslóganes, sino por actos sencillos y cotidianos. Estas mujeres, jóvenes y mayores, pasean por bazares, viajan en metro, se sientan en cafés y asisten a clases universitarias con el pelo al descubierto, no como parte de un gran movimiento organizado, sino como un acto de rebeldía profundamente personal.
Reclaman no sólo su derecho a vestir como les plazca, sino su propia identidad y la libertad de existir en sus propios términos.
Esta resistencia está entretejida en el tejido cotidiano de la vida, una solidaridad tácita que se intercambia a través de miradas y gestos de apoyo, una hermandad que no necesita nombre. Las calles de Teherán ya no son sólo calles; son escenarios de protesta silenciosa, donde cada cabeza descubierta es una declaración de intenciones, un desafío a un régimen que durante mucho tiempo ha equiparado la virtud de la mujer con el velo.
«Al principio, sólo unas diez chicas caminaban por los pasillos de la universidad sin cubrirse la cabeza. Luego el número aumentó a cien, y pronto a mil. El movimiento se extendió rápidamente. Elegir qué ponerse es una cuestión de libertad personal, sin relación con la religión o la moral. Muchas chicas siguen llevando la cabeza cubierta, y eso también es una elección personal. Nadie debe interferir en la forma de vestir de otra persona», argumenta Gilda.
Los cambios no se limitan al creciente número de mujeres y niñas que desafían al régimen apareciendo en público sin cubrirse la cabeza. También se reflejan en el comportamiento de los hombres, que en su gran mayoría ya no intervienen. Y cuando lo hacen, suele ser para defender los derechos de las mujeres.
«Creo que muchos hombres se preguntan: ‘¿cómo puede el gobierno centrar toda su atención en que las mujeres se cubran el pelo cuando no tenemos trabajo, la inflación está por las nubes, los precios se han duplicado y las autoridades planean suprimir la subvención a la gasolina?’». añade Gilda.
Las autoridades iraníes parecen reconocer que imponer el hiyab por la fuerza es el «talón de Aquiles» del régimen, una batalla que ni quiere ni necesita.
En el segundo aniversario de la muerte de Amini, el recién elegido presidente iraní, Masoud Pezeshkian, prometió que la policía de la moralidad del país dejaría de «acosar» a las mujeres. Subrayó que la función de la policía de la moral no es enfrentarse a las mujeres por su forma de vestir, lo que indica una posible relajación oficial de la estricta aplicación del hiyab.
Del mismo modo, el fiscal general de Irán, Mohamed Movahedi Azad, advirtió recientemente a la policía de la moral de que no provocara altercados físicos por el hiyab. «Hemos procesado a infractores [en la policía de moralidad], y seguiremos haciéndolo», declaró Movahedi Azad en los medios de comunicación estatales.
«Nadie tiene derecho a actuar de forma inapropiada, aunque haya cometido un delito», subrayó.
Aunque no se ha tomado ninguna decisión oficial para relajar las leyes sobre el hiyab en Irán, hay indicios de que el panorama político está cambiando. Los debates en prensa y televisión ya no se centran tanto en el hiyab, y han disminuido las críticas a quienes optan por no llevarlo.
Esta suavización de la postura del régimen puede estar relacionada con una reciente encuesta realizada por el Ministerio de Cultura y Orientación Islámica, según la cual el hiyab se ha convertido en uno de los temas con mayor carga emocional y política en Irán y en un importante punto de crítica contra el régimen.
Aunque las preocupaciones económicas y el desempleo siguen siendo cruciales, la cuestión del hiyab se ha convertido en el centro de la búsqueda de independencia y dignidad de las mujeres. Al resistirse a las leyes que les obligan a llevarlo, las mujeres iraníes desafían no sólo la imposición de la vestimenta, sino también la narrativa más amplia del régimen, que utiliza sus cuerpos para proyectar una imagen de pureza moral y política.
Su resistencia habla de un profundo anhelo del derecho a existir libremente, sin injerencias del Estado en las decisiones personales, y de un impulso hacia una sociedad en la que sus cuerpos dejen de ser campos de batalla para el control ideológico.
Para Gilda, lo que le da esperanzas de que esta revolución social silenciosa perdure es el hecho de que la mayoría de las mujeres iraníes tienen estudios universitarios y muchas ocupan puestos de prestigio en campos antaño dominados por los hombres, como la medicina, la física nuclear, la arquitectura, la edición, la ingeniería y la contabilidad.
En la actualidad, las mujeres superan a los hombres en la enseñanza superior: los últimos datos muestran que las mujeres representan alrededor del 60% de los estudiantes universitarios en Irán, frente al 40% de los hombres.
Irán, que ya se enfrenta a difíciles y complejos retos internos y regionales, no necesita un conflicto interno en torno al velo. Parece claro que el régimen se ha dado cuenta de ello, como reflejan las sorprendentes declaraciones de Pezeshkian sobre la necesidad de frenar la persecución de las mujeres sin velo por parte de la policía de la moral.
El régimen es plenamente consciente de la brecha cada vez mayor que separa a sus líderes, que envejecen y en su mayoría tienen más de 70 años, de la generación más joven, menor de 30, que ahora representa alrededor del 70% de la población.
Además, ya no se trata de una batalla que el régimen pueda ganar por la fuerza. Lo que se está produciendo no es una revolución en el sentido tradicional: no hay protestas masivas, ni un solo líder al que detener, ni líneas de frente claras. Se trata más bien de una revolución silenciosa de la vida cotidiana, encarnada en pequeños actos de desafío, como una mujer que deja despreocupadamente su pañuelo en el bolso, como si ya no perteneciera a su realidad. Es una suave rebelión conservadora, y los partidarios de la línea dura en Irán no saben cómo enfrentarse a ella.
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