Stephen F. Eisenman, CounterPunch, 18 julio 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Stephen F. Eisenman es profesor emérito de la Universidad Northwestern e investigador honorario de la Universidad de East Anglia. Su último libro, escrito junto con Sue Coe, se titula «The Young Person’s Illustrated Guide to American Fascism» (OR Books). También es cofundador y director de estrategia de Anthropocene Alliance. Se le puede contactar en s-eisenman@northwestern.edu
Alligator Alcatraz
La administración Trump, no contenta con cuestionar el valor de 10 millones de trabajadores indocumentados, debe también calumniar la reputación de un género de reptiles semiacuáticos. No soy herpetólogo, pero después de haber vivido seis años en la Florida rural, puedo decirles que Alligator Alcatraz, el nuevo stalag en la Reserva Nacional Big Cypress, al norte de los Everglades, no es como para partirse de risa. Inmigrantes (tanto indocumentados como legales), tomen nota: A pesar del alambre de púas, las torres de vigilancia, los agentes armados del ICE y las más de 200 cámaras de seguridad, escapar de AA no es más difícil que de cualquier otro centro de detención federal. A menos que estés alimentando a mano a los caimanes o paseando a un perro (un animal de presa), ambas actividades improbables tras una fuga, tus posibilidades de ser atacado por un caimán son menores que las de ser alcanzado por un rayo. Así que no tengas miedo de los caimanes.
Es posible que ni siquiera veas uno. Big Cypress no es sólo un pantano. También hay árboles, hierba, carreteras, cabañas, senderos, barcos, coches y bicicletas, todos ellos valiosos para esconderse y escapar rápidamente. Un buen kit de escape debe incluir un sombrero de ala ancha, protector solar y repelente de insectos. El sol de Florida puede ser abrasador, especialmente en verano, y los mosquitos, las niguas y las garrapatas son un problema durante todo el año. Las vendas adhesivas y el desinfectante tópico también serían provisiones útiles, ya que hay muchas plantas con espinas u hojas puntiagudas, como el amaranto espinoso (amaranthus spinosus) y la omnipresente hierba de sierra (cladium jamaicense).
Un libro de bolsillo con descripciones de las numerosas plantas comestibles disponibles sería muy útil. Entre las plantas comestibles más comunes se encuentran la betónica de Florida (stachys floridana), también conocida como «alcachofa silvestre»; el helecho (pteridium aquilinum), que es delicioso cuando está verde; la verdolaga (portulaca oleracea), rica en ácidos grasos omega-3; y el arándano de Florida (vaccinium darrowii), un postre dulce y nutritivo. Por supuesto, hay muchos peces y animales que cazar, pero al ser ellos mismos perseguidos, los inmigrantes y otros fugitivos probablemente sentirán afinidad con los animales no humanos y seguirán una dieta vegana saludable durante y después de su huida hacia la libertad.
El nuevo campo de concentración de Florida, probablemente el primero de las docenas que financiarán Trump y los republicanos del Congreso con su proyecto de ley de reconciliación presupuestaria, ya es conocido por el hacinamiento, las condiciones insalubres y los abusos contra los derechos humanos. Su nombre fue acuñado por un funcionario de Florida que escuchó a Trump reflexionar sobre la posibilidad de devolver Alcatraz al sistema penitenciario federal y excavar un foso lleno de caimanes en la frontera entre México y Estados Unidos. (Los caimanes nunca podrían sobrevivir a la aridez y el calor de la frontera). El presidente aceptó con entusiasmo el insultante apelativo y lo convirtió en el nombre oficial del campo de Florida. Con ello espera disuadir a los inmigrantes y asustar a otros posibles internos: judíos propalestinos, musulmanes, ecologistas, homosexuales, feministas, socialistas, liberales, activistas contra la guerra e incluso demócratas irresponsables.
Pero los caimanes tendrán la última palabra. Alligator mississippiensis y alligator sinensis (las dos especies de caimanes americanos que hay en Florida) aparecieron por primera vez en el registro fósil hace unos 37 millones de años, es decir, unos 35 millones de años antes que el género homo. Y dada su ingeniosidad y capacidad de adaptación, es probable que la especie sobreviva a los humanos al menos durante ese tiempo. (El calor, las inundaciones y el aumento del nivel del mar serán una bendición para su población). Además, dado que los caimanes individuales en estado salvaje pueden alcanzar los 60 años de edad, es probable que casi todos los que se ven hoy en día en Florida sobrevivan a Trump, quien, a sus 79 años, sólo puede esperar sobrevivir otros ocho años más.
Abu Ghraib
En Alligator Alcatraz, en Florida; en el centro de detención Ursula, en McAllen, Texas, y en muchos otros centros más pequeños repartidos por todo el país, los inmigrantes y otras personas detenidas en redadas del ICE son recluidos en jaulas o pequeñas celdas, a pesar de no haber cometido ningún delito. (La situación de indocumentado es una infracción civil, no penal). La prensa y los políticos están en su mayoría excluidos de estos lugares, e incluso los abogados se mantienen a distancia. La mayoría de los campos de internamiento están situados deliberadamente en lugares remotos donde hay pocos abogados. Incluso cuando están disponibles, los funcionarios de prisiones dificultan la comunicación confidencial entre el cliente y el abogado. Los inmigrantes no tienen derecho constitucional a un abogado, por lo que deben pagarlo o encontrar uno que trabaje de forma gratuita. En estas circunstancias de ilegalidad, el abuso de los detenidos es casi una certeza.
Ya existe un amplio catálogo de abusos documentados, especialmente trabajos forzados en centros de detención de propiedad y gestión privadas, como los que pertenecen a CoreCivic y Geo Group. A medida que aumenta el número de estos centros, cabe esperar que aumente la cantidad de trabajo esclavo. El plan puede ser obligar a esta mano de obra numerosa y potencialmente móvil a hacer gratis lo que antes hacían a cambio de un salario en los campos de algodón de las altas llanuras de Texas, ahora desprovistos de mano de obra, en las plantas de procesamiento de carne de Iowa, Nebraska y Kansas, y en las granjas de frutas y verduras del Valle Central de California.
El maltrato a los detenidos y presos en Estados Unidos no es nada nuevo. Se remonta a las campañas de expulsión de los indígenas durante el periodo federal y a los campos de prisioneros del Ejército de la Unión durante la Guerra Civil, como Andersonville. Innumerables prisiones estadounidenses fomentan o permiten la violencia contra los reclusos. Pero el caso más notorio reciente está relacionado con la «guerra contra el terrorismo», que se prolongó durante una década tras el 11-S. En 2003, hombres iraquíes y también algunas mujeres recluidos en la prisión de Abu Ghraib, a 32 kilómetros al oeste de Bagdad, fueron sometidos a torturas y otras formas de maltrato por parte de la policía militar estadounidense bajo el mando de la general de brigada Janice Karpinski. Muchos contratistas privados encargados de los interrogatorios y la traducción también trabajaban en la prisión; ellos también maltrataron y torturaron a los prisioneros. La violencia consistía en palizas (que a veces provocaban la muerte), desnudez obligatoria, calor extremo, orinar y defecar en público, privación del sueño, luces brillantes, música a todo volumen y coaccionar a los prisioneros para que representaran charadas sexuales o adoptaran posturas estresantes.

3:19 a. m., 17 de octubre de 2003. El sargento Ivan Frederick II con un detenido. Foto: Ejército de los Estados Unidos/Comando de Investigación Criminal (CID)
Los abusos fueron denunciados el mismo año en que se produjeron por Amnistía Internacional y Associated Press, pero se dieron a conocer más ampliamente al año siguiente, tras los reportajes de Seymour Hersh en The New Yorker y de los periodistas del popular programa de televisión 60 Minutes. Tras investigaciones internas, audiencias en el Congreso y una serie de juicios penales, una docena de soldados fueron condenados por diversos delitos, en su mayoría por incumplimiento del deber. La mitad de ellos cumplieron condenas de prisión leves. Ninguno de sus supervisores militares o civiles fue acusado penalmente. Algunos recibieron castigos menores de una u otra forma, incluyendo la degradación. Otros, como Michael Chertoff y Gina Haspel (implicada en la tortura de prisioneros en otros lugares), fueron ascendidos. El presidente George Bush, responsable último de todo ello, fue reelegido en 2004.

Prisioneros en el CECOT de Tecoluca, El Salvador, sin fecha. Foto: Gobierno de El Salvador.
El abuso y la tortura en Abu Ghraib, y su documentación fotográfica, como he escrito en otra parte, se diseñaron con varios propósitos: 1) la gratificación sádica de los torturadores y sus cómplices; 2) la obtención de información de inteligencia procesable (rara vez, si es que alguna vez, con éxito); 3) infundir camaradería entre las tropas estadounidenses participantes: la criminalidad compartida cimenta los lazos emocionales; 4) la inscripción de la inferioridad racial y el infundir miedo en los cuerpos y las mentes de las víctimas de la tortura; 5) expresar una visión de la omnipotencia militar estadounidense. Los soldados que tomaron las fotos las compartieron ampliamente, sin vergüenza. Más tarde, un pequeño número expresó remordimiento o experimentó depresión. Al menos uno se quitó la vida.
Para los perpetradores, las pruebas fotográficas de la humillación justifican la dominación y la violencia. «Míralos», dice el abusador, «¡se lo estaban buscando!». La misma lógica cruel subyace en las actividades de los agentes del ICE y sus supervisores en la actualidad. Enmascarados, los secuestradores del Gobierno a veces graban y retransmiten sus redadas, haciendo alarde de su impunidad y del miedo y la humillación de los detenidos. Altos funcionarios del Gobierno posan orgullosos frente a campos de concentración y prisiones en Estados Unidos y en el extranjero. La directora de Seguridad Nacional, Kristie Noem, se plantó -con una camiseta ajustada, una gorra de MAGA y un Rolex de oro– frente al CECOT en El Salvador. «Esta prisión es una de las herramientas de nuestro arsenal», declaró. «Si vienes a nuestro país ilegalmente, esta es una de las consecuencias a las que te enfrentas». Para Trump, Noem, Stephen Miller y muchos otros que apoyan la represión de la inmigración, el maltrato a los detenidos no es un desafortunado subproducto de la aplicación celosa de la ley; es el objetivo. Su lema político podría ser: «Es el miedo, estúpido».
Autoexpulsión
Por razones personales y políticas, mi esposa Harriet y yo, ambos ciudadanos estadounidenses, elegimos la autoexpulsión; casi añado «antes de que nos la impusieran». Cuando dejamos nuestra casa en Micanopy, Florida, hace más de un año, esa adición habría sonado melodramática, por no decir ridícula: un profesor jubilado de historia del arte estadounidense que escribe para una revista especializada de izquierdas y su esposa británica-estadounidense, ecologista, difícilmente atraerían la atención del Departamento de Seguridad Nacional o del Departamento de Estado. Y aunque así fuera, existen leyes que nos protegen, claras e inquebrantables, que impedirían nuestro arresto, la pérdida de la nacionalidad o la deportación. Ahora, no estoy tan seguro. Con el presupuesto del ICE a punto de multiplicarse por diez y el debate abierto entre los funcionarios de la Casa Blanca y el Departamento de Justicia sobre el aumento de los procedimientos de pérdida de la nacionalidad, el Gobierno parece encaminarse hacia una trayectoria fascista. Como mínimo, están empeñados en devolver a Estados Unidos a una época en la que a los disidentes políticos se les privaba a veces de la ciudadanía y se les deportaba. Harriet no es Emma Goldman, y yo no soy Alexander Berkman, pero la impunidad significa precisamente que un régimen puede actuar sin razón ni ley.
Las oscuras fantasías sobre mi propia vulnerabilidad son un capricho cuando los ataques contra los inmigrantes, o contra las personas que los agentes del ICE creen que son inmigrantes indocumentados, se están produciendo a gran velocidad. En mi querida Pasadena, California, donde viví durante unos 15 años y donde mi antigua casa se quemó por completo el pasado mes de enero en el incendio de Eaton Canyon, se está deteniendo a personas en paradas de autobús, lavaderos de coches y centros comerciales. Hace unas semanas, en la esquina de Orange Grove Boulevard y Los Robles Avenue, en una parada de autobús frente a una tienda de donuts Winchell’s, los agentes detuvieron a seis personas, al menos tres de las cuales eran ancianas. Cuando un transeúnte intentó grabar el suceso con su teléfono móvil, según informó la representante estadounidense Judy Chu: «El agente del ICE saltó del coche y apuntó con un arma como si fuera a disparar al joven, sólo por grabar un vídeo de esa matrícula». Señalando la grabación de vídeo, Chu dijo a los periodistas: «Como pueden ver, estos agentes del ICE están apuntando con armas a personas inocentes, sin órdenes judiciales, sin explicaciones, sólo con miedo e intimidación». (Es legal grabar a los agentes del ICE siempre que no se interfiera físicamente con ellos). Dos de las personas detenidas en esa parada de autobús eran ciudadanos estadounidenses.
República del miedo
El miedo surge de la perspectiva de la pérdida: de la vida, el amor, la seguridad, el dinero, la libertad y el tiempo. La privación de uno de ellos es perjudicial, pero la de los seis, devastadora. Ese es el miedo razonable de millones de personas en Estados Unidos que carecen de documentos que las protejan del arresto y la deportación. De hecho, nadie está a salvo. Si los inmigrantes, incluidos algunos con estatus de residente permanente (tarjeta verde), pueden ser secuestrados por hombres enmascarados y luego detenidos y deportados sin siquiera una audiencia, cualquiera puede serlo.
El actual aumento de las detenciones de inmigrantes indocumentados, residentes legales e incluso algunos ciudadanos tiene claramente la intención de infundir miedo. Las redadas de agentes a caballo, equipos SWAT y hombres enmascarados que operan desde furgonetas sin distintivos se han producido en paradas de autobús, parques urbanos, tiendas de 24 horas, guarderías, grandes superficies, empresas de jardinería, obras de construcción y viveros. Los trabajadores indocumentados a veces se reúnen en estos lugares, pero también lo hacen personas de clase trabajadora de todos los orígenes, y algunas personas adineradas también. Sin embargo, no es de extrañar que, por lo que yo sé, no se hayan llevado a cabo redadas en lugares como Bel-Air, Beverly Hills y Rancho Mirage, en California, o Palm Beach, Fisher Island y The Villages, en Florida. En esos lugares, los trabajadores indocumentados cortan el césped, cocinan, limpian y cuidan a los hijos de los ricos o de los republicanos.
La reciente orden de restricción temporal que impide a los agentes del ICE utilizar la raza, el origen étnico, el idioma, la ubicación, el acento o la apariencia como base para el arresto y la detención, indica el carácter punitivo de las redadas federales. (El caso fue presentado en nombre de cinco de las personas detenidas en esa parada de autobús en Pasadena). Los demandantes alegaron, y el tribunal confirmó, que «las personas de piel morena son abordadas o apartadas por agentes federales no identificados, de forma repentina y con demostración de fuerza, y obligadas a responder a preguntas sobre quiénes son y de dónde vienen». Uno de estos trabajadores murió la semana pasada mientras huía de los agentes del ICE en una granja del condado de Ventura, California, donde se cultivaban verduras y cannabis legal. Había vivido pacíficamente y trabajado en Estados Unidos durante décadas, principalmente recogiendo tomates.
Los agentes del ICE suelen llevar ropa civil raída, gorras de béisbol y bufandas o pasamontañas para cubrirse el rostro. Se afirma que la razón de esto último es el miedo al doxing o a las represalias. Pero no corren más peligro que la policía local, los agentes del FBI, la ATF o cualquier otro agente del orden. Además, se supone que deben ser duros. La verdadera razón de su anonimato es fomentar el miedo y la intimidación; si no puedes ver las caras de tus captores o torturadores, puedes suponer que son inexpugnables. El mismo manto de anonimato fue utilizado por los interrogadores en los diversos centros secretos o «negros» de todo el mundo donde los agentes estadounidenses llevaron a cabo interrogatorios o torturas durante la década de «guerra global contra el terrorismo» que comenzó tras los atentados contra el World Trade Center el 11 de septiembre.
No está claro cómo se pueden detener las redadas, los abusos y la crueldad. El ICE pronto se convertirá, con diferencia, en la mayor fuerza policial del país. El Departamento de Seguridad Nacional tiene previsto contratar al menos a 10.000 nuevos agentes del ICE. Habrá muchos solicitantes: los salarios iniciales oscilan entre 50.000 y 90.000 dólares, a los que hay que añadir las horas extras y las bonificaciones anuales. Y después de años en ese campo, los agentes pueden ganar considerablemente más. Se esperan solicitudes de miembros de milicias de extrema derecha, exmarines y conspiradores del 6 de enero. El ICE pronto tendrá la capacidad de detener y alojar a más de 125.000 personas, aproximadamente el número total de la Oficina Federal de Prisiones. A diferencia de otras agencias del gabinete, no es probable que se recorten los gastos de Seguridad Nacional, al menos no a corto plazo. Los tribunales federales de distrito pueden ralentizar temporalmente el ritmo de las detenciones y arrestos de inmigrantes, pero el Tribunal Supremo acabará allanando el camino para que se produzcan más. Lo único que puede detener el avance del Estado carcelario es la resistencia pública masiva. Algunos caimanes estratégicamente situados también podrían ayudar.
Foto de portada: Interior de Alligator Alcatraz, con el presidente Donald Trump, 2 de julio de 2025. (Fuente: La Casa Blanca)