A pesar de las pérdidas y la destrucción, Hizbolá no ha perdido la guerra

Paul Khalifeh, Middle East Eye, 27 noviembre 2024

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Paul Khalifeh es un periodista libanés, corresponsal de la prensa extranjera y profesor en las universidades de Beirut. En X: @khalifehpaul

El enfrentamiento entre Israel y Hizbolá, que ha durado 14 meses y ha degenerado en guerra abierta en los dos últimos meses, ha causado 3.800 muertos y más de 15.000 heridos en el Líbano.

Tras el anuncio del alto el fuego a primera hora de la mañana del miércoles (hora local), el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se atribuyó la victoria. Pero ¿ha perdido Hizbolá esta guerra?

Al amanecer, apenas dos horas después de que entrara en vigor el acuerdo de alto el fuego entre el Líbano e Israel, miles de familias desplazadas, hacinadas en coches y furgonetas, iniciaban el viaje de regreso a sus destruidas aldeas del sur del Líbano, el valle de la Bekaa y los suburbios del sur de Beirut.

En la autopista costera que conduce al sur del Líbano, en la carretera de la Bekaa y en las calles que conectan Beirut con sus suburbios del sur se formaron enormes atascos.

Los ocupantes de los vehículos levantaban las manos en señal de victoria mientras ondeaban banderas de Hizbolá y retratos del líder histórico del partido, Hasán Nasralá, asesinado por Israel el 27 de septiembre.

A pesar de la destrucción, las lágrimas y la pérdida de seres queridos, la multitud parecía alegre. No esperaron a la retirada de las fuerzas israelíes para regresar a su tierra, ni siguieron el consejo del ejército libanés, que emitió un comunicado matutino instando a los residentes a no regresar a sus hogares hasta que las fuerzas de ocupación se hubieran marchado.

Lo que hicieron fue dejarse llevar por sus sentimientos, expresados elocuentemente en un discurso televisado por su líder, el presidente del parlamento Nabih Berri: «Volved a vuestros pueblos, encontrad vuestras higueras y olivos, volved orgullosos a vuestras aldeas porque habéis derrotado al enemigo».

¿Realmente ha salido Hizbolá victorioso de esta guerra para ser celebrados como héroes?

Pérdidas y ganancias

En su discurso del martes por la noche, en el que anunció la aceptación del alto el fuego por parte de Israel, Netanyahu se atribuyó la victoria: «Hemos hecho retroceder a Hizbolá una década. Hace tres meses, esto habría parecido ciencia ficción. Pero lo hemos conseguido. Hizbolá ya no es la misma».

Israel ha matado a los principales dirigentes políticos y militares de Hizbolá, ha destruido sus instituciones sociales, financieras y médicas, ha bombardeado su infraestructura militar y ha matado y herido a miles de sus combatientes.

Decenas de pueblos han sido borrados del mapa, miles de casas reducidas a escombros e innumerables negocios devastados.

Sin embargo, «la victoria no puede medirse por el número de mártires o la extensión de la destrucción, sino que debe basarse en los objetivos iniciales de la guerra», según Ahmad Nuredine, profesor de historia en el sur de Líbano. «Stalingrado fue arrasada y Londres destruida durante la Segunda Guerra Mundial. Murieron más de 20 millones de soviéticos. Sin embargo, Rusia e Inglaterra ganaron la guerra», explicó.

Elias Farhat, general retirado del ejército libanés, también observó que Israel no ha cumplido ninguno de sus objetivos. «Tras el asesinato de Nasralá y otros altos mandos, Netanyahu declaró que quería remodelar Oriente Próximo. Durante una gira por la frontera libanesa, dijo: ‘Con o sin acuerdo, la clave para devolver a nuestro pueblo al norte es empujar a Hizbolá más allá del río Litani e impedir que se rearme’. Pero Israel no ha logrado ninguno de estos objetivos», afirmó.

El retorno de los colonos al «norte de Galilea» no era más que el objetivo declarado. Según muchos expertos y analistas, el verdadero objetivo de Israel era desmantelar el arsenal de misiles balísticos de Hizbolá, una amenaza estratégica para Israel.

«No sólo no se logró este objetivo, sino que además Israel se enfrentó a un nuevo desafío: los drones, que la Cúpula de Hierro fue incapaz de neutralizar», afirma el analista Walid Charara.

Objetivos fallidos

«Esta guerra israelí no sólo tenía objetivos militares, que no se lograron, sino también objetivos políticos», dijo Abdel Halim Fadlallah, director del Centro Consultivo de Investigación y Documentación, un think tank afiliado a Hizbolá.

«Netanyahu expresó claramente sus objetivos cuando dijo a sus aliados occidentales que esta guerra sería el preludio de cambios políticos fundamentales en el Líbano. Ese objetivo ha fracasado, y Hizbolá era, y sigue siendo, el mayor partido del Líbano en términos de representación popular, como demuestran las recientes elecciones parlamentarias. Seguirá siendo el partido más grande en términos institucionales, como ha demostrado al ocupar rápidamente los puestos militares y políticos vacantes por los asesinatos», añadió Fadlallah.

Hizbolá seguirá siendo un actor clave en la política interna libanesa, y todos los intentos de marginarlo políticamente fracasarán».

El investigador afirmó: «Junto con el Movimiento Amal, Hizbolá ocupa todos los escaños parlamentarios asignados a la comunidad chií en el Parlamento libanés. Cuenta con aliados en otras comunidades, tanto cristianas como musulmanas, debido a su visión reformista y a su compromiso con la resistencia contra Israel. Dada la estructura política confesional del Líbano, Hizbolá y Amal mantendrán un papel importante en el proceso nacional de toma de decisiones».

Los 13 puntos del acuerdo de alto el fuego muestran claramente que se basa en gran medida en la Resolución 1701 de la ONU, que el Líbano había acordado aplicar desde los primeros días de la guerra sin «ninguna modificación», como subrayó Berri.

Contrariamente a las afirmaciones de Netanyahu, el acuerdo no concede al ejército israelí libertad de movimientos en territorio libanés. Una de sus cláusulas garantiza «el derecho inherente de Israel y el Líbano a la autodefensa».

El diputado de Hizbolá Hasan Fadlallah también advirtió en una entrevista televisada el miércoles que «la resistencia tiene derecho a defenderse» en caso de ataque israelí.

El acuerdo no menciona explícitamente el desarme de Hizbolá. Establece que «todas las instalaciones no autorizadas relacionadas con la producción de armas y materiales relacionados serán desmanteladas». También añade que «se desmantelarán todas las infraestructuras y posiciones militares no conformes y se confiscarán todas las armas no autorizadas».

Estas dos cláusulas son ambiguas, ya que Hizbolá y Amal están representados en el poder ejecutivo, y el principio de «resistencia» ha sido legitimado por todos los gobiernos libaneses desde el final de la guerra civil en 1990.

Es probable que los adversarios de Hizbolá dentro del Líbano, a menudo vinculados a agendas políticas externas, aprovechen la oportunidad que les brinda la ruptura que exige el desmantelamiento de las infraestructuras militares y la confiscación de las armas.

Aunque están decepcionados por el resultado de esta guerra -no ocultaron su esperanza de ver a Hizbolá erradicada por Israel- no se consideran derrotados. Ya se están preparando para chocar con Hizbolá y sus aliados en cuestiones internas, sobre todo en lo que respecta a la elección de un presidente de la república.

Los adversarios de Hizbulá creen que ahora, debilitado y preocupado por curar sus heridas y las de su base popular, el partido retirará su apoyo a la candidatura del exministro y diputado Sleiman Frangieh. Su candidato preferido es el jefe del ejército, el general Joseph Aoun, apoyado por Estados Unidos.

Cuestiones pendientes

Otra cuestión crítica es el papel del ejército en el próximo periodo.

¿Aceptará un enfrentamiento con Hizbolá, apoyado por más de la mitad de la población libanesa, transformándose en guardias fronterizos al servicio de Israel? ¿O seguirá cumpliendo su misión principal de mantener el orden social en el Líbano y evitar que se den las condiciones para una guerra civil?

Es demasiado pronto para responder a estas preguntas. Sin embargo, a ciertos círculos políticos no les ha gustado el llamamiento del ejército instando a los residentes del sur del Líbano a no regresar a sus hogares hasta la retirada israelí.

Esto es especialmente significativo, ya que el regreso inmediato, masivo y festivo de los desplazados es una de las demostraciones más importantes del fracaso de la guerra israelí.

Otro reto importante al que se enfrentará Hizbolá es la reconstrucción de las zonas habitadas predominantemente por chiíes, que han sufrido daños considerables. A este respecto, el investigador Fadlallah observó:

«Hizbulá centrará sus esfuerzos en la reconstrucción, sobre todo porque tiene una experiencia considerable en este campo con la Fundación ‘Waad’, que reconstruyó las zonas destruidas tras la guerra de julio-agosto de 2006. Puede apoyarse en sus eficaces instituciones civiles y administrativas, presentes en todas las regiones libanesas. El partido hará todo lo necesario para garantizar el regreso de los residentes, como prometió el secretario general Na’im Qassem. Sin embargo, no hay que olvidar que esto también es responsabilidad del Estado libanés, que debe hacer la principal contribución en este ámbito».

Para Elias Farhat, la situación no está tan clara: «Con un Estado impotente y la ausencia de grandes donantes y organismos de financiación, el mayor reto al que se enfrenta Hizbulá es su capacidad para garantizar las necesidades financieras de su base popular, que ha perdido sus hogares. ¿Pagará el alquiler durante un año y proporcionará fondos para mobiliario, como hizo en 2006? ¿De dónde sacará el dinero para semejante operación?», se preguntaba el exgeneral.

Una fuente de Hizbolá afirmó que «el dinero no es un problema» y que «los planes de reconstrucción ya han comenzado».

Los próximos meses traerán respuestas a todas estas preguntas.

Foto de portada: el 27 de noviembre en los suburbios del sur de Beirut, tras la entrada en vigor del alto el fuego entre Israel y Hizbolá, puede verse una pancarta de la victoria y un póster del difunto líder de Hizbolá, Sayid Hasán Nasralá, y del difunto alto cargo de la organización, Hashem Safieddine (Mohamed Azakir/Reuters).

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