Tamara Al Rifai, Al Jumhuriya English, 23 enero 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Tamara Al Rifai es una experta siria en derechos humanos, ayuda y desarrollo, que actualmente ocupa un alto cargo en las Naciones Unidas, tras ocupar puestos en Human Rights Watch y el Comité Internacional de la Cruz Roja.
La casa de mi familia en Damasco seguía intacta, y el barrio en el que vivíamos se había salvado. No todos los sirios fueron tan afortunados. Mientras deambulaba de una habitación a otra, reconocí muebles, fotos familiares y libros que habían sido testigos de mis años de juventud. En mi dormitorio, mis lecturas de la universidad seguían en las estanterías, y una colección de mini muestras de perfume estaba ordenada en un armario. En el cuarto de baño, mi madre había dejado un bote de quitaesmalte, precintado con cinta adhesiva. Me lo metí en el bolsillo mientras olfateaba la casa en busca de rastros familiares. En la cocina, varios tarros seguían sobre la encimera, con el inconfundible estampado de flores que mis amigos siempre habían asociado a las legendarias galletas caseras de mi madre.
Era mi regreso a Damasco, mi vuelta a casa.

En las últimas semanas, decenas de miles de sirios han regresado a su tierra natal tras la caída del régimen de Asad. Las redes sociales han sido un hervidero de fotos de mujeres, hombres y niños en los pasos fronterizos -primero desde el Líbano y después también desde Jordania- mientras los principales aeropuertos sirios de Damasco y Alepo permanecían cerrados.
Regresar, para un sirio, es una experiencia surrealista, como volver a una película que una vez protagonizaste, antes de que el equipo te echara. Caminé tentativamente por la casa de mi familia, mis pasos lentos, mis ojos adaptándose a la oscuridad. Sin electricidad y con las contraventanas bien cerradas, mi vista se fue acostumbrando a la oscuridad circundante mientras aspiraba los viejos olores familiares.

Mis padres se marcharon de Damasco hace doce años, regresando ocasionalmente durante breves periodos. Yo no había podido volver durante diez años; después de eso, empecé a ir a Siria en visitas cortas y asépticas como funcionaria de una organización internacional, sin comprometerme con el país ni visitar lugares a título personal, y sin volver verdaderamente a casa.
Había algo en nuestra casa que parecía congelado en el tiempo, como el reino de la Bella Durmiente que la malvada bruja había puesto a dormir. Los utensilios de cocina estaban todos en su sitio, los libros de la biblioteca en sus estanterías y una foto de mis hijos sujetaba la puerta de la nevera con un imán. Miré atentamente a través de la luz de mi teléfono las fotos enmarcadas y me di cuenta del asombroso parecido entre mi hija y yo de niña. Mi hija nunca ha estado en Siria. Nació después de que empezara la guerra y nuestra familia dejó de visitarla. Verme en una foto en la pared, a la edad que ella tiene ahora, no hizo más que aumentar mi desorientación.
La guerra en Siria provocó el mayor desplazamiento de la historia moderna, con unos seis millones de sirios forzados a salir del país y otros seis desplazados internos. Abundan las historias de refugiados sirios con éxito: Médicos, artistas, músicos, periodistas y defensores de los derechos humanos sirios han saltado a los titulares por su talento y sus logros en el extranjero. Otros muchos sirios se han forjado una vida lejos de los focos, dondequiera que hayan ido a parar; los que viven en países vecinos y en la región árabe suelen tener que lidiar con condiciones legales precarias.
Sin embargo, la historia de los sirios que no se fueron es mucho menos conocida. Y son, sin duda, la mayoría.
A medida que el antiguo régimen estrechaba su estrangulador y paranoico control sobre los sirios, resultaba difícil apreciar adecuadamente, desde la distancia, cómo las mujeres y los hombres jóvenes sirios se adaptaban constantemente a su cada vez más opresiva vida cotidiana. Desde el repentino colapso del régimen a principios de diciembre, muchos sirios han salido a las calles, a los cafés y a los centros culturales para expresarse, manifestarse y tratar de movilizar apoyo para cuestiones en las que creen, con una energía que recuerda en cierto modo a los primeros meses del levantamiento sirio de 2011. Es como si se hubiera levantado un hechizo, poniendo fin a un largo y sofocante coma.
En los seis días que pasé en Damasco a finales de diciembre, fue como si la ciudad se hubiera liberado por fin de las garras de un malvado hechicero. La euforia era tan palpable que casi se podía tocar o sentir en la piel. Los días y las noches estaban llenos de festividades, actos y debates políticos, cívicos y culturales. Sin embargo, al mismo tiempo, con unos 100.000 sirios desaparecidos y con imágenes horribles y atroces procedentes de la tristemente célebre prisión de Sednaya y otras similares, las familias empezaron a exigir conocer la suerte de sus seres queridos y, lo que es igual de importante, a exigir responsabilidades.

En cada conversación, el dolor y la esperanza se mezclaban con igual intensidad. Los años de pérdida, desaparición, exilio y miedo empezaron a dar paso a la esperanza, a la esperanza de una oportunidad para recuperarse, para construir, para que los sirios escribieran juntos un nuevo capítulo de la historia. Todos los cafés, plazas públicas y calles bullían con estos enérgicos debates, a pesar de los fugaces momentos de tristeza y luto. Los jóvenes dominaban estos intercambios, diseccionando ideas sobre la ciudadanía, el laicismo, el islam moderado, la libertad de asociación y la forma de afrontar y reparar los horrores del pasado. La gente se ponía de acuerdo, discrepaba y debatía en una gran sala. Muchos parecían conocerse, mientras que los pocos que acabábamos de regresar nos presentábamos, y a menudo veíamos a uno o dos viejos amigos.
Hablar con amigos que nunca salieron de Siria durante la guerra me introdujo en nuevas dimensiones de la asombrosa capacidad de mi pueblo para sobrevivir con dignidad y cordura. Sus luchas diarias y las estrategias para superarlas hablaban por sí solas de las penurias que muchos sirios soportaron bajo el puño aplastante del antiguo régimen. Mientras que la división entre los que se quedaron y los que se fueron dividía a los sirios y sus relatos, en mis pocos días de regreso a casa me quedó claro que los que se quedaron tenían un sinfín de historias por contar que esperaban ser escuchadas.
Se trata de los artistas cuyas obras podrían haber viajado, incluso cuando no pudieron hacerlo; los propietarios de tiendas cuyos productos cuadruplicaban su precio con cada devaluación de la libra siria, dejando a pocos capaces de permitírselos; los padres que envejecieron en casas familiares demasiado grandes para ellos, mientras sus hijos intentaban buscarse la vida en otro lugar. La gente que aprendió a vivir sin electricidad durante horas y horas, viendo el flujo constante de desplazamientos desde zonas bombardeadas y vaciadas, viviendo con el miedo constante a ser arrestados, detenidos, torturados, desaparecidos o a perder a sus seres queridos.

Ahora, muchos sirios encuentran por fin el camino de vuelta a casa, mientras que los que se quedaron pueden hablar por fin abiertamente. Ambos llevan las cicatrices de años de brutalidad y dolor, pero la brecha entre sus experiencias persiste.
Poder regresar a casa es en sí mismo un privilegio. Requiere medios económicos, disposición emocional y un estatus legal que permita el movimiento a través de las fronteras y los mostradores de emigración de los aeropuertos. Muchos sirios exiliados no pueden regresar, ni siquiera para una breve visita.
Volver a casa también requiere humildad ante los amigos y familiares que se quedaron en Siria con tanta dignidad y fuerza, que han visto partir o morir a amigos y seres queridos. Los que regresamos les debemos compasión y voluntad de escuchar. La narrativa global sobre Siria ha sido moldeada en gran medida por aquellos de nosotros que nos fuimos, que pudimos contar nuestras historias sin arriesgar nuestras vidas. Ahora es el momento de escuchar a los que se quedaron. Al escucharles, comprendiendo sus experiencias y empatizando con sus horribles pérdidas, los que nos fuimos tenemos la oportunidad de volver de verdad a casa. Es un hogar irrevocablemente cambiado, pero que podemos volver a habitar integrando estas narrativas con las nuestras.
Es hora de escuchar los sonidos de la ciudad, inhalar sus historias y exhalar el alivio de haber vivido lo suficiente para regresar.
