Thierry Brésillon, Middle East Eye, 30 junio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Thierry Brésillon es un periodista independiente afincado en Túnez desde abril de 2011. Anteriormente, fue editor de una publicación mensual para una organización internacional de solidaridad y cubrió los conflictos en África y en Israel-Palestina. X: @ThBresillon.
El 9 de abril, el presidente francés Emmanuel Macron hizo el sorprendente anuncio de que París podría reconocer el Estado de Palestina en una conferencia de la ONU que se iba a celebrar en Nueva York del 17 al 20 de junio, copatrocinada por Francia y Arabia Saudí para reactivar la «solución de dos Estados».
La medida, ya adoptada por 148 de los 193 países, fue aclamada como una señal constructiva largamente esperada tras años de desesperación y destrucción.
Macron había repetido en varias ocasiones que estaba esperando el «momento adecuado» para realizar este gesto político, lo que significa que quería que fuera un paso transformador hacia la paz y una palanca para restaurar la influencia diplomática francesa en Oriente Medio.
Parece que, hasta ahora, no ha logrado ninguno de los dos objetivos. La conferencia se pospuso tras el ataque de Israel a Irán, y Francia, junto con la mayoría de los países occidentales, proclamó el «derecho de Israel a defenderse». La «solución de dos Estados» volvió a quedar fuera de la agenda.
Según se informa, el presidente francés no ha renunciado a su proyecto y se cree que lo está reservando para circunstancias más favorables. Sin embargo, incluso si lograra conseguir el apoyo del Reino Unido y Canadá, así como de otros países europeos, es dudoso que la dinámica que espera impulsar pueda convencer a Israel de cambiar su política.
La propuesta de Macron se topó inmediatamente con el rechazo de Israel y Estados Unidos. Tel Aviv la tachó de «cruzada contra el Estado judío» y calificó al presidente francés de «antisemita», una acusación que este último ha utilizado abundantemente desde el 7 de octubre para descalificar las voces críticas con Israel.
«Ellos reconocerán un Estado palestino sobre el papel, mientras que nosotros construiremos el Estado judío israelí sobre el terreno», afirmó el ministro de Defensa israelí, Israel Katz, advirtiendo contra las amenazas de sanciones a su país.
Estados Unidos también ejerció presión contra la medida. El presidente estadounidense, Donald Trump, advirtió de que consideraría el reconocimiento de un «hipotético» Estado palestino como un acto hostil y dejó claro que su respuesta sería dura.
El embajador estadounidense en Israel, Mike Huckabee, llegó incluso a sugerir irónicamente que Francia podría «separar una parte de la Costa Azul y crear un Estado palestino».
La ilusión de la «solución de dos Estados»
Israel y Estados Unidos tienen su propio plan para la región, y no es una «solución de dos Estados». El 18 de julio de 2024, la Knesset aprobó una resolución en la que se afirmaba que un Estado palestino supondría «un peligro existencial para el Estado de Israel y sus ciudadanos, perpetuaría el conflicto israelo-palestino y desestabilizaría la región».
La masacre del pueblo palestino en Gaza y su concentración en pequeñas zonas del enclave destruido antes de su prevista deportación son los pasos en esta vía pavimentada con sangre. La anexión de la mayor parte de la Cisjordania ocupada está ahora recogida en la ley. La judaización de Jerusalén Este no encuentra ningún obstáculo, y la mezquita de Al-Aqsa está en el punto de mira de grupos mesiánicos que sueñan con construir allí el «tercer templo».
Mientras tanto, Estados Unidos ha reconocido la anexión de los Altos del Golán sirios ocupados. Las tropas israelíes se están instalando en el Líbano, en la orilla sur del río Litani, y están presionando a sus peones en Siria.
Trump es más prosaico que sus seguidores cristianos evangélicos, que rezan por la llegada de la batalla final del Armagedón. Sueña con convertir Gaza en «la Riviera de Oriente Medio» y en una lucrativa oportunidad de negocio, similar al proyecto «Gaza 2035» de Netanyahu. Huckabee propone crear un Estado palestino en otro lugar del mundo musulmán.
En otras palabras, los líderes estadounidenses e israelíes están trabajando para lograr la llamada «transferencia voluntaria» de los palestinos y el «Gran Israel» con el que los padres fundadores sionistas han soñado durante mucho tiempo.
La brecha entre la realidad sobre el terreno y la denominada «solución de dos Estados» es ahora demasiado amplia y profunda, a menos que el equilibrio de poder cambie drásticamente, lo que no parece que vaya a suceder en un futuro próximo.
Un reconocimiento bajo las condiciones israelíes
Con la esperanza de frenar estos proyectos saturados de mesianismo judío y milenarismo cristiano, y llevados a cabo de forma brutal con un desprecio descarado por el derecho internacional, los diplomáticos franceses trabajaron durante semanas para convencer a Israel de que la conferencia tenía realmente la intención de ayudarle.
El reconocimiento de un Estado palestino, explicaron, se produciría bajo una serie de condiciones que satisfarían las demandas israelíes.
Entre ellas se incluyen la liberación de los rehenes retenidos en Gaza, «una reforma de la Autoridad Palestina [AP] y el establecimiento de un gobierno en Gaza bajo su autoridad, excluyendo a Hamás, que debe ser desarmado».
Los franceses también exigieron que la AP se comprometiera a poner fin a los «salarios del terror», en referencia a la ayuda financiera a las familias de los palestinos muertos, heridos o encarcelados por Israel, así como a la denominada «incitación contra Israel» en los libros de texto.
El objetivo, recordó Macron, es «un Estado palestino desmilitarizado que reconozca la existencia y la seguridad de Israel, respaldado por una misión internacional de estabilización».
París aseguró que los países árabes que tenían previsto participar en la conferencia acordaron prestar su apoyo a estas demandas.
Incluso el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abás, envió a Macron lo que el presidente francés calificó de «carta de esperanza, valentía y claridad», en la que expresaba la «disposición de la Autoridad Palestina a asumir la responsabilidad exclusiva del gobierno y la seguridad en la Franja de Gaza» y «la necesidad de que Hamás entregue sus armas y capacidades militares».
Además, Macron sugirió que el reconocimiento francés del Estado palestino debería estar vinculado a una normalización «recíproca» de las relaciones de los Estados árabes con Israel, empezando por Arabia Saudí.
Pero ninguna de estas atenciones apaciguó la hostilidad israelí y estadounidense. Al final, según se informa, Francia abandonó la idea de reconocer al Estado palestino durante la conferencia, que en su lugar se centraría en «pasos hacia el reconocimiento».
Una vez más, se espera que los palestinos esperen a que se reconozca su existencia y confíen en un proceso de paz incierto para que se les concedan sus derechos, mientras Israel sigue transformando la realidad sobre el terreno a su favor.
Un bantustán palestino
Lo más llamativo de este plan es lo que no se dice.
En 2002, la Liga Árabe ofreció normalizar las relaciones de los países árabes con Israel a cambio de una retirada total de los territorios ocupados, una «solución justa» a la cuestión de los refugiados palestinos y el establecimiento de un Estado palestino con Jerusalén Este como capital.
Lo que Macron espera de los Estados árabes es que ofrezcan gratis la última carta que les queda, sin la más mínima garantía por parte de Israel sobre los asentamientos y las fronteras, la preservación del carácter palestino de Jerusalén Este, la liberación de los miles de presos en detención administrativa, la viabilidad económica de un futuro Estado palestino, la libre circulación de los ciudadanos palestinos, etc.
La propia palabra «autodeterminación», un derecho que no debería estar sujeto a ninguna condición, no aparece por ninguna parte.
Todas estas condiciones básicas de soberanía quedan, por tanto, a merced de la buena voluntad de los israelíes. Sin embargo, la historia nos enseña que Israel, en situaciones como esta, siempre toma lo que se le ofrece y nunca da a cambio lo que vagamente prometió.
Francia no dio ninguna indicación sobre cómo presionaría a Israel para que «pusiera fin a su actividad ilegal de asentamientos, que compromete la viabilidad de un Estado palestino», como reconoció.
Tampoco pidió a Israel que cumpliera con la obligación de «poner fin a su ilegal presencia y a sus políticas en el territorio palestino ocupado en el plazo de un año», tal y como declaró la Asamblea General de la ONU en septiembre, tras un dictamen consultivo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en el que se afirmaba que la ocupación de Israel era ilegal.
Si nada altera la dinámica actual, se establecería un Estado palestino en un territorio fragmentado por los asentamientos israelíes y las carreteras de circunvalación, comprimido en unos pocos centros urbanos aislados entre sí y asfixiado por una dependencia económica total de Israel.
Su capital sería el remoto suburbio de Abu Dis, separado de Jerusalén por un muro. Sus fronteras estarían bajo control israelí. No tendría fuerza militar para oponerse a las operaciones del ejército israelí. Y estaría gobernado por una Autoridad Palestina que se ha convertido en un régimen policial corrupto, sometido a los requisitos de seguridad israelíes.
Existe un precedente para un Estado así, en la Sudáfrica del apartheid: se llama bantustán.
En otras palabras, Macron quiere ofrecer a Israel el control sobre un «Estado palestino» privado de soberanía y llamar a eso «paz».
Este es el cruel resultado de años de impunidad que permitieron a Israel destruir metódicamente la base material de un Estado palestino. Los europeos tienen una gran responsabilidad en este desastre.
Por lo tanto, el plan de Macron es insuficiente y llega demasiado tarde. Aun así, incluso esto es demasiado para Israel y Estados Unidos, cuyo presidente, Donald Trump, instó a los países a no asistir a la conferencia de la ONU, antes de que finalmente fuera cancelada.
La lógica de Israel no ha cambiado en décadas: quiere «expulsar» la presencia no judía de la tierra «prometida», tal y como sugirió el padre del sionismo, Theodor Herzl. Quiere ser la única potencia militar en Oriente Medio y espera el apoyo incondicional del mundo.
En su visión, los árabes, y especialmente los palestinos, no tienen más remedio que aceptar su derrota. Tienen que soportar el peso de la culpa europea por su pasado antisemita y ser acusados de antisemitismo si se resisten a su despojo y eliminación.
Mientras Francia no esté dispuesta a luchar contra esta lógica y a hacer que Israel rinda cuentas por sus violaciones del derecho internacional, sus esfuerzos diplomáticos en pro de una paz justa seguirán siendo un espectáculo hipócrita, destinado únicamente a mantener una ilusión de moralidad.
La «israelización» de la política francesa
Francia no hace nada para detener un genocidio que Macron se niega incluso a nombrar. No hace nada para romper el bloqueo humanitario de Gaza. Sigue vendiendo armas a Israel, amordaza como demasiado «radicales» a quienes se atreven a hablar de «colonialismo» y «apartheid», y criminaliza el antisionismo como antisemitismo.
Cuando Israel lanzó ilegalmente su ataque contra Irán, Macron se ciñó al guion israelí: Irán es una amenaza para la región y nunca debe obtener la bomba nuclear, Israel tiene derecho a llevar a cabo ataques «preventivos», etc.
La conclusión de toda esta secuencia es que Francia ha perdido su influencia diplomática en Oriente Medio.
Desde la década de 1960, la diplomacia francesa había seguido la tradición del presidente Charles de Gaulle, cuya regla fundamental era la independencia.
Tras la guerra de 1967, París desempeñó un papel destacado en la búsqueda de una solución política al conflicto. Abogó por la autodeterminación del pueblo palestino, promovió a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) como su representante y convenció al líder de la OLP, Yasser Arafat, para que abandonara la lucha armada y reconociera a Israel.
Sin embargo, desde el fin de la Guerra Fría y la primera guerra contra Iraq en 1991, Estados Unidos ha tomado la iniciativa. Entre unos EE. UU. hiperactivos y un Israel intransigente, Francia, limitada por una diplomacia europea dividida, ya no tiene margen de maniobra.
Desde los atentados del 11 de septiembre, la mayor parte de la élite política y mediática francesa ha respaldado plenamente la narrativa israelí y su interminable «guerra contra el terrorismo». Además, la obsesión interna por el «islamismo» y la inmigración interfiere cada vez más en la política de Francia hacia Oriente Medio.
Esta «israelización» de la política francesa alcanzó un nivel paroxístico tras el atentado del 7 de octubre de 2023.
En este contexto, la iniciativa de Macron estaba condenada al fracaso, ya que adolece de una total falta de comprensión de la experiencia y la historia palestinas y de una negación de la naturaleza colonial de la situación.
Foto de portada: El presidente francés Emmanuel Macron durante una visita a una sala para pacientes palestinos en el Hospital El Arish de Egipto el 8 de abril. (Ludovic Marin/AFP)