Elfadil Ibrahim, The New Arab, 20 agosto 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Elfadil Ibrahim es un escritor y analista especializado en la política sudanesa.
Desde que estalló la guerra entre el ejército sudanés y las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) paramilitares en abril de 2023, el floreciente comercio de la anfetamina ilegal captagón se ha convertido en un elemento central del conflicto.
La magnitud de este floreciente tráfico de drogas se confirmó de forma dramática en febrero de 2025, cuando los oficiales de la inteligencia general sudanesa, junto con el ejército, aseguraron finalmente la zona industrial de al-Jaili, al norte de Jartum, de las FAR y descubrieron un escenario que lo dejaba al descubierto.
Dentro de un complejo a medio terminar, encontraron mezcladoras industriales, una prensa de comprimidos aún cubierta de un fino residuo blanco y cajas de maquinaria nueva.
Las materias primas, engañosamente empaquetadas en bolsas con la etiqueta «suplemento alimenticio para animales» y «fabricado en Siria», estaban apiladas en grandes cantidades.
«Esta fábrica produce 100.000 pastillas por hora», afirmó con gravedad un oficial de inteligencia en un vídeo grabado en el lugar. «La materia prima que hemos incautado es suficiente para fabricar 700 millones de pastillas. La milicia las utilizaba para dar fuerza y motivación a sus soldados».
La enorme instalación de al-Jaili no era una operación aislada. Cuando las Fuerzas Armadas Sudanesas (FAS) comenzaron a recuperar partes de la capital, surgieron más pruebas de una estrategia narcótica más amplia con el descubrimiento de pequeños laboratorios de producción de captagón ocultos en viviendas y fábricas que habían estado bajo el control de las FAR.
Este giro hacia los narcóticos tiene una lógica clara. Aunque las FAR siguen controlando importantes operaciones de extracción de oro, han perdido el control directo sobre algunas minas clave, y otras en sus territorios son objeto habitual de ataques aéreos de las FAS. Con esta principal fuente de ingresos bajo presión, el comercio de productos químicos ofrecía una oportunidad de oro y, quizás, más resistente.
El descubrimiento también sirve para confirmar una nueva y preocupante realidad. Sudán, un país históricamente conocido por el cultivo de cannabis, o bango, se está transformando en un centro de producción y tráfico de una sustancia sintética y mucho más peligrosa.
Esta evolución letal es una consecuencia directa del colapso de un narcoestado a miles de kilómetros de distancia.
Durante más de una década, el epicentro mundial de la producción de captagón fue Siria. El régimen de Bashar al-Asad, paralizado por las sanciones, recurrió al tráfico ilícito de drogas como salvavidas financiero, creando una empresa a escala industrial con un valor estimado de miles de millones y supervisada por su hermano, Maher Al-Asad.
Pero la dramática caída del régimen a finales de 2024 decapitó la operación. Las nuevas autoridades de Damasco se comprometieron a «purificar» Siria de este comercio, destruyendo públicamente los laboratorios y las reservas.
Sin embargo, un narcoimperio no desaparece de la noche a la mañana. Mucho antes de los últimos días del régimen, la creciente presión diplomática y de seguridad de vecinos como Jordania y Arabia Saudí ya había obligado a estas redes de narcotraficantes a reducirse, ser más móviles y más discretas.

Durante toda una época, el epicentro global de la producción del captagón estuvo en Siria (Getty)
Los cabecillas huyeron, pero la infraestructura de conocimientos, las rutas de contrabando y las redes corruptas permanecieron, buscando un nuevo entorno más permisivo. Y lo encontraron en Sudán.
Esta migración de conocimientos es fundamental para comprender cómo Sudán se convirtió tan rápidamente en un centro de producción.
«Existe un claro vínculo con los actores con sede en Siria», explicó a The New Arab Caroline Rose, directora de Strategic Blind Spots en el New Lines Institute, donde gran parte de su trabajo se centra en el nexo entre el crimen y los conflictos.
Rose señala que es probable que los conocimientos técnicos fueran importados por redes sirias que ya habían establecido operaciones en países como Kuwait, Iraq y Turquía tras la caída del régimen sirio en 2024.
La barrera técnica, explica, es sorprendentemente baja. «No hace falta mucho», dijo Rose a TNA. «Todo lo que se necesita es mucho dinero en efectivo».
El equipo industrial, como mezcladoras de doble uso y prensas para comprimidos, se puede adquirir a través de empresas ficticias que se hacen pasar por negocios legítimos: una fábrica de plásticos, una empresa de suministros veterinarios o incluso una planta de procesamiento de alimentos.
Estas redes suelen seguir vías de influencia y diáspora ya establecidas.
Antes de su propia guerra civil, Sudán acogía a unos 150.000 sirios que habían huido de la guerra en su país. Aunque aún no hay pruebas que vinculen directamente a ningún miembro de esta comunidad con el tráfico, en las redes sociales han circulado vídeos en los que se ve a combatientes con acento sirio vestidos con uniformes de las FAR, lo que ha alimentado las especulaciones sobre la naturaleza de la experiencia extranjera que ayuda a las milicias paramilitares.
Justo al norte de Jartum, el estado del Río Nilo se ha convertido en el frente de esta guerra contra las drogas. En agosto de 2023, la policía local llevó a cabo una de las mayores incautaciones de la historia del país. Tras recibir un soplo, interceptaron un camión en una remota granja a las afueras de la ciudad de Shendi. En su interior se escondían más de dos millones de pastillas de captagón.
«No se trata de una operación pequeña», explicó Ahmed Nour, un veterano agente de policía del estado del Río Nilo que pidió que se cambiara su nombre. «Es una operación organizada y bien financiada. Se centran en lugares como nuestro estado para crear adicción y caos lejos de las líneas de batalla».
Una vez que un cargamento llega a una ciudad, se entrega a las redes locales sudanesas de tráfico de drogas, que ahora prosperan en medio del colapso efectivo del estado. Según Nour, estas redes ofrecieron a sus colegas «mucho dinero para que miraran para otro lado».
Cuantificar los ingresos exactos que el captagón genera para las FAR es casi imposible. Pero con un coste de fabricación de unos céntimos por pastilla y un precio de venta de hasta 25 dólares en Arabia Saudí, el comercio representa sin duda un importante salvavidas financiero.
Aunque las FAR son las principales sospechosas, Rose advierte que aún no se conoce todo el panorama. «Es probable que haya un componente de las FAR, pero aún no tenemos pruebas definitivas de ello ni del alcance total de quién está produciendo esta sustancia», afirma, lo que nos recuerda la importancia de tener en cuenta la confusión que reina en tiempos de guerra.
Sin embargo, el verdadero coste no se mide sólo en dólares o libras, sino en la devastación que supone la adicción que se extiende por una generación ya traumatizada por la guerra.
Adila Ibrahim, investigadora sudanesa especializada en estudios sobre adicciones y afincada en Estados Unidos, advierte de una catástrofe emergente de salud pública, que, según ella, se adapta perfectamente a las terribles circunstancias del país.
En el «contexto de la inseguridad alimentaria y el desplazamiento», el atractivo del captagón es peligrosamente simple, afirma, ya que suprime el hambre al tiempo que induce euforia.
Además, en un país donde el sistema sanitario se encuentra en estado de colapso, Ibrahim propone soluciones pragmáticas y de bajo coste para empezar a hacer frente a la epidemia.
«Los pequeños esfuerzos podrían ayudar a frenar la escalada futura, como iniciar algún tipo de recopilación de datos. Los profesionales de la salud sudaneses también podrían utilizar las plataformas existentes incorporando la detección de drogas y la educación en los servicios existentes de tuberculosis y desnutrición», dijo Ibrahim.
«Trabajar dentro de la comunidad también podría ser útil colaborando con imanes y maestros para proporcionar educación sobre drogas y orientar los esfuerzos de prevención».
Esta estrategia subraya la necesidad de una respuesta múltiple. Rose también hace hincapié en la cooperación internacional, en la que Sudán puede «intercambiar toda la información posible» con los Estados vecinos sobre las rutas de contrabando.
Rose también señala la necesidad crítica de realizar un «análisis forense» de las pastillas incautadas. Según ella, al comprender la composición química precisa, las autoridades pueden crear identificadores para los diferentes lotes, lo que les ayuda a descubrir patrones de producción, rastrear las cadenas de suministro hasta su origen y, en última instancia, identificar a los principales responsables del comercio.
Al final, la lucha contra las pastillas es inseparable de la lucha por el propio Sudán. El auge del captagón, que se ha refugiado en la guerra de Sudán tras el declive del narcoestado sirio, amenaza ahora con dejar un rastro de adicción e inestabilidad que podría asolar el país durante años.