Ramzy Baroud, CounterPunch.org, 18 octubre 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Ramzy Baroud es periodista y director de The Palestine Chronicle. Es autor de cinco libros, el último de ellos es «These Chains Will Be Broken: Palestinian Stories of Struggle and Defiance in Israeli Prisons» (Clarity Press, Atlanta). El Dr. Baroud es investigador principal no residente en el Centro para el Islam y los Asuntos Mundiales (CIGA) de la Universidad Zaim de Estambul (IZU). Su sitio web es www.ramzybaroud.net
«Vuestras vidas continuarán. Con nuevos acontecimientos y nuevos rostros. Con las caras de vuestros hijos, que llenarán vuestros hogares de bullicio y risas».
Estas fueron las últimas palabras escritas por mi hermana en un mensaje de texto a una de sus hijas.
La Dra. Soma Baroud fue asesinada el 9 de octubre por aviones de guerra israelíes, que bombardearon el taxi que la transportaba a ella y a otros agotados gazatíes, en algún lugar próximo a la rotonda de Bani Suhaila, cerca de Jan Yunis, al sur de la Franja de Gaza.
Sigo sin entender si se dirigía al hospital, donde trabajaba, o si salía del hospital para volver a casa. Pero ¿acaso importa?
La noticia de su muerte -o, para ser más exactos, asesinato, ya que Israel ha atacado y asesinado deliberadamente a 986 trabajadores sanitarios, entre ellos 165 médicos- llegó a través de una captura de pantalla copiada de una página de Facebook.
«Actualización: estos son los nombres de los mártires del último bombardeo israelí de dos taxis en la zona de Jan Yunis…», eso decía el mensaje.
Le seguía una lista de nombres. «Soma Mohammed Mohammed Baroud» era el quinto nombre de la lista, y el número 42.010 de la cada vez más larga lista de mártires de Gaza.
Me negué a creer la noticia, incluso cuando empezaron a aparecer más mensajes por todas partes en las redes sociales, en los que aparecía como la número cinco, y a veces seis, en la lista de mártires del ataque de Jan Yunis.
Seguí llamándola, una y otra vez, con la esperanza de que la línea crujiera un poco, seguida de un breve silencio, y entonces su voz amable y maternal dijera: «Marhaba Abu Sammy. ¿Cómo estás, hermano?». Pero nunca lo cogió.
Le había dicho en repetidas ocasiones que no necesitaba molestarse con elaborados mensajes de texto o audio debido a la poca fiabilidad de la conexión a Internet y la electricidad. «Basta con que escribas todas las mañanas ‘estamos bien’». Eso es todo lo que le pedí.
Pero ella pasaba varios días sin escribir, a menudo por falta de conexión a Internet. Después llegaba un mensaje, aunque nunca era breve. Escribía con un torrente de pensamientos, enlazando su lucha diaria por sobrevivir, con sus temores por sus hijos, con poesía, con un verso del Corán, con una de sus novelas favoritas, etc.
«Sabes, lo que dijiste la última vez me recuerda a Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez», dijo en más de una ocasión, antes de llevar la conversación a los giros filosóficos más complejos. Yo la escuchaba y me limitaba a repetir: «Sí… totalmente… estoy de acuerdo… al cien por cien».
Para nosotros, Soma era una figura más grande que la vida. Precisamente por eso su repentina ausencia nos ha conmocionado hasta la incredulidad. Sus hijos, aunque ya son mayores, se sienten huérfanos. Pero sus hermanos, yo incluido, nos sentimos igual.
Escribí sobre Soma como un personaje central en mi libro «My Father Was a Freedom Fighter (Mi padre fue un luchador por la libertad)», porque era fundamental para nuestras vidas y para nuestra propia supervivencia en un campo de refugiados de Gaza.
La primogénita, y única hija, tuvo que cargar con una parte mucho mayor de trabajo y expectativas que el resto de nosotros.
Era sólo una niña cuando mi hermano mayor, Anwar, que aún era un bebé, murió en una clínica de la UNRWA en el campo de refugiados de Nuseirat debido a la carencia de medicamentos. Entonces, conoció el dolor, el tipo de dolor que con el tiempo se convirtió en un estado permanente de pena que nunca la abandonaría hasta su asesinato por una bomba israelí suministrada por Estados Unidos en Jan Yunis.
Dos años después de la muerte del primer Anwar, nació otro niño. También le llamaron Anwar, para que continuara el legado del primer niño. Soma apreciaba mucho al recién llegado y mantuvo una amistad especial con él durante décadas.
Mi padre empezó su vida como niño trabajador, luego como combatiente en el Ejército de Liberación de Palestina, después como oficial de policía durante la administración egipcia de Gaza y, de nuevo, como trabajador; eso porque se negó a unirse a la fuerza policial de Gaza financiada por Israel tras la guerra de 1967, conocida como la Naksa.
Hombre inteligente, de principios, e intelectual autodidacta, mi padre hizo todo lo que pudo para proporcionar una medida de dignidad a su pequeña familia; y Soma, una niña, a menudo descalza, estuvo a su lado en todo momento.
Cuando decidió convertirse en comerciante, es decir, comprar artículos desechados y extraños en Israel y volverlos a empaquetar para venderlos en el campo de refugiados, Soma fue su principal ayudante. Aunque su piel se curó, los cortes en los dedos, debidos a envolver individualmente miles de cuchillas de afeitar, seguían siendo testimonio de la difícil vida que llevaba.
«El dedo meñique de Soma vale más que mil hombres», repetía a menudo mi padre, para recordarnos, a la postre cinco varones, que nuestra hermana siempre será la heroína principal de la historia familiar. Ahora que se ha convertido en mártir, ese legado ha quedado asegurado para la eternidad.
Años más tarde, mis padres la enviarían a Alepo a licenciarse en medicina. Regresó a Gaza, donde pasó más de tres décadas curando el dolor ajeno, aunque nunca el propio.
Trabajó en el hospital Al-Shifa y en el hospital Nasser, entre otros centros médicos. Más tarde, obtuvo otro certificado en medicina familiar y abrió su propia clínica. No cobraba a los pobres y hacía todo lo posible por curar a las víctimas de la guerra.
Soma formó parte de una generación de médicas de Gaza que realmente cambió la medicina, poniendo colectivamente un gran énfasis en los derechos de las mujeres a la atención médica y ampliando la comprensión de la medicina de familia para incluir el trauma psicológico, con especial énfasis en la centralidad, pero también en la vulnerabilidad, de las mujeres en una sociedad desgarrada por la guerra.
Cuando mi hija Zarefah consiguió visitarla en Gaza poco antes de la guerra, me contó que «cuando la tía Soma entraba en el hospital, un séquito de mujeres -doctoras, enfermeras y demás personal médico- la rodeaba con total adoración».
En un momento dado, parecía que todo el sufrimiento de Soma por fin estaba dando sus frutos: una bonita casa familiar en Jan Yunis, con un pequeño huerto de olivos y algunas palmeras; un marido cariñoso, él mismo profesor de derecho y, con el tiempo, decano de la facultad de derecho de una reputada universidad de Gaza; tres hijas y dos hijos, cuyas especialidades educativas iban desde la odontología a la farmacia, pasando por el derecho y la ingeniería.
La vida, incluso bajo asedio, al menos para Soma y su familia, parecía razonable. Es cierto que no se le permitió salir de la Franja durante muchos años debido al bloqueo, por lo que se nos negó la oportunidad de verla durante años y años. Es cierto que estaba atormentada por la soledad y la reclusión, de ahí su relación amorosa y las constantes citas de la novela fundamental de García Márquez. Pero al menos su marido no fue asesinado ni desapareció. Su hermosa casa y su clínica seguían en pie. Y ella vivía y respiraba, comunicando sus pepitas filosóficas sobre la vida, la muerte, los recuerdos y la esperanza.
«Si pudiera encontrar los restos de Hamdi, para poder darle un entierro digno», me escribió el pasado enero, cuando circuló la noticia de que su marido había sido ejecutado por un cuadricóptero israelí en Jan Yunis.
Pero como el cadáver seguía sin aparecer, ella se aferraba a una débil esperanza de que siguiera vivo. Sus hijos, por su parte, seguían excavando en los restos y escombros de la zona donde Hamdi fue abatido, con la esperanza de encontrarlo y darle un entierro digno. A menudo eran atacados por drones israelíes mientras intentaban desenterrar el cadáver de su padre. Huían y regresaban con sus palas para continuar con la sombría tarea.
Para maximizar sus posibilidades de supervivencia, la familia de mi hermana decidió dividirse entre campos de desplazados y otros hogares familiares en el sur de Gaza.
Esto significaba que Soma tenía que estar en constante movimiento, viajando, a menudo largas distancias a pie, entre ciudades, pueblos y campos de refugiados, sólo para comprobar cómo estaban sus hijos, siguiendo cada incursión, cada masacre.
«Estoy agotada», me decía una y otra vez. «Lo único que quiero de la vida es que acabe esta guerra, un pijama nuevo y acogedor, mi libro favorito y una cama cómoda».
Estas expectativas sencillas y razonables parecían un espejismo, sobre todo cuando su casa de la zona de Qarara, en Jan Yunis, fue demolida por el ejército israelí el mes pasado.
«Me duele el corazón. Todo ha desaparecido. Tres décadas de vida, de recuerdos, de logros, todo convertido en escombros», escribió.
«Esta no es una historia de piedras y hormigón. Es mucho más grande. Es una historia que no se puede contar del todo, por mucho que escriba o hable. Siete almas habíamos vivido aquí. Comíamos, bebíamos, reíamos, discutíamos y, a pesar de todos los retos que supone vivir en Gaza, conseguíamos forjar una vida feliz para nuestra familia», continuó.
Pocos días antes de que la mataran, me contó que había estado durmiendo en un edificio semidestruido que pertenecía a sus vecinos de Qarara. Me envió una foto tomada por su hijo, sentada en una silla improvisada, en la que también dormía entre las ruinas. Parecía cansada, muy cansada.
No pude decir ni hacer nada para convencerla de que se fuera. Insistió en que quería vigilar los escombros de lo que quedaba de su casa. Su lógica no tenía sentido para mí. Le supliqué que se marchara. Ella me ignoró y siguió enviándome fotos de lo que había rescatado de los escombros: una foto antigua, un pequeño olivo, un certificado de nacimiento…
El último mensaje que le envié, horas antes de que la mataran, fue la promesa de que, cuando acabara la guerra, haría todo lo que estuviera en mi mano para compensarla por todo esto. Que toda la familia se reuniría en Egipto, o en Turquía, y que la colmaríamos de regalos y de un amor familiar sin límites. Terminé diciendo: «Empecemos a planearlo ya. Lo que tú quieras. Sólo tienes que decirlo. Esperando tus instrucciones…» No llegó a ver nunca el mensaje.
Incluso cuando su nombre, como una víctima más del genocidio israelí en Gaza, se mencionó en las noticias locales palestinas, me negué a creerlo. Seguí llamando. «Por favor, contesta, Soma, por favor contesta», le supliqué.
Sólo cuando apareció un vídeo con las bolsas blancas para cadáveres que llegaban al hospital Nasser en la parte trasera de una ambulancia, pensé que tal vez mi hermana se había ido de verdad.
Algunas de las bolsas llevaban los nombres de las otras personas mencionadas en las publicaciones de las redes sociales. Sacaron cada bolsa por separado y las depositaron en el suelo. Un grupo de dolientes, hombres, mujeres y niños desconsolados corrían a abrazar el cuerpo, gritando los mismos gritos de agonía y desesperación que acompañaron a este genocidio en curso desde el primer día.
Luego, otra bolsa, con el nombre «Soma Mohammed Mohammed Baroud» escrito en el grueso plástico blanco. Sus compañeros cargaron con su cuerpo y lo depositaron suavemente en el suelo. Estaban a punto de abrir la bolsa para verificar su identidad. Miré hacia otro lado.
Me niego a verla si no es de la forma en que ella quería ser vista, una persona fuerte, una manifestación de amor, bondad y sabiduría, cuyo «dedo meñique vale más que mil hombres».
Pero ¿por qué sigo revisando mis mensajes con la esperanza de que me mande una nota para decirme que todo fue un gran y cruel malentendido y que está bien?
Mi hermana Soma fue enterrada bajo un pequeño montículo de tierra, en algún lugar de Jan Yunis.
No ha habido más mensajes de ella.
Foto de portada: La doctora Soma Baroud, asesinada el 9 de octubre por aviones de guerra israelíes, que bombardearon el taxi que la transportaba a ella y a otros agotados gazatíes, en algún lugar próximo a la rotonda de Bani Suhaila, cerca de Jan Yunis.