Jamal Kanj, CounterPunch.org, 21 abril 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Jamal Kanj es autor de «Children of Catastrophe: Journey from a Palestinian Refugee Camp to America» y otros libros. Escribe con frecuencia sobre temas del mundo árabe para diversos medios nacionales e internacionales.
Escribo perdóname, no perdónanos, porque esta culpa es profundamente personal. Es una carga que llevo en la comodidad de mi hogar, bebiendo a sorbos agua limpia mientras los niños de Gaza beben de pozos de agua salobre mezclada con aguas residuales -sus pequeños cuerpos destrozados por la deshidratación y la enfermedad-, si es que encuentran agua.
Puedo arrancar hojas de malva silvestre de mi jardín, no para saciar el hambre, sino por el lujo de una dieta sana. Soy culpable de tirar las sobras, cuando los padres y madres de Gaza buscan entre los escombros de las casas demolidas una lata de comida que podría haber sobrevivido a una bomba israelí. O se atreven a arrastrarse por campos destrozados, rebuscando verduras silvestres para acallar los gruñidos del estómago de sus hijos, sólo para convertirse en blancos móviles bajo la fría mirada de los drones israelíes.
Perdóname, tengo una casa, un calentador y mantas para mantener calientes a mis hijos. Mientras, en Gaza, los padres se desvelan, no sólo por el frío, sino por el tormento de no poder calentar los piececitos helados de sus hijos.
Perdóname cuando beso a mi hija en su cumpleaños y su risa resuena en mis oídos, mientras que en los tuyos sólo resuena el zumbido de los drones israelíes. Ella sopla sus velas en un soplo de alegría, mientras tú enciendes una vela para alejar la oscuridad, jadeando en busca de aire en un mundo que te niega el aliento.
Yo puedo abrazar a mi hija, mientras que tú ni siquiera puedes sacar a la tuya de debajo de los escombros, no puedes reunir suficientes restos para un último abrazo. Las bombas israelíes de fabricación estadounidense esparcieron su carne como arena en el viento, dejándote vacío, dolorido por la pena y el polvo.
Vuestros hospitales, médicos y personal de primeros auxilios eligieron sus profesiones para salvar vidas, pero se convirtieron en objetivos, porque salvar una vida palestina se considera una amenaza existencial para Israel. Pido perdón a todos los periodistas cuyas palabras para denunciar crímenes de guerra se convirtieron en balas, y cuyas cámaras fueron más peligrosas para Israel que los cañones.
Perdonad al mundo que califica vuestra hambruna, la destrucción de escuelas y universidades -y el asesinato de vuestros educadores- de «legítima defensa» de Israel.
Querido pueblo de Gaza, perdónales si una vez creísteis que la humanidad había aprendido de los pecados de la esclavitud africana, el genocidio de los pueblos indígenas y el Holocausto europeo. Lamento, Gaza, que llegaras a poder creer que el «Nunca Más» te incluía.
Me arrepiento de que la progenie de las víctimas del «Nunca Más» se haya organizado bajo la agencia de la ADL (Anti-Defamation League), el AIPAC y el sionismo político para kosherizar un genocidio perpetrado en nombre del judaísmo. El «Nunca Más» no es para todos, querida Gaza; es sólo para el Occidente blanco y los elegidos por sí mismos.
Los antisemitas ideológicos son ahora los aliados más cercanos de Israel. Hoy, «antisemita» ya no significa quien odia a los judíos, sino quien protesta contra el genocidio israelí. El «Nunca Más» está monopolizado por las víctimas profesionales, autorizadas por un dios que utiliza la crueldad europea del pasado para justificar la actual injusticia israelí en Palestina.
Cuánto lamento, Gaza, que la Autoridad Palestina (AP) te haya traicionado. En lugar de protegerte, se ha convertido en un brazo de tu opresor. Cuando los campos de refugiados de Yenín, Nur Shams y Balata se levantaron para apoyaros, se enfrentaron no sólo a la fuerza israelí, sino también a las balas y las porras de la AP. Y en las ciudades y pueblos que no se rebelaron, la AP siguió sin protegerlos de los ataques de los colonos judíos, quemando casas y arboledas, matando ganado y disparando a los granjeros.
Perdóname, Gaza, por creer en la ilusión de la unidad árabe: que formabas parte de una gran nación árabe. Que los gobernantes de El Cairo, Ammán, Damasco, Bagdad, Riad y otros se levantarían en tu defensa. Creía que compartíamos un dolor común, una lucha común. Creía que el mundo árabe nunca te dejaría morir de hambre. Me equivocaba.
Al contrario, se convirtieron en parte de vuestro asedio. Rafah está sellada no sólo por soldados israelíes, sino también por muros de hormigón y torres de vigilancia egipcias. Los dictadores árabes dan la mano a quienes bombardean vuestros hospitales. Gobernantes del rico Golfo Pérsico compran tecnología israelí, probada primero en tus barrios.
Perdóname, Gaza, por creer que los gobernantes que traicionaron a Palestina en 1948 te defenderían alguna vez. Al igual que sus antepasados, que abrieron las puertas a los cruzados hace 900 años, cambiando la sangre palestina por su supervivencia, hoy vuelven a hacerlo.
La historia se repite, Gaza. Los mismos reyes y emires que acogieron a los invasores entonces, abrazan a Israel ahora: se alimentan de camellos asados mientras tus hijos se marchitan de hambre. Sus capitales brillan con las luces de los festivales de música, mientras que las noches de Gaza arden con las llamaradas de las bombas de 1.000 kilos fabricadas en Estados Unidos.
A los tiranos árabes que aún se inclinan ante sus amos coloniales, les digo: Los cruzados europeos no perdonaron a vuestros antepasados cuando conquistaron Palestina. Volvieron sus espadas contra los mismos gobernantes que les ayudaron, devorando sus minireinos uno a uno.
Lamento, Gaza, que cuando el pueblo de Yemen os defendió -bloqueando los envíos a un puerto israelí para exigir alimentos para vuestros hijos-, sus propios hijos están siendo asesinados en una guerra por delegación israelí-estadounidense. Al igual que el tuyo, su sufrimiento es silencioso y su dolor no merece titulares.
Perdonad que sólo la Resistencia libanesa -inquebrantable bajo los bombardeos israelíes- se mantuviera firme, mientras otros árabes se beneficiaban de vuestra agonía. Yemen y la Resistencia libanesa no buscaban aplausos, sino haceros saber que no estáis solos. Aunque el mundo árabe y gran parte de la humanidad les dieron la espalda, no flaquearon. Yemen y la Resistencia libanesa no cambiaron ni dignidad ni principios con las fuerzas del mal.
Gaza, tu sangre es un espejo al que el mundo no se atreve a enfrentarse. Pero yo no apartaré la mirada.
Perdóname por mi impotencia.
Perdóname por cada sorbo de agua, cada bocado de comida, cada aliento que doy mientras te asfixias.
Perdóname si los que conocí en Gaza hace años pensaron alguna vez que los había olvidado.
Perdóname si no pude ayudar a todos los que me lo pidieron.
Perdona mi comodidad.
Perdona mi paz.
No busco tu absolución.
Sólo que sepas que no os olvidamos.
Foto de portada de Mohammad Ibrahim.
2 comentarios sobre “Perdóname, Gaza…”