De cómo Netanyahu arrancó la derrota de las fauces de la victoria

David Hearst, Middle East Eye, 7 octubre 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


David Hearst es cofundador y redactor jefe de Middle East Eye, así como comentarista y conferenciante sobre la región y analista en temas de Arabia Saudí. Fue redactor jefe de asuntos exteriores en The Guardian y corresponsal en Rusia, Europa y Belfast. Con anterioridad, fue corresponsal en temas de educación para The Scotsman.

Ningún comentarista del 7 de octubre del año pasado -incluido yo mismo- habría predicho que la guerra seguiría librándose con la máxima ferocidad un año después.

Nadie habría predicho hace un año que Israel seguiría luchando durante más tiempo que cuando estableció su Estado en 1948. Todas las guerras que Israel ha librado desde entonces han sido breves demostraciones de fuerza absoluta.

Y no por falta de ganas.

Israel ha bombardeado Gaza hasta llevarla a la edad de piedra. Más del 70% de sus hogares han sido dañados o destruidos. Israel está en proceso de hacer lo mismo con Tiro, los suburbios del sur de Beirut y muchas otras partes del sur del Líbano.

Nadie iza la bandera blanca. Tampoco hay signos significativos de revuelta por parte de una población -que ahora vive en tiendas de campaña- que ha perdido a más de 41.000 personas directamente por los bombardeos, y tres o cuatro veces más en muertes indirectas.

Según The Lancet, la cifra real de muertos podría superar los 186.000 si se tienen en cuenta otros factores, como las enfermedades y la falta de asistencia sanitaria.

Estas personas pasan hambre. Están plagadas de enfermedades. Están a punto de enfrentarse a un segundo invierno en tiendas de campaña. Son bombardeados a diario. Y, aun así, no se rinden. Esta escala de sufrimiento no se ha dado nunca en ninguna generación anterior.

Todos los palestinos vivos saben lo que está en juego. Y, sin embargo, no huyen. La mayoría preferiría morir antes que entregar su tierra y sus hogares a la ocupación.

Dos estrategias

Desde el comienzo de esta guerra, ha habido dos estrategias muy claras por parte del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del líder de Hamás, Yahya Sinwar.

Netanyahu tenía cuatro objetivos declarados tras el ataque de Hamás contra el sur de Israel: devolver a los rehenes; aplastar a todos los grupos de resistencia en Palestina y el Líbano; acabar con el programa nuclear de Irán y debilitar su eje de resistencia; y reordenar la región, con Israel a la cabeza.

Como pronto quedó patente para las familias de los rehenes, así como para su propio equipo negociador, Hamás y William Burns, el director de la CIA que supervisó las conversaciones, Netanyahu no tenía intención alguna de conseguir que los rehenes volvieran a casa.

Intentó hacer creer a Israel que presionar a Hamás garantizaría una liberación más rápida de los rehenes. Esto era un sinsentido patente, ya que la gran mayoría de los rehenes -sólo quedan 101 en Gaza- mueren a causa de las bombas y misiles lanzados por Israel. Tres de ellos fueron abatidos al intentar rendirse.

Bajo el gobierno de derechas de Netanyahu, las vidas de los rehenes son secundarias frente al objetivo de aplastar a Hamás. Si los rehenes hubieran regresado, Netanyahu podría enfrentarse ahora a una larga condena en prisión.

Pero se ha demostrado que no ha conseguido aplastar a Hamás, de ahí la rapidez con la que ha iniciado una nueva guerra contra el Líbano y Hizbolá. Hamás sigue controlando Gaza y, hasta ahora, y a pesar de dos intentos de sustituirlo como gobierno de la Franja, no ha surgido ninguna otra fuerza creíble en Gaza.

Hamás resurge allí donde no están las tropas israelíes. Los policías de paisano surgen para resolver disputas en cuestión de horas.

Al principio, Israel intentó acabar con los dirigentes de Hamás. Ha matado a los responsables de primera y segunda fila que dirigían el gobierno, la mayoría de ellos en una masacre frente al hospital al-Shifa.

Pero el último anuncio de Israel de que había matado a tres altos cargos de Hamás -Rawhi Mushtaha, jefe del gobierno y primer ministro de facto; Samih al-Siraj, que ocupaba la cartera de seguridad en el buró político de Hamás; y Sami Oudeh, comandante del Mecanismo General de Seguridad de Hamás- nos ofrece una idea de lo que está ocurriendo realmente en Gaza.

El ataque aéreo se produjo hace tres meses y nadie había notado su ausencia. Esto se debe a que Hamás siguió funcionando independientemente de que sus dirigentes estuvieran vivos o muertos.

En el pasado, los asesinatos habían provocado un periodo de incertidumbre para Hamás. Así ocurrió tras el asesinato de Abdel Aziz al-Rantisi en 2004. Pero no es así como funciona hoy y tampoco con esta generación de combatientes.

La decapitación es estrictamente táctica y a corto plazo. Proporciona a los asesinos un alivio temporal. Los dirigentes de Hizbolá han sido derribados por una serie de golpes de los servicios de inteligencia, empezando por la explosión de miles de buscapersonas y walkie-talkies con trampas explosivas. 

Pero no ha quedado incapacitada como fuerza de combate, como está comprobando la unidad de reconocimiento de la Brigada Golani.

A largo plazo, los líderes son reemplazados, las reservas se reponen y los recuerdos se vengan.

El papel de Irán

Israel es el principal culpable de todo esto, ya que ha destrozado deliberadamente las normas de combate del pasado. Un objetivo sospechoso se considera ahora causa suficiente para matar a 90 inocentes a su alrededor, esté o no allí. Un ataque aéreo contra una cafetería en Cisjordania acabó con una familia entera. Murieron 18 palestinos, entre ellos dos niños despedazados. Si disparar misiles contra cafés pretende ser un mensaje, está teniendo el efecto contrario.

Los mártires son los sargentos de reclutamiento más eficaces.

Lo mismo ocurre con todos los grupos de resistencia, grandes o pequeños, arraigados o recién nacidos. Cada vez que las tropas israelíes abandonan Yenín, Tulkarm o Nablús, piensan que han acabado para siempre con su resistencia. Pero, en cada ocasión, vuelven para enfrentarse a más combatientes.

El terror de Israel sólo engendra más terror. La destrucción de Beirut Occidental en 1982 inspiró el ataque de Osama bin Laden contra las Torres Gemelas en 2001.

El tercer objetivo de Netanyahu es acabar con Irán como potencia nuclear y regional, un objetivo que precede al 7 de octubre en varias décadas.

En el momento de escribir estas líneas, estamos esperando la respuesta de Israel al lanzamiento de 180 misiles balísticos iraníes, algunos de los cuales alcanzaron sus objetivos.

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, tuvo que retractarse rápidamente de sus comentarios sobre permitir que Israel atacara las instalaciones petrolíferas iraníes después de que se le señalara que Irán podría cerrar el estrecho de Ormuz de un plumazo.

Nadie está más nervioso ante un ataque israelí contra Irán que los aliados estadounidenses del Golfo. Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos ya han probado lo que le ocurriría a Aramco y a las exportaciones de petróleo si las instalaciones petrolíferas de Irán fueran atacadas.

Por tal motivo, los Estados del Golfo elaboraron un comunicado en el que se declaraban neutrales y añadían que no permitirían que Estados Unidos utilizara ninguna de sus bases aéreas para un ataque contra Irán.

Pero la verdad histórica es que Irán nunca fue fundamental para la causa palestina. Sólo entró en la contienda tras su revolución de 1978. Durante más de 100 años los palestinos han luchado solos. A veces con la ayuda de Estados árabes, primero de Egipto, luego de Siria, después de Iraq, pero la mayoría de las veces han luchado solos.

El programa nuclear de Irán es irrelevante para la lucha palestina. El factor más importante es la determinación del pueblo palestino de vivir en su propia tierra.

La verdadera amenaza para Israel no procede de Irán. Procede de un joven palestino en Yenín, o de un antiguo guardia de la seguridad presidencial en Hebrón, o de un palestino con ciudadanía israelí en Nakab.

Todos ellos han sacado sus propias conclusiones de la desesperanza de la ocupación bajo la que vivían. Ninguno necesitó que Teherán les incitara a ello.

Dictaduras viciosas

El cuarto objetivo de Netanyahu es reordenar la región con Israel a la cabeza. A los funcionarios israelíes les encanta informar a los periodistas estadounidenses sobre las palabras privadas de apoyo que Israel está recibiendo para su agenda de dominio regional por parte de los líderes árabes «suníes moderados». Por moderados quieren decir prooccidentales. Todos ellos son dictaduras despiadadas.

Pero, una vez más, Israel y Estados Unidos cometen el mismo error al confundir las palabras privadas de apoyo de los ricos y dóciles con la voluntad del pueblo al que dicen representar.

El brillante ejemplo de rico y dócil, el archipragmático príncipe heredero Mohammed bin Salman, fue en gran medida mal citado para apoyar la opinión de que en sus corazones a los gobernantes árabes les importaba poco Palestina.

El titular de esta charla con Antony Blinken, secretario de Estado estadounidense, fue esta cita: «¿Me preocupa personalmente la cuestión palestina? No, no me importa».

Pero la cita completa decía así: «El 70% de mi población es más joven que yo», explicó el príncipe heredero a Blinken. «La mayoría de ellos nunca han sabido mucho sobre la cuestión palestina. Es la primera vez que la conocen a través de este conflicto. Es un problema enorme. ¿Me preocupa personalmente la cuestión palestina? A mí no, pero a mi pueblo sí, así que tengo que asegurarme de que esto tenga sentido».

Cuanto más autocrático es el régimen y más inestable se siente su gobernante en momentos de crisis regional, más tiene que prestar atención a la ira popular sobre Palestina. Es su Talón de Aquiles. La autocracia no suprime ni desvía el apoyo a Palestina. Lo amplifica.

En consecuencia, Faisal bin Farhan al-Saud, ministro de Asuntos Exteriores de Arabia Saudí, anunció que el reino sólo normalizaría las relaciones con Israel tras la creación de un Estado palestino.

Esto puede volverse atrás, pero, por ahora al menos, el efecto de los Acuerdos de Abraham en el establecimiento de una alianza regional proisraelí se está desvaneciendo.

Los objetivos de Sinwar

Analicemos ahora los objetivos estratégicos de Sinwar el 7 de octubre y veamos cuáles, si es que hay alguno, han sobrevivido al paso del tiempo.

Tenía dos objetivos estratégicos. Lo que piensa proviene de dos discursos que pronunció el año anterior al ataque de Hamás. En uno, en diciembre de 2022, Sinwar dijo que la ocupación debía hacerse más costosa para Israel.

«Intensificar la resistencia en todas sus formas y hacer que la autoridad de la ocupación pague la factura de la ocupación y los asentamientos es el único medio para liberar a nuestro pueblo y lograr sus objetivos de liberación y retorno», dijo.

Yahya Sinwar durante una reunión en la ciudad de Gaza el 30 de abril de 2022 (AFP/Mahmud Hams).

En otro discurso, Sinwar dijo que los palestinos tenían que presentar a Israel una opción clara.

«O le obligamos a aplicar el derecho internacional, a respetar las resoluciones internacionales, (es decir) retirarse de Cisjordania y Jerusalén, desmantelar los asentamientos, liberar a los cautivos y (permitir) el retorno de los refugiados», dijo.

«O nosotros, junto con el mundo, le obligamos a hacer estas cosas y logramos el establecimiento de un Estado palestino en los territorios ocupados, incluida Jerusalén, o hacemos que esta ocupación entre en contradicción con toda la voluntad internacional, aislándola así robusta e inmensamente, y ponemos fin a su estatus de integración dentro de la región y en el mundo entero».

En cuanto a lo primero, Hamás ha encarecido sin duda la ocupación para Israel.

Desde que empezó la guerra, han muerto 1.664 israelíes, de los cuales 706 eran soldados, 17.809 han resultado heridos y unas 143.000 personas han sido evacuadas de sus hogares, según informó el Jerusalem Post.

El dinero ha empezado a huir del país. A pesar del regreso de muchos de los 300.000 reservistas a sus puestos de trabajo, informa The Economist: «Entre mayo y julio, las salidas de dinero de los bancos del país hacia instituciones extranjeras se duplicaron en comparación con el mismo periodo del año pasado, hasta alcanzar los 2.000 millones de dólares. Los responsables de la política económica de Israel están más preocupados que desde el inicio del conflicto».

El mayor efecto del 7 de octubre

Pero es en el plano psicológico donde el 7 de octubre asestó su golpe más duro.

El súbito y completo colapso del ejército israelí hace un año supuso una enorme conmoción de la que Israel aún no se ha recuperado. Puso en tela de juicio el papel principal del Estado en la defensa de sus ciudadanos.

Hizo que todos los israelíes se sintieran menos seguros y por sí solo puede explicar la brutalidad de la respuesta militar, a pesar de los profundos recelos de los jefes de seguridad.

Si un vídeo de un combatiente de Hamás llamando por teléfono a su madre en Gaza jactándose de cuántos judíos ha matado está grabado en la memoria de David Ignatius, ¿qué hay de los miles de mensajes de TikTok que los soldados israelíes han publicado jactándose de sus crímenes de guerra? ¿Qué efecto tienen en el columnista del Washington Post? Él, como otros, los ha ocultado.

Porque aceptar la narrativa de que el 7 de octubre fue el Holocausto de Israel es ponerse anteojeras.

Es excluir y justificar todo lo que Israel ha hecho a todos los palestinos, independientemente de la familia, el clan o la historia, una barbarie y una inhumanidad mucho mayores de lo que nadie podría haber creído posible de un Estado avanzado, urbano y educado el 6 de octubre.

Aquí, finalmente, llegamos al mayor efecto del ataque de Hamás.

El 6 de octubre, la causa nacional palestina estaba muerta, si no enterrada. Tras más de 30 años de los Acuerdos de Oslo, Gaza estaba totalmente aislada. Su asedio era permanente, y a nadie le importaba.

Netanyahu se atribuyó la victoria y, en septiembre de 2023, agitó en la ONU un mapa en el que Cisjordania no existía.

Sólo había un punto en la agenda regional y era la inminente normalización de Arabia Saudí con Israel. La región estaba más tranquila de lo que había estado en décadas, o así lo escribió con confianza Jake Sullivan, el asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, en la versión original de su ensayo para Foreign Affairs.

«Aunque Oriente Medio sigue acosado por retos perennes, la región está más tranquila de lo que ha estado en décadas», escribió en esa versión original. Ni que decir tiene que hubo que enmendarla apresuradamente.

Cúspide de la victoria

Bajo el liderazgo más extremista y derechista de su historia, se había desechado el principio de «tierra por paz» y también la separación. Al apoderarse de la tierra y conservarla, Israel estaba en la cúspide de la victoria.

Después del 7 de octubre, el apoyo a la resistencia armada está en su punto más alto en Cisjordania. El ataque de Hamás volvió a poner en el orden del día la resistencia armada como forma de imponer su programa de liberación.

Si los Acuerdos de Oslo hubieran conseguido crear un Estado palestino en los cinco años siguientes a su firma, un movimiento como Hamás no habría existido. O, si lo hubiera hecho, habría actuado como un grupo escindido del IRA, incapaz de cambiar el curso de los acontecimientos.

Hoy, Hamás ha cambiado el curso de los acontecimientos, porque la vía pacífica hacia un Estado palestino viable estaba bloqueada. Todo lo que se hablaba de un proceso de paz era un espejismo de tamaño Potemkin.

Oslo no sólo no consiguió crear un Estado palestino. Creó las condiciones para que el Estado israelí se expandiera y prosperara como nunca antes en Cisjordania y Jerusalén.

Este ha sido el principal factor que ha persuadido a una nueva generación de jóvenes palestinos a vender sus taxis y tiendas por armas.

Cuando las Brigadas Qassam atacaron el sur de Israel, esta juventud no necesitó mucho para convencerse. Un año después, el brazo armado de Hamás ha alcanzado el estatus de héroe en Cisjordania, Jordania, Iraq y, sospecho, en gran parte de Egipto y el norte de África.

En estos momentos, Hamás arrasaría a Al Fatah si alguna vez se permitiera la celebración de unas elecciones abiertas, como ocurrió en 2006.

A nivel regional, el eje de la resistencia, que durante gran parte del período transcurrido desde la Primavera Árabe fue un recurso retórico, se ha convertido en una alianza militar operativa.

Hizbolá, que durante tanto tiempo trató de distanciarse de la operación de Hamás, está ahora bajo ataque y en guerra tanto como lo estuvo Hamás. Millones de libaneses han huido de sus hogares y Beirut está sufriendo gran parte del mismo terror de los drones y bombarderos israelíes que sufrió la ciudad de Gaza.

Palestina ha vuelto al lugar que le corresponde, que es ocupar el papel clave en la determinación de la estabilidad de la región.

Décadas de esfuerzos estadounidenses e israelíes invertidos

La brutal respuesta de Israel al 7 de octubre ha dado al traste con décadas de esfuerzos israelíes y estadounidenses por convencer a los árabes de que Palestina ya no podía tener derecho de veto en las relaciones entre israelíes y árabes.

Hoy ese veto es más fuerte que nunca.

El secretario de Estado estadounidense Antony Blinken se reúne con el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu en Jerusalén el 10 de junio de 2024 (Chuck Kennedy/AFP).

El cambio ha sido aún más pronunciado a nivel mundial. A ello ha contribuido la abrumadora necesidad de la alianza occidental de encontrar un enemigo. Hasta hace poco, eran los soviéticos.

Después, el islamismo radical ocupó brevemente el lugar de amenaza global.

Ahora es la alianza de los dictadores de Rusia, China e Irán, todos en busca de esferas de interés, lo que socava el orden mundial, según el último ensayo del secretario de Estado estadounidense Blinken en Foreign Affairs.

Como si Estados Unidos no buscara una esfera de interés mundial… Ni las afirmaciones de Sullivan ni las de Blinken en Foreign Affairs envejecen bien.

Pero como resultado de su guerra, Israel ha perdido el Sur Global y gran parte de Occidente también.

Palestina se ha convertido en la principal causa de derechos humanos del mundo y encabeza la agenda de los esfuerzos para garantizar la justicia internacional, con casos en curso en la Corte Penal Internacional y el Tribunal Internacional de Justicia.

Y ha desencadenado el mayor movimiento de protesta de la historia reciente en el Reino Unido.

Cuestión de tiempo

De las dos estrategias, la de Sinwar parece estar funcionando. Viva o muera, esa agenda ya tiene un impulso propio imparable.

Envalentonado por la debilidad de Biden, la posible llegada de Donald Trump, que ahora dice que Israel es demasiado pequeño, Netanyahu bien puede engañarse pensando que puede ocupar el norte de Gaza y el sur del Líbano.

La anexión de la zona C, que comprende la mayor parte de Cisjordania, es casi con toda seguridad lo siguiente.

Pero lo que Netanyahu no podrá hacer en Gaza, Líbano o Cisjordania es terminar lo que ha empezado.

Lo que obligó a Ariel Sharon a retirarse de Gaza, o a Ehud Barak del Líbano, se aplicará con mayor vigor a las fuerzas israelíes que Netanyahu intente instalar en Gaza y Líbano. Es sólo cuestión de tiempo.

Esta guerra ha despojado a Israel de su imagen sionista liberal, la imagen del nuevo chico del barrio que intenta defenderse en un «barrio difícil».

Ha sido sustituida por la imagen de un ogro regional, un Estado genocida, sin brújula moral, que utiliza el terror para sobrevivir. Un Estado así no puede vivir en paz con sus vecinos. Aplasta y domina para sobrevivir.

La guerra de Netanyahu es a corto plazo y táctica. La guerra de Sinwar es a largo plazo. Es para que Israel se dé cuenta de que nunca podrá conservar las tierras que ha ocupado si quiere la paz.

La guerra de Netanyahu dura ya un año y sólo puede continuar de la misma manera que empezó, infligiendo al sur del Líbano la misma devastación que recibió Gaza. No hay marcha atrás. La guerra de Sinwar no ha hecho más que empezar.

¿Quién ganará? Eso dependerá del grado de resistencia de los oprimidos. Me sorprendería que no hubiera quien dijera: «Ya hemos tenido suficiente, queremos parar».

Pero un año después, el espíritu de resistencia es alto y sigue creciendo. Si estoy en lo cierto, esta lucha no ha hecho más que empezar.

La ecuación de poder en Oriente Medio ha cambiado, pero no a favor de Israel ni de Estados Unidos.

Foto de portada: El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, durante una ceremonia en memoria de las víctimas del asunto de Altalena de 1948, Tel Aviv, 18 de junio de 2024 (Shaul Golan/AFP).

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