Leila al-Shami, The New Arab, 2 diciembre 2024
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Leila al-Shami es coautora de Burning Country: Syrians in Revolution and War y cofundadora del colectivo mediático From the Periphery. X: @LeilaShami
Ocho años después de que Alepo fuera sometida a un brutal asedio por hambre, machacada por el régimen de Assad y las bombas rusas e iraníes y miles de sus habitantes masacrados o desplazados a la fuerza, la bandera de Siria libre ondea sobre la ciudadela.
El avance rebelde y el consiguiente desmoronamiento de las fuerzas del régimen cogieron a todo el mundo por sorpresa, cambiando rápidamente el mapa del poder en todo el norte de Siria, que había permanecido prácticamente congelado desde los acuerdos de reparto de poder de 2020 entre Rusia, Turquía e Irán.
En pocos días, Alepo y la provincia de Idlib quedaron bajo el control de grupos rebeldes dominados por Hayat Tahrir Al-Sham (HTS).
Entretanto, el Ejército Nacional Sirio, respaldado por Turquía, lanzó una ofensiva en Tel Rifaat y sus alrededores, bajo control de las Fuerzas Democráticas Sirias, dirigidas por los kurdos y respaldadas por Estados Unidos.
Se registraron enfrentamientos entre facciones de la oposición y el régimen en la provincia meridional de Daraa, mientras que en Suwayda, dominada por los drusos, se celebraron protestas populares en apoyo de los sirios del norte.
A los sirios, dentro y fuera del país, les pilló por sorpresa.
Muchos lo celebraron, mientras contenían la respiración, sin atreverse a esperar que esto pudiera marcar el final del régimen.
Durante años, Asad ha violado, torturado, matado de hambre, bombardeado y gaseado a la población hasta someterla. Se ha mantenido en el poder gracias al apoyo extranjero y a las bombas extranjeras. Pero hoy Rusia está empantanada en Ucrania y la infraestructura militar iraní en Siria (incluido su apoderado Hizbolá) ha sido diezmada por los ataques israelíes.
En los últimos días, Asad, aislado y sin duda presa del pánico, ha pedido frenéticamente ayuda a sus aliados del Golfo.
Por el contrario, los rebeldes, aprovechando este momento de debilidad, parecen más fuertes y unidos que nunca, utilizando nuevo armamento de drones y capturando depósitos de armas de las fuerzas del régimen en retirada, que apenas han opuesto resistencia.
La venganza de Assad: Cuándo, no si
La rápida liberación de territorio ha dado a millones de sirios la esperanza de que pronto podrán volver a casa, y algunos ya lo están haciendo. Los sirios se llenaron de emoción al ver circular vídeos de presos, entre ellos muchas mujeres, liberados de las cárceles del régimen. Más de 100.000 permanecen en el gulag de Asad o han desaparecido.
Pero los sirios también tienen miedo. Temen las represalias del régimen contra la población civil. En venganza, el régimen y Rusia están bombardeando hospitales y campos de desplazados en Alepo e Idlib.
Los médicos de un hospital de Alepo pidieron ayuda por falta de capacidad para atender a la afluencia de heridos.
Hay informes de que milicias chiíes apoyadas por Irán están entrando en el país desde Iraq para reforzar las fuerzas de Asad.
Los sirios también temen lo que pueda venir después. Ya no existe una oposición democrática organizada dentro del país: Asad se aseguró bien de ello. Las milicias que están recuperando territorio tienen una composición diversa, pero incluyen grupos autoritarios, extremistas y, en algunos casos, con apoyo extranjero. No representan las aspiraciones revolucionarias de los sirios.
Los rebeldes que avanzaron fuera de Idlib se unieron en Hayat Tahrir Al-Sham (HTS).
HTS es una milicia islamista autoritaria, dominante en el norte de Siria. Tiene sus raíces en Al Qaida, pero se ha moderado considerablemente en los últimos años y es una organización nacionalista siria, no yihadista extranjera.
Es la administración local de facto en Idlib y gestiona instituciones, servicios y ayuda humanitaria a través del Gobierno de Salvación Sirio.
Ha habido constantes protestas populares generalizadas contra la milicia y su líder Mohammad al-Yolani por sus abusos y su gobierno autoritario.
Quienes empuñan las armas no representan las aspiraciones de la mayoría. A pesar de ello, los partidarios del régimen calumnian repetidamente como «terroristas» a todos los opositores a Asad, utilizando narrativas islamófobas, sionistas y de la Guerra contra el Terrorismo para deshumanizarlos, reducir sus diversas luchas a sus componentes más autoritarios y legitimar la violencia del régimen contra ellos.
Los grupos minoritarios en particular están atemorizados, a pesar de los intentos de la alianza por tranquilizarlos, emitiendo declaraciones que garantizan la protección de las minorías y llamando a la unidad de todos los sirios.
HTS ha creado incluso una línea directa para que los ciudadanos de Alepo e Idlib puedan denunciar cualquier abuso o incidente de seguridad.
Hasta ahora, las minorías religiosas no han sido molestadas y los cristianos de Alepo, así como líderes religiosos como el obispo Ephrem Maluli, han emitido declaraciones en las que afirman que actualmente están a salvo y que continúan las oraciones en las iglesias.
Los kurdos sirios, por su parte, temen los avances de las fuerzas respaldadas por Turquía y las amenazas a la autonomía que tanto les ha costado conseguir, sobre todo ante la preocupación de que la retirada estadounidense los deje vulnerables y aislados. Ya han circulado inquietantes vídeos que muestran abusos contra las fuerzas dirigidas por los kurdos.
Los grupos respaldados por Turquía son impopulares entre los sirios en general debido a la corrupción, los abusos y las constantes luchas internas. El Estado turco, antaño considerado un aliado de la revolución, es visto ahora con desdén debido a sus esfuerzos por normalizar las relaciones con Asad y al aumento de los ataques xenófobos contra los refugiados sirios en Turquía.
Una vez más, las narrativas dominantes de la «izquierda» pretenden negar a los sirios cualquier capacidad de acción y ver todos los acontecimientos a través de una lente geopolítica que nunca cambia. En tal sentido, están circulando bulos y conspiraciones sobre maquinaciones extranjeras detrás de los recientes acontecimientos.
Pero los Estados extranjeros no están interesados en el derrocamiento del régimen, y mucho menos en la autodeterminación de Siria.
Estados Unidos, a pesar de su retórica contra el régimen, sólo ha dado un apoyo parcial a los rebeldes, suficiente para presionar a Asad a la mesa de negociaciones y no para cambiar el equilibrio de poder. La intervención militar estadounidense se centró en derrotar al Dáesh, no al régimen.
Israel tiene un socio útil en un régimen que, a pesar de su retórica antiisraelí, sólo ha utilizado sus armas para aplastar a la oposición interna (y en muchos casos a la resistencia palestina) en lugar de liberar el territorio sirio de la ocupación israelí.
Los intereses de Turquía se centran en aplastar la autonomía kurda y devolver a los refugiados. Sin duda, todos estos Estados se esforzarán ahora por influir en el curso de los acontecimientos, asegurándose de que sus intereses queden protegidos y de que cualquier resultado les favorezca.
Los sirios no se hacen ilusiones: lo que venga después de Assad será un desastre. Toda la región está en llamas.
Pero para millones de sirios nada puede ser peor que este régimen fascista genocida que ha asesinado a cientos de miles de personas, ha destruido completamente el país, lo ha entregado a potencias extranjeras, ha devastado la economía, ha provocado que la mitad de la población huya de sus hogares y que ahora dirige el país como un cártel de la droga que exporta la anfetamina captagon.
Si cae el régimen, millones de sirios podrán regresar a sus hogares, lo que permitirá reanudar el activismo civil. Si cae Asad, habrá una oportunidad para la esperanza, y la esperanza ha escaseado entre los sirios.
Foto de portada: La bandera de la revolución siria (Getty Images).