Henry Giroux, CounterPunch, 27 junio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
La guerra en casa: el terrorismo de Estado en plena exhibición
A nivel mundial, vivimos un momento de profunda crisis donde la esencia misma de la educación como institución democrática está bajo ataque. En Estados Unidos, el ataque a la educación superior forma parte de una guerra más amplia librada por fuerzas autoritarias que buscan desmantelar no sólo los pilares de la libertad académica, la disidencia y los derechos humanos, sino también los cimientos esenciales de la propia democracia. Las universidades ya no se consideran espacios de libertad intelectual e investigación crítica, sino campos de batalla por el control ideológico. Las protestas en los campus universitarios se enfrentan a la brutalidad policial; los estudiantes son secuestrados por sus opiniones políticas, y quienes se atreven a alzar la voz contra la ortodoxia imperante se enfrentan a la expulsión, la censura y la criminalización. El gobierno de Trump ha alimentado esta campaña, no sólo atacando la libertad académica, sino también impulsando políticas que criminalizan la disidencia, especialmente cuando se trata de movimientos como los que abogan por la liberación de Palestina. La erosión de las libertades civiles se extiende a los estudiantes internacionales que protestan en solidaridad con Gaza, bajo la amenaza de la deportación que se cierne sobre ellos. El mensaje escalofriante es claro: la educación superior ya no es un santuario para el libre pensamiento; es un campo de represión donde impera el autoritarismo.
El terrorismo de Estado en Estados Unidos ataca a quienes se atreven a practicar el pensamiento crítico y a exigir responsabilidades al poder. Es un aparato violento que impone el terror a todos los considerados “diferentes”: inmigrantes, personas negras, personas trans, personas de piel morena, manifestantes universitarios y cualquiera que se niegue a conformarse con la visión estrecha y racista articulada por Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca. Miller, conocido por sus ideas nacionalistas blancas, se ha convertido en una figura central en la definición de las políticas de la administración Trump. En un mitin de Trump en el Madison Square Garden, declaró con osadía: “Estados Unidos es para los estadounidenses y sólo para los estadounidenses”, un mantra que evocaba el lema nazi: “Alemania solo para los alemanes”. Como informa Robert Tait en The Guardian, Tara Setmayer, exdirectora de comunicaciones republicana en el Capitolio, advierte que su ascenso representa una amenaza directa, ya que ahora ejerce el poder del gobierno federal para imponer su visión fascista del mundo.
Setmayer, quien dirige ahora el comité de acción política liderado por mujeres, el Proyecto Seneca, explica que su visión ha sido plenamente adoptada como una estrategia política fundamental durante el gobierno de Trump. “Esa visión se ha transformado en la principal política y objetivo de la presidencia de Donald Trump”, afirma. La demagogia en torno a la inmigración siempre ha estado en el centro del ascenso político de Trump. Con el objetivo de Miller de hacer que Estados Unidos sea más blanco y menos diverso, ahora respaldado por el poder sin control de la presidencia, Setmayer advierte que esta combinación no sólo es peligrosa, sino que representa una grave amenaza para los valores estadounidenses y el propio Estado de derecho.
Bajo el gobierno de Trump, el terrorismo de Estado no se limita a las fronteras nacionales; extiende su alcance mediante una agresión internacional imprudente. El gobierno de Trump libra una guerra no sólo dentro de Estados Unidos, sino también en el extranjero, con flagrantes violaciones del derecho internacional. Su agresión no provocada contra Irán, sumada a su apoyo inquebrantable a la campaña genocida de Israel en Gaza y su inconcebible guerra contra los niños, ejemplifica el desprecio del régimen por las normas globales y los derechos humanos. Más allá de Oriente Medio, el régimen de Trump busca imponer su voluntad mediante amenazas, aranceles y flagrantes demostraciones de poder. Su brutal represión migratoria, la transformación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) en una fuerza similar a la Gestapo y la implacable restricción de los permisos de entrada a Estados Unidos exponen sus profundos impulsos autoritarios. Desde esta perspectiva, la comunidad internacional se convierte en poco más que un peón en su incesante búsqueda de dominio geopolítico.
El desprecio de Trump por los aliados y la cooperación internacional alcanzó niveles alarmantes, ejemplificados por su llamamiento a atacar Panamá, anexar Canadá y apoderarse de Groenlandia. Estas ideas descabelladas e imperialistas reflejan una creencia profundamente arraigada de que el poderío estadounidense debe dominar el escenario global, con escasa consideración por la diplomacia o la soberanía de otras naciones. En la cosmovisión de Trump, las relaciones globales se definen por la lógica de la conquista y el dominio, donde la violencia del terrorismo de Estado se justifica por la expansión de la influencia y el control de Estados Unidos. Este es un régimen que no conoce límites, expandiendo su maquinaria de miedo y violencia, tanto a nivel nacional como global, en un ataque sostenido contra la humanidad, la justicia y los principios más básicos del derecho internacional.
El azote del neoliberalismo
Los continuos ataques a la democracia, tanto a nivel nacional como global, no son eventos aislados, sino parte de las bases que el capitalismo mafioso sentó para el auge del fascismo en la sociedad estadounidense. Un aspecto central de este proceso es la transformación de la universidad, de un bien público a una institución privatizada, donde los estudiantes son vistos como capital humano, los cursos se dictan según la demanda del consumidor y, más recientemente, los planes de estudio se blanquean y se llenan de propaganda de extrema derecha, a menudo bajo el pretexto de implementar una educación patriótica, libre de antisemitismo. Bajo la lógica mercantil del neoliberalismo, las universidades se han convertido en espacios que priorizan los resultados económicos sobre la autonomía intelectual, convirtiendo el pensamiento crítico y la participación democrática en mercancías. Este cambio ha socavado el papel de la universidad como crisol para desafiar el statu quo, reemplazándola por un sistema de formación en lugar de fomentar una cultura de aprendizaje crítico, diálogo y juicio informado.
A medida que las políticas neoliberales fomentan la privatización, restringen el acceso y obligan a las instituciones a servir a los intereses corporativos, la universidad ya no se considera un fideicomiso público. Se ha convertido en una herramienta de adoctrinamiento ideológico, capacitando a los ciudadanos para defender el statu quo en lugar de desafiarlo. Esta transformación, en parte, es una respuesta directa a la democratización de la universidad, que alcanzó su apogeo en la década de 1960, con intelectuales, manifestantes universitarios y comunidades marginadas que buscaban ampliar la misión educativa. El ataque a la educación superior como espacio de crítica y democratización se ha intensificado en las últimas cuatro décadas con el auge de la extrema derecha, con implicaciones más amplias que incluyen a intelectuales, estudiantes procedentes de minorías y culturas formativas críticas esenciales para la fundación de una democracia sustantiva.
Como señala el sudafricano ganador del Premio Nobel de Literatura, J.M. Coetzee, en un contexto diferente, los multimillonarios reaccionarios de los fondos de cobertura “se consideran ahora como gestores de las economías nacionales que quieren convertir las universidades en escuelas de formación que doten a los jóvenes de las habilidades que requiere una economía moderna”. Las palabras de Coetzee cobran aún mayor relevancia hoy en día, dado que este ataque a la educación superior, que es ideológico y cada vez más dependiente del brazo militarista del Estado, refleja un intento más amplio de eliminar la función crucial de la universidad. En lugar de servir al bien público, la universidad se presenta cada vez más como una inversión privada o un brazo de la represión estatal, donde su gobernanza refleja la fusión de las prácticas explotadoras de los modelos corporativos, como las relaciones laborales de Walmart, y los principios rectores del fascismo. En el espíritu de esta preocupación, Coetzee aboga por la defensa de la educación como institución dedicada a cultivar la comprensión intelectual, la responsabilidad cívica, la justicia social y el pensamiento crítico.
Las preguntas que debemos plantearnos en este momento crucial de la historia estadounidense no se refieren a cómo la universidad puede servir a los intereses del mercado o a las ideologías autoritarias del régimen de Trump, sino a cómo puede recuperar su papel como esfera pública democrática. ¿Cómo podríamos redefinir la universidad para salvaguardar los intereses de los jóvenes en medio del aumento de la violencia, la guerra, el antiintelectualismo, el autoritarismo y el colapso ambiental? Zygmunt Bauman y Leonidas Donskis señalan astutamente: “¿Cómo formaremos la próxima generación de intelectuales y políticos si los jóvenes nunca van a tener la oportunidad de experimentar lo que es una universidad no vulgar, no pragmática y no instrumentalizada?”. En este sentido, debemos reconocer cómo las grandes fuerzas económicas, sociales y culturales amenazan la idea misma de la educación, especialmente la educación superior, en un momento en que defenderla como un espacio para la crítica, la democracia y la justicia nunca ha sido tan urgente. Además, cualquier defensa de la universidad como un bien público exige una alianza de diversos grupos dispuestos a reconocer que la lucha por la educación superior es inseparable de la lucha más amplia por una democracia socialista. Las amenazas contra la educación superior también amenazan a la nación, a la cultura de ciudadanos informados y a nuestra concepción de la capacidad política y sus obligaciones fundamentales con la democracia.
Al mismo tiempo, mientras el neoliberalismo se enfrenta a una profunda crisis de legitimidad, al no cumplir sus promesas de prosperidad y movilidad social, recurre cada vez más a la retórica fascista. Esta retórica culpa a las comunidades negras, a los inmigrantes y a los estudiantes disidentes, culpándolos de la profundización de las crisis que azotan a Estados Unidos. Al hacerlo, el neoliberalismo desvía la culpa a la vez que refuerza una narrativa que justifica medidas autoritarias, marginando aún más a quienes ya están oprimidos. A medida que esta retórica se extiende, las mismas instituciones que se supone deben fomentar la participación crítica, como la universidad, se corrompen aún más, y su función original de desafiar el statu quo se sustituye por la de reforzar las estructuras de poder existentes.
La pedagogía de la vigilia de Edward Said: Soñar lo imposible
Es en este contexto opresivo que la obra de Edward Said cobra renovada relevancia, ofreciendo un marco pedagógico crucial para resistir el autoritarismo y reivindicar la educación superior como espacio de resistencia. En oposición a la visión degradada del compromiso educativo promovida por la agenda neoliberal y los políticos de extrema derecha, Said abogó por lo que denomino la “pedagogía de la vigilia”. Esta pedagogía enfatiza la necesidad de que los intelectuales se mantengan vigilantes, atentos a las realidades del poder, colaboren con diversos movimientos sociales y participen activamente en la resistencia a los sistemas de opresión. La pedagogía de Said exige que la educación se utilice como vehículo para el cambio social, no simplemente como un medio de productividad económica o conformidad ideológica. Además, argumentó que los trabajadores culturales y todo tipo de intelectuales comprometidos trabajan en diversos espacios y plataformas para dirigirse al público con un lenguaje riguroso, accesible y completo, capaz de conectar diversas problemáticas.
Al definir la pedagogía de Said sobre la vigilia, recuerdo un pasaje profundamente personal de sus memorias, Out of Place (“Fuera de lugar”), donde reflexiona sobre los últimos meses de vida de su madre en un hospital de Nueva York. Al tener que lidiar con los devastadores efectos del cáncer, su madre le pidió: “Ayúdame a dormir, Edward”. Este conmovedor momento se convierte en la puerta de entrada para la meditación de Said sobre el sueño y la consciencia, que vincula con su filosofía más amplia de compromiso intelectual. La meditación de Said se mueve entre lo existencial y lo insurgente, entre el dolor privado y el compromiso mundano, entre las seducciones de un “yo sólido” y la realidad de una identidad contradictoria, cuestionadora, inquieta y, a veces, incómoda. La belleza y la intensidad de su conmovedor comentario merecen ser citadas extensamente:
“Ayúdame a dormir, Edward”, me dijo una vez con un temblor lastimero en la voz que aún puedo oír mientras escribo. Pero entonces la enfermedad se extendió a su cerebro —y durante las últimas seis semanas durmió sin parar—; mi propia incapacidad para dormir podría ser su último legado, un contrapeso a su lucha por dormir. Para mí, dormir es algo que hay que superar cuanto antes. Sólo puedo acostarme muy tarde, pero literalmente me levanto al amanecer. Como ella, no poseo el secreto del sueño prolongado, aunque a diferencia de ella, he llegado al punto de no quererlo. Para mí, dormir es la muerte, como lo es cualquier disminución de la consciencia. El insomnio para mí es un estado preciado, deseable a cualquier precio; no hay nada más vigorizante para mí que desprenderme de inmediato de la oscura semiconsciencia de la pérdida de una noche que madrugar, reencontrarme con o retomar lo que podría haber perdido por completo unas horas antes… Una forma de libertad, me gusta pensar, aunque no estoy del todo convencido de que lo sea. Ese escepticismo también es uno de los temas a los que quiero aferrarme especialmente. Con tantas disonancias en mi vida, he aprendido, de hecho, a preferir no estar del todo bien y estar fuera de lugar.
La reflexión de Said aquí es más que una meditación personal; es una poderosa metáfora de su pedagogía de la vigilia. Es un llamado a permanecer en constante movimiento: intelectual, político y social. La metáfora del insomnio, para Said, encarna la negativa a sucumbir a las seducciones del conformismo o el consumo pasivo. Este estado de “vigilia” requiere vigilancia intelectual, la negativa a conformarse con respuestas fáciles o ideologías incuestionables. Habla de la necesidad de aceptar la incomodidad, de sentirse “no muy bien y fuera de lugar”, como lo expresa el propio Said. En este espacio intelectual de incertidumbre, puede surgir un nuevo sentido crítico de identidad, uno que siempre cuestiona, que está siempre en movimiento.
Para Said, los intelectuales —aquellos que están dispuestos a pensar críticamente y actuar con valentía— deben interactuar críticamente con el mundo, confrontando sus injusticias y desigualdades y utilizando sus posiciones para desafiar el poder. Su pedagogía insiste en que la educación no trata sólo de transmitir conocimientos, sino de despertar a los estudiantes ante las complejidades del mundo. Exige que incorporemos ideas complejas al discurso público, reconociendo el sufrimiento humano y la injusticia tanto dentro como fuera del ámbito académico, y utilizando la teoría como herramienta para la crítica y el cambio.
Esta pedagogía es particularmente urgente en el contexto del actual régimen de Trump, donde el Estado ha instrumentalizado la ignorancia y la represión, buscando silenciar la disidencia y borrar las historias marginadas. La pedagogía de la conciencia de Said proporciona un marco para resistir esta supresión intelectual y cultural; lo que Marina Warner, en un contexto diferente, denominó “el nuevo brutalismo en el ámbito académico”. Al adoptar la visión de Said, los educadores pueden transformar sus aulas en espacios de compromiso radical, espacios donde se anima a los estudiantes no sólo a criticar, sino también a actuar, a conectar sus luchas privadas con los problemas sociales más amplios que configuran su mundo. Esto es particularmente relevante en la lucha por la liberación palestina, donde el trabajo de Said ha ofrecido desde hace tiempo un marco para resistir la violencia colonial y desafiar las narrativas que justifican la opresión.
En una época de creciente cobardía cívica en los grandes medios de comunicación, las instituciones educativas de élite y los pusilánimes bufetes de abogados, escudarse en apelaciones al equilibrio y la objetividad dificulta que educadores, periodistas, funcionarios públicos y comentaristas de los medios reconozcan que el compromiso con algo no anula lo que C. Wright Mills denominó una vez reflexión profunda. Más específicamente, Mills argumentó que “el análisis social puede ser indagador, riguroso, crítico, relevante y académico; que las ideas no deben manejarse como se manejan los cuerpos en funerarias, con cuidado pero sin pasión; que el compromiso no tiene por qué ser dogmático; y que el radicalismo no debe sustituir a la reflexión profunda”. Basándose en la pedagogía de la vigilia de Said, el “pensamiento profundo” apunta a una pedagogía rigurosa, autorreflexiva y comprometida no con la zona muerta de la racionalidad instrumental ni con el abismo del adoctrinamiento, sino con lo que Gayatri Spivak llama “la práctica de la libertad”, con una sensibilidad crítica capaz de ampliar los parámetros del conocimiento, abordar cuestiones sociales cruciales y conectar los problemas privados con los públicos.
El papel de la cultura en la pedagogía: un llamamiento a la resistencia
En mi propio trabajo, he argumentado durante mucho tiempo que la cultura desempeña un papel crucial en la formación de la conciencia cívica necesaria para la resistencia. La cultura no es un mero reflejo pasivo de la sociedad; es una fuerza dinámica que moldea nuestra comprensión del mundo y nuestro lugar en él. En una era donde el neoliberalismo y el fascismo están cada vez más entrelazados, la cultura se convierte en un espacio vital para que se arraiguen narrativas alternativas. Es crucial reconocer que la cultura se ha convertido en una herramienta de los regímenes autoritarios para controlar la conciencia pública, reprimir la disidencia y mantener el statu quo. Sin embargo, sigue siendo uno de los pocos espacios donde también puede florecer la resistencia.
La pedagogía de la conciencia de Said ofrece una perspectiva crítica para observar el papel de la cultura en la educación. Insta a los educadores a resistir la mercantilización y la militarización de la cultura y, en su lugar, a cultivar una pedagogía comprometida, crítica y arraigada en la política de resistencia. No se trata simplemente de un ejercicio intelectual de pensamiento crítico ni de una renovada atención al auge de la política fascista, sino de un llamamiento a la acción: una invitación a crear una cultura de resistencia dentro de la universidad y otros dispositivos culturales, que dote a los estudiantes y al público en general de las herramientas necesarias para desafiar la creciente ola de autoritarismo.
Esta resistencia cultural debe basarse en la creencia de que la educación es un bien público, un espacio donde se puede materializar el potencial radical del cambio social, desafiar los valores capitalistas y sentar las bases para una resistencia masiva a unos Estados Unidos marcados por lo que el difunto Mike Davis, citado en Capitalist Realism, denominó “una era en la que existe una sobresaturación de corrupción, crueldad y violencia… que ya no genera indignación ni interés”. Las universidades deben rechazar la redefinición neoliberal de la educación como una mercancía y, en cambio, adoptar la idea de que la educación es una práctica moral y política, fundamental para la salud de la democracia. Como argumentó Said, los intelectuales y educadores tienen la responsabilidad de dar testimonio del sufrimiento humano, desafiar el poder y utilizar sus posiciones para promover la justicia. Al hacerlo, pueden ayudar a reivindicar la educación como un espacio para la imaginación, la resistencia y la liberación.
Conclusión
El actual ataque a la educación superior no es sólo un ataque a las instituciones académicas, sino a la idea misma de humanidad, pensamiento y democracia. A medida que las universidades se corporativizan cada vez más y se colonizan ideológicamente, debemos resistir a las fuerzas neoliberales y fascistas que buscan transformar la educación en una herramienta de adoctrinamiento. La pedagogía de la vigilia de Edward Said proporciona un marco vital para esta resistencia, ofreciendo una visión de la educación que es a la vez crítica y políticamente comprometida. Al adoptar esta pedagogía, los educadores pueden ayudar a transformar la universidad de un espacio de sumisión ideológica a un espacio donde los estudiantes se empoderen para resistir, imaginar y luchar por un mundo más justo y democrático. La lucha por recuperar la educación como fuerza democrática determinará no sólo el futuro de la universidad, sino el futuro de la democracia misma.
Foto de portada de Nathaniel St. Clair.