¿Qué ha llegado a su fin en Siria? Cuatro elementos esenciales del asadismo

Yasin al-Haj Saleh, Al-Jumhuriya English, 27 febrero 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Yasin al-Haj Saleh es un escritor sirio dedicado a temas políticos relativos a Siria y a la crítica del islam y la cultura contemporáneos. Estuvo preso por su pertenencia a un partido de izquierdas. Entre sus libros destaca “La revolución imposible” (Ediciones del Oriente y el Mediterráneo).

En muchos de los comentarios casuales y espontáneos sobre Siria tras la caída del régimen de Asad que vengo observando, un buen número de personas en Europa y Oriente Medio se han centrado con escepticismo en lo que les gustaría ver y expresaban su frustración por no ver lo que querían; o bien mencionaban anécdotas sobre incidentes y acontecimientos contraproducentes que estaban ocurriendo en Siria. En el universo sirio actual, las cosas son tan fluidas y sin forma que uno puede encontrar ejemplos de lo que a uno le gusta o le disgusta. Sin embargo, esas tendencias no se muestran muy respetuosas con el pueblo sirio, ya que repiten una práctica demasiado común de imponer las prioridades y agendas de los extranjeros a un país que ha sufrido tremendamente en los últimos 14 años –o, mejor dicho, durante los últimos 54 años–. Ni siquiera logran poner lo que están observando en la perspectiva correcta, porque en realidad no comprenden qué es lo que ha terminado en Siria. Para ayudar a remediar esto, me gustaría destacar cuatro elementos de la formación política asadista, que ha durado 54 años y que murió hace sólo diez semanas.

Eternidad sofocante

En primer lugar, está la continuidad sofocante de más de medio siglo de dominio sobre una sociedad joven, en la que el 96% de la población tiene menos de 60 años. El régimen consideró que esta continuidad era “eterna” y la consagró como su principio máximo; de hecho, esa era su verdadera constitución. Este principio de eternidad fue introducido primero como un lema que gritaban todas las mañanas los escolares y, desde los años 1980, también lo hacían los reclutas del ejército (inmediatamente después de la masacre de Hama en febrero de 1982, que se cobró la vida de hasta 40.000 habitantes de la ciudad). Al mismo tiempo, se instalaron estatuas de Hafez al-Asad por todas las partes del país para simbolizar la eternidad o “permanencia” de su gobierno.

Cuando su hijo Bashar heredó el país en 2000, la transferencia de poder fue simplemente una traducción de este principio esencialmente teológico de eternidad, una variante del milenarismo. Los temas cuasi-religiosos son recurrentes en la literatura y la autoconcepción de los movimientos político-teológicos, y el régimen de Asad inscribió ese componente tanto en su autorrepresentación como en sus instituciones. Uno recuerda las ambiciones de “mil años” del Tercer Reich. La lógica de la eternidad está acompañada por una modalidad especial de tiempo vivido: un presente permanente que cancela el pasado y el futuro, una guerra continua contra el cambio y el exterminio de cualquier alternativa posible. La historia de Siria se enseñó de una manera que relegó a la oscuridad los años y décadas anteriores a la era asadista.

Genocidio y genocracia

De ahí el segundo elemento: el genocida. Es legítimo debatir si lo que Siria presenció entre marzo de 2011 y fines de 2024 fue un caso de genocidio, pero es innegable que tuvo un componente genocida. Este elemento está fundamentalmente conectado con lo que en Siria y Oriente Medio se denomina ta’ifiyyah (sectarismo), y especialmente con los procesos de politización de las diferencias confesionales heredadas desde arriba, transformándolas así en unidades políticas excluyentes llamadas sectas. Las sectas no son comunidades “naturales” en nuestras sociedades “mosaicas”, como las consideraría una sociología de Oriente Medio todavía dominante pero obsoleta. Son fundamentalmente construcciones políticas, introducidas mediante procesos de discriminación, fomento de la desconfianza e inculcación del miedo, así como torturas y masacres: en una palabra, sectarización.

La sectarización de la función de la seguridad, que comenzó poco después de que Hafez tomara el poder en 1970, fue crucial en la producción de sectas, junto con la destrucción de partidos políticos y organizaciones sociales. La creación de sectas deshace el demos, imposibilitando la democracia, y en su lugar pone en primer plano el genos, el grupo cultural que debe instalarse de forma segura y prepara el escenario para la genocracia: el gobierno del genos, ya sea por mayoría o por minoría. Ahora bien, si bien deshacer el demos hace imposible la democracia, fomentar la genocracia hace que el genocidio no sólo sea posible sino legítimo como método de gobierno. A la categoría de genocracias pertenecen fenómenos como la supremacía blanca, el hindutva, el sionismo, el islamismo, el sectarismo asadista y muchos más. Todos estos movimientos han estado implicados en retóricas genocidas, en masacres genocidas y en genocidios en toda regla. El asadista se había justificado implícitamente (y luego de forma bastante explícita, ante sus periodistas y políticos occidentales de confianza) durante mucho tiempo como protector de las minorías, un dogma colonial que (lamentablemente) hemos escuchado reiterar a muchos políticos europeos después de la caída del régimen. Con la introducción de la genocracia, el genocidio o las masacres genocidas están siempre a la vuelta de la esquina. Empezamos a verlos antes del final de la primera década de Asad padre.

Por estas razones, es un error hablar de un régimen autoritario o de una dictadura en Siria, como solían hacer muchos observadores en Occidente. Pasan por alto el carácter esencialmente discriminatorio del régimen, con su constitución genocrática-genocida. Incluso quienes captaron esta esencia –como Nicolas Van Dam, Joshua Landis y muchos otros– se abstuvieron de sacar conclusiones sobre las prácticas genocidas relacionadas con ella. Algún día debería escribirse un libro sobre la “investigación” occidental sobre Siria en la era asadista, ahora que esa era ya terminó. Muchos investigadores comparten la responsabilidad ética y epistemológica por los cientos de miles de víctimas en el país, probablemente motivada por sus propios razonamientos y limitaciones genocidas.

Pobreza política extrema

Mucha gente en Europa, incluso en Oriente Medio, no puede imaginar que a sus homólogos en Siria se les impidiera por la fuerza cooperar en actividades como limpiar una plaza o una calle, pedir a la gente que no sobornara ni aceptara sobornos, reunirse en espacios privados para leer libros, hablar sobre la organización de protestas o construir sindicatos o partidos políticos independientes. En Daraya, una ciudad cercana a Damasco, un grupo de hombres y mujeres jóvenes se comprometió a limpiar las calles de su ciudad, pidiendo a la gente que no fumara, que no pagara ni aceptara sobornos y que leyera libros. Fueron arrestados en 2003, y algunos de ellos pasaron más de tres años en prisión. Su iniciativa estuvo guiada por una figura religiosa respetable, Abd el-Akram al-Sakka, que sería arrestado, torturado y asesinado en 2011, pocos meses después del inicio de la revolución siria. Su familia se enteraría de esto recientemente, en agosto de 2024.

En 2007, el 37% de la población siria vivía por debajo del umbral de la pobreza de dos dólares al día. Sin embargo, el 100% vivió en extrema pobreza política durante décadas. Por pobreza política me refiero a privar a las personas de reunirse libremente y de hablar por sí mismas. Largos años de prisión, torturas y masacres fueron las herramientas con las que se mantuvo esa pobreza política. Y, por cierto, esas herramientas allanaron el camino para que los grupos teológicos se convirtieran en la oposición “objetiva” u “orgánica” al sistema político apolítico de Asad. Porque hubo una reunión que el régimen no pudo disolver (la de los creyentes en una mezquita para rezar) y una opinión que no podía ser silenciada (la de los textos sagrados). De esta manera, la religión practicada llegó a desempeñar el papel de límite a la pobreza política.

Mezquindad y vulgaridad

El cuarto elemento que escapa a los no sirios es la absoluta y sórdida mezquindad de la familia Asad y de la élite del régimen: su codicia extrema, su violencia feroz (indisciplinada, humillante, vengativa y siempre mezclada con violencia verbal obscena) y su absoluta vulgaridad. La tortura era una característica definitoria del asadismo, así como la esencia del nazismo, según Jean Amery. Los asadistas querían todo para sí mismos: poder, dinero, objetos de valor, propiedades inmobiliarias, mujeres, esclavos o semiesclavos que trabajaran para ellos (en su mayoría soldados del ejército) y armas. No tenían otra causa que el deseo superegoísta de permanecer en el poder para siempre, aunque fraudulentamente reivindicaran muchas causas altruistas como propias. Diseñaron el régimen para que fuera capaz de aplastar cualquier amenaza mediante la violencia absoluta, incluso con armas químicas, pero su régimen finalmente se derrumbó sin apenas disparar un tiro en Damasco. El pueblo celebró su caída de inmediato, porque conocía y sentía en su cuerpo y en su alma la pesadilla que había vivido durante décadas. Políticamente, éramos esclavos, porque los asadistas no sólo gobernaban Siria, sino que eran sus dueños: el Estado fue privatizado y, en consecuencia, la mayoría de la gente quedó alienada de él. Incluso aquellos que temían lo que podría venir después del régimen terminaron despreciándolo profundamente. La cobarde huida de Bashar, sin siquiera dirigirse a sus partidarios, y mucho menos al pueblo sirio, lo resume todo.

El asadismo es una amalgama de esos cuatro elementos: eternidad asfixiante, masacres y exterminio, pobreza política extrema y una mezquindad letal que combina tanto la sangre como la trivialidad. Después del 8 de diciembre de 2024, muchos pidieron una ley nacional que penalizara la negación de los crímenes de Asad, de la misma manera que se criminalizó y sigue criminalizándose la negación de los crímenes nazis. Se puede estar de acuerdo o no, por temor a posibles abusos de esa ley, pero la propuesta capta bien la horrible singularidad del régimen.

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La caída del régimen de Asad fue un milagro que llegó inesperadamente después de un largo período de pérdidas, desplazamientos y desesperación. Los desafíos son enormes; incluso agotadores. Siria ha llegado ahora a una segunda independencia, y esto plantea una compleja tarea de creación y reconstrucción nacional. Se necesita urgentemente una especie de Plan Marshall financiero para que el motor económico vuelva a arrancar y para mejorar los servicios básicos. Ahora la electricidad solo está disponible en los hogares durante tres horas al día. Los gobiernos, al igual que los periodistas, no han dado todavía una respuesta adecuada a esta situación tan drástica. Irónicamente, por una vez se trata sólo de nosotros, los sirios, y no de ustedes, los dirigentes de países ricos, seguros y prósperos.

Desde una perspectiva siria, la prioridad ahora es construir un sistema político inclusivo. Esta es la verdadera infraestructura para el crecimiento económico y para una mejor moral nacional. Los fundamentos de esta prioridad deberían estar claros: pluralidad política y elecciones libres cada pocos años, ciudadanía e igualdad de derechos, libertad de organización y protesta y medios de comunicación libres para controlar a quienes están en el poder. La era de la eternidad, el genocidio, la pobreza política y la mezquindad debería haber terminado por completo. En una nueva era, tendremos que afrontar muchas batallas nuevas.

Voces del Mundo

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