La cumbre de Alaska y la marginación de Europa

Timothy Hopper, Foreign Policy in Focus, 20 agosto 2025

Traducido del inglés por Sinfo Fernández


Timothy Hopper es un escritor estadounidense especializado en política exterior afincado en Washington, D.C. Es licenciado en Relaciones Internacionales por la American University y ha colaborado en publicaciones como International Policy Digest, Middle East Monitor y Geopolitical Monitor. Su trabajo se centra en la política exterior estadounidense, las tendencias económicas mundiales y el comportamiento estratégico de los Estados. Timothy está comprometido con el periodismo ético y con fomentar el debate crítico sobre la guerra, la diplomacia y las consecuencias del intervencionismo.

La reciente reunión entre Trump y Putin en la cumbre de Alaska ha supuesto algo más que un simple cambio en las relaciones internacionales. Ha puesto de relieve la constante erosión de la influencia europea en la escena mundial. Aunque algunos calificaron la cumbre como un paso hacia unas relaciones globales más seguras, el mensaje subyacente contaba una historia diferente: un retorno a la política de poder de los siglos XIX y XX, cuando las disputas territoriales no se resolvían a través de los canales diplomáticos establecidos, sino mediante la fuerza y las negociaciones entre bastidores.

Esa sensación de retroceso se vio reforzada cuando el presidente Volodymyr Zelensky se reunió con Trump y figuras clave europeas esta semana en la Casa Blanca. Una vez más, Europa se encontró reaccionando en lugar de liderando, y su papel en la seguridad transatlántica pareció más pasivo que estratégico. Este encuentro, que se produjo pocos días después de la cumbre de Alaska, puso de relieve una tendencia más amplia: Europa no actúa desde una posición de autoridad, sino de dependencia.

El presidente Putin, un antiguo oficial del KGB con un agudo conocimiento de la dinámica del poder, parece haber reconocido algo que muchos en Europa se resisten a admitir. La Unión Europea, cuando se enfrenta a las ambiciones geopolíticas de Rusia, carece de la capacidad para actuar como una potencia genuina. Esto quedó patente cuando Putin eludió el diálogo con los líderes europeos y optó por hablar directamente con el presidente de Estados Unidos. La exclusión de las figuras europeas de la mesa de negociaciones no fue casual. Fue una afrenta deliberada, que indicaba que Europa ya no cuenta con la capacidad necesaria para influir en los resultados globales, especialmente en crisis como la de Ucrania.

Esta marginación de Europa ha sido también evidente en otros ámbitos. Durante las negociaciones nucleares con Irán en Mascate en abril de 2025, Estados Unidos se comprometió directamente con Teherán, mientras que los negociadores europeos se mantuvieron al margen, a pesar de que el E3 seguía teniendo el mecanismo formal de reactivación de sanciones (snapback), en la ONU. Una dinámica similar se produjo en 2023, cuando la UE disolvió discretamente INSTEX, su vehículo financiero especial diseñado para proteger a las empresas europeas que comercian con Irán tras años de uso casi nulo, lo que puso de relieve la incapacidad de Europa para contrarrestar las sanciones secundarias de Estados Unidos.

Y, en el ámbito económico, las subidas arancelarias unilaterales de Washington sobre los productos chinos en 2024 obligaron a Bruselas a tomar medidas reactivas, primero con aranceles provisionales sobre los vehículos eléctricos chinos y más tarde, en 2025, con un acuerdo comercial entre Estados Unidos y la UE que dejó un arancel medio del 15% sobre las exportaciones europeas al mercado estadounidense. Estas medidas muestran que Europa reacciona a la diplomacia arancelaria de Estados Unidos en lugar de definir las reglas.

Aunque la UE se presenta como defensora de la diplomacia y la paz, la realidad es mucho más compleja. Ante la guerra de Rusia contra Ucrania, los países europeos han respondido con desunión y debilidad, sin presentar un frente coherente. Su dependencia de Estados Unidos para mediar con Rusia pone de manifiesto su falta de fuerza geopolítica independiente. El desprecio de Putin e incluso de Trump por el liderazgo europeo envía un mensaje claro: Europa se ha convertido en un espectador en el juego de poder mundial, incapaz de influir en los términos de la resolución de conflictos.

Esta cumbre no fue un acontecimiento aislado, sino parte de una transformación más amplia de la diplomacia mundial, en la que el poder, y no los principios, guía el curso de los acontecimientos. El diálogo entre Trump y Putin señala el inquietante resurgimiento de las negociaciones territoriales que recuerdan al siglo XIX. La idea de intercambiar territorios, ya sea mediante la ocupación militar o acuerdos políticos, ya no es una reliquia del pasado, sino que se ha convertido en una característica definitoria de la diplomacia moderna. Tomemos, por ejemplo, la propuesta de Trump para Gaza, que preveía transformar la franja en una zona económica y expulsar a sus habitantes palestinos. Estas propuestas no son sólo producto del peculiar estilo diplomático de Trump, sino que reflejan una lógica peligrosa en la que las disputas territoriales se resuelven mediante negociaciones respaldadas por el poder. Esta lógica se hace eco de la larga tradición de la política del poder, en la que la fuerza suele determinar el derecho.

La cumbre de Alaska, con el frío pragmatismo de Putin y las imprevisibles declaraciones de Trump, sirve como un claro recordatorio de la disminución de la relevancia de las normas diplomáticas tradicionales. El lenguaje de la diplomacia, que antes se basaba en la paz y el respeto mutuo, ahora se ve eclipsado por la retórica de la fuerza, en la que la potencia militar y los intereses estratégicos prevalecen sobre cualquier pretensión de un orden basado en normas.

La idea de la diplomacia como herramienta cooperativa para la paz, en la que las naciones trabajan juntas para resolver las crisis, está siendo sustituida gradualmente por una visión más realista. La diplomacia se está convirtiendo en un medio para legitimar las realidades del poder. El enfoque de Trump hacia las relaciones internacionales, en el que la acción militar y el control territorial se tratan como soluciones prácticas, refleja este cambio en la gobernanza mundial.

Este cambio supone un peligro no sólo para una Europa marginada, sino para la comunidad internacional en su conjunto. La normalización de la diplomacia basada en el poder corre el riesgo de legitimar formas de agresión militar que en su día condujeron a las devastadoras guerras del siglo XX. Las disputas territoriales se consideran cada vez más como moneda de cambio en negociaciones de alto riesgo, lo que señala el amanecer de una nueva era en las relaciones internacionales, en la que la diplomacia ya no busca la cooperación, sino que impone el dominio mediante la coacción. Este es precisamente el modelo promovido por Trump y, de forma experimental, por su aliado más cercano en Oriente Medio, Israel. El mensaje es contundente: paz a través de la fuerza.

Al final, la cumbre de Alaska no ha supuesto un renacimiento diplomático, sino que ha representado el afianzamiento de un nuevo orden mundial definido por las luchas de poder y la influencia militar. Para Europa, fue un amargo recordatorio de la realidad actual. La era de la diplomacia europea parece haber llegado a su fin y ha comenzado una nueva fase de negociaciones impulsadas por el poder. La verdadera pregunta ahora es si los líderes europeos podrán adaptarse a esta transformación o seguirán siendo actores pasivos en un mundo cada vez más volátil. ¿Podrá Europa redefinir su papel, no sólo como una voz que emite declaraciones de apoyo o condena, sino como una fuerza capaz de configurar un orden mundial sostenible, pacífico y políticamente estable?

Imagen de portada de Shutterstock.

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