Lubna Masarwa y Huthifa Fayyad, Middle East Eye, 19 agosto 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Lubna Masarwa es periodista y jefa de la oficina de Middle East Eye en Palestina e Israel; está afincada en Jerusalén.

Huthifa Fayyad es periodista.
Oraciones judías recitadas en voz alta en grupos. Cánticos y bailes. Hombres postrados, con el rostro pegado al suelo. Banderas israelíes en alto.
Esa era la escena en el interior de la mezquita de Al-Aqsa, uno de los lugares más sagrados del islam, durante una incursión israelí a principios de este mes.
Hace unos años, tal espectáculo habría sido inimaginable. Pero desde el 7 de octubre de 2023, todo ha cambiado, según manifiestan los palestinos.
«Había una cantidad aterradora de personas [colonos israelíes] presentes y algunas eran figuras importantes», declaró Auni Bazbaz, director de asuntos internacionales del Waqf Islámico, la organización que administra la mezquita de Al-Aqsa, a Middle East Eye en ese momento.
«Lo que tuvo lugar… representa una etapa crucial destinada a imponer por la fuerza la soberanía judía sobre la mezquita de Al-Aqsa y dividirla espacialmente entre musulmanes y colonos», añadió.
La mezquita de Al-Aqsa, situada en la Ciudad Vieja de Jerusalén, ha sido el centro de la ocupación israelí de Palestina durante décadas.
Para los palestinos y los musulmanes de todo el mundo, la mezquita simboliza la lucha por la libertad, la identidad y la independencia.
Para muchos israelíes, es el lugar donde pronto se levantará el tercer templo judío.
Durante décadas, ha estado regida por un acuerdo internacional que defiende su estatus religioso como santuario exclusivamente islámico.
Pero desde la ocupación de Jerusalén Este en 1967, los israelíes han ido erosionando gradualmente ese estatus mediante el aumento de las restricciones al acceso de palestinos y musulmanes, al tiempo que han ampliado la presencia y el control judíos.
Desde el 7 de octubre, estos esfuerzos se han intensificado drásticamente.
Hoy, mientras la atención mundial sigue centrada en el genocidio de Israel en Gaza y en las tensiones regionales más amplias, Al-Aqsa se encuentra en un punto de inflexión.
Muchos palestinos temen que esté a punto de perder su identidad como mezquita y que se convierta en lo que tanto vienen temiendo desde hace mucho tiempo: un tercer templo judío.
Erosión del statu quo
A finales del siglo XIX, el Imperio otomano, que gobernaba Palestina en aquella época, estableció un acuerdo que regulaba la gestión de los lugares religiosos de Jerusalén.
Este acuerdo era conocido como el statu quo, un conjunto de normas y reglamentos que ahora se consideran una norma internacional vinculante y que ha sido aceptado desde hace mucho tiempo por las potencias mundiales.
El acuerdo estipulaba que todo el complejo de la mezquita de Al-Aqsa, de 144.000 metros cuadrados, incluyendo la Cúpula de la Roca, la mezquita Qibli, con su cúpula plateada, y otros edificios y puertas, quedaba bajo la administración musulmana.
Durante décadas, esta administración se ha conocido como el Waqf islámico, o fundación religiosa, que está bajo la custodia jordana del lugar.
Las normas son sencillas: sólo los musulmanes pueden rezar dentro de la mezquita, mientras que los no musulmanes pueden visitarla, pero el Waqf decide cuándo y cómo.
El control de la mezquita, incluido su mantenimiento, seguridad y excavaciones, sigue siendo responsabilidad exclusiva del Waqf.
Esta autoridad, y por extensión la de Ammán, fue reconocida formalmente por Israel en el tratado de paz firmado con Jordania en 1994.
Durante la ocupación israelí de Jerusalén, hasta el año 2000, las violaciones del statu quo eran escasas y aisladas, ya que las autoridades israelíes temían una reacción musulmana a nivel mundial en caso de cualquier ataque a la mezquita.
Sin embargo, una incursión del entonces líder de la oposición Ariel Sharon en la mezquita en el 2000, acompañado por cientos de guardias armados, cambió drásticamente la situación.
La incursión desencadenó la Segunda Intifada, un levantamiento palestino y, a partir de ese momento, las autoridades israelíes comenzaron a violar el statu quo a una escala mucho mayor.
En primer lugar, las fuerzas israelíes comenzaron a desplegarse regularmente en los patios de la mezquita y en sus puertas, imponiendo restricciones sobre quién podía entrar, como la prohibición de acceso a los hombres menores de 40 años y a los palestinos de Gaza y Cisjordania.
Al mismo tiempo, las autoridades israelíes despojaron al Waqf de su autoridad para controlar las visitas, lo que abrió la puerta a lo que los palestinos describen como incursiones de ultranacionalistas israelíes, a menudo llevadas a cabo bajo la protección de guardias fuertemente armados.
Estas incursiones están organizadas por grupos conocidos como activistas del Monte del Templo, que consisten en organizaciones israelíes que piden la destrucción de la mezquita de Al-Aqsa y la construcción de un Tercer Templo en su lugar.
Además, desde el año 2000, Israel viene llevando a cabo abiertamente excavaciones bajo la mezquita de Al-Aqsa, otra violación significativa del statu quo.
Nueva normalidad
Durante las dos décadas siguientes, Israel afianzó estas nuevas violaciones, transformándolas en una nueva realidad.
Inicialmente, las incursiones de los colonos israelíes eran limitadas tanto en número como en duración. Sin embargo, con el paso de los años, su escala y frecuencia aumentaron de forma constante.
En 2009, más de 5.000 colonos participaron en estas incursiones. En 2019, esa cifra había aumentado a 30.000.
En 2017, las incursiones se convirtieron en algo cotidiano, excepto los viernes y sábados, siguiendo un horario estricto similar al de las cinco oraciones diarias musulmanas. Un turno tiene lugar por la mañana, después de la oración musulmana del amanecer (fajr), y otro por la tarde, después de la oración musulmana del mediodía (dhuhr).
Este control gradual pero firme sobre los horarios de visita y el acceso es lo que los palestinos llevan mucho tiempo advirtiendo que era el objetivo final.
Sostienen que las autoridades israelíes están creando una nueva realidad, convirtiendo la mezquita, un lugar considerado exclusivamente islámico, en un espacio compartido para la oración musulmana y judía.
Como resultado, estas numerosas violaciones han provocado una resistencia popular y armada palestina habitual dentro de Jerusalén y más allá.
En mayo de 2021, las incursiones israelíes en la mezquita durante el mes sagrado musulmán del Ramadán, que interrumpieron los rituales islámicos especiales, fueron un importante catalizador del levantamiento de 11 días que se extendió por la Palestina histórica, incluida una guerra con Hamás en Gaza.
Dos años más tarde, el movimiento palestino citó estas violaciones como una de las principales razones de su ataque del 7 de octubre, al que denominó «La inundación de Al-Aqsa». Durante el asalto, los combatientes palestinos mataron a casi 1.200 israelíes y capturaron a otros 251.
Esto condujo al genocidio israelí en Gaza, en el que las fuerzas israelíes han matado a más de 62.000 palestinos y han dejado el enclave sitiado en ruinas y al borde de la hambruna.
La escalada ha tenido un efecto dominó, lo que ha provocado devastadores ataques israelíes en Cisjordania, el Líbano, Siria e Irán.
Bajo el pretexto de estas crecientes tensiones regionales, las violaciones en Al-Aqsa han continuado sin cesar y han empeorado, con una disminución de la atención o la respuesta internacional.
Escalada
El 13 de octubre de 2023, el primer viernes después del ataque liderado por Hamás, Israel prohibió la entrada a la mezquita de Al-Aqsa a cualquier persona menor de 60 años.
Cientos de agentes israelíes se desplegaron por toda la Ciudad Vieja y en las entradas de la mezquita.
En el exterior, las fuerzas israelíes reprimieron violentamente a cualquiera que intentara acercarse a la mezquita, lo que obligó a miles de personas a rezar en las calles circundantes.
El Movimiento Beyadenu, uno de los principales grupos del Monte del Templo, amenazó con impedir que los musulmanes llegaran al lugar.
Otros grupos de extrema derecha incluyeron al imán de la mezquita en una lista negra de Telegram.
Ese día marcó la pauta de lo que estaba por venir.

Un soldado israelí observa a los palestinos realizar las oraciones del viernes en la Jerusalén Oriental ocupada, después de que se les prohibiera acceder a la mezquita de Al-Aqsa, 20 de octubre de 2023 (Ahmad Gharabli/AFP).
Desde entonces, las autoridades israelíes y los grupos del Monte del Templo han intensificado sus esfuerzos para reforzar el control sobre la mezquita de Al-Aqsa. Un elemento clave de esta estrategia ha sido restringir el acceso de los palestinos.
Estas restricciones incluyen prohibiciones y limitaciones continuas para los palestinos de Cisjordania y la Franja de Gaza.
En muchos casos, también se niega la entrada a los hombres menores de 50 años.
Además, las fuerzas israelíes emiten cada año docenas de prohibiciones individuales dirigidas a palestinos de Jerusalén o del propio Israel.
Estas prohibiciones afectan a una amplia gama de personas, entre ellas imanes, periodistas, activistas y fieles comunes.
La mezquita, que en su día acogía a cientos de miles de fieles y recibía regularmente a decenas de miles para las oraciones del viernes, ahora sólo contempla la presencia de unos pocos miles los viernes y de apenas unos cientos en las oraciones diarias.
Oraciones públicas
Mientras tanto, las redadas israelíes han aumentado en escala, atrayendo a más de 57.000 personas en 2024, casi el doble que cinco años antes. El objetivo, según Beyadenu, es alcanzar los 100.000 participantes anuales.
La duración de cada incursión también ha aumentado en los últimos meses, lo que permite la participación de un gran número de colonos.
Sin embargo, uno de los acontecimientos más preocupantes de los últimos meses ha sido la celebración abierta y pública de oraciones judías durante estas incursiones.
Aunque estas oraciones, que constituyen otra violación del statu quo, solían ser realizadas en silencio y de forma individual por algunos ultranacionalistas, cualquier manifestación ruidosa solía ser respondida con dureza por la policía, por temor a la reacción de los palestinos y los musulmanes.
Pero en abril de 2024 se reveló que Itamar Ben Gvir, ministro de Seguridad Nacional que supervisa la policía israelí en Jerusalén, había aplicado una política para cambiar el statu quo permitiendo las oraciones judías, sin interrupción, dentro de la mezquita.
En junio, activistas del Monte del Templo afirmaron que Ben Gvir les había dicho que «a partir de ahora, su política es permitir cantar y bailar en todo el Monte del Templo».
Un artículo de Ynet afirmaba que la policía está cambiando el statu quo al aplicar allí una política de «más fieles judíos y menos control».
El propio Ben Gvir lideró a cientos de colonos en la irrupción en el complejo de la mezquita de Al-Aqsa a principios de este mes, donde realizaron ruidosamente oraciones judías.
Las incursiones incluyen ahora regularmente escenas de israelíes realizando oraciones judías, incluyendo postraciones, lecturas de la Torá, cantos en voz alta y el izamiento de la bandera israelí.
«Recuerdo tiempos en los que cualquiera que moviera los labios era arrestado», dijo a MEE Yehudah Glick, un destacado activista del Monte del Templo y exdiputado del Likud.
«Recuerdo los días en los que éramos solo unos pocos, hoy hemos crecido», añadió.
Más recientemente, ha surgido una nueva y preocupante tendencia, según una fuente de alto rango del Waqf, que habló bajo condición de anonimato.
Esta tendencia consiste en oraciones y sermones en grupo dirigidos por el rabino Shimshon Elbaum, jefe de la denominada Administración del Monte del Templo.
Soberanía
Luego, en junio, Israel dio un paso sin precedentes: la mezquita de Al-Aqsa fue clausurada por completo durante varios días.
La razón aducida fue la guerra de Israel contra Irán.
Sin embargo, Israel nunca había tomado una medida así, ni siquiera en períodos más volátiles del pasado, lo que sugiere que había algo más detrás de esta decisión.
Según los palestinos, el verdadero objetivo era afirmar la «soberanía» israelí sobre la mezquita, demostrando que puede abrirla y cerrarla a su antojo.
Este esfuerzo también se ha reflejado en acciones más pequeñas pero constantes destinadas a erosionar el papel y la autoridad del Waqf.
El alto funcionario del Waqf que habló con MEE dijo que Israel no permite que el Waqf contrate personal ni realice ningún tipo de mantenimiento dentro de la mezquita sin autorización previa.
En una ocasión, dijo, se rompió una tubería en su oficina, pero no se le permitió traer a un técnico para repararla durante dos meses. Como resultado, recibieron una factura de agua de 50.000 shekels (aproximadamente 14.700 dólares) por un problema que se podría haber solucionado con una pieza de 3 dólares.
Añadió que incluso para traer jabón o válvulas para el baño se necesita autorización previa.
«No puedo arreglar las ventanas ni solucionar ningún problema en las oficinas. Ni siquiera puedo limpiar los desagües antes del invierno. Todo requiere un permiso, y lo único que dicen es: presente una solicitud. Nadie puede realizar trabajos de mantenimiento dentro del recinto de la mezquita de Al-Aqsa sin correr el riesgo de ser detenido».
Aún más sorprendente, dijo, fue la decisión de Israel en 2022 de bloquear la entrada de nuevas alfombras donadas por el rey Abdullah II de Jordania, custodio oficial de Al-Aqsa.
Las alfombras, que cubren una superficie de unos 7.000 metros cuadrados y cuestan 600.000 dólares, fueron pagadas, según la fuente, con fondos personales del rey.
«Después de que las alfombras se fabricaran siguendo las especificaciones requeridas y estuvieran listas para su envío, Israel lo detuvo todo. Bloquearon su entrada en la frontera. Intentamos obtener las autorizaciones, pero fue en vano».
Esta presión para obtener el control forma parte de una agenda de larga data defendida por figuras como Ben Gvir y activistas del Monte del Templo, entre los que se encuentran tanto miembros actuales como antiguos del Parlamento israelí.
Mediante medidas como retrasar el mantenimiento, bloquear los envíos de artículos esenciales y abrir o cerrar las puertas de la mezquita a su antojo, Israel pretende despojar al Waqf de la limitada autoridad que aún conserva, colocando el lugar firmemente bajo su control.
Según la fuente, esto se ha convertido en una realidad de facto, en la que la administración del Waqf sólo existe sobre el papel, mientras que, en la práctica, Israel controla todo lo que ocurre dentro del complejo de la mezquita.
«Nuestra autoridad sobre Al-Aqsa es nula», afirmó.
«Hablar de ‘soberanía compartida’ ya no es una aspiración lejana para estos grupos del Templo. Se ha convertido en un proyecto práctico, que se está llevando a cabo paso a paso».
El Tercer Templo
Ahora que Israel tiene el control casi total de la mezquita de Al-Aqsa y que el statu quo «lleva mucho tiempo muerto», como afirman algunos observadores, la pregunta que se plantea es: ¿qué vendrá después?
A mediados de 2023, sólo unos meses antes del ataque liderado por Hamás, Amit Halevi, diputado israelí del partido gobernante Likud, propuso un plan para dividir la mezquita de Al-Aqsa entre judíos y musulmanes.
Halevi sugirió asignar alrededor del 30% de la sección sur del complejo a los musulmanes, mientras que el resto, incluida la zona donde se encuentra la Cúpula de la Roca, se reservaría para los judíos.
También propuso revocar la custodia de la mezquita por parte de Jordania, haciéndose eco de las demandas que desde hace tiempo plantean los grupos activistas del Monte del Templo.
Un año más tarde, Ben Gvir expresó su apoyo a la idea. Aunque no pidió explícitamente la división física de la mezquita, manifestó su respaldo a la construcción de una sinagoga dentro del complejo.
Los llamamientos a destruir la mezquita de Al-Aqsa y sustituirla por un tercer templo judío forman parte desde hace tiempo de la retórica de los grupos activistas del Monte del Templo.
Pero, en los últimos años, muchos de esos grupos han ganado una influencia significativa, y sus partidarios y miembros ocupan ahora escaños en el Parlamento y el Gabinete de Israel, incluido el propio Ben Gvir.
En mayo, el ministro de Finanzas, Bezalel Smotrich, declaró que «ampliarían las fronteras de Israel, lograrían la redención completa y reconstruirían el Templo aquí» durante un discurso en una manifestación con motivo del «Día de Jerusalén».
Yitzhak Wasserlauf, miembro del partido Otzma Yehudit de Ben Gvir y ministro para el Negev, Galilea y la resiliencia nacional, se hizo eco de ese mismo llamamiento durante una incursión en Al-Aqsa a principios de este mes.
«Rezamos por la construcción del templo y la redención completa», afirmó en un vídeo grabado desde el interior del complejo de la mezquita.
Los palestinos temen que, tras imponer con éxito una división temporal de facto en Al-Aqsa —asignando horarios específicos para que musulmanes y judíos puedan acceder o rezar en el lugar—, el siguiente paso sea una división física.
Y al igual que la división temporal, esta se llevará a cabo por etapas, la primera de las cuales será la construcción de una sinagoga dentro del complejo de la mezquita antes de ampliarlo.
Esto es un reflejo de la toma gradual de la mezquita de Ibrahim en Hebrón, que primero se dividió temporalmente y luego espacialmente.
Ahora, según se informa, las autoridades israelíes planean despojar oficialmente al Waqf de su función administrativa también en ese lugar.
Durante el Ramadán de 2025, las fuerzas israelíes prohibieron a los musulmanes entrar en la mezquita de Ibrahim los viernes, en una medida sin precedentes.
«Lo que está ocurriendo en la mezquita de Al-Aqsa no es sólo una serie de violaciones pasajeras», afirmó la fuente del Waqf que habló con MEE.
«Se trata de un proyecto de judaización integral destinado a imponer la soberanía israelí total sobre la mezquita. Los palestinos y el mundo musulmán deben darse cuenta de la magnitud del desafío y prepararse para hacer frente a un plan que corre contra el tiempo, antes de que la realidad impuesta se vuelva irreversible».
(Nadav Rapaport, desde Jerusalén, ha colaborado en la elaboración del presente informe).