Tom Engelhardt, TomDispatch.com, 12 noviembre 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Tom Engelhardt es el fundador de TomDispatch y miembro del Type Media Center. TomDispatch comenzó en noviembre de 2001 como una lista electrónica anónima de comentarios y artículos recopilados de la prensa mundial. En diciembre de 2002, adquirió su nombre, se convirtió en un proyecto del Type Media Center y se puso en línea como «un antídoto habitual contra los medios tradicionales».
Sinceramente, ¿qué habría escrito George Orwell sobre nuestro planeta cuatro décadas después de que el siniestro año 1984 pasara de la ficción a la historia?
Y sí, en caso de que piensen que, como en su novela 1984, publicada en 1949, un año antes de su muerte y justo cuando comenzaba la Guerra Fría (término que fue el primero en utilizar en un ensayo en octubre de 1945), nuestro mundo también parece encaminarse hacia un futuro de pesadilla, sospecho que, si fuera capaz de regresar a nuestro planeta, no estaría en desacuerdo con ustedes ni un momento. ¡Uf! Perdón por una frase tan larga y complicada, pero no es de extrañar, dada la forma en que nuestro mundo se está enredando en nudos. Sí, la semana pasada, con la elección del negacionista del cambio climático y (para robarle unas palabras a Orwell) nuestro propio Gran Hermano Donald Trump como presidente de los Estados Unidos (¡de nuevo!), acabamos de allanar el camino para una pesadilla instantánea totalmente estadounidense. Aun así, incluso sin él, el mundo no andaba nada bien.
De hecho, vivimos en un país al borde de quién sabe qué, en un planeta al borde de… bueno, sí, ¿quién tiene idea ya? Sin embargo, una cosa es obvia (aunque no para Donald, que planea “perforar, baby, perforar” el primer día que regrese a la Casa Blanca): hace más calor cada año (año tras año) en todos los sentidos imaginables, a medida que se rompen récords de calor, semana tras semana, mes tras mes en todo el mundo. Después de todo, se espera que 2024 sea el año más caluroso de la historia de la humanidad, superando a 2023 en ese récord, y, sin embargo, muy tristemente, no es probable que mantenga ese récord durante más de un año. Como señaló recientemente Kristina Dahl, científica climática de la Union of Concerned Scientists (Unión de Científicos Preocupados): “Los últimos datos científicos muestran una dualidad científica devastadora: no solo se prevé que 2024 sea el año más caluroso registrado hasta la fecha, sino que también podría ser uno de los años más fríos que veremos en las próximas décadas”.
¡Caramba!
Guerra, guerra y más guerra
Solo piensen que, tantos miles de años después de que los humanos comenzamos a hacer la guerra entre nosotros, estamos en un planeta que parece estar desapareciendo a lo grande de maneras que Orwell no podría haber imaginado. Y sin importar su estado, parece que simplemente no podemos evitar, o incluso evidentemente dejar de querer hacer la guerra una y otra… y otra vez.
En este punto, de hecho, al menos tres conflictos absolutamente de pesadilla, aparentemente interminables, se están librando (y librando y librando) en este planeta nuestro. Está, por supuesto, la guerra en Ucrania que comenzó con la dolorosa decisión del presidente ruso Vladimir Putin en febrero de 2022 de invadir ese país. Más de dos años y medio después, con quizás 200.000 o más muertos y la destrucción de partes significativas de Ucrania, parece como si esa guerra en particular estuviera en una pesadilla de devastación sin fin que conduce quién sabe dónde o quién sabe a qué final (incluido, posiblemente, el primer uso de armas nucleares desde agosto de 1945, algo en lo que Orwell ya estaba pensando en ese ensayo suyo sobre la Guerra Fría sólo unos meses después de que Estados Unidos bombardeara con armas nucleares las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki para poner fin a la Segunda Guerra Mundial).
Y, ah, sí, hace poco, un tercer país, también con armas nucleares como los rusos, y cuyo líder, como Vladimir Putin, también dispuesto a amenazar con el uso de ese armamento, decidió entrar directamente en la contienda. Estoy pensando, por supuesto, en el vecino estado de Corea del Norte. Y no se confundan con ese “vecino”. Después de todo, ese país está a sólo unos 7.300 kilómetros de Ucrania, pero sin duda es vecino de Rusia, ¿no?
¡Ups, perdón! Después de echar un vistazo a un mapa, me doy cuenta de que debo haberme referido a un vecino de China, que en realidad es vecino de Rusia, que es más o menos lo mismo. En estas circunstancias, ¿por qué el líder norcoreano Kim Jong-un no habría enviado entre 8.000 y 10.000 de sus tropas de élite a más o menos el otro lado del planeta (¿o me refiero al universo?) para ayudar a un vecino atómico cercano? Y, desde luego, no tengo derecho a criticar semejante decisión, ya que en este siglo mi propio país ha enviado a sus militares a miles de kilómetros de distancia para luchar en guerras (perdidas) en lugares como Afganistán e Iraq.
Por supuesto, independientemente de lo que haya hecho mi país, lo que está sucediendo ahora en Ucrania debería seguir siendo la definición de una pesadilla de primera clase, una guerra sin fin que parece volverse cada vez más severa. Pero tal vez, si se compara con lo que está sucediendo ahora en Oriente Medio, puede que deba considerarse una pesadilla de segunda clase. Después de todo, otro país con armas nucleares, Israel, en respuesta a un horrible ataque terrorista contra sus ciudadanos por parte del grupo palestino Hamás el 7 de octubre de 2023, ha pasado más de un año (¡14 meses!) devastando y diezmando casi todo lo que quedó en pie, incluidos los seres humanos, en la diminuta Franja de Gaza. Ya ha matado a decenas de miles de palestinos, incluidos una cantidad escandalosa de niños, ha destruido la mayor parte de la infraestructura allí, ha promovido la hambruna y, bueno… honestamente, eso es sólo el comienzo, ya que Vladimir Putin… oh, perdón, me equivoqué, quise decir que el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ha estado extendiendo la guerra contra Gaza de una manera completamente —¡sí!— devastadora al Líbano (donde, olvidémonos de las cifras crecientes de muertos, más de 1,2 millones de libaneses han sido desplazados de sus hogares y se han convertido en refugiados en un abrir y cerrar de ojos). Mientras tanto, se ha estado enfrentando cara a cara, o tal vez quiero decir bomba a bomba y misil a misil —y tengan en cuenta que la mayoría de esas bombas y misiles provienen de mi propio país, notablemente generoso, ya que Israel es “el mayor receptor acumulado de ayuda militar estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial”— con Irán. Y quién sabe a dónde puede, de hecho, ir ese conjunto de guerras a partir de ahora (aunque, sin duda, a ninguna parte buena), o a qué otro lugar de Oriente Medio los israelíes podrían querer seguir expandiendo sus campañas militares.
Y si todo esto no es suficiente para ustedes, o para este planeta profundamente maltrecho, entonces no olviden Sudán, donde una devastadora guerra civil ha estado azotando durante un año y medio, matando a decenas de miles de sudaneses, desplazando a ocho millones y medio más de sus hogares y causando una hambruna brutal que afecta a millones de seres y que podría destruir una cantidad inconcebible de vidas. Y al igual que los horribles conflictos en Ucrania y Oriente Medio, esa guerra entre dos facciones militares locales no muestra la menor señal de terminar pronto.
Así pues, tres guerras regionales devastadoras en un pequeño planeta. Si eso no es claramente una especie de logro para una humanidad que sigue armándose hasta los dientes, entonces no sé qué lo es.
Guerra planetaria
Y, lamentablemente, esas tres guerras, que en esencia no tienen nada que ver entre sí (rara vez se ven dos de ellas, y mucho menos las tres, en la misma cobertura informativa), nos están distrayendo notablemente de lo que podría considerarse la guerra real, o al menos la más devastadora, en el planeta Tierra. Estoy pensando, por supuesto, en la guerra que, gracias a nosotros, este planeta está librando ahora contra (¡sí!) nosotros.
Después de todo, incluso donde no ha habido guerras horribles, con demasiada frecuencia ha habido otros tipos de devastación. Tomemos el caso de España, donde recientemente en las cercanías de la ciudad de Valencia cayó en ocho horas la cantidad de lluvia de un año entero, en un fenómeno meteorológico asombroso que provocó inundaciones que mataron a cientos de personas y destruyeron muchas propiedades. Consideren esto como un recordatorio, en medio de las guerras aparentemente interminables de la humanidad (y nuestra capacidad inagotable para seguir librándolas), de que gracias a los gases de efecto invernadero que los humanos, especialmente las dos grandes potencias mundiales, Estados Unidos y China, seguimos vertiendo a la atmósfera a un ritmo —tristemente— de récord, este planeta está respondiendo esencialmente haciéndonos la guerra. (Y no olviden que nuestras guerras y los ejércitos que las libran son otra forma devastadora que hemos descubierto los humanos de verter aún más gases de efecto invernadero a la atmósfera, calentando aún más este planeta, y el ejército estadounidense, incluso cuando no está en guerra, sigue siendo un gigantesco emisor de esos gases).
Si bien mi país es históricamente el mayor productor de gases de efecto invernadero de la historia, en nuestros tiempos ha caído al segundo lugar, detrás de China, que (a pesar de su impresionante inversión en producción de energía verde) sigue aumentando, en particular, su uso de carbón, vertiendo aún más dióxido de carbono a la atmósfera de una manera nunca antes vista en el planeta Tierra.
No es que no hayamos sido advertidos, no solo por los científicos, sino por el propio clima. Y no hace falta estar en España para darse cuenta. Después de todo, si vives en el sureste de Estados Unidos, no es probable que olvides pronto la devastación causada por los huracanes Helene y Milton, después de que cobraran fuerza al pasar sobre las aguas calientes a niveles de récord del Golfo de México, antes de azotar Florida y el sureste. Y ese es solo un ejemplo entre tantos, incluidos, por ejemplo, los impresionantes incendios que arrasaron Canadá en el verano de 2023 (y de nuevo en 2024), enviando devastadoras nubes de humo hacia el sur, hacia Estados Unidos.
Seamos realistas, ya sea que hablemos de incendios, sequías, inundaciones, tormentas sin precedentes o de tantas otras cosas, vivimos cada vez más en un planeta diferente. Después de todo, en 2023, el aumento medio global de la temperatura alcanzó los 1,48 grados centígrados por encima de los tiempos preindustriales. Peor aún, en julio de este año, la temperatura había alcanzado la marca de 1,5 grados que el acuerdo climático de París de 2015 estableció como el nivel que no se alcanzaría para fines de este siglo durante doce (¡sí, 12!) meses seguidos. Peor aún, los científicos hablan ahora de un posible aumento devastador de 3 grados o más para fines de siglo. Con eso en mente, sólo imaginen cómo se sentirán los futuros huracanes cuando azoten partes de este país.
En resumen, si bien los humanos no hemos abandonado nuestras viejas formas de hacer la guerra contra nosotros mismos, parece que también hemos encontrado una nueva forma de hacerlo, y si eso no es distópico, ¿qué lo es? Sospecho que George Orwell se quedaría atónito con el planeta en el que ahora parecemos estar y el presidente negacionista del cambo climático que los estadounidenses acaban de enviar de regreso a la Casa Blanca para crear un infierno demasiado literal en la Tierra.
Y, teniendo en cuenta todo esto, me pregunto cómo podría ser este planeta en 2084 si no cambiamos nuestros hábitos, ya sea en lo que se refiere a hacer la guerra o a quemar combustibles fósiles. ¿Seguiremos matándonos unos a otros en un planeta que podría estar sufriendo un clima verdaderamente devastador de maneras que tal vez aún no podamos imaginar? Es difícil incluso soñar (como si tuviéramos una pesadilla, por supuesto) con un futuro en el que ni esos recientes huracanes ni las inundaciones en España parezcan tan desastrosamente fuera de lo normal, nada más que eso, y eso suponiendo que ninguno de los nueve países de este planeta que ya han recurrido a la energía nuclear (u otros que puedan estar encaminándose en esa dirección) decidan, por su parte, atomizar el planeta.
Ahora bien, también es posible que (gracias a algún milagro) para 2084, los humanos hayamos descubierto cómo volvernos verdaderamente verdes nosotros mismos y este planeta, dejando todos esos gases de efecto invernadero para los libros de historia, junto con nuestros interminables siglos de guerras cada vez más devastadoras.
Pero, teniendo en cuenta nuestro pasado y las recientes elecciones estadounidenses, yo no contaría con ello.
Sinceramente, ¿quién habría imaginado que los humanos podríamos llegar a ser capaces de hacer que 1984 de Orwell pareciera una fantasía optimista un siglo después, cuando, independientemente de las guerras que pudieran estar en curso, el planeta mismo podría resultar un auténtico infierno en la Tierra?
Y la verdad de todo es esta: que no debería tener que ser así.