Henry Giroux, CounterPunch.org, 29 agosto 2025
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

Henry A. Giroux ocupa actualmente la cátedra de Estudios de Interés Público de la Universidad McMaster en el Departamento de Estudios Ingleses y Culturales y es Paulo Freire Distinguished Scholar in Critical Pedagogy. Sus libros más recientes son: The Terror of the Unforeseen (Los Angeles Review of books, 2019), On Critical Pedagogy, 2ª edición (Bloomsbury, 2020); Race, Politics, and Pandemic Pedagogy: Education in a Time of Crisis (Bloomsbury 2021); Pedagogy of Resistance: Against Manufactured Ignorance (Bloomsbury 2022) e Insurrections: Education in the Age of Counter-Revolutionary Politics (Bloomsbury, 2023), y, en coautoría con Anthony DiMaggio, Fascism on Trial: Education and the Possibility of Democracy (Bloomsbury, 2025). Giroux es también miembro de la junta directiva de Truthout.
La carrera hacia el fascismo de la administración Trump se está desarrollando a una velocidad vertiginosa y en múltiples frentes. En el centro de esta transformación se encuentra el surgimiento de Estados Unidos como Estado belicista, un Estado cautivo que fusiona los intereses del complejo militar-industrial-académico con las ideologías tóxicas del nacionalismo blanco y la supremacía blanca. Lo que hace que este momento sea especialmente peligroso es que la guerra ya no se refiere únicamente a la conquista extranjera, sino que se ha convertido en un principio organizativo central de la gobernanza interna. El propio Estado se ha convertido en un arma, volviéndose contra su propia población y normalizando el terrorismo interno como herramienta de gobierno. El flagelo de la militarización como fuerza motriz de la política estadounidense, que tiene sus raíces contemporáneas en el Estado de terror creado por Bush y Cheney después del 11 de septiembre, se intensifica aún más como modo de gobernanza en la política interna y externa. El largo legado de intervención armada en el extranjero por parte de Estados Unidos aparece ahora en las calles de Los Ángeles, Washington D. C., así como en universidades, tribunales e incluso campos deportivos. Como señala Melissa Gira Grant, «los agentes federales son los nuevos proud boys (chicos orgullosos)». Ahora se libra una guerra perpetua contra los estadounidenses, legitimada como una condición normal de la política.
Se trata de terrorismo interno, la transformación de la retórica incendiaria, alarmista y deshumanizadora en actos de violencia estatal. Es una forma de necropolítica ligada a la noción de mundos de muerte y al ascenso de un orden cadavérico. Como sostiene Achille Mbembe: Los «mundos de muerte» caracterizan a los regímenes en los que «surgen formas nuevas y únicas de existencia social en las que vastas poblaciones están sometidas a condiciones de vida que les confieren el estatus de muertos vivientes». El régimen de terrorismo interno de Trump, especialmente su guerra contra los inmigrantes y los ciudadanos naturalizados, está impulsado por una pulsión de muerte que constituye una orgía de aniquilación unida a los dictados de la acumulación de capital, la dinámica de las jerarquías de clase y raciales y la audaz aceptación y exhibición de historias racistas y símbolos neonazis. Bajo la noción de Trump del capitalismo gánster y la política de venganza, no hay lugar en Estados Unidos excepto para los nacionalistas cristianos blancos y los sumisos leales.
Aquí no hay pretensión de democracia, sólo el funcionamiento del capitalismo gánster disfrazado de futuro. Cuando un gobierno recurre a la violencia y la coacción para intimidar a su propia población, impulsado por el nativismo, el racismo y el extremismo político, cumple con la definición de terrorismo interno. Sus políticas y su lenguaje están diseñados para cultivar el miedo, intimidar y acumular poder en manos de los ricos. El discurso deshumanizador no sólo hiere, sino que castiga, derrama sangre y prepara el terreno para las expulsiones, los centros de detención y una cultura saturada de odio. Palabras como «invasores», «parásitos» y «criminales» se utilizan como armas contra los inmigrantes para marcarlos como prescindibles. Las políticas de separación familiar, deportación masiva y detención indefinida se construyen no sólo para castigar, sino también para aterrorizar. Ante esta retórica deshumanizadora y estas políticas empapadas de violencia, Trump, de forma escalofriante y sin ironía, declara: «Mucha gente dice que quizá nos gustaría tener un dictador».
La obsesión autoritaria de Trump por la violencia y el castigo es evidente en su implacable impulso por criminalizar la disidencia y convertir al Estado en un arma contra lo que él llama «enemigos del pueblo». Ha exigido penas draconianas, incluida la cárcel, para quienes quemen la bandera estadounidense, un acto de protesta protegido por la Constitución. Stephen Prager argumenta en Common Dreams que Trump ha emitido una orden ejecutiva que establece portales y mecanismos legales que pueden permitir que «vigilantes fascistas aleatorios» le ayuden a reprimir las protestas en todo el país, según un destacado abogado de derechos civiles. Además, ha pedido el restablecimiento de la pena de muerte para los casos de asesinato en la capital del país, desplegando la forma más extrema de violencia estatal como espectáculo y advertencia. No se trata de posturas autoritarias aisladas, sino de actos militarizados de terrorismo interno, diseñados para fusionar el castigo, la represión y la venganza en el núcleo mismo de la vida política.
Lo que estamos presenciando en Estados Unidos no es simplemente la corrosión de las normas democráticas, sino el auge de una política fascista agresiva, que utiliza la amenaza del castigo como arma para imponer los caprichos y vanidades de Trump. Como acertadamente observa Ruth Ben-Ghiat, Trump pretende transformar el Departamento de Defensa en el Departamento de Guerra, un instrumento contundente de su autoridad personal. Se jacta de enviar tropas armadas a las ciudades gobernadas por los demócratas que desprecia y abraza al ejército como su ejército privado. El periodista e historiador Garrett Graff subraya la gravedad de este descenso, argumentando que «Estados Unidos ha caído finalmente en el fascismo». Aunque no invoca explícitamente el término terrorismo interno, su descripción deja pocas dudas de que la necropolítica del terror estatal se ha arraigado bajo el régimen de Trump. Graff escribe:
Estados Unidos se ha convertido en un país en el que agentes armados del Estado gritan «¡Sus documentos, por favor!» en la calle a hombres y mujeres que regresan a casa después del trabajo, una imagen que asociamos con la Gestapo en la Alemania nazi o el KGB en la Rusia soviética, y en el que hombres enmascarados derriban y secuestran a personas sin el debido proceso en vehículos sin distintivos, haciéndolas desaparecer en un sistema opaco en el que sus familiares suplican información.
El fanatismo anticomunista y el fantasma de Roy Cohn
Es precisamente a partir de esta obsesión por el castigo y el terror que Trump revive otra de las armas más antiguas del fascismo: la difamación de anticomunismo. En el centro de esta política del miedo, los disidentes no son escuchados, sino denunciados; no se debate con ellos, sino que se les tacha de traidores. En la era McCarthy se utilizó para silenciar la disidencia, desmantelar sindicatos y destruir vidas, pensemos especialmente en «los diez de Hollywood».
Bajo Trump, las difamaciones anticomunistas se vuelven a esgrimir, no como argumento, sino como arma, con el fin de marcar a movimientos, ciudades y comunidades enteras como enemigos del Estado. Un ejemplo escalofriante de ello lo encontramos en la diatriba del nacionalista blanco Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca, al hablar en la Union Station de Washington D. C. el 20 de agosto de 2025, durante una parada en Shake Shack con el vicepresidente J. D. Vance y el secretario de Defensa Pete Hegseth, mientras visitaban a las tropas de la Guardia Nacional. Al referirse a los manifestantes que gritaban a Miller en la Union Station, declaró:
Son ellos los que han estado defendiendo al uno por ciento. Son delincuentes, asesinos, violadores y traficantes de drogas. Y me alegro de que estén aquí hoy porque Pete, el vicepresidente y yo vamos a salir de aquí e, inspirados por ellos, vamos a añadir miles de recursos más a esta ciudad para sacar a los delincuentes y a los miembros de las bandas. Vamos a desmantelar esas redes y vamos a demostrar que la ciudad puede servir a los ciudadanos respetuosos con la ley. No vamos a permitir que los comunistas destruyan una gran ciudad estadounidense, y mucho menos la capital del país… Así que vamos a ignorar a estos estúpidos hippies blancos, que deberían irse a casa a echarse una siesta porque todos tienen más de 90 años, y volver a proteger al pueblo estadounidense y a los ciudadanos de Washington D. C.
Aquí, el insulto «comunistas» no se refiere a una ideología, sino que funciona como un epíteto, una letra escarlata de traición diseñada para criminalizar la protesta y borrar la disidencia en sí misma. Como nos recuerda Thom Hartmann, el fascismo rara vez llega con tanques rodando por las avenidas; se infiltra en la vida cotidiana a través de un lenguaje que glorifica la violencia, legitima la crueldad y santifica el poder autoritario. Al tildar a los críticos de «comunistas» y ridiculizar a los manifestantes como «criminales» y «hippies estúpidos», la diatriba de Miller pone de manifiesto cómo el discurso saturado de odio se fusiona con la represión estatal para cultivar una cultura en la que el miedo y la violencia parecen naturales, incluso necesarios. Sin duda, él conoce el linaje al que invoca. La retórica anticomunista, en manos de George Wallace y Richard Nixon, funcionó en la década de 1960 como un arma para justificar la brutalidad contra los «enemigos internos»: liberales, activistas de derechos civiles, estudiantes radicales, izquierdistas de todo tipo. La ironía es innegable: Miller resucita la histeria anticomunista de Roy Cohn, mentor y facilitador de Trump durante los días más oscuros del macartismo, canalizando un guion de miedo y denuncia que en su día destruyó vidas y ahora regresa como modelo para un régimen autoritario. La historia no deja lugar a dudas: el vocabulario anticomunista que hoy reviven Trump, MAGA y sus aduladores dista mucho de ser un exceso retórico, es una estrategia deliberada, un guion probado por el tiempo, para santificar el régimen autoritario, legitimar la violencia sancionada por el Estado y silenciar la resistencia democrática.
Miller, famoso por sus feroces ataques contra los inmigrantes, ha sido durante mucho tiempo el arquitecto ideológico del fascismo de Trump. Su racismo y nativismo alimentan los tres pilares centrales de este proyecto. En primer lugar, Miller insiste en que todos los inmigrantes son delincuentes, aptos sólo para ser expulsados o encarcelados. En segundo lugar, presenta el ataque a la inmigración como la piedra angular para erigir un Estado policial, erosionando la justicia, la verdad, la moralidad y la libertad misma. En tercer lugar, se ha convertido en una fuerza líder en la guerra contra la educación pública y superior, tachándolas de «cultura cancerosa, comunista y woke» que está «destruyendo el país». Este lenguaje, que se hace eco del léxico de Trump, es un código para desmantelar las posibilidades críticas, inclusivas y democráticas de la educación: la oportunidad de que estudiantes diversos aprendan, cuestionen y actúen como agentes informados de una sociedad democrática.
Para Miller, las escuelas no deben cultivar la conciencia crítica, sino inculcar a los niños el patriotismo, la reverencia acrítica por Estados Unidos y la hostilidad hacia la «ideología comunista». Los detalles de este ataque pedagógico son escalofriantemente familiares: prohibir libros, blanquear la historia convirtiéndola en una mitología racista, abolir la pedagogía crítica y vaciar la capacidad de pensamiento informado y ético. Lo que surge es una pedagogía de la represión, que busca borrar la memoria histórica, extinguir los valores democráticos y convertir la educación en una fábrica de adoctrinamiento.
El auge del estado policial y el ataque a la ciudadanía
No se trata de una campaña aislada. El discurso más amplio del racismo, el nacionalismo blanco y la represión estatal es ahora exhibido por Trump y su grupo de tropas de choque en los principales medios de comunicación, no con vergüenza, sino con alegría fanática, y rara vez se cuestiona como la sangre vital de la ideología fascista. La fuerza legitimadora de esta represión es lo que da a la violencia estatal su apariencia de inevitabilidad.
Un ejemplo descarnado lo deja claro. Christopher Rufo, uno de los propagandistas más influyentes del movimiento MAGA, declaró recientemente en una publicación de Substack que agencias como ICE deberían «enviar furgonetas sin distintivos para seguir a los agitadores clave y secuestrarlos de las calles cuando los medios de comunicación no miren». La esencia del fascismo siempre está en esos detalles. Trump y sus aliados saben que los secuestros secretos, las desapariciones forzadas y la proliferación de agentes federales enmascarados que se niegan a identificarse y actúan con impunidad no son aberraciones. Son el sello distintivo de los regímenes autoritarios. Y seamos claros, el terrorismo interno y la guerra contra los inmigrantes de Trump no sólo son una máscara para crear un Estado policial, sino que también proporcionan oportunidades grotescas a las empresas penitenciarias privadas para lucrarse con el febril intento de Trump de encarcelar a miles de inmigrantes, disidentes y cualquier otra persona que se oponga a sus delirios dictatoriales.
La erosión del debido proceso, de la igualdad ante la justicia y, sobre todo, de la ciudadanía son los indicadores más escalofriantes de este nuevo Estado bélico. Como sostiene John Ganz, la esencia del movimiento de Trump es un ataque al concepto mismo de ciudadanía estadounidense, que se extiende desde el nativismo y la mentira del robo de las elecciones hasta los intentos de revocar la ciudadanía por nacimiento y ampliar la desnaturalización. En el mundo de Trump, la ciudadanía ya no existe como un derecho inalienable; se la ha despojado de su universalidad y se la ha reconvertido en un privilegio. En sus manos, es tanto un regalo como un garrote, «una mercancía transferible y revocable», que se utiliza para dividir, disciplinar y destruir. Se trata de la fría coreografía del miedo del Estado, donde el terror, el secuestro, la violencia y la desaparición se convierten en la gramática del gobierno y el lenguaje a través del cual se expresa el poder.
El ataque de Trump a la ciudadanía no puede separarse de la actual militarización de Estados Unidos. Como señala Greg Grandin en The New York Times, este ataque es, en esencia, una «lucha por el significado de Estados Unidos» y revela tanto el racismo blanco que impulsa el nacionalismo de MAGA como la perniciosa afirmación del régimen de Trump de que ellos decidirán «quién puede llamarse estadounidense en la América del Sr. Trump». Añade:
Trump y agentes como Miller están librando una guerra no sólo contra los migrantes, sino también contra el concepto de ciudadanía. Según un informe, el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas expulsó a 66 ciudadanos durante el primer mandato de Trump, y ahora ha emitido una orden ejecutiva que pone fin a la ciudadanía por nacimiento. Su Gobierno está exiliando a niños nacidos en Estados Unidos, incluido un niño de cuatro años con cáncer en fase terminal. El Departamento de Justicia afirma que está «dando prioridad a la desnaturalización», estableciendo un marco para revocar la ciudadanía a los ciudadanos naturalizados que la Casa Blanca considera indeseables.
Desmantelar la ciudadanía es resucitar uno de los horrores más oscuros de la historia: Convertir a las personas en apátridas, expulsarlas no sólo de una nación, sino de la propia categoría de seres humanos, negándoles la memoria, la voz y la propia existencia. La deportación, la detención y la desnaturalización no son medidas burocráticas, sino armas de limpieza política. Se trata de terrorismo interno, no es una metáfora, ni una exageración, sino la transformación sistemática de la retórica incendiaria en instrumentos de violencia estatal. Ganz tiene razón: el ataque de Trump a la ciudadanía lleva la inconfundible firma del fascismo, la lógica del totalitarismo renacido, la maquinaria totalitaria del borrado vuelta contra el presente, convertida en un espectáculo apto para el visionado instantáneo y la adrenalina que la crueldad proporciona como cociente de placer.
Rachel Maddow capta todo el peso de esta consolidación autoritaria. Estados Unidos, advierte, ya no está al borde del abismo, sino que vive bajo una dictadura en proceso de consolidación. La policía secreta secuestra a personas en las calles, los inmigrantes son convertidos en chivos expiatorios como enemigos perpetuos e incluso los ciudadanos «autóctonos» se ven amenazados con la pérdida de la ciudadanía. Zonas enteras del territorio estadounidense han sido reclasificadas como zonas militares, con tropas armadas en servicio activo que ahora ejercen poderes de detención. Se están construyendo centros de detención masiva en bases militares. Las universidades, la prensa y los tribunales están siendo militarizados, coaccionados o desmantelados. Al igual que el Estado, los espacios que antes se reservaban para hacer valer los derechos, la protección y la atención de las personas ahora están cautivos por agentes enmascarados y armados con equipo táctico. Como señala Mark Peterson en The New Yorker, espacios como los pasillos de los tribunales están ahora cautivos como lugares de intimidación, miedo y desapariciones. La retórica de un Estado y un espacio cautivos no son metáforas, se han convertido en las tácticas normalizadas del fascismo en tiempo real.
El espectáculo como opio y tapadera
El espectáculo funciona tanto como distracción como pedagogía. Al dramatizar la violencia estatal como entretenimiento, ya sea a través de desfiles militarizados, mítines de campaña o cobertura mediática sensacionalista, el régimen de Trump entrena al público para que vea la represión autoritaria como algo normal, incluso deseable. El espectáculo es una forma de analfabetismo cívico: adormece la memoria histórica, erosiona el pensamiento crítico y recodifica la brutalidad como patriotismo.
El espectáculo es más que una distracción; es una cortina de humo para la violencia sistémica. Detrás de la teatralidad se esconden centros de detención clandestinos, la militarización de las ciudades estadounidenses y tecnologías de vigilancia que controlan la vida cotidiana. La complicidad de los medios de comunicación, obsesionados con la inmediatez y el equilibrio, permite este proceso al enmascarar la verdad más profunda: el auge de un Estado autoritario beligerante en el país.
Lo que surge no es sólo una cultura de la distracción, sino la militarización del espectáculo en sí mismo. Bajo Trump, el ansia de los medios de comunicación por el impacto y el drama ha transformado la represión autoritaria en entretenimiento de masas, inundando la esfera pública con imágenes de violencia, borrado y conquista, todo ello mientras se consolida el poder ejecutivo.
La noción de Guy Debord de la Sociedad del Espectáculo ha regresado con ganas al abismo de la política fascista estadounidense. Lo que los medios de comunicación suelen descartar como «distracciones» o «trucos» de Trump son, en realidad, representaciones ritualizadas de la violencia estatal, actos de teatro político que funcionan como pedagogía. Estos espectáculos no sólo distraen, sino que adoctrinan. Susurran que la crueldad es una virtud, que la represión es orden, que la venganza es justicia, que el miedo en sí mismo es el ritmo normalizado de la existencia cotidiana.
Consideremos el rearme de la Guardia Nacional en Washington D. C., escenificado como un espectáculo patriótico en lugar de como una militarización de la vida civil. La redada en la casa de John Bolton, que en su día fue un asesor cercano y más tarde un crítico, se coreografió como una obra moralizante nacional en la que la traición se castiga públicamente. Las campañas de represalia de Trump contra adversarios como la fiscal general de Nueva York, Letitia James, Adam Schiff y otros llamados «enemigos del Estado» se transforman en grotescos espectáculos de venganza, un teatro político impulsado por una exigencia inflexible de lealtad. Estos actos se desarrollan como una demostración pública y performativa de poder, señalando sin descanso que la disidencia no sólo será silenciada, sino también criminalizada. El bombardeo de las instalaciones nucleares de Irán se presenta como una demostración de fuerza, no como una escalada imprudente, mientras que las redadas del ICE y los agentes enmascarados que secuestran a inmigrantes se convierten en dramas de seguridad nacional. Estas escenas, reproducidas sin cesar en los medios de comunicación, fusionan el terror con la pedagogía, la crueldad con el consentimiento, tanto como espectáculo como amenaza inequívoca. Pero bajo este espectáculo se esconde una verdad más profunda: un aspirante a dictador que utiliza el poder del Estado y los principios de la democracia contra el pueblo, y no a su favor. Hoy en día, la violencia estatal se dirige contra las víctimas del ICE, los estudiantes, los manifestantes, los disidentes y cualquiera que figure en la lista de represalias de Trump, pero al final, nadie estará a salvo de su régimen fascista.
Esta celebración de la crueldad y la violencia estatal no se limita a señalar a los enemigos políticos de Trump, sino que se extiende a través de ingeniosas iniciativas promocionales utilizadas por sus lacayos políticos. Por ejemplo, el secretario del Departamento de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, un funcionario alineado con MAGA, protagonizó descaradamente un vídeo promocional con el sombrío telón de fondo de presos sin camisa y enjaulados en el Centro de Confinamiento de Terroristas (CECOT) de El Salvador. En su actuación, un sistema de encarcelamiento brutal se transfiguró en una estética de poder y castigo, un escenario para la ambición política. El espectáculo de Noem revela cómo la pompa autoritaria circula a nivel transnacional: el estado carcelario de El Salvador se convierte en un guion visual para los políticos estadounidenses deseosos de mostrar dureza, exportando la gramática de la actuación fascista a través de las fronteras. En esta cultura espectacularizada, la política se disuelve en la estética de la crueldad, donde la ilegalidad y la represión se reformulan como virtud cívica y oportunidades fotográficas para lo que Wilhelm Reich, en la Psicología de masas del fascismo, denominó «los trastornados libidinales».
Aquí el espectáculo no oculta el fascismo, sino que lo encarna. Cada acto dramatiza el mensaje de que sólo Trump decide quién es seguro, quién es castigado y quién es prescindible. La visión de Reich sobre la «perversión del placer» fascista es fundamental: la puesta en escena de la crueldad no sólo tiene como objetivo aterrorizar, sino también gratificar. Se invita a los ciudadanos a experimentar la humillación de los débiles como una forma de liberación, a encontrar satisfacción en el castigo de los vulnerables. Las advertencias de Theodor Adorno sobre la personalidad autoritaria cobran aquí especial relevancia: la mezcla de obediencia y disfrute, sumisión y agresividad, produce sujetos que llegan a desear la dominación como si fuera libertad.
Lo que surge es una economía autoritaria del deseo en la que la crueldad se transforma en teatro. Imágenes de desfiles militarizados, fotos policiales de enemigos políticos o inmigrantes enjaulados circulan por las plataformas mediáticas como anuncios de represión, produciendo tanto miedo como placer ilícito. El espectáculo entrena a los ciudadanos para consumir la crueldad como entretenimiento, erotizar la dominación y aceptar la venganza como la máxima virtud cívica. Ver se convierte en complicidad; la complicidad se convierte en fuente de satisfacción; la satisfacción se convierte en una forma de lealtad.
Este teatro autoritario no se limita a las fronteras de Estados Unidos, sino que repercute a nivel mundial, sobre todo en el ataque genocida de Israel contra Gaza. Aquí, el espectáculo de la violencia estatal se magnifica a escala planetaria: los bombardeos retransmitidos en directo, las imágenes de barrios arrasados y las grabaciones con drones de familias enteras sepultadas bajo los escombros circulan como propaganda militar y pedagogía cultural. Al igual que Trump reinventa la crueldad como teatro patriótico, Israel transforma la muerte masiva en una representación de disuasión, escenificando la dominación como una necesidad y la supresión como seguridad. Gaza se convierte tanto en un laboratorio como en una pantalla, donde se ensaya y se estetiza la crueldad militarizada, para luego exportarla como modelo para los regímenes autoritarios de todo el mundo. La Cúpula de Hierro se celebra como una proeza tecnológica, mientras que bajo y más allá de su arco se extiende un paisaje devastado y desechable, un espectáculo interminable de sufrimiento destinado a enseñar no sólo a los palestinos, sino al mundo entero, que a la resistencia se le responderá con el exterminio. En este sentido, Gaza no es una excepción, sino un espejo: un escenario brutal en el que la pedagogía del fascismo se globaliza.
En tales circunstancias, el testimonio moral desaparece, se socava la carga de la conciencia a nivel mundial y se rompen los antiguos lazos de solidaridad a medida que se destruyen las instituciones culturales y educativas dedicadas al bien público. El auge del Estado militar-penitenciario se convierte en entretenimiento, un espectáculo que fusiona la tortura, la pornografía de la violencia y la distracción masiva en la gramática cultural central de la política. El espectáculo adormece el pensamiento, borra la memoria, inventa falsos villanos y produce un analfabetismo cívico que deja al público desarmado ante el miedo y la manipulación. Lo que desaparece en esta neblina es el reconocimiento de que Estados Unidos no está atravesando una aberración temporal, sino la consolidación de un nuevo fascismo, que fusiona la violencia militarizada, el terrorismo pedagógico y la crueldad doméstica sancionada por el Estado para construir un sujeto fascista adecuado para el siglo XXI. El fascismo actual no es simplemente una demostración de fuerza patrocinada por el Estado, sino un régimen pedagógico, un aparato de ingeniería cultural que decide quién cuenta como ciudadano, qué vidas importan y cuáles pueden descartarse.
El terrorismo interno como régimen pedagógico
Bajo la administración Trump, la cultura no es simplemente un espejo del poder político, sino el terreno mismo en el que el autoritarismo echa raíces, moldea a sus súbditos y legitima el Estado bélico. La dependencia de Trump de la fuerza bruta, su adicción a la violencia estatal y su expansión del Estado carcelario son innegables, pero el campo de batalla más duradero de su terrorismo interno es la propia conciencia. Aquí se entrena al público para que olvide, se le enseña a confundir las mentiras con la verdad y se le somete a la violencia pedagógica de máquinas de desimaginación que libran una guerra contra la alfabetización y la imaginación. El régimen de Trump convierte la ingeniería cultural en arma, decidiendo qué se recuerda y qué se borra, qué valores se santifican y cuáles se descartan. El objetivo no es sólo controlar la política, sino colonizar la conciencia, genrando una población que interiorice la obediencia, el miedo y la amnesia histórica. Esta es la lógica del terrorismo pedagógico: un aparato cultural y educativo que normaliza la coacción, el borrado y la deshumanización enseñando a la gente a aceptar estas prácticas como sentido común.
El ataque al Smithsonian, la prohibición de libros, el silenciamiento de las universidades y la estigmatización de «woke» como palabra clave para la justicia racial y la verdad histórica ponen de manifiesto cómo la supremacía blanca alimenta el proyecto de limpieza del autoritarismo de Trump. Aquí hay algo más que el intento de Trump de reescribir la historia, es un proyecto destinado a borrar la memoria histórica. Chauncey Devega, en un artículo publicado en Salon, lo señala con gran detalle. Escribe:
El ataque del presidente al Smithsonian es grave. Pero su campaña de encubrimiento —o, más precisamente, su proyecto de borrado racial blanco— no existe en el vacío. Se extiende mucho más allá del Smithsonian. Estamos siendo testigos de un régimen de delitos de pensamiento que está tomando el control de la historia intelectual y la memoria colectiva del país, que se han considerado «woke». Esto incluye la educación superior, con especial atención a las universidades y colegios de élite; la reescritura de los libros de texto de historia y otros materiales educativos; la destrucción de medios de comunicación públicos como PBS y NPR; la restauración de monumentos confederados; la eliminación del contexto histórico de los parques públicos y otros espacios y sus conexiones con la segregación racial; recortar la financiación federal para la investigación científica y sanitaria que beneficia a las comunidades marginadas, incluidas las mujeres; y ordenar al Pentágono que expulse a los oficiales y otros líderes que no sean hombres blancos, y que elimine los nombres y las contribuciones de los veteranos afroamericanos y otros veteranos no blancos, así como de las mujeres y los estadounidenses LGBTQ, de sus bibliotecas, sitio web, materiales de referencia, bases y barcos.
A nivel estatal, este proyecto adopta formas grotescas, como en el caso de Ryan Walters, de Oklahoma, que exige a los solicitantes de «estados liberales» que aprueben una prueba antiwoke antes de poder enseñar. Estos ataques no son aislados. Forman parte de un esfuerzo sistemático por convertir la educación, la cultura y la memoria en armas para fabricar un sujeto fascista, pasivo, obediente y despojado de pensamiento crítico.
La militarización de la sociedad y el espectáculo del terror estatal
Estos ataques no se limitan a desmantelar las DEI o la teoría crítica de la raza. Son ataques a los valores y las instituciones que hacen posible la democracia. La fusión de la militarización con la ingeniería cultural indica que el autoritarismo funciona ahora como una forma dual de colonización que incluye instituciones y aparatos pedagógicos culturales que moldean la propia conciencia. El terror del ICE, los secuestros secretos por parte de fuerzas paramilitares enmascaradas, la criminalización de la disidencia en las universidades y la vigilancia del espacio público van acompañados de la colonización del lenguaje, la identidad y la memoria.
La retórica de Trump sobre el crimen, la corrupción y la invasión funciona no sólo como teatro político, sino como un espectáculo de terror de Estado. Vale la pena repetir que sus repetidas diatribas sobre «el enemigo interno», los marxistas, los comunistas, los fascistas y otros a los que tilda de «enfermos» y «malvados», no son meros insultos, sino parte de un guion fascista de supuestos enemigos internos. Tal retórica, como señala Greg Sargent, se corresponde directamente con las tradiciones fascistas históricas, en las que se deshumaniza a los oponentes como amenazas existenciales, legitimando la violencia contra ellos.
Este lenguaje ha ido ya acompañado de la fuerza. Trump ha desplegado a la Guardia Nacional en Washington D. C., enviando tanques a la capital para un desfile militar, al tiempo que ha dejado claro a los residentes de la ciudad, en su mayoría negros y demócratas, que viven bajo la sombra de las fuerzas armadas. Más recientemente, ha federalizado a 2.000 miembros de la Guardia Nacional de California sin el consentimiento del gobernador para reprimir las protestas en Los Ángeles, la primera medida de este tipo en 60 años. Los agentes del ICE lanzaron granadas aturdidoras y dispararon balas «no letales» contra la multitud, mientras que el secretario de Defensa, Pete Hegseth, amenazó con movilizar a los marines si los disturbios continuaban. Trump calificó a Los Ángeles como «ocupada por extranjeros ilegales y delincuentes» y prometió «liberar» la ciudad. Según Trump, este acto de ocupación militar pronto tendrá lugar en Chicago y Baltimore, por no decir que en todas las principales ciudades controladas por los demócratas en Estados Unidos.
En una rueda de prensa, Christi Noem declaró, con una lógica febril, que las tropas federales deben ocupar Los Ángeles y otras ciudades mayoritariamente negras y demócratas, alegando que dicha militarización es necesaria para «salvarlas de los socialistas». Estas acciones son un ejemplo de terrorismo interno: el uso del poder militar y policial para intimidar a la población civil, criminalizar la disidencia y declarar las ciudades demócratas y los bastiones multiculturales como zonas enemigas que necesitan ocupación militar. Tales acciones son el equivalente nacional de la ley marcial. En términos históricos, se hacen eco de los perros policía de Bull Connor en Birmingham, las balas de la Guardia Nacional en Kent State en 1970 y el uso de tanques y soldados por parte de Pinochet para aterrorizar a Santiago. El patrón es claro: violencia estatal desplegada contra los ciudadanos para asegurar un régimen autoritario, todo lo cual alimenta las fantasías autoritarias de Trump. Como observa Jackson Lears, el régimen de Trump está «embriagado de fantasías excepcionalistas y comprometido con la conquista de las poblaciones que considera inferiores».
Pocos lugares revelan la política del terror estatal de forma más cruda que la fantasía de Trump de una «Cúpula Dorada» sobre los Estados Unidos. Tomada prestada de la Cúpula de Hierro de Israel, se presenta como una defensa, pero funciona como una fantasía de control total: un dosel para proteger el poder autoritario y legitimar su violencia. La verdadera lección de la Cúpula de Israel es que la seguridad de unos se consigue mediante la aniquilación de otros. Dentro de su arco, la protección se mitifica; fuera, reina la destrucción. La destrucción y el genocidio de Gaza muestran cómo la defensa se convierte en la coartada del genocidio. La «Cúpula Dorada» de Trump haría lo mismo, traduciendo la guerra perpetua y la represión militarizada al lenguaje de la protección.
Como todos los mitos autoritarios, es pedagógico: entrena a los ciudadanos para que equiparen la seguridad con la obediencia y redefine la disidencia como una amenaza para la supervivencia nacional. La advertencia de Walter Benjamin de que el fascismo estetiza la política encuentra aquí una nueva resonancia: la Cúpula se convierte no sólo en una tecnología de guerra, sino en una fantasía política de belleza y orden construida sobre la violencia y la aniquilación.
Militarización del espacio público: El renacimiento de la estética fascista
El espacio público está ahora militarizado, transformado en un escenario en el que las tecnologías de vigilancia y la omnipresencia de la policía armada son el acto inicial del guion del terrorismo interno espectacularizado. Bajo el régimen de Trump, los vídeos teatralizados del Estado fusionan la pornografía del miedo con la gramática visual de los editoriales de alta costura, una estética en la que la secretaria de Seguridad Nacional, Christi Noem, aparece como una modelo congelada de la represión, posando contra la fría geometría de los muros de la prisión, el alambre de púas y los convoyes blindados. No se trata de mera propaganda, sino del renacimiento de la estética fascista, donde la violencia se estiliza, la represión se coreografía y la maquinaria del terror estatal se vuelve seductora.
En este teatro de dominación, el espacio público ya no se limita a estar ocupado, sino que se coreografía en un cuadro en el que el miedo se convierte tanto en mercancía como en espectáculo. Al igual que todas las pedagogías de la tiranía, estas imágenes no sólo muestran el poder, sino que enseñan al público a desearlo, naturalizando la presencia de la autoridad militarizada como algo inevitable y deseable. El tribalismo primitivo de una masculinidad tóxica se ha unido ahora a lo que Ariella Aïsha Azoulay denomina «tecnologías imperiales» que «militarizan la política estadounidense y politizan el ejército estadounidense».
En el corazón de este sistema autoritario y espectacularizado se encuentra la fusión del castigo y la aniquilación en un bucle pedagógico cerrado, que utiliza la cultura como arma, tanto como herramienta de dominación como medio para moldear la subjetividad. El castigo opera no sólo a través de la criminalización de la disidencia y la disciplina de las comunidades mediante la policía militarizada, sino también a través de la normalización de la coacción. Las redadas del ICE, los secuestros públicos y la omnipresencia de la vigilancia funcionan como lecciones públicas, entrenando a la gente para que interiorice el miedo y acepte la represión como parte de la vida cotidiana. El borrado complementa esta pedagogía del miedo limpiando los crímenes del poder de la memoria histórica y la conciencia cultural. Esto toma la forma de censura, prohibición de libros, silenciamiento de las universidades como esferas públicas democráticas y desaparición de verdades incómodas de la imaginación social. Juntos, el castigo y el borrado crean una cultura de terrorismo pedagógico en la que la represión se naturaliza y la amnesia histórica se convierte en la base de una forma mejorada de política fascista, que no sólo controla los cuerpos y las instituciones, sino que también rehace la cultura misma como un aparato de gobierno autoritario.
La colonización de la memoria y la militarización de la conciencia
El fascismo no sólo ocupa las instituciones, sino también la memoria. Dictamina lo que se recuerda y lo que se silencia, asegurándose de que no puedan arraigar visiones alternativas de la historia y la democracia. Hannah Arendt advirtió que la destrucción de la ciudadanía y la conversión de las personas en apátridas equivale a una «expulsión de la propia humanidad». El autoritarismo actual expulsa de manera similar las voces disidentes de la vida pública borrando sus historias. En este proceso de borrado es fundamental la eliminación del espacio público, la militarización de las instituciones que forman ciudadanos informados y la transformación de los aparatos culturales o lo que Adorno denominó «la industria cultural», convirtiéndola en mecanismos pedagógicos de silenciamiento y propaganda. Lo fundamental de este espectáculo de militarización no es sólo la creación de un sujeto autoritario, sino también lo que se está borrando: los valores democráticos, la educación crítica, los bienes públicos, las comunidades solidarias, las necesidades humanas básicas, el Estado del bienestar, el Estado de derecho, la promesa de igualdad económica y una visión democrática del futuro.
Resistir al autoritarismo no sólo requiere de la acción política, sino también de la recuperación de la memoria como acto democrático. Esto significa rechazar el monopolio del Estado sobre las narrativas históricas, preservar la memoria de la solidaridad y la lucha y cultivar nuevas visiones de la justicia. La memoria se convierte en el terreno de la resistencia democrática, la contrapedagogía a la cultura de la amnesia del fascismo.
El aspecto más insidioso del Estado bélico es que no se limita a controlar las instituciones, sino que coloniza el pensamiento al convertir el conocimiento en un arma de poder. Reconfigura la guerra como una condición permanente, enseña la crueldad y el miedo como virtudes cívicas y presenta la empatía como una debilidad. La obra de Adorno sobre La personalidad autoritaria ilumina este proceso: los regímenes autoritarios cultivan no sólo la obediencia, sino también una disposición psicológica que equipara la dominación con la fuerza y la compasión con la traición. Lo que hay que comprender, si se quiere resistir al fascismo, es que no se trata simplemente de un orden político, sino que, como señala Ergin Yildizoglu, es un régimen pedagógico, una maquinaria de enseñanza y desaprendizaje, de configuración de la propia conciencia a través de la estética, los medios de comunicación y el alcance algorítmico de la inteligencia artificial. Su pedagogía es una pedagogía de dominación: escribe emociones, dicta valores e implanta narrativas que definen a quién hay que odiar, a quién hay que olvidar y quién debe permanecer invisible.
El fascismo hace más que capturar el Estado; coloniza el lenguaje, la memoria y la identidad. Borra el pasado silenciando la memoria histórica, estrecha los horizontes de la imaginación y drena la vida pública de vitalidad crítica. Produce sujetos que no son leales a la verdad, sino al poder, obedientes no a la conciencia, sino a las órdenes. Este es el objetivo último del terrorismo pedagógico: no sólo militarizar el Estado, el conocimiento y los valores, sino también militarizar la mente. Al reducir lo que se puede decir, recordar o imaginar, criminaliza la disidencia y convierte el lenguaje mismo en un arsenal de crueldad. Bajo Trump, el fascismo no es sólo un espectáculo militarizado, es un modelo de guerra. Como el fascismo no es sólo un gobierno, una forma de capitalismo mafioso, sino también una cultura, la lucha contra él no debe ser sólo económica e ideológica, sino también pedagógica, un espacio en el que la educación se convierta en algo central para la política y la cultura se dirija a los individuos en un lenguaje en el que puedan reconocerse y organizarse en un movimiento de masas.
Como nos recordó Antonio Gramsci en los Cuadernos de la cárcel, «toda política es pedagógica». Si el fascismo enseña el miedo, la crueldad y la obediencia, entonces la resistencia debe enseñar la solidaridad, la memoria crítica y el valor de imaginar un futuro diferente. Contra la pedagogía de la desposesión del fascismo, debemos cultivar una pedagogía de la liberación, que amplíe el campo de lo posible, restaure la dignidad de la memoria y recupere el lenguaje como arma para la democracia en lugar de para la dominación.
Conclusión: Resistir al Estado bélico
Estados Unidos vive ahora bajo un Estado bélico que fusiona el terrorismo interno con el terrorismo pedagógico. Su propósito no es sólo dominar los cuerpos, sino colonizar las mentes, borrar la memoria y fabricar una cultura de pasividad, obediencia y brutalidad. La resistencia, entonces, no puede reducirse a denunciar la corrupción, la violencia policial u oponerse a las políticas, por importantes que sean; debe recuperar la cultura, el lenguaje y la memoria como el alma de la crítica y la posibilidad democrática. Sólo a través de esta recuperación podemos comprender cómo los impulsos más oscuros del pasado han resurgido en el presente y cómo las nuevas plataformas mediáticas y las máquinas de desimaginación trabajan sin descanso para normalizar el miedo, la ignorancia, la violencia estatal, el terrorismo interno y la creación de sujetos militarizados.
Con respecto a la creación de sujetos militarizados, Sable Elyse Smith nos recuerda que la ignorancia no es simplemente la ausencia de conocimiento, es una forma de violencia. Está entrelazada en el tejido de la vida cotidiana por máquinas de desimaginación que nos entrenan no sólo para consumir dolor, sino para disfrutar de él, para elevar la crueldad al nivel de entretenimiento. Trump ha sancionado y ampliado esta cultura espectacularizada del abandono, legitimando una política en la que la justicia es desechable y las instituciones cívicas están vaciadas de contenido. No es tanto una aberración como el emblema destilado del capitalismo gánster, un monstruo de Frankenstein posmoderno, teatral y egocéntrico, que encarna décadas de codicia, salvajismo y crueldad que alcanzan su venenoso punto final en el autoritarismo estadounidense.
El espectáculo de la política fascista no es un espectáculo secundario, sino el evento principal. Trump, como observa T. J. Clark, comprende instintivamente su poder al «olfatear la reacción de una audiencia virtual». Naomi Klein y Astra Taylor nos recuerdan que el espectáculo trumpiano, con sus narrativas apocalípticas, señala una ideología que ha abandonado no sólo la democracia, sino la propia habitabilidad de nuestro mundo compartido. Lo que surge es una cultura de guerra, una pedagogía autoritaria en la que la crueldad se naturaliza, la memoria se borra y el miedo se convierte en la gramática de la vida cotidiana.
Contra esta pedagogía militarizada de despojo, hay que exponer todos los elementos del fascismo espectacularizado: iluminar su crueldad, desenmascarar sus mentiras y desmantelar su maquinaria de terror. La educación debe convertirse en un hacha que rompa el «sentido común» fabricado del autoritarismo, un lenguaje que hable a las necesidades más profundas del público, reavive la memoria y haga visibles tanto el sufrimiento como la capacidad de resistencia. Si el fascismo enseña el miedo y la obediencia, entonces la democracia debe abrazar el poder de la crítica, la esperanza, la solidaridad y la resistencia masiva.
La tarea que tenemos ante nosotros no es sólo defender los restos de las instituciones democráticas, sino cultivar una imaginación cultural y educativa capaz de romper el yugo del autoritarismo. Resistir es recuperar el futuro: forjar una pedagogía de la liberación que devuelva la dignidad a la memoria, la posibilidad a la política y la justicia al tejido social. Sólo así podremos desmantelar la maquinaria del terror y recuperar la posibilidad de una democracia socialista como un proyecto vivo y palpitante de libertad, igualdad y justicia.
Foto de portada: Guardia de Carolina del Sur (dominio público).