Juan Cole, TomDispatch.com, 29 mayo 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Juan Cole, colaborador habitual de TomDispatch, es catedrático Richard P. Mitchell de Historia en la Universidad de Michigan. Es autor de The Rubaiyat of Omar Khayyam: A New Translation From the Persian y Muhammad: Prophet of Peace Amid the Clash of Empires. Su último libro es Peace Movements in Islam. Su galardonado blog es Informed Comment. También es miembro no residente del Center for Conflict and Humanitarian Studies de Doha y de Democracy for the Arab World Now (DAWN).
Al extravagante delincuente profesional Willie Sutton le preguntaron una vez (o tal vez no) por qué robaba bancos. «Porque ahí es donde está el dinero», al parecer respondió. Un principio similar podría explicar el primer viaje al extranjero del presidente Donald J. Trump en su segundo mandato, que no fue a un aliado tradicional de Estados Unidos en Europa. En cambio, se dirigió a visitar las capitales de los potentados del hidrocarburo del Golfo: Arabia Saudí, Catar y los Emiratos Árabes Unidos. En los palacios reales de esos países, disfrutó de banquetes y le ofrecieron cientos de miles de millones de dólares en inversiones en empresas estadounidenses y oportunidades para la organización Trump. Catar incluso provocó polémica al regalarle un avión Boeing 747-8 de 400 millones de dólares para que sirviera como futuro Air Force One.
Y la publicidad fue majestuosa. Sin embargo, llamó la atención la ausencia de una visita a Israel o de consultas evidentes con el gobierno extremista del primer ministro Benjamin Netanyahu.
En cambio, Israel quedó marginado y sorprendido por las declaraciones de Trump. En vísperas de su viaje, el presidente cogió por sorpresa a los israelíes al anunciar abruptamente que detendría su (costosa e infructuosa) campaña de bombardeos contra los hutíes de Yemen. Los líderes israelíes tuvieron entonces que escuchar a Trump proclamar que Estados Unidos «no tiene un socio más fuerte» que Arabia Saudí, con la que negoció un acuerdo de 142.000 millones de dólares para la venta de armas estadounidenses. Los Emiratos Árabes Unidos tienen un fondo soberano de 2,2 billones de dólares, mientras que el de Arabia Saudí es de 1,1 billones y el líder de ese país, el príncipe heredero Mohammad bin Salman, ya ha depositado 2.000 millones de dólares en la empresa de inversiones del yerno de Trump, Jared Kushner. El fondo soberano de Catar cuenta con 526.000 millones de dólares. Y estas sumas ni siquiera incluyen las enormes reservas de divisas de esos países, obtenidas gracias a la venta de petróleo y gas fósil.
Y en ese único viaje de varios días, el presidente Trump logró reorientar la política estadounidense en Oriente Medio para centrarla en —¡y sí, debería escribirse con mayúscula!— un Eje de Plutócratas, los jeques del Golfo que están utilizando sus fortunas galácticas para remodelar la región desde Libia hasta Sudán, desde Egipto hasta Siria, y que están buscando con avidez nuevas oportunidades de inversión en áreas como la emergente industria de la inteligencia artificial.
Siria: un trasfondo muy sólido
Ah, y mientras viajaba, Trump reveló que el presidente turco Tayyip Erdogan y el príncipe heredero de Arabia Saudí, bin Salman, le habían convencido para levantar las sanciones estadounidenses a Siria, una medida a la que se oponen claramente los israelíes. Durante su estancia en la capital saudí, Riad, incluso mantuvo una reunión sorpresa con el presidente fundamentalista sirio Ahmad al-Shara, que en su día lideró una filial de Al Qaida. Cuando se le preguntó si los israelíes se oponían a la medida, Trump respondió: «No lo sé. No les pregunté al respecto». De hecho, Associated Press informó de que, en una reunión celebrada en abril con Trump, Netanyahu le había suplicado específicamente que no levantara esas sanciones a Siria, ya que afirmaba temer que el nuevo Gobierno fundamentalista de ese país pudiera acabar lanzando un ataque contra Israel.
Trump parece no haberse conmovido en absoluto por la súplica de Netanyahu. Tras reunirse con al-Shara en Riad, el presidente resumió así su opinión sobre el antiguo guerrillero y partidario del islam salafista radical: «Un tipo joven y atractivo. Un tipo duro. Con un pasado fuerte. Un pasado muy fuerte. Un luchador». Al reconocer al nuevo Gobierno de Damasco y emitir una exención de las sanciones impuestas por el Congreso, Trump observó: «Ahora es su momento de brillar… Así que digo: ‘Buena suerte, Siria’. Muéstrennos algo muy especial». Cabe señalar que al-Shara afirma que quiere buenas relaciones con todos los vecinos de su país y que está abierto a la paz con Israel.
No se lo imaginarían, por la acalorada retórica de Netanyahu, pero durante la guerra civil siria de la última década, Israel prestó ayuda médica al Frente de Apoyo (Yabhat al-Nusra) que al-Shara fundó y dirigió cuando luchaba contra el régimen dictatorial de Bashar al-Assad. Dado que el grupo de al-Shara a veces perseguía a la minoría heterodoxa drusa en Siria, esta medida indignó a su propia minoría drusa en Israel, algunos de cuyos miembros llegaron a atacar una ambulancia que llevaba a un rebelde sirio herido a un hospital israelí, mientras que los líderes del grupo presionaban a Netanyahu para que dejara de ayudar al grupo vinculado a Al Qaeda.
Las recientes sugerencias de Netanyahu a Trump de que al-Shara, que ahora controla gran parte de Siria, supone una amenaza para Israel, eran por tanto totalmente falsas. Además, la situación es totalmente opuesta. Tan pronto como la revolución en Damasco triunfó, Netanyahu ordenó una orgía de destrucción, bombardeando buques de guerra en el puerto sirio de Latakia e instalaciones militares en todo el país, dejando a Siria prácticamente indefensa. Las tropas israelíes entraron entonces en Siria, ocupando amplias zonas de su territorio y tomando el control de una presa que suministra el 40% de su agua. El miembro del gabinete israelí de extrema derecha Bezalel Smotrich prometió entonces que la guerra de expansión de Israel en múltiples frentes sólo terminaría cuando Siria fuera —no se puede decir de forma más clara— «desmantelada».
Ahora, los analistas israelíes no sólo temen un resurgimiento de Siria, sino que también les preocupa que, dado que Erdogan tiene influencia sobre Trump en materia de política siria, este se envalentone. Al fin y al cabo, Turquía respaldó al grupo rebelde que ahora ha tomado el poder y es su principal patrocinador internacional. Los aviones de combate turcos ya están operando en el espacio aéreo del norte de Siria, y el intento de Israel de establecer su hegemonía sobre las regiones del sur se ve amenazado por las afirmaciones turcas de que, desde la época otomana, Siria siempre ha estado bajo su esfera de influencia.
Irán: sin polvo nuclear
Trump también dejó de lado a Netanyahu durante su viaje al seguir presionando para alcanzar un nuevo acuerdo nuclear con Irán. Sus anfitriones árabes del Golfo mostraron un entusiasmo colectivo por las conversaciones en curso y Trump reveló que el gobernante de Catar, Tamim Bin Hamad Al Thani, le había presionado para que iniciara conversaciones directas con Irán. Las monarquías árabes del Golfo temen verse atrapadas en el fuego cruzado de cualquier futura guerra entre Estados Unidos e Israel con Irán. Los líderes de Catar y los demás Estados del Golfo están preocupados porque las consecuencias (demasiado literales) de cualquier ataque aéreo contra materiales nucleares enriquecidos en Irán puedan afectar a sus poblaciones, perjudicando sus suministros de agua. Trump trató de tranquilizar a sus anfitriones asegurándoles que «no vamos a generar polvo nuclear en Irán», y añadió que quería intentar primero las negociaciones con la esperanza de evitar tal resultado.
Tanto durante la primera administración Trump como durante la administración Biden, el argumento de Washington ante los Estados árabes del Golfo fue que debían reconocer a Israel, hacer negocios con él y formar una alianza militar con él contra Irán. Jared Kushner logró convencer de este argumento a los pequeños países del Golfo, Emiratos Árabes Unidos y Baréin, que firmaron los Acuerdos de Abraham con Israel el 15 de septiembre de 2020.
Sin embargo, Kushner y el entonces presidente Biden no lograron que Arabia Saudí se sumara a la iniciativa. El príncipe heredero Mohammed bin Salman se resistió a entrar en pie de guerra con Irán, especialmente después del devastador ataque de 2019 por parte de ese país, o de uno de sus aliados, contra la refinería de Abqaiq del reino, que puso de manifiesto la vulnerabilidad de Riad. No es de extrañar, pues, que en marzo de 2023 el ministro de Asuntos Exteriores saudí se reuniera con su homólogo iraní en Pekín, donde ambos países restablecieron las relaciones diplomáticas e iniciaron conversaciones para resolver sus conflictos.
Una vez que Israel lanzó su guerra total contra la población de Gaza en octubre de 2023, bin Salman difícilmente podía firmar los Acuerdos de Abraham. En la región, habría parecido que estaba ayudando a destruir a los árabes palestinos mientras ponía en el punto de mira a Irán, uno de los pocos defensores estatales que les quedan a los palestinos. A diferencia de Baréin y los Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí tiene una población ciudadana considerable —unos 19 millones de personas— cuyas opiniones preocupan al menos un poco al Gobierno, sobre todo porque la sangre del saudí medio hierve ante las atrocidades que Israel comete a diario en Gaza. El año pasado, la oficina de bin Salman filtró a Politico que temía ser asesinado si reconocía a Israel en circunstancias tan sombrías e insistió en la necesidad de un Estado palestino independiente (lo que pareció quitarle presión a Washington en este tema).
Además, Trump parece haber desarrollado la misma fascinación que poseía Barack Obama por «abrir» Irán, tal como Richard Nixon abrió China en su momento. Por supuesto, nada podría ser más inoportuno en Tel Aviv. Netanyahu ha amenazado repetidamente con atacar las instalaciones civiles de enriquecimiento nuclear de Irán (aunque las agencias de inteligencia occidentales no creen que ese país tenga realmente un programa de armas nucleares). En una reunión celebrada en abril, Trump informó a Netanyahu de que quería intentar negociar antes de que nadie atacara Irán y le entregó al primer ministro una copia de su libro The Art of the Deal.
Catar: un papel fundamental
Si Catar convenció a Trump de intentar negociar con Irán, entonces el jeque Tamim ganó una importante batalla en la lucha por la influencia sobre el presidente estadounidense. Fue una victoria acorde con el papel regional que Doha ha desempeñado durante mucho tiempo como mediador y buscador de soluciones pacíficas a los conflictos. Y el aumento de la influencia de Catar es otro golpe para Netanyahu, que ha intentado marginar al gigante gasístico del Golfo, a pesar de que estaba encantado de utilizar sus servicios.
Desde el sangriento ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023, algunos miembros del Gobierno israelí y sus partidarios han intentado culpar a Catar de supuestamente apoyar y financiar a Hamás. Las acusaciones son totalmente falsas y sirven como cortina de humo para ocultar al verdadero patrocinador de Hamás (por decirlo de algún modo), el propio Netanyahu. Sin embargo, su objetivo era precisamente convertir a Catar en un paria regional en el que no se confiara, una estratagema que hasta ahora ha fracasado estrepitosamente.
El hecho de que el movimiento fundamentalista Hamás llegara al poder en las urnas en Gaza en 2006 y no pudiera ser derrocado le pareció a Netanyahu una bendición potencial. La enemistad entre Hamás en Gaza y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) en Cisjordania dejó a los palestinos políticamente divididos. Netanyahu utilizó esa rivalidad como pretexto para impedir la creación de un Estado para los cinco millones de palestinos apátridas bajo ocupación israelí. Impuso severas restricciones a la importación y exportación en Gaza, pero por lo demás permitió a Hamás gobernarla como su propio feudo. Los lanzamientos ocasionales de cohetes de Hamás (que rara vez causaban daños reales) eran un precio que Netanyahu estaba dispuesto a pagar. Contaba con un colaborador cercano que actuaba como intermediario en las transferencias de dinero desde Catar y Egipto a Gaza para ayuda civil y administración. A partir de 2021, Egipto y Catar depositaban el dinero de la ayuda para la reconstrucción civil de Gaza en una cuenta bancaria israelí, y luego Israel lo transfería a los habitantes de Gaza.
Así es: Bibi Netanyahu fue en su día el interventor, a nivel funcional, de Gaza. Además, en 2011-2012, la administración Obama pidió a Catar que acogiera a miembros del politburó civil de Hamás para que pudieran participar en negociaciones indirectas con Estados Unidos e Israel. Sin embargo, el favor que Catar hizo a Washington y Tel Aviv resultaría oneroso para su diplomacia. En 2018, el emir de Catar, el jeque Tamim, se sintió tan frustrado con Hamás que decidió expulsar a sus funcionarios y dejar de enviar ayuda a Gaza. Aterrorizado ante la posibilidad de que su estrategia de «divide y vencerás» con los palestinos se viera comprometida, Netanyahu envió frenéticamente al jefe de los servicios de inteligencia israelíes, el Mossad, a Catar para suplicar al emir que mantuviera el acuerdo.
En 2020, The Times of Israel reveló que el jefe del Mossad, Yossi Cohen, había escrito una carta a Tamim sobre las transferencias de dinero a Gaza, en la que decía: «Esta ayuda ha desempeñado sin duda un papel fundamental en la mejora continua de la situación humanitaria en la Franja de Gaza y en la garantía de la estabilidad y la seguridad en la región». Según ese periódico, hasta 2023, otros funcionarios del Gobierno israelí seguían enviando mensajes similares. El posterior intento del Gobierno de Netanyahu de culpar a Catar de su vergonzosa política en Gaza no ha parecido plausible a muchos observadores experimentados.
En cuanto a la reciente visita de Trump, el genocidio israelí en Gaza fue la única cuestión pendiente en la que los líderes del Golfo parecen haber avanzado poco. Tras una mesa redonda con líderes empresariales cataríes, el presidente dijo sobre Gaza: «Dejemos que Estados Unidos se involucre y la convierta en una zona de libertad». Estas declaraciones, totalmente alejadas de la realidad, no aclararon si seguía estando de acuerdo con Netanyahu en un plan de limpieza étnica de la Franja de Gaza, que nadie en el Golfo Árabe podía aceptar. En cualquier caso, según fuentes internas, Trump está frustrado porque Netanyahu no «cierra» la guerra, pero el presidente no ha ejercido la presión necesaria para detenerla.
Un giro radical
El viaje de Trump en materia de política exterior marcó un giro radical con respecto a lo que durante mucho tiempo había sido la versión neoconservadora de la política de Washington hacia Oriente Medio. En la era del presidente George W. Bush, algunos funcionarios solían argumentar que Israel era el único socio democrático fiable de Washington en Oriente Medio y que toda la política en la región debía organizarse en torno a esa realidad. En el proceso, por supuesto, restaron importancia a la difícil situación de los palestinos, afirmando en 2002 que la paz solo llegaría a la región cuando se derrocara al Gobierno iraquí de Sadam Husein. Poco a poco desarrollaron una retórica para imponer la versión de la democracia de Washington a los regímenes de Oriente Medio, a punta de pistola si era necesario. O bien marginaban a los regímenes árabes o bien trataban de asustarlos para que se aliaran con Israel. Su objetivo final era entonces una guerra contra Irán que derrocara al gobierno de ese país. «Todo el mundo quiere ir a Bagdad. Los hombres de verdad quieren ir a Teherán», solían proclamar en una espeluznante combinación de machismo y patrioterismo pueril.
El propio régimen de Trump, por supuesto, no está libre ni de masculinidad tóxica ni de un hipernacionalismo insustancial. Sin embargo, a diferencia de Bush y los neoconservadores, el 47.º presidente parece poco interesado en iniciar largas y debilitantes guerras en el extranjero, que su base ha llegado a odiar. Aun así, piensen en él, al menos en parte, como el Trump de Arabia. Por supuesto, lo que más le interesa es ganar dinero para sí mismo y para sus acaudalados patrocinadores allí. Si Israel se interpone en el camino de los acuerdos con los plutócratas del Golfo, podría convertirse en una molestia que Trump podría considerar que no puede permitirse. Sin embargo, hasta ahora, el presidente parece no estar dispuesto a tomar las difíciles decisiones necesarias para poner fin al genocidio y posicionar a Oriente Medio y a Estados Unidos para la prosperidad, dejándonos a todos en el limbo con sólo una nueva Torre Trump en Dubái como resultado.
Imagen de portada: Arte urbano, Shoreditch.
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