Helen Benedict, TomDispatch.com, 3 febrero 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Helen Benedict, profesora de periodismo en la Universidad de Columbia y autora de la reciente novela The Good Deed, lleva más de una década escribiendo sobre la guerra y los refugiados. Galardonada con la Beca Jean Stein de Historia Oral Literaria 2021 y el Premio Ida B. Wells a la Valentía en el Periodismo, también ha escrito otros 13 libros de ficción y no ficción.
Hace seis años, en el momento de la primera prohibición de entrada para musulmanes de la administración Trump y su ronda inicial de despiadadas políticas antiinmigrantes, visité un campo de refugiados en la isla griega de Samos para ver cómo Europa estaba manejando a sus propios inmigrantes y refugiados. En un día, conocí a dos sirios, Iyad Awadawnan y Hasan Majnan, que habían huido de la brutal dictadura de Bashar al-Asad solo para terminar en un campamento mugriento y hacinado en un país que no los quería con un futuro que no podían prever.
Eso fue en junio de 2018 y he mantenido el contacto con ambos desde entonces. Así que, cuando el régimen de Asad cayó el 8 de diciembre de 2024, poniendo fin a dos generaciones de la dictadura quizá más asesina del mundo moderno, me puse en contacto con Iyad y Hasan para ver cómo se sentían.
«¿Cómo me siento?» dijo Hasan por WhatsApp ese día. «¡Estoy como volando por el cielo! Llevo 24 horas viendo las noticias. Me siento orgulloso. Estaba en el lado correcto de la historia. ¡Por fin hemos ganado! El león ha caído».
En árabe, Asad significa «león», aunque ese no era su verdadero nombre. Hafez, el padre de Bashar, lo había adoptado para parecer fuerte.
Hasan nació en la ciudad de Manbij, al noreste de Siria, 18 años antes de la revolución de 2011 y la guerra civil que dejó unos 580.000 civiles muertos y desplazó al menos a 13 millones más.
Dado que Manbij se encuentra en una posición estratégica cerca de la frontera con Turquía, en cuanto los primeros signos de revolución se agitaron en sus calles, se convirtió en un campo de batalla entre múltiples fuerzas. Primero estuvo bajo el control de Asad, cuyo ejército ocupó la ciudad hasta 2012. Luego cayó en manos del revolucionario Ejército Sirio Libre, que la mantuvo en su poder hasta 2014. A continuación, el Estado Islámico de Iraq y Siria (ISIS, por sus siglas en inglés) se apoderó de ella y la controló hasta 2016, para perderla a manos de las Fuerzas Democráticas Sirias, que, a su vez, volvieron a perderla ante el Ejército sirio (entonces respaldado por Rusia). Recientemente, Manbij ha caído bajo el control de las milicias kurdas y sus aliados. Y esto es sólo un resumen aproximado de la sombría y compleja historia de la ciudad.
Para Hasan, crecer en un lugar tan politizado afectó a todos los aspectos de su vida. Sin embargo, muchos de sus recuerdos de Siria antes de la guerra civil son extraordinariamente dulces. «En mi escuela había cristianos y musulmanes, kurdos, árabes y turcomanos», me dijo. «Éramos amigos, estábamos en la misma clase con el mismo profesor. Quiero que Siria vuelva a ser así. No quiero religiones diferentes, con cada uno de nosotros odiándose porque ha perdido a un hermano o a un amigo. No quiero que nada de eso se interponga entre nosotros. Y tampoco quiero que prevalezca el ISIS. Quiero que vivamos como antes, o incluso mejor. Vivir en paz y construir Siria juntos, ser felices y ayudarnos unos a otros».
En 2013, Hasan y su gemelo idéntico, Husein, se unieron al Ejército Sirio Libre para luchar contra Bashar, como les gustaba llamarle, y liberar a Siria de sus garras. Hasan fue capturado entonces por el ISIS, que lo colgó de un techo y lo azotó en público. Después de tres semanas de soportar ese trato, le dejaron marchar siempre que aceptara pedirles perdón, asistir a clases de sharia durante 15 días y unirse a ellos como combatiente. Le quitaron el carné de identidad y le dijeron que, si se negaba, lo detendrían a él o a un miembro de su familia. Hasan, horrorizado por su crueldad y su estrecha ideología, decidió huir a Turquía y, con la bendición de su madre, así lo hizo.
Poco después, su hermano murió en una batalla con el ISIS. Ambos tenían entonces 21 años y, aún hoy, Hasan no se ha recuperado del todo de la muerte de su gemelo. Me enseñó una fotografía de Husein en su ataúd. Era como ver al propio Hasan.
Después de vivir a duras penas en Turquía durante unos años, Hasan se embarcó en un bote de goma endeble y sobrecargado rumbo a Grecia, y acabó en el campamento de Samos donde nos conocimos.
En aquel momento, Hasan estaba tan agotado por sus calvarios -su pelo era parcialmente canoso, su rostro delgado y con líneas de expresión- que lo tomé por un hombre de unos cuarenta años. Me sorprendió saber que sólo tenía 25.
«Ahora puedo volver a casa andando y riendo»
He contado la historia de Hasan en Map of Hope and Sorrow: Stories of Refugees Trapped in Greece (Mapa de esperanza y dolor: Historias de refugiados atrapados en Grecia), el libro que escribí con Iyad, pero baste decir que, tras muchos años de lucha, Hasan vive ahora en Alemania y, tras la caída de Asad, está lleno de esperanza para su país.
«Hoy recuerdo a mi hermano, a mis tres primos y a muchos de mis amigos que murieron», me dijo. «A algunos los mató el ISIS, a otros la milicia kurda, a otros el régimen. Los mataron enemigos diferentes, pero todos ellos luchaban por la misma causa: liberar Siria».
Tras una pausa, añadió: «Sí, he perdido a muchos amigos, pero ahora puedo decirles: descansad en paz, Siria es libre. Estoy orgulloso de vosotros y sé que vosotros estáis orgullosos de mí. Sé que me observáis desde el cielo. Y me alegro por nosotros. Nos uniremos a vosotros más tarde, pero antes nos aseguraremos de construir un lugar seguro para cada sirio y un futuro mejor y democrático para nuestros hijos».
Hace tiempo que sé que Hasan siempre ha querido volver a Siria. Nunca ha dejado de echarla de menos, ni a su madre, que murió mientras él estaba en Turquía, ni a su familia, ni a su idioma, ni a la ciudad de Manbij. Así que, tras la caída de Asad, le pregunté si piensa volver ahora que han cambiado tantas cosas.
«Volver a casa siempre fue mi plan, pero nunca imaginé que Bashar al-Asad ya no estaría», respondió. «Así que mi plan era escribir una carta para dejarla cuando hubiera muerto solo en algún lugar de una habitación en Europa, pidiendo que mi cuerpo fuera enviado de vuelta para ser enterrado en mi ciudad natal. Ese era mi plan para volver a casa: en un ataúd. Ahora puedo volver a casa andando y riendo. Lo primero que haré cuando regrese a Siria será arrodillarme, besar el suelo y dar gracias a Dios por estar de nuestro lado. Somos libres. ¡Volvemos a levantarnos! Ahora puedo pasear por las calles y oler la flor del jazmín. Sí, pronto volveré a casa».
Entonces Hasan habló con más esperanza de la que le había oído en los seis años que le conozco.
«Quizá vaya a ver la tumba de mi madre. Veré a mis viejos amigos y empezaré algo bueno para mi comunidad. Quizá busque trabajo en el nuevo gobierno. O trabajar más en mi inglés y abrir una pequeña escuela y convertirme en profesor de inglés. No es fácil, pero es posible. En los últimos diez años he aprendido que nada es imposible. Sólo hay que luchar por ello, perseverar hasta conseguirlo».
«Primero queríamos libertad. Ahora queremos justicia»
A pesar de todas sus esperanzas en una nueva Siria, Hasan está profundamente decepcionado de que, tras el colapso de su dictadura, Asad consiguiera escabullirse y pedir asilo en Moscú. «Me entristece que no le hayamos capturado para que pueda ir a juicio», me dijo Hasan. «Prometo que tendrá uno justo. Pasará el resto de su vida en prisión. Si no en esta vida, seguro que en la otra. Una de las razones por las que me gusta creer en Dios es porque creo en la justicia».
Mi amigo y coautor Iyad Awadawnan, que encontró asilo en -¡de entre todos los lugares posibles!- Islandia tras un largo calvario en dos campos de refugiados en Grecia, también está preocupado por la justicia y por lo que el futuro pueda traer a Siria. Iyad se vio obligado a huir de Siria con su familia después de que su tío y varios amigos fueran asesinados, una experiencia sobre la que escribió en 2018 cuando tenía 23 años. Tras la caída de Asad, él también se quedó despierto toda la noche viendo las noticias. Sin embargo, su alegría se vio atenuada por la preocupación.
«Puedo decir que mi felicidad es incompleta porque, incluso en sus peores momentos, el régimen siempre ha encontrado una manera de beneficiarse de la situación», me escribió, haciéndose eco de la desconfianza hacia Asad y su régimen que sienten todos los sirios que conozco. «Ahora habrá caos y el caos podría acabar encubriendo los crímenes de Asad».
Al igual que Hasan, Iyad no quiere que Asad y sus secuaces, los torturadores y asesinos, queden impunes. Como él dice: «Primero queríamos libertad. Ahora queremos justicia».
Luego hablamos de la felicidad que sienten tantos sirios al ver a sus seres queridos liberados del gigantesco complejo de prisiones de Asad, famosas por su horrenda brutalidad. Los registros muestran que más de 100.000 mujeres, hombres e incluso niños fueron llevados a esas sombrías ciudadelas sin juicio ni motivo, a menudo para no volver a saber de ellos. En Samos conocí a una mujer de Damasco, la capital siria, que me contó que había sido detenida por el régimen no menos de siete veces, violada y torturada, todo por hablar en contra de Asad.
Sin embargo, Iyad, descontento por la forma desordenada y espontánea en que se estaban abriendo las cárceles, volvió a expresar su cautela. «Es tan desorganizado que podrían destruir muchas pruebas de los crímenes del régimen», dijo. «Esperaba que conservaran toda la documentación posible como prueba, que hicieran fotos y protegieran todos los documentos de las cárceles. Este caos reduce nuestras posibilidades de hacer justicia al régimen en el futuro».
De hecho, el régimen de Asad tomó ejemplo de los nazis al mantener registros meticulosos de las personas que encarcelaban, torturaban y asesinaban. La pregunta es: ¿dónde están ahora esos registros?
«Una revolución que no libera a las mujeres no es una revolución»
Iyad y yo también hablamos del posible destino de las mujeres, algo notablemente ausente de las noticias sobre Siria que he visto en medios como el New York Times, la BBC y la National Public Radio. La única excepción: un artículo en The Guardian de la escritora siria Mona Eltawy, que sugiere que una revolución que no desmantele el patriarcado y libere a las mujeres no es una revolución.
El líder del nuevo gobierno, Mohammad al-Yolani, fue yihadista islamista, un grupo no precisamente conocido por su tolerancia hacia los derechos de la mujer. Afirma haberse alejado de ese extremismo y promete que los civiles de todas las confesiones y etnias estarán seguros en Siria. Pero, que yo sepa, no ha pronunciado ni una palabra de tranquilidad para las mujeres.
Dada la extrema represión de las mujeres en Afganistán por parte de los talibanes, que también prometieron ser más tolerantes cuando tomaron el control por primera vez en 2021, es difícil no ser escéptica. Las mujeres afganas ya no pueden estudiar más allá de los 12 años, desempeñar trabajos que no sean sanitarios, salir solas a la calle, entrar en parques públicos o incluso hablar en público. Siria no es Afganistán, y hasta ahora no se ha documentado ningún cambio en el papel de la mujer, que sigue estudiando y trabajando como siempre. Pero el nuevo gobierno acaba de nombrar a un ministro de Justicia, Shadi al-Waisi, que fue juez de una filial de Al Qaida en el norte de Siria, donde supervisó las ejecuciones públicas de dos mujeres acusadas de adulterio y prostitución. Una de ellas era una madre que, obligada a arrodillarse, suplicó ver a sus hijos momentos antes de que le dispararan en la cabeza. Esto, por decirlo suavemente, no augura nada bueno.
«Nos sentimos incrédulos»
Hablando de mujeres, tenía otra amiga siria a la que consultar, Dunia Kamal. Dunia, que fue alumna de la Escuela de Periodismo de la Universidad de Columbia, donde yo enseño, ha trabajado desde entonces como periodista y ahora es profesora de una escuela pública en Washington, D.C. Me escribió esto dos días después de la caída de Asad:
«Mis amigos, mi familia y yo no sabemos qué sentir. Estamos teniendo una serie de emociones fluctuantes y confusas, de la alegría al miedo, a la felicidad, de vuelta a los recuerdos de la hambruna en el campo de Yarmuk, luego a las imágenes de la estatua de Hafez decapitado, de vuelta a la euforia histérica, luego al dolor y la ira mezclados con ansiedad por lo que está por venir. Sí. Todo eso».
El campo de Yarmuk era una zona de Damasco que acogía a refugiados palestinos, alrededor de 200 murieron asesinados en un bombardeo del régimen, para sufrir después un durísimo asedio durante la guerra.
«Al haber visto a muchas personas arrancadas de nuestras comunidades simplemente por criticar al régimen, de las que nunca más se supo ni se volvió a ver, todos crecimos aprendiendo a autocensurarnos por miedo a las represalias, incluso estando en Estados Unidos», escribió Dunia. «Es bastante chocante poder de repente intercambiar mensajes tan abiertamente. Por ejemplo, escribí mi primer mensaje a un amigo de Damasco preguntándole por los rumores de que Bashar había caído en clave, sólo para recibir una respuesta surrealista casi instantánea: ¡SÍ! BASHAR Y SU BANDA HAN CAÍDO».
«Todos esos años de derramamiento de sangre, tortura y desprecio absoluto por la vida humana. Nos sentimos incrédulos. Nunca pensamos que llegaría un día así. Habíamos perdido la esperanza, y de repente oíamos los cánticos de Eid al unísono desde los minaretes de Damasco señalando el final de una era oscura y dolorosa».
Ahora, ni siquiera dos meses después de la caída de Asad, los ojos del mundo se han trasladado de Siria de nuevo a Gaza y al reciente alto el fuego, así como a los acontecimientos apocalípticos que saludaron nuestro nuevo año aquí en Estados Unidos: los devastadores incendios de Los Ángeles, la toma de posesión de un hombre sin ningún interés en la democracia y el desfile de incompetentes y peligrosos nombramientos que Trump está impulsando ahora en el Congreso. Pero muchos refugiados sirios tienen la mente en otra cosa, porque pase lo que pase ahora -una nueva prohibición musulmana en Estados Unidos, más sentimiento antiinmigración en todo el mundo, tal vez incluso la deportación- una parte esencial de la vida de cada refugiado sirio ha cambiado. Iyad lo explica así:
«Durante años, todos hemos sido apátridas. Nos echaron, no teníamos adónde ir, no pertenecíamos a ningún sitio. Ahora sí. Ahora, nos pase lo que nos pase, volvemos a tener un hogar».
Foto de portada: Campo de refugiados sirios (Cortesía del Parlamento Europeo).