David Vine, TomDispatch.com, 17 junio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

David Vine, colaborador habitual de TomDispatch, es un escritor que ha publicado recientemente The United States of War: A Global History of America’s Endless Conflicts, from Columbus to the Islamic State. Es asimismo autor de Island of Shame: The Secret History of the U.S. Military Base on Diego Garcia y Base Nation: How U.S. Military Bases Abroad Harm America and the World.
En un momento en el que muchos pueden sentir que las buenas noticias han desaparecido, no hay más que mirar a la patria de esa ave extinta hace mucho tiempo, Mauricio, para encontrar una dosis de ánimo. Allí, entre las islas del océano Índico, se pueden encontrar noticias sobre el poder de la resistencia y la capacidad de pequeños grupos de personas para unirse y vencer a los poderosos.
En medio de la matanza que se está produciendo desde Gaza y Ucrania hasta Sudán y el Congo, las noticias también ofrecen una victoria para la resolución de conflictos mediante la diplomacia en lugar de la fuerza. Es una victoria para la descolonización y el derecho internacional. Y es una victoria para África, la diáspora africana y los pueblos indígenas y otros pueblos desplazados que simplemente quieren volver a casa. Para sorpresa de muchos, el presidente Donald Trump contribuyó a que esta buena noticia fuera posible al oponerse a sus aliados de extrema derecha en Estados Unidos y Gran Bretaña.
La noticia se conoció a finales de mayo, cuando el Gobierno británico firmó un tratado histórico con Mauricio por el que renunciaba a la última colonia africana de Gran Bretaña, las islas Chagos, y permitía a los chagosianos exiliados regresar a sus hogares, excepto a uno de ellos. Los británicos también se comprometieron a pagar unos 3.400 millones de libras esterlinas a lo largo de 99 años a cambio de mantener el control sobre una isla, la más grande, Diego García. Aunque pocos en Estados Unidos saben siquiera que existe, el archipiélago de Chagos, situado en el centro del océano Índico, también alberga una importante base militar estadounidense en Diego García que ha desempeñado un papel clave en prácticamente todas las guerras y operaciones militares de Estados Unidos en Oriente Medio desde la década de 1970.
Diego García es una de las instalaciones más poderosas de una red de más de 750 bases militares estadounidenses en todo el mundo que han ayudado a controlar territorios extranjeros de forma prácticamente inadvertida desde la Segunda Guerra Mundial. Mucho más secreta que la base naval de Guantánamo, Diego García ha estado, con raras excepciones, prohibida para cualquier persona que no sea personal militar estadounidense o británico desde que se creó la base en 1971. Hasta hace poco, esa prohibición también se aplicaba a las demás islas Chagos, de las que el pueblo indígena chagosiano fue exiliado durante la creación de la base, en lo que Human Rights Watch ha calificado de «crimen contra la humanidad».
Aunque las victorias que los chagosianos, un grupo de menos de 8.000 personas, lograron finalmente el mes pasado distan mucho de ser perfectas, no habrían sido posibles sin una lucha por la justicia que se prolongó durante más de medio siglo. Una historia real al estilo de David y Goliat, que demuestra la capacidad de grupos pequeños, pero esforzados, para vencer a los gobiernos más poderosos de la Tierra.
Una historia de resistencia
La historia comienza en la época de la Revolución Americana, cuando los antepasados de los actuales chagosianos comenzaron a establecerse en Diego García y otras islas deshabitadas de Chagos. Esclavizados en aquella época, fueron traídos desde África, junto con trabajadores contratados de la India, por empresarios franceses de Mauricio que los utilizaron para construir plantaciones de cocoteros en la zona.
Con el tiempo, la población creció, consiguió su emancipación y surgió una nueva sociedad. Conocidos inicialmente como los îlois (los isleños), desarrollaron sus propias tradiciones, historia y lengua criolla chagosiana. Aunque sus islas estaban dominadas por las plantaciones, los chagosianos disfrutaban de una vida generalmente segura, gracias en parte a sus reivindicaciones, a menudo militantes, de mejores condiciones laborales. Con el tiempo, llegaron a disfrutar de empleo universal, atención sanitaria y educación básicas gratuitas, vacaciones regulares, vivienda, prestaciones por fallecimiento y una jornada laboral que podían controlar, mientras vivían en hermosas islas tropicales.
«Allí se vivía con poco, con muy poco», me dijo Rita Bancoult, una de las líderes históricas de la lucha chagosiana, antes de su muerte en 2016, «pero era una vida dulce».
«La huella de la libertad»
Chagos siguió siendo una parte poco conocida del Imperio británico desde principios del siglo XIX, cuando Gran Bretaña se apoderó del archipiélago de manos de Francia, hasta la década de 1950, cuando Washington se interesó por las islas como posibles bases militares.
En medio de la competencia de la Guerra Fría con la Unión Soviética y la aceleración de la descolonización a nivel mundial, los funcionarios estadounidenses se preocupaban de ser expulsados de las bases en las antiguas colonias europeas que entonces obtenían su independencia. Asegurar los derechos para construir nuevas instalaciones militares en islas estratégicamente ubicadas se convirtió en una solución a ese problema percibido. Eso es lo que llevó a Stuart Barber, un planificador de la Marina de los Estados Unidos, a encontrar lo que él llamó «ese hermoso atolón de Diego García, justo en medio del océano». A él y a otros funcionarios les encantaba Diego García porque se encontraba a poca distancia de una vasta región, desde el sur de África y Oriente Medio hasta el sur y el sudeste asiático, y además poseía una laguna protegida capaz de albergar los buques de guerra más grandes y una importante base aérea.
En 1960, funcionarios estadounidenses iniciaron negociaciones secretas con sus homólogos británicos. Para 1965, habían convencido a los británicos de violar el derecho internacional al separar las islas Chagos del resto de su colonia de Mauricio para crear el «Territorio Británico del Océano Índico». No importaba que las normas de descolonización de la ONU prohibieran entonces a las potencias coloniales dividir las colonias cuando, como Mauricio, estaban obteniendo su independencia. La última colonia creada por Gran Bretaña tendría un único propósito: albergar bases militares. Los negociadores estadounidenses insistieron en que Chagos quedara bajo su «control exclusivo (sin habitantes locales)», una orden de expulsión incluida en una frase entre paréntesis.
Los funcionarios estadounidenses y británicos sellaron su acuerdo con un pacto en 1966 por el que Washington transferiría en secreto 14 millones de dólares al Gobierno británico a cambio de los derechos de base en Diego García. Los británicos aceptaron hacer el trabajo sucio de deshacerse de los chagosianos.
En primer lugar, impidieron que los chagosianos que se habían ido de vacaciones o para recibir tratamiento médico regresaran a sus hogares. A continuación, cortaron el suministro de alimentos y medicinas a las islas. Por último, deportaron a los chagosianos que quedaban a 2.000 kilómetros de distancia, a Mauricio y las Seychelles, en el océano Índico occidental.
Ambos gobiernos reconocieron que las expulsiones eran ilegales. Ambos acordaron «mantener la ficción» de que los chagosianos eran «trabajadores migrantes», y no un pueblo cuyos antepasados habían vivido y muerto allí durante generaciones. En un cable secreto, un funcionario británico los llamó «Tarzanes» y, en una referencia no menos racista a Robinson Crusoe, «Man Fridays».
En 1971, cuando la Marina de los Estados Unidos comenzó la construcción de la base en Diego García, los funcionarios británicos y los marineros estadounidenses reunieron a los perros domésticos de la población, los atrajeron a cobertizos sellados y los gasearon con los gases de escape de los vehículos de la Marina antes de quemar sus cadáveres. Los chagosianos lo observaron horrorizados. La mayoría fueron deportados en las bodegas de barcos de carga abarrotados que transportaban coco seco, caballos y guano (excrementos de aves). Los chagosianos han comparado las condiciones con las de los barcos de esclavos.
En el exilio, no recibieron prácticamente ninguna ayuda para su reasentamiento. Cuando el Washington Post finalmente publicó la noticia en 1975, un periodista halló a los chagosianos viviendo en «la más absoluta pobreza» en los barrios marginales de Mauricio. En la década de 1980, la base de Diego García se convertiría en una instalación multimillonaria. El ejército estadounidense la bautizó como la «Huella de la Libertad».
Una lucha épica
Los chagosianos llevan mucho tiempo exigiendo tanto el derecho a volver a casa como una indemnización por el robo de su patria. Liderados en su mayoría por un grupo de mujeres ferozmente comprometidas, protestaron, presentaron peticiones, hicieron huelgas de hambre, se resistieron a la policía antidisturbios, fueron a la cárcel, se dirigieron a la ONU, presentaron demandas y aplicaron casi todas las estrategias imaginables para convencer a los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña de que les dejaran volver.
A finales de la década de 1970 y principios de la de 1980, las protestas de los chagosianos en Mauricio les valieron pequeñas indemnizaciones del Gobierno británico (por valor de unos 6.000 dólares por adulto). Muchos utilizaron el dinero para saldar las importantes deudas contraídas desde su llegada. Sin embargo, los chagosianos de las Seychelles no recibieron nada.
Aun así, su deseo de regresar a la tierra de sus antepasados seguía vivo, y la esperanza se reavivó cuando el Grupo de Refugiados de Chagos demandó al Gobierno británico en 1997, liderado por el hijo de Rita Bancoult, Olivier. Para sorpresa de muchos, ganaron. Durante varios años tumultuosos, los jueces británicos dictaminaron en tres ocasiones que su expulsión era ilegal, pero el tribunal supremo británico falló repetidamente a favor del Gobierno por un solo voto. Los jueces de Estados Unidos rechazaron igualmente una demanda, remitiéndose al poder del presidente para decidir la política exterior. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos también falló en su contra.
Una alianza estratégica
A pesar de las dolorosas derrotas, las perspectivas de los chagosianos mejoraron cuando el Grupo de Refugiados de Chagos se alió con el Gobierno de Mauricio para llevar a Gran Bretaña ante la Corte Internacional de Justicia. Con la ayuda del testimonio de los chagosianos sobre su expulsión, que un representante de la Unión Africana calificó como «la voz de África», Mauricio ganó. En 2019, ese tribunal dictaminó por abrumadora mayoría que Mauricio era el soberano legítimo de Chagos. Ordenó al Reino Unido que pusiera fin a su dominio colonial «lo antes posible». Una resolución posterior de la Asamblea General de las Naciones Unidas ordenó a los británicos «cooperar con Mauricio para facilitar el reasentamiento» de los chagosianos.
Con el respaldo de Estados Unidos, los británicos ignoraron inicialmente el consenso internacional, hasta que, en 2022, el Gobierno de la primera ministra Liz Truss inició repentinamente las negociaciones con los mauricianos. Dos años más tarde, se llegó a un acuerdo con el apoyo de la administración Biden. El acuerdo reconocía la soberanía de Mauricio sobre Chagos, pero permitía a Gran Bretaña mantener el control de Diego García durante al menos 99 años, incluyendo el funcionamiento continuado de la base estadounidense. A los habitantes de Chagos se les permitiría regresar a todas sus islas, excepto, dolorosamente, a Diego García, y recibirían una indemnización.
El Grupo de Refugiados de Chagos y otras organizaciones chagosianas apoyaron en general el acuerdo, aunque siguieron exigiendo el derecho a vivir en Diego García. Algunos grupos chagosianos más pequeños, especialmente en Gran Bretaña (donde muchos chagosianos viven desde que obtuvieron la ciudadanía británica plena en 2002), se opusieron al acuerdo. Algunos siguen apoyando el dominio británico. Otros buscan la soberanía chagosiana.
Las fuerzas de derecha en Gran Bretaña y Estados Unidos intentaron rápidamente acabar con el acuerdo. El ex primer ministro Boris Johnson, el protagonista del Brexit Nigel Farage y el entonces senador Marco Rubio hicieron campaña a favor de la continuación del dominio colonial británico, a menudo difundiendo teorías falsas que sugerían que el acuerdo beneficiaría a China.
La elección de Donald Trump y el nombramiento de Rubio como secretario de Estado hicieron temer a muchos que acabarían con el tratado. Sin embargo, cuando el primer ministro Keir Starmer visitó Washington, Trump manifestó su apoyo. El tratado definitivo estaba a la vista.
¿Una victoria imperfecta?
En las últimas horas, el acuerdo se vio brevemente bloqueado por una demanda que un juez desestimó posteriormente. «Me ha traicionado el Gobierno británico», dijo Bernadette Dugasse, una de las dos chagosianas que interpusieron la demanda, sobre el tratado. «Tendré que seguir luchando contra el Gobierno británico hasta que acepten que me instale» en Diego García (donde nació).
La demanda de Dugasse y sus planes de emprender nuevas acciones legales están siendo financiados por un oscuro «Great British PAC» que no revela quiénes son sus donantes. El grupo está liderado por figuras políticas de derechas que siguen intentando, según sus propias palabras, «salvar Chagos». Sin embargo, «salvar Chagos» no significa salvar Chagos para los chagosianos, sino «salvarlo» del fin del control colonial británico. En otras palabras, las figuras de la derecha están utilizando cínicamente a los chagosianos para intentar mantener el statu quo colonial. (Incluso Dugasse teme que la estén utilizando).
Por otro lado, el Grupo de Refugiados de Chagos y muchos otros chagosianos están celebrando, al menos en parte. Por primera vez en más de medio siglo de lucha, pueden volver a la mayoría de sus islas, aunque también critican la prohibición de regresar a Diego García y la vergonzosamente escasa indemnización que se les ofrece: solo 40 millones de libras esterlinas destinadas a un «fondo fiduciario» chagosiano gestionado por el Gobierno de Mauricio (con asesoramiento británico). Dividida entre toda la población, esta cantidad podría suponer tan solo 5.000 libras esterlinas por persona por el robo de su patria y más de medio siglo en el exilio. (Las personas que sufren accidentes de tráfico reciben mucho más).
«Estoy muy contenta después de una lucha tan larga», me dijo Sabrina Jean, líder de la rama británica del Grupo de Refugiados de Chagos. «Pero también me molesta cómo nos sigue tratando el Gobierno británico por todo el sufrimiento que causó a los chagosianos», añadió. «40 millones de libras no son suficientes».
El Gobierno de Mauricio debería beneficiarse de forma más clara que los chagosianos: el tratado pone fin oficialmente a la descolonización británica y reúne a Mauricio y las islas Chagos. Mauricio recibirá una media de 101 millones de libras esterlinas en concepto de alquiler anual durante 99 años por Diego García, además de 1.125 millones de libras esterlinas en fondos de «desarrollo» pagaderos a lo largo de 25 años.
«El fondo de desarrollo se utilizará para reasentar» a los chagosianos en las islas situadas fuera de Diego García, afirmó Olivier Bancoult, actual presidente del Grupo de Refugiados de Chagos, en referencia a un compromiso que ha recibido del Gobierno de Mauricio. «Han prometido reconstruir Chagos».
Bancoult y otros chagosianos insisten en que también deberían recibir parte del alquiler anual de Diego García. «Una parte debe destinarse a los chagosianos», me dijo por teléfono desde Mauricio.
La prohibición continua de que los chagosianos vivan en Diego García viola claramente sus derechos humanos, así como la sentencia del Tribunal Internacional y la resolución de la ONU de 2019. Human Rights Watch criticó el tratado por parecer «consolidar la política que impide a los chagosianos regresar a Diego García» y por no reconocer la responsabilidad de Estados Unidos y Gran Bretaña de indemnizar a los chagosianos y reconstruir las infraestructuras que permitan su regreso.
«No nos daremos por vencidos en lo que respecta a Diego», me dijo Olivier Bancoult. Para los nacidos en Diego García y aquellos cuyos antepasados están enterrados allí, no basta con regresar a las otras islas Chagos, situadas al menos a 240 kilómetros de distancia. «Seguiremos defendiendo nuestro derecho a regresar a Diego García», añadió.
Aunque los funcionarios estadounidenses y británicos han utilizado durante mucho tiempo la «seguridad» como excusa para mantener a los chagosianos fuera de la isla, lo cierto es que podrían seguir viviendo en la otra mitad de Diego García, a kilómetros de la base, al igual que los civiles viven cerca de las bases estadounidenses en todo el mundo. Los trabajadores civiles que no son ciudadanos estadounidenses ni británicos han vivido y trabajado allí durante décadas. (Los chagosianos podrán optar a esos puestos de trabajo, aunque históricamente han sufrido discriminación a la hora de ser contratados).
El hecho de que el ejército estadounidense haya salido ganando con el tratado podría explicar el sorprendente apoyo de Donald Trump. El tratado garantiza el acceso a la base durante al menos 99 años y posiblemente 40 más.
Lo que significa que el tratado es un revés para aquellos mauricianos, estadounidenses y otros que han hecho campaña para cerrar una base que ha costado miles de millones de dólares a los contribuyentes estadounidenses y ha sido la plataforma de lanzamiento de guerras catastróficas en Oriente Medio, a las que un determinado presidente dice oponerse.
Aunque muchos chagosianos critican en privado la base que causó su expulsión y ocupa sus tierras, la mayoría ha dado prioridad a volver a casa antes que exigir su cierre. La campaña para regresar ha sido bastante difícil.
En última instancia, no estoy en posición de decidir si el tratado de Chagos es una victoria o no. Eso lo deben decidir los chagosianos y los mauricianos, no un ciudadano del país que, junto con Gran Bretaña, es el principal autor de ese vergonzoso crimen que aún continúa.
Permítanme señalar que las victorias rara vez, o nunca, son completas, especialmente cuando el desequilibrio de poder entre las partes es tan grande. Los chagosianos, respaldados por aliados en Mauricio y otros lugares, continúan su lucha por el derecho a regresar a Diego García, por la reconstrucción de la sociedad chagosiana en Chagos y por una indemnización completa y adecuada. Los gobiernos de Mauricio y Gran Bretaña pueden corregir los defectos del tratado mediante un «intercambio de cartas» diplomático.
«Estamos más cerca del objetivo» de la victoria total, me aseguró Olivier. «Estamos muy cerca».
Tras haber conseguido el derecho a regresar a la mayoría de sus islas tras 50 años de lucha, Olivier ha estado pensando mucho en su madre, la veterana líder Rita Bancoult. «Me gustaría que mi madre estuviera aquí, pero sé que, si estuviera aquí, estaría llorando», dijo, «porque siempre creyó en lo que hago y siempre me animó a seguir adelante hasta llegar al destino, a la meta».
Por ahora, inspirado por el recuerdo de su madre y de tantos chagosianos que nunca volverán a ver su tierra natal, Olivier me dijo: «lalit kontin». La lucha continúa.
Imagen de portada: Archipiélago de Chagos, islas Salomón, océano Índico (óleo sobre lienzo).